Cartas cruzadas, de Arnaldo Orfila y Octavio Paz | Letras Libres
artículo no publicado

Cartas cruzadas, de Arnaldo Orfila y Octavio Paz

La correspondencia cruzada por un lustro (1965-1970) entre Arnaldo Orfila y Octavio Paz es un rico testimonio que puede leerse como instantánea de la época, registro editorial, lluvia de ideas o literatura de combate. Para cuando se inicia el epistolario, Paz es quizás el escritor mexicano más acreditado y activo internacionalmente y, aunque vive fuera del país, mantiene presencia en el debate cultural doméstico. Orfila, por su parte, es un editor reconocido que dirige el Fondo de Cultura Económica y que, dentro de las posibilidades de una empresa estatal, intenta promover una actividad crítica y moderna. Aunque pertenecen a promociones anteriores (Orfila nació en 1897 y Paz en 1914), los dos simpatizan y tienen ascendiente en las nuevas generaciones que, a la sazón, aspiran a romper atavismos y modernizar la cultura mexicana. En el lapso de esta correspondencia, suceden cambios decisivos para sus protagonistas: en 1965 Orfila es despedido del Fondo por la publicación de un libro no grato para el régimen; mientras que, en 1968, Paz renuncia a la embajada en la India en protesta por la represión al movimiento estudiantil. Tras sus respectivas rupturas con el gobierno, ambos enfrentan un clima adverso: Orfila, con la solidaridad de muchos, funda de inmediato la nueva editorial Siglo XXI, aunque, como lo denota la correspondencia, suele ser amagado por su condición de extranjero; mientras que Paz, quien permanece fuera del país, es sujeto a un infructuoso y casi cómico asedio por parte del gobierno.
     La difusión del epistolario adquie-re mayor relevancia a la luz de estas circunstancias, pues aborda ante todo las peripecias editoriales de tres libros publicados por Siglo XXI, Poesía en movimiento (1966), Corriente alterna (1967) y Posdata (1970), con los que Paz afirma su influencia en la forja del canon de la poesía mexicana; se afianza como lector y portavoz de la modernidad estética y consolida su papel como crítico de la vida pública. Aunque la correspondencia se restringe casi exclusivamente a asuntos profesionales, tiene una viveza surgida no tanto de la cercanía personal, como de los temas que se dirimen, particularmente el debate en torno a Poesía en movimiento. Efectivamente, siendo todavía Orfila director del Fondo, se proyecta la idea de hacer una antología de la poesía mexicana, que se mantiene en Siglo XXI. Paz, tras ciertas dudas en aceptar, propone una deliberación colectiva (dos poetas maduros y dos jóvenes) y forma equipo con José Emilio Pacheco, Alí Chumacero y Homero Aridjis. La elaboración genera dificultades poéticas, políticas y logísticas: Paz quiere hacer una especie de exigente manifiesto de la modernidad de la poesía mexicana, destacando sus aspectos de aventura y experimentación, Pacheco y Chumacero se inclinan por una selección más amplia y tradicionalista, fincada en el decoro formal. Las dis-cusiones, agravadas por la lejanía y las difíciles comunicaciones, se vuelven tensas; en algún momento Paz amenaza con retirarse, Pacheco y Chumacero también, Aridjis medio desaparece. Al final, aunque la selección se parece más al proyecto de Paz, todos ceden un poco, la antología sale a la luz y, pese a que no parece satisfacer cabalmente a sus autores, implica un giro significativo, desgraciadamente todavía no superado, en la forma de leer y codificar la tradición poética mexicana.
     Tras la conflictiva antología, la relación epistolar recupera el ritmo relajado y registra la realización de nuevos proyectos. Por un lado, la publicación en 1967 de Corriente alterna que, en sus ensayos misceláneos, muestra la atención omnívora de Paz a la gestación de nuevos movimientos estéticos y sociales y que, en muchos sentidos, resultan premonitorios del papel que tendrán los jóvenes en el 68. Por otro lado, los avatares (esbozos editoriales, búsqueda de patrocinios) para el proyecto irrealizado en ese entonces de una revista de crítica y cultura (en la que se adivinan las futuras Plural y Vuelta), que encabezaría Paz y que aspiraba a ser un referente internacional del debate. Finalmente, tras el trauma del 68, la publicación en 1970 de Posdata, en donde Paz ofrece su interpretación del movimiento estudiantil y las raíces de la violencia. Las cartas muestran dos perfiles que se complementan: el escritor hiperactivo, curioso y perfeccionista, y el editor abierto, probo y valiente. Aun detrás de la estima pueden adivinarse discrepancias, aunque triunfa la urba-nidad y el ánimo de ensanchar las geografías literarias y cultivar una zona franca de la inteligencia.
     Pese a que el tono de las cartas es directo y ameno, poco encontrarán quienes se acercan a los epistolarios únicamente para buscar el amarillismo o para lograr una intimidad pronta y sin esfuerzo con los escritores. Para un autor como Paz, consciente de su sitio en la historia cultural, el comercio epistolar no era un simple instrumento para la confesión o el desahogo, sino una prolongación de su personalidad pública y un laboratorio de ideas. Por eso, si bien en estas Cartas cruzadas hay apreciaciones picantes, juicios frontales y abundante material para amenizar las tertulias (y muy hipócrita o desabrido lector será quien no aprecie esa faceta), hay sobre todo ideas y muestras del carácter, los proyectos y las inquietudes de dos interlocutores eminentes en una época de convicciones y valores, que hoy se mira con inevitable nostalgia. ~