Cómo hablar de los libros que no se han leído, de Pierre Bayard | Letras Libres
artículo no publicado

Cómo hablar de los libros que no se han leído, de Pierre Bayard

“Nací en un entorno en que se leía poco, no aprecio en modo alguno esa actividad y, de cualquier modo, tampoco dispongo de tiempo para consagrarme a ella.” Esta es la primera frase del libro y es, digamos, divertida. También son divertidos el título, Cómo hablar de los libros que no se han leído, y el hecho de que el autor, Pierre Bayard, no sea un bárbaro, no del todo, sino un profesor de literatura francesa en la Universidad de París VIII. Menos festiva, apenas una sorpresa, es la intención del libro: discurrir sobre obras no leídas o ya olvidadas o alguna vez hojeadas o lejanamente referidas. El problema es, al parecer: que uno, con frecuencia, debe hablar ante otros de libros que no conoce. Las soluciones ofrecidas por Bayard son: hablar sin vergüenza, comentar obviedades, leer parcialmente la obra o, mejor, no leer una línea e inventar anécdotas, atmósferas, personajes. Pero, antes que un manual, este libro es dos cosas: una crítica de la lectura, un elogio de la no lectura.

Estando uno ya divertido, es posible afirmar que este libro no fracasa. En un sentido: critica severa, atinadamente el hábito de la lectura. Unas páginas antes de celebrar la ignorancia y la no lectura, sospecha de la manera en que leemos. Por ejemplo: ¿podemos decir que hemos leído, de verdad leído, los libros que hemos olvidado? O: salvo cuando estudiamos con detenimiento y constancia una obra, ¿no estamos en realidad ojeándola? Apoyándose en ejemplos ofrecidos por Montaigne y Valéry y Musil, entre otros, Bayard (1954) demuestra que incluso la cultura literaria del hombre más letrado no está hecha sólo de lecturas; también de malentendidos, invenciones, libros olvidados, referencias cruzadas, vistazos más o menos eficaces. Mejor aún: desmiente a los lectores pomposos, seguros de sí mismos, y reivindica la importancia del atisbo, de los comentarios críticos escuchados como eco, de la conversación literaria. Esto, la crítica del Libro y su Lectura, es plausible. De nada sirve la sacralización del libro: aleja a los primerizos, amedrenta a los que alguna vez desearon jugar con la literatura, subvertirla, rebasarla.

Ahora bien: hay pocos libros más deplorables que este ensayo. Debajo de su astucia e ironía no se oculta otra cosa que un fácil antiintelectualismo. Disfrazada de irreverencia predomina la estupidez, un tosco elogio de la estupidez. Ninguna de las frases de este libro promueve la inteligencia; ninguna pretende crear un lector más inteligente. Por el contrario: se celebra la mera astucia, se enaltece al pícaro. Esto se dice: ¡que viva no el hombre capaz de penetrar un texto sino aquel que pueda aparentar haberlos leído todos! Eso y esto otro: que no nos sintamos acomplejados por ser ignorantes. Bayard, además de académico, es psicoanalista y su libro, antes que ensayar, desea aliviar la culpa de los no lectores. Para aliviarla urde este argumento: es mejor no leer los libros porque de ese modo podemos inventarlos desde el principio. Apenas si hay que decir que Bayard es un bobo. Ya Borges había demostrado, a través de Menard y el Quijote, que el lector es, también, autor de los textos. Ya Roger Chartier había escrito: “Contra una visión simplista que supone la servidumbre de los lectores respecto de los mensajes inculcados, se recuerda que la recepción es creación, y el consumo, producción.”

Otra pedrada del señor Bayard: si uno tiene que acercarse por algún motivo a los libros, es mejor no acercarse demasiado. Abrir uno de ellos podría suponer un peligro: podemos interesarnos, distraernos entre sus líneas y perder la “visión de conjunto”. Porque, según Bayard, lo fundamental de la literatura no ocurre en el interior de los libros sino entre los libros, en el universo de los libros. Recomienda: desdeñar los detalles literarios –puro ornamento– y fijar la atención en el conjunto –la nacionalidad del autor, su ideología, el género del texto, su fecha, su contexto, el contexto. Para decirlo en una frase: se opone a la lectura cercana, cuidadosa, de los libros porque, durante una cena, es más elegante disertar sobre la Literatura que sobre el adjetivo exacto de una frase, el ritmo irregular de un párrafo, el arrobo de nuestra lectura. ¿Qué decir? Acaso que esta obra es síntoma de un malestar en la academia francesa. Pobres franceses: no hace mucho Roland Barthes y sus discípulos invitaban a leer con lupa los textos, a veces para encontrar entre sus líneas el contexto, y ahora este profesor celebra la común miopía.

¿Por qué se recomienda esquivar la lectura? Sencillo: porque el señor Bayard no disfruta la lectura. Revísese con atención su ensayo y se verá que la palabra placer sólo aparece una o dos veces, anotada al paso, nunca cerca de la palabra libro. Véanse, aun sin atención, sus comentarios sobre ciertas obras –Las ilusiones perdidas, o Soy un gato, de Natsume Sôseki– y se descubrirá que el hombre sólo glosa las anécdotas, nunca advierte la felicidad de las formas, las estructuras, el lenguaje. Ni siquiera disfruta glosar, recrear lentamente, las anécdotas: prefiere citar larga, literalmente los textos. Es fácil notar, tras el velo de la ironía, la frigidez de este profesor. Es fácil entender la popularidad de este libro: se ofrece como bandera de todos aquellos que son impermeables al placer de la lectura. Si me apuran, creo distinguir algo más grave: ese “tufo a almacén” que Joseph de Maistre detectaba en la obra de John Locke. Es como si se quisiera introducir la moral del trabajo, el culto a la utilidad, en el ámbito de la literatura: el juego y el placer, se dice, son secundarios; importa tener información, aprovecharla para escalar otro centímetro.

Un lector tradicional diría: no, es necesario leerlo todo. Agregaría: de principio a fin, enamorado de las anécdotas, respetando los deseos del autor y, casi devotamente, los libros. Debo confesar que el lector tradicional también me aburre. En parte porque eso, la buena lectura, ya rara vez es fértil (si leemos los libros como deben ser leídos, es probable que experimentemos lo que debe ser experimentado). En parte porque, como ha mostrado Ricardo Piglia, son más penetrantes, bastante más originales, los “malos” lectores. ¿Para qué intentar ser un lector correcto cuando se puede ser un lector intenso, mudable, sesgado? ¿Para qué leer temerosamente los libros cuando se puede leer a los clásicos como contemporáneos, a los contemporáneos como clásicos, y denostar unos tomos para celebrar otros? Poco importa aparentar que uno ha leído todos los libros o, para el caso, haberlos leído. La meta no es agotar la literatura sino leer potentemente y gozar, en el sentido que Barthes quería, los textos. La meta es: el latigazo de la emoción estética. La meta es: no la corrección, el delirio. ~