Contra la aniquilación | Letras Libres
artículo no publicado

Contra la aniquilación

Tomás González

La luz difícil

México, Alfaguara, 2012, 132 pp.

 

El narrador de La luz difícil es un pintor septuagenario. Enfermo de la vista, ha hecho a un lado el pincel y ahora escribe. Quiere contar un episodio de casi dos décadas atrás, cuando vivía en Nueva York con su mujer y tres hijos. El mayor, Jacobo, al no tolerar más el dolor físico que le causaba su estado –quedó parapléjico en un accidente de tránsito–, había decidido por entonces buscar ayuda para bien morir. David a lo largo de una noche compartió con su familia y amigos más cercanos la espera angustiante, y una pregunta: ¿se arrepentirá el muchacho en el último momento?

Glosada así, la nueva novela de Tomás González (Medellín, 1950) sería en efecto un relato de enfermedad, sufrimiento y pérdida. Sin embargo, no habría justicia en omitir la cantidad de luz y ternura y sensualidad que el escritor hace surgir de sus páginas. Porque ocurre un fenómeno que podría darse por tácito pero que conlleva una lección artística: La luz difícil no es solo un libro sobre el dolor extremo sino también sobre cómo referir ese dolor sin borrar otras regiones de la experiencia humana.

David consigna en un cuaderno los registros del pasado y el presente. Va del 2018 en que, repatriado en una localidad colombiana, ya es viudo y no puede pintar, a la noche de 1999 en que espera noticias sobre Jacobo. En este vaivén cabe casi toda una vida: un largo y fiel matrimonio, la estancia en Miami y en Nueva York, un taxista sij y un abogado comprometido con los pobres, el temperamento y las novias de sus hijos, los paseos caprichosos por calles y parques y muelles... La estructura es dúctil y libre; manifiesta con naturalidad los saltos azarosos de la memoria y los requerimientos de un David supuestamente novicio en la lid literaria. La luz difícil narra alternando ritmos –ora aguza la lupa sobre los incidentes, ora de forma resumida y veloz– y también explica, contextualiza y reflexiona, siempre con un ánimo casual e inconcluyente que reitera en su libertad los arbitrarios procesos del recordar y el volver a sentir.

Porque de esto se trata: David avanza, regresa, duda, se repite, anota intuiciones (“Con relación a la luz, los llamados objetos inanimados son seres tan vivos como las plantas, como uno”) y, aunque en el fondo se resiste a conclusiones tajantes, su escepticismo (“Yo no sé nada, tú no sabes nada, nadie sabe nada. El mundo es solo cadencia y forma”) sí admitiría como vocación del arte, ya pictórico, ya literario, no solo el hacer ver los objetos o las personas o los hechos del pasado sino el hacer sentir al lector lo que en el espíritu queda después de la contemplación y la experiencia. En razón de esto, aunque sea una escritura que exhibe su propia generación, la prosa de La luz difícil nunca se deshumaniza.

Si el David pintor vagaba en busca de imágenes, el David escritor no puede no hacer notoria la condición de quien a tientas se va apropiando de un nuevo medio expresivo sin dejar el anterior, pues narra como si siguiera pintando. Y esto no solo porque las prerrogativas de la vista –ahora que la va perdiendo– mantienen su prioridad cuando desde la memoria enfoca el orbe de las cosas físicas (“Los cangrejos eran color de piedra y por su movimiento las piedras parecían vivir”), sino porque sus descripciones de lo invisible se advierten elocuentes por su consistencia plástica: “La aflicción no es inmóvil; es fluida, inestable, y sus llamas, más azules que anaranjadas y rojas, y a veces de un verde pálido espantoso, lo torturan a uno por un costado en el interior del cuerpo...”

A mitad del relato de la enfermedad de su hijo, David tiene espacio para hacer observaciones como la siguiente:

Siempre me impresionaron los perros de Nueva York, que están tan castrados y educados que parecen muertos en vida. No tiran de las correas y es raro que haya alguno que se interese en ladrarles a las ardillas, o en mirarlas siquiera (y de matarlas, ni soñar), o en correr a espantar a las palomas. [...] Me gustaría que en alguna entrevista me preguntaran sobre ese tema. [...] Pero nada que lo hacen. Me desesperan, en cambio, con preguntas tediosas y difíciles de contestar sobre el Post-esto y el Post-aquello o sobre el Neo-esto y el Neo-de lo de más allá.

Quizá me exceda un tanto si leo en estas líneas una discreta declaración de principios estéticos de Tomás González. Es, claro, un rasgo dramático de David, quien en la glosa de su pesar paterno no desoye el impulso casi panteísta de hacernos ver un asunto “ocioso” como el comportamiento canino. Pero esa percepción de lo particular, desconfiada de las generalizaciones y la teoría, es también uno de los fundamentos en la obra de González. Así lo distinguimos en el deterioro de una relación amorosa –en Primero estaba el mar (1983)– o en el avance de una enfermedad cardiaca –en La historia de Horacio (2000), por cierto uno de los libros más conmovedores de la ficción hispanoamericana–, novelas ambas que no renuncian a señalar con curiosidad y empatía los aspectos mínimos (el espectáculo del mar, el embarazo de una vaca) que rodean la degradación de los personajes.

Esos dos ejemplos sirven también para mencionar que el autor colombiano, piscis al fin, ha hecho patente su proclividad por historias sobre “la destrucción del yo, la disolución del individuo”. En La luz difícil  esto se halla, por supuesto, presente en la enfermedad del hijo y su decisión de dejar la vida, pero David mismo sufre la pérdida gradual de la visión y las dificultades de la vejez y la soledad. (Quizá el ejemplo extremo sea el último relato de El rey del Honka-Monka, de 1995, una incursión meticulosa en el hundimiento vital de un joven pintor, quien hace de la autodestrucción un arte.) Con todo, la narrativa de González se niega a sucumbir pasivamente a la desesperanza en la misma medida que a solazarse en el patetismo; antes bien, va y viene por diferentes y a menudo contrapuestas tonalidades anímicas, resistiendo el llamado del pesimismo más terminal (David define un cuadro pictórico como “una lucha contra la aniquilación”). Para ponerlo de manera cursi: sus historias exponen crepúsculos en los que la oscuridad creciente no logra nunca hacernos olvidar la belleza de la luz.

La ficción de González se ve, pues, más inclinada por el despliegue de la sensibilidad y la percepción, esas dotes tan anticuadas, antes que por el sometimiento a la erudición o la inteligencia. No se interesa por los contextos sociopolíticos ni por las interpretaciones históricas, sí por el adentramiento en la espesura de lo íntimo. No lo parece a primera vista, pero este talante narrativo podría ser afirmado como una deriva experimental, casi performativa. González encamina sus decisiones técnicas para vencer el “vértigo del caos” que significan el dolor o la muerte. Su propósito, acaso intuitivo, sería que la prosa, de tan permeable en sus facultades perceptivas, dé cauce a estructuras flexibles que reivindiquen la validez de la experiencia concreta, haciendo sentir las singularidades, por más que fugaces, de eso que llamamos realidad y que en sus párrafos se vuelve algo mucho más rico y amplio que lo que el sustantivo, por el cansancio de nuestras terminales nerviosas, pálidamente acostumbra.

¿Cómo no perder la compostura del crítico y agradecer en tanto simple lector la existencia de libros tan entrañables y sabios? ~