Comprensión del hombre en la cultura | Letras Libres
artículo no publicado

Comprensión del hombre en la cultura

Roger Bartra

Cerebro y libertad. Ensayo sobre la moral, el juego y el determinismo

México, fce, 2013, 174 pp.

Para conciliar el divorcio entre las ciencias y las humanidades, el antropólogo Roger Bartra (México, 1942) ha dado a los lectores no especialistas ya dos volúmenes cerebrales: Antropología del cerebro (2006) y Cerebro y libertad (2013). La materia prima de sus argumentos proviene de la poesía, la filosofía, la música, el cine, el arte y, desde luego, la antropología y las ciencias sociales. Pero también de los nuevos descubrimientos científicos en los campos de la neurología y la psiquiatría modernas. Bartra elabora un diálogo entre partes casi opuestas, que busca ante todo la comprensión mutua, no la imposición de una sobre la otra.

Después de la llamada “década del cerebro”, los años noventa, en la que los descubrimientos científicos en torno al funcionamiento del sistema nervioso avanzaron considerablemente, “la ciencia neurológica –según nos señala el autor–, con una fuerte carga positivista, encerró el tema de la conciencia en la cárcel del cráneo y se empeñó en descifrar las operaciones de un ego solitario”. Ante esta situación, Bartra se ha propuesto esclarecer la importancia explicativa de los mecanismos culturales en la conciencia, la moral y la libertad.

Aun cuando las preguntas de investigación no son las mismas para ambos títulos, Cerebro y libertad es de hecho un apéndice reflexivo de Antropología del cerebro, en el que discutió primordialmente la conciencia.1 Los avances de la “década del cerebro” habían logrado reducirla a sus mecanismos fisiológicos y de paso desdibujaron la moral y la libertad de decisión como factores explicativos de la sociedad y el hombre –un crimen o una falta moral, de acuerdo con esta postura, se entenderían esencialmente como disfunciones neurológicas–. Sin embargo, Bartra no excluye automáticamente estas interpretaciones médicas: busca complementarlas y entablar un intercambio fructífero con ellas.

El corazón de estos dos libros es la idea del exocerebro. El centro nervioso del encéfalo no es un sistema cerrado y completo: se apoya en la cultura, en la música, en el lenguaje, en los símbolos –depositarios de un enjambre de significados no genéticos– para animar una serie de actitudes y decisiones en sociedad o aun para comprender a conciencia un código de significados. En ambos títulos abundan los casos documentados y otros más que el autor clarifica con fuentes probadas, provenientes de la propia neurología moderna.

Ahora bien, en Cerebro y libertad la inquietud que nos guía ya no es solamente la conciencia y los mecanismos exocerebrales sino también sus relaciones con la libertad y la moral: “¿Qué límites impone la materia cerebral al libre albedrío de los individuos?”, se pregunta el autor en las primeras páginas. El libro comienza con una metáfora del cine impresionista alemán, planteando el tema con una imagen: Las manos de Orlac, película en la que un implante de manos, las manos cortadas de un asesino, propicia la sugestión en un pianista, Orlac, de que él mismo cometerá un asesinato con esas manos ajenas, en contra de su propia voluntad. Esta representación simbólica abre la discusión: si los deterministas (los neurocientíficos) están en lo cierto, todo es destino, y el futuro ya estaría escrito. Advierte Bartra que “si el libre albedrío es algo ilusorio, aparece la amenaza de menospreciar todo el edificio de las instituciones sociales”.

El determinismo descansa en la creencia de que no existen las decisiones propias porque están condicionadas por la naturaleza fisiológica del hombre, y no por un designio libre. La voluntad, paralelamente, no podría ser un reflejo de la conciencia sino la suma de consecuencias y necesidades biológicas. Bartra critica este hipotético apagamiento de la conciencia. Pero no niega el “soporte neuronal” de las actividades humanas, pues “si se acepta esta idea se abre la puerta al dualismo y a misteriosas instancias no materiales capaces de mover el cuerpo”. Más bien, complementa la visión científica de la neurología con la comprensión del hombre en la cultura.2

Conciliar ambas posturas no resuelve sino que enriquece la comprensión del hombre como individuo social y cultural, sin dejar de ser al mismo tiempo individuo biológico. Para llevar a cabo esta perspectiva conjunta hay que contemplar “nuevas variables [explicativas], la más importante de las cuales es la red de procesos simbólicos sin los que una voluntad consciente no puede existir”. Esa red a la que se refiere Bartra es el exocerebro.

En el arte, la conciencia eleva el vuelo y se manifiesta creativamente a pesar de las anclas del cuerpo; es ahí donde podemos apreciar mejor las “decisiones que desencadenan procesos causales de gran creatividad, innovadores e irreductibles a explicaciones deterministas”. Bartra extiende el argumento central de Antropología del cerebro apoyándose en un clásico de la reflexión sobre el juego: Homo ludens, de Johan Huizinga. Pues “el juego es una actividad libre y voluntaria que al mismo tiempo implica un orden regulado. Esta combinación coloca al juego en el mismo plano que otras expresiones exocerebrales, como la música, la danza y las artes plásticas”. La naturaleza exocerebral del juego incluye –desde la mirada antropológica– el vestido, el hogar, la comida y el parentesco como manifestaciones lúdicas de la libertad y la conciencia.

Roger Bartra remacha las junturas finales de este nuevo libro con ideas de Jakob von Uexküll, José Ortega y Gasset, William James, Martin Heidegger, Ernst Cassirer, Friedrich Hayek y aun Douglass North, para describir la importancia del entorno cultural y social en las decisiones –libres– de los hombres. El determinismo científico podría iniciar un diálogo de gran provecho si aceptara que incluso sus propios códigos se adquieren mediante un proceso cognitivo que proviene del contexto cultural y social, como plantea el autor al respecto del aprendizaje de las “representaciones” numéricas. El objeto de Bartra, como ya comprobará el lector, es explicar la importancia de la cultura. Pero el efecto ha sido doble: tanto Antropología del cerebro como Cerebro y libertad nos ayudan a dirigir dos monólogos sordos hacia la comprensión mutua. Porque los estudiosos de la cultura también deben adentrarse en los terrenos de la ciencia, y Bartra lo ha hecho con sobrado decoro. ~

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1 Cerebro y libertad deriva de las colaboraciones de Roger Bartra que se publican en estas páginas con el nombre revelador de Sinapsis.

2 El dualismo cartesiano se refiere a la separación del mundo exterior y el interior. La conciencia, desde luego, forma aquí parte del ámbito interno; todo lo demás es dubitable, aun el cuerpo y los sentidos.