Cómo llegó la noche, de Huber Matos | Letras Libres
artículo no publicado

Cómo llegó la noche, de Huber Matos


Huber Matos, Cómo llegó la noche, Tusquets, Barcelona, 2002.

MEMORIAS
Un hombre de guerra

Siempre he sido un apasionado de Cuba y lo fui de su revolución. Creo que mi generación fue de las últimas que todavía se fascinó con la "guerra de guerrillas" del Che Guevara o su diario de Bolivia, con sus fotografías y sus "pasajes de la guerra revolucionaria", con la idea romántica del guerrillero y la pipa, la boina, los billetes de banco firmados por él, el Che, y su muy desafortunada frase, tan famosa: "Crear uno, dos, tres Vietnams es la consigna." También nos fascinó, a unos cuantos, Camilo Cienfuegos, el comandante Piñeiro Barba Roja, Almeida, Franqui, Raúl y, cómo no, Fidel. El asalto al cuartel Moncada, la guerra en la Sierra Maestra, Girón, la guerrilla en toda América, África y, por qué no, en todo el mundo. La revolución, los barbudos, los guerrilleros, los que están dispuestos a morir por un ideal, los que no duermen, los que se van a la montaña, los que pelean, los que mueren, los irreverentes, los que roban armas, los que tienden emboscadas, los que no comen, los que se dejan crecer las barbas, los que escriben sus diarios mientras sudan y a la vez vigilan desde un árbol que no venga el enemigo, los que son capaces de todo, de absolutamente todo, a cambio de una sola cosa: conseguir que se cumpla el ideal que los motivó a ser quienes fueron: los guerrilleros. De todas estas imágenes arquetípicas, "quijotescas", fascinantes, arrebatadas y maravillosas, la Revolución Cubana fue la única verdaderamente lograda, la real, la que triunfó. La palpable, la ejemplar, la que demostró al mundo que la posibilidad existía y sólo era cuestión de creer en ella, enlistarse y ya. De todos estos lugares comunes que acabo de enumerar, a mí (e insisto, a parte de mi generación) sólo me queda una lección: después de tantos años embelesados con tanta estupidez, la realidad nos lanza, con violencia, un balde de agua fría a la cara: nada fue así. O mejor, nada resultó así. Y especialmente en Cuba. Pronto el horror, el verdadero horror, la política de verdad, la Unión Soviética, el comunismo en su más dramática faceta, y la ambición desenfrenada de hombres —un hombre— enloquecidos, sacaron a la luz  la más sórdida de sus caras.
     La vida continuó —no sé si en Cuba la vida continuó—, me consta, hasta llegar a un día particularmente trascendente, un día en que alguien, con un valor, con una veracidad y con una inmediatez admirabilísimas, decidió contar la historia, la historia de verdad, lo que realmente sucedió mientras yo, y parte de mi generación, "comíamos mierda". Esa persona es Huber Matos.
     Lo primero que resulta tan admirable de Huber Matos es que él sí creyó de verdad en la revolución y probablemente siga creyendo en ella. Sin duda, en la suya, que es la auténtica. En la que él hizo y por la que se jugó literalmente la vida. Y vaya si se la jugó. Él, a diferencia de tantos otros, sí es, porque lo sigue siendo, un verdadero revolucionario. Lo fue en la guerra y lo fue en la cárcel. Creyó en la Revolución Cubana, en la que fascinó a todos, literalmente a todos en el mundo, y dio su vida, porque la que le sobraba se la quitaron por esa razón. A mí me resultaba familiar el personaje, no sólo por las poquísimas historias de la Revolución Cubana que había leído, en las cuales aparece —porque, por supuesto, de la historia oficial simplemente lo han borrado (y nadie en Cuba, incluso de mi edad, ha oído hablar de él)—, sino porque mis padres vivieron en Cuba justo en el año en que le tendieron el sainete, la trampa atroz que lo llevó a veinte años de cárcel, y siempre me contaron que La Habana entera estaba llena de pintas en las paredes que decían "Huber Matos no es traidor". De lo que no supe, hasta hace poco, al leer este libro, fue el desenlace de sus veinte años de cárcel y de cómo salió.
     Cómo llegó la noche resulta conmovedor y ejemplar, no sólo desde el punto de vista literario, de su lenguaje llano y claro, de su inmediatez, de su veracidad y de su valentía, sino por su absoluta falta de rencor y del hecho de no lamentarse jamás. No hay una línea en la que se queje o compadezca absolutamente de nada. Sigue siendo, como escritor, un verdadero hombre de guerra, de los que aguantan de verdad. Literariamente hablando, el libro puede leerse como una novela —y lo es de algún modo. No hace falta conocer nada de historia, y podría ser una ficción. Mérito más que suficiente para quien se adentre en sus seiscientas o más páginas. Pero cuando se lee como un testimonio, es decir, como lo que vivió el hombre que lo escribe, resulta, más que conmovedor, desgarrador. Y uno no deja de levantar, de pronto, la vista de la página que está leyendo —cosa difícil, debo confesar— para pensar que han pasado casi cincuenta años desde que la narración comienza y que no todo sigue igual; no. Lo que nuestro entrañable y querido Huber Matos, nuestro único, auténtico guerrillero intuía en aquellos años, ya enrarecidos, resultó el implacable y triste destino de un pueblo que, paradójicamente, sembró en el mundo entero la semilla de un ideal. ~