Contagio del fervor | Letras Libres
artículo no publicado

Contagio del fervor

Fernando Savater y Sara Torres

Aquí viven leones. Viaje a las guaridas de los grandes escritores

Barcelona, Debate, 2015, 216 pp.

Este no es un gran libro de Fernando Savater (San Sebastián, 1947). Es uno más que se agrega a sus casi ochenta títulos publicados. Y, como suele ocurrir con este autor, nos ofrece lo de siempre: inteligencia, buen humor, vivacidad, capacidad de asombro, amabilidad con el lector, cultura, ironía. No es un gran libro, es cierto, pero en cambio es un libro enormemente disfrutable. Un libro sobre libros. Sobre los autores de esos libros. Sobre las ciudades en las que vivieron, las calles que transitaron, las casas donde habitaron, sus escuelas, bares y cafés. “¿Fetichismo? Pues adelante con el fetichismo, que también es una forma de amor. O mejor dicho, cualquier amor siempre es una forma de fetichismo.”

Aquí viven leones es un libro de aventuras. Y es sabido que no hay aventuras sin viajes. Lo mismo visita el palacio de Recanati donde nació Leopardi que conoce los departamentos y casas que ocupó en sus andanzas diplomáticas Alfonso Reyes en París, Madrid, Buenos Aires y Río de Janeiro. La Nueva Inglaterra de Edgar Allan Poe y la Galicia de Valle-Inclán; la Normandía de Flaubert y la Viena de Zweig. Aventura doble: los lugares que visita nos remiten a los libros que escribieron los autores asediados. No se pierde Savater en explicaciones respecto a la influencia que los sitios y paisajes dejaron en los autores. En vez de eso da cuenta de esa huella en los libros y también de cómo esos lugares cambiaron gracias a que ciertos autores vivieron ahí o situaron en ese lugar sus relatos o poemas. El arte copia a la naturaleza y viceversa. Y como buen turista japonés Savater saca su cámara y retrata el busto, la recámara, la fachada del edificio, el apartamento en el que por las tardes departían Sigmund Freud y Stefan Zweig.

Este libro prolonga –y mejora– uno anterior: Lugares con genio (Debate, 2013). En aquel libro, afeado un poco por errores y erratas, Savater recorrió la laberíntica Praga de Kafka, el Buenos Aires de Borges, el Santiago crepuscular de Neruda, la Lisboa triste de Pessoa, la Florencia de Dante, la caótica ciudad de México de Octavio Paz, etcétera. Cada capítulo (un autor y su ciudad) contiene la descripción del viaje, entrevistas con conocedores de la obra del autor visitado, comentarios críticos sobre los libros y su relación con la ciudad, material que sirvió de base a una serie de documentales para la televisión (disponible en YouTube). Quisimos hacer, dice Savater, “un libro culto pero sin academicismos, con toques populares en la parte de la imagen (genial la idea de Sara de incluir un pequeño cómic sobre una obra de cada autor)” y “que intentase contagiar a los lectores nuestro fervor por los autores”.

Desde su primer libro: Nihilismo y acción (1970), cuyo último capítulo es un vibrante alegato sobre “Ahab como ejemplo”, Fernando Savater dejó muy en claro que el lenguaje no es solo vehículo del pensamiento sino también expresión, estilo, más aún: literatura. En ese primer e impetuoso libro juvenil convivían, no diré que tranquilamente, las menciones de Nietzsche y Kafka, Adorno y Beckett, Russell y Carroll. Si alguna razón había que aportar a favor de una causa o demostrar la sinrazón del nacionalismo, por ejemplo, el recurso estilístico fue su ariete. Literario es su estilo, los autores que más goza y, en ocasiones, sus temas. Literatura que va de Paul Valéry a Michael Crichton y sus dinosaurios, de Saint-John Perse a Groucho Marx.

¿Qué es lo que une a autores tan dispares como Shakespeare y Valle-Inclán, Agatha Christie y Leopardi, Alfonso Reyes y Edgar Allan Poe, Flaubert y Zweig? Lo mismo que une a los veintiún autores visitados en Lugares con genio y a los veintiséis filósofos glosados en La aventura de pensar (Debate, 2008): el fervor. La pasión que a Fernando Savater le despiertan las obras de determinados autores, en un abanico muy amplio, sube al nivel del fervor contagioso. En este punto su entusiasmo se encuentra con el de Gabriel Zaid, quien ha escrito sobre el mejor modo de fomentar la lectura: por contagio, que los que ya leyeron –como ocurre en una epidemia– contagien de lector a lector el virus de lo leído. Porque de lo que se trata es, a través de una conversación animada por el fervor, de llevar el lector al libro, a cualquiera de los cientos que menciona en este volumen, que Fernando Savater va comentando con amabilidad, ironía e inteligencia.

Al momento de escribir el libro, Sara Torres, su mujer, enfermó de gravedad. Todavía alcanzó a hacer el viaje a Nueva Inglaterra para visitar los lugares de Poe, entre ellos su tumba. “Sara se acercó a la lápida e hizo una leve caricia de despedida al retrato de Poe grabado en ella. Fue un gesto tan suyo, tan lleno de su infinita gracia hecha de inocencia y pasión, que no puedo recordarlo sin lágrimas. Lágrimas de amor y de gratitud por haberla conocido.” Sara Torres murió antes de terminar el libro. En la portada conviven los nombres de ambos. No puedo imaginar el dolor de su pérdida. En entrevistas Savater ha comentado que ya no quiere escribir más, que este es su último libro. Comparto, en la medida que lo he acompañado en sus casi ochenta entregas, su infinita pena, la siento como la muerte de una amiga cercana. Ojalá que se imponga la vida. Ojalá que regrese la alegría. No sé qué pase en el futuro, nadie lo sabe. De lo que estoy seguro es de que en algún momento, un guía al frente de un numeroso grupo de fervorosos lectores, en visita a San Sebastián, señalando una casa les dirá: “Miren, allá en esa casa vivieron Sara y Fernando: allí vivían leones.” ~