Aventuras de la imaginación | Letras Libres
artículo no publicado

Aventuras de la imaginación

Mauricio Montiel Figueiras

Los que hablan. Fotorrelatos

Oaxaca, Almadía, 2016, 158 pp.

Según José Vasconcelos, hay libros que son para leerse de pie (los que llaman a la acción, los de prosa vehemente) y libros para leerse sentados. Los que hablan forma parte de este segundo conjunto. Lo conforman tres relatos unidos por hilos muy delgados. En los tres figura el Director, el hombre de tweed, que parece controlarlo todo. El Director no es quien narra y apenas es un personaje, pese a su omnipresencia en los relatos. El Director es, por así decirlo, el ancla que impide que los relatos se pierdan en el océano de la imaginación de Montiel. Una imaginación fértil alimentada por grandes dosis de cine y literatura, como se advierte en sus ensayos compilados en Terra cognita (2007) y La brújula hechizada (2009). Los que hablan es un libro para leerse sentado, para dejarse conducir por los meandros de un secuestro, de la traición en el ámbito de los agentes secretos y de la leyenda de los extraterrestres caídos en Roswell. Un libro para sentarse a leer y soñar con los ojos abiertos.

¿Por qué resultan atractivos los relatos de Montiel Figueiras (Guadalajara, 1968) reunidos en Los que hablan? Fiel a su título, Montiel excluye de ellos toda descripción de ambiente o paisaje que no forme parte del diálogo entre dos personajes, que podrían ser los mismos en el primero (“Road movie”) y en el segundo (“Zapruder”), y sin duda son otros en el tercero (“Roswell”). A los tres los forman diálogos entre parejas: cómplices en los dos primeros, paciente y terapeuta en el último. Diálogos entre mujeres y hombres. Esta forma de narrar ha sido llevada a su máxima expresión en las extraordinarias novelas de Ivy Compton-Burnett, en esa breve obra maestra que es El taxi, de Violette Leduc, y, en nuestro ámbito, en Insomnes en Tahití, de Pedro F. Miret, obra extravagante si las hay. No se trata, entonces, de una innovación narrativa sino de un tour de force que Montiel adopta y resuelve de manera efectiva.

La forma dialogada de los relatos de Montiel Figueiras le otorga una ductilidad para registrar los continuos cambios de humor de sus personajes. Las narraciones avanzan mediante un flujo continuo, sin reposo, que les imprime una vivacidad que contrasta muy bien con el carácter críptico y misterioso de lo que cuentan.

Estos relatos eluden el paisaje pero sus diálogos crean atmósferas fantásticas que aparentan la realidad. Atmósferas de intriga en “Road movie” y “Zapruder”, y onírica en el caso de “Roswell”. Al participar el lector como testigo invisible de estos diálogos queda de inmediato inmerso en lo que ocupa y preocupa a los personajes. ¿Es posible recrear de manera verosímil un mundo por medio de conversaciones fragmentarias, infundirle vida a un relato –recobrar retazos del pasado, exponer planes futuros y hacer creíble el presente– a través del puro juego de voces?

Montiel Figueiras lo consigue sin caer en el falso prestigio de la oralidad. En sus mejores momentos los diálogos incorporan recuerdos y dentro de estos aparecen otras voces, más personajes, sin dejar de volver a la corriente central del diálogo. En otras ocasiones –sucede en “Zapruder”– la conversación de la pareja incorpora elementos históricos (detalles de la filmación del asesinato de John F. Kennedy) y reflexiones sobre la invasión totalitaria de las cámaras, como ojos omniscientes que todo lo ven y lo registran con repercusiones para quienes son grabados.

En “Road movie”, una pareja huye, sin que sepamos por qué, de los alcances de una liga que organiza extraños encuentros sexuales. Poco a poco, a partir de los atisbos en la conversación de los que van en fuga, el lector alcanza a ver que llevan consigo a una niña sedada y que van rumbo al aeropuerto para consumar el robo de la infante y poder fundar “una familia”. ¿Qué liga, qué niña, a dónde van, por qué se la llevan? No lo sabemos. En esta indefinición radica el encanto del relato.

Mucho más elaborado es “Roswell”, donde un hombre acude a una clínica a buscar ayuda para conciliar el sueño mediante el hipnotismo. No duerme desde que, en la ida al cine para ver, al lado de sus hijos, Encuentros cercanos del tercer tipo, ve surgir de la pantalla una potente luz que lo deslumbra. Mediante la hipnosis –mejor dicho: a través de los diálogos entre paciente y terapeuta– el hombre insomne va descendiendo en lo profundo de su memoria. Primero recuerda su visita al cine y retrocede: se ve a sí mismo de niño, presencia los violentos pleitos de sus padres, y retrocede: es el día de su décimo cumpleaños, sus padres han reñido. El padre, ebrio, lo lleva a un rancho a arreglar una cerca y en el camino los ciega una intensa luz azul, y retrocede: el niño es abducido y... No cuento más.

Del diálogo realista pasamos a una sesión onírica y de ahí a una situación fantástica, sin perder nunca de vista –y esta es una de las mayores destrezas de Montiel como narrador– que nada es real sino el diálogo –incesante, angustioso– entre doctora y paciente. Doctora que quizá, se deja entrever, trabaja en una agencia gubernamental que... De nuevo me detengo.

En los cuentos de Los que hablan asistimos a diálogos tensos entre parejas, pero en realidad lo que leemos es una sola voz, la de Mauricio Montiel, que se desdobla para recrear atmósferas sugerentes y terribles en las que palpita, simple y llanamente, la literatura. ~