Chesil Beach, de Ian McEwan | Letras Libres
artículo no publicado

Chesil Beach, de Ian McEwan

Chesil Beach es la novela más reciente del escritor inglés Ian McEwan (Aldershot, 1948), quien no deja de sorprender por la incisión de su mirada y el poder de su prosa, que lo mismo se detiene en la historia inmediata –como en Sábado (2005), donde los acontecimientos del 11 de septiembre y la participación de Inglaterra en la guerra de Iraq azuzan los pensamientos del neurocirujano Henry Perowne– que en la Segunda Guerra Mundial, como es el caso de Expiación (2001). En esta nueva novela, breve y veloz, el año es 1962 y los personajes son una pareja de jóvenes –él estudiante de historia, ella música– vírgenes y recién casados que celebran su noche de bodas en un hotel apartado y romántico de la costa de Dorset frente al Canal de la Mancha.

McEwan nos muestra, a través del comportamiento y las dudas de los personajes acerca de su desempeño sexual esa noche, el vertiginoso cambio que ha ocurrido a partir de esa década crucial en los códigos de la sexualidad, la relación con el cuerpo y la pareja. Si para Florence las sábanas que tendrá que compartir con el marido, el estreno de caricias y el descubrimiento del placer resultan un territorio enemigo –un requisito y no un gusto–, para Edward, en cambio, la noche de bodas es la culminación del deseo desviado y postergado, la cristalización de fantasías. Los dos, marido y mujer, entienden la intimidad de distinta manera y deseo y temor parecen no ser compatibles; sus cuerpos y sus emociones no encuentran el vértice donde convergir. Florence y Edward son el reflejo de las formas de su tiempo; habitan el momento anterior a la era Beatles y Stones, a la revolución de las ideas y actitudes alrededor del amor, la familia, el cuerpo. Son presas de su circunstancia y esa carga histórica –el conservadurismo y las buenas maneras que los anteceden– labra esa noche de desencuentro. McEwan diseca con fineza un momento crucial en la vida de los personajes, paralelo al estreno de una época. Nos recuerda que no siempre todo ha sido igual, que hemos recorrido un largo trecho en el territorio de la intimidad y que hemos aprendido a conjugar amor y sexo, o a abandonar culpas, o a extraviarnos en la soledad del sexo sin amor o del amor sin sexo.

Sorprende la estrategia narrativa de McEwan, la manera en que esta anécdota sencilla de un hombre y una mujer que celebran el rito amoroso, esa mítica luna de miel, apartados del resto del mundo (alejamiento subrayado porque la playa de Chesil les permite estar el uno con el otro, cara a cara) y en unas cuantas horas, es interrumpida para referir quiénes son y cómo se encontraron el historiador y la concertista, provenientes de Oxford y afincados en Londres. Así, mientras la pareja intenta desvanecer los pudores y prejuicios en una coreografía lenta –una dilatada descripción de los movimientos y sensaciones y pensamientos de uno y otro–, las circunstancias del pasado inmediato pasan veloces, nos permiten entender de dónde vienen (una familia culta y acomodada la de ella, una vida más castigada y con una madre enferma en la campiña inglesa la de él) y por qué sus actitudes ante la revelación del amor carnal son distintas y se desacompañan. La mirada del escritor parece indicar que la falta de sintonía en esa noche de julio de 62 no sólo es producto de la escasa libertad sexual de aquel tiempo sino de las circunstancias sociales que los distancian, como si las mismas se hicieran evidentes ante la desnudez de los cuerpos.

Escritor sutil, atento a los alcances de las obsesiones y equívocos de los hombres, heredero de una tradición literaria inglesa de autores como Austen y Conrad –capaces de retratar en un gesto todos los pensamientos y emociones de los personajes–, McEwan cala en el silencio y hace visible lo invisible, como él mismo señala refiriéndose al proceso de escribir. Si en Amor perdurable (1997) lo que prevalece en la memoria del lector es ese comienzo en que un globo aerostático se eleva con un niño a la deriva sobre Oxford Park, en Chesil Beach es el ritmo pausado del mar, como la marea de las pieles, a contrapelo con el estallido sobre las rocas y el golpeteo de los pensamientos, lo que estremece: el trágico devenir, las palabras equivocadas, las cosas aparentemente sencillas. Porque, como dice el narrador de esta novela, cuando se trata de las relaciones amorosas, “nunca es fácil”. ~