Ascenso y descenso | Letras Libres
artículo no publicado

Ascenso y descenso

Samuel Noyola

El cuchillo y la luna

México, El Tucán de Virginia/Consejo para la Cultura y las Artes de Monterrey, 2011, 226 pp.

 

Samuel Noyola (1965) es un personaje sobre el cual abundan leyendas urbanas y escasean testimonios críticos. No es difícil que una obra breve y dispersa sea engullida por el mito de su autor y se difumine en unas pocas anécdotas y exageraciones sobre el inconformismo. Por eso, vale la pena la edición de El cuchillo y la luna, que reúne los tres libros publicados por Noyola y permite ponderarlos en conjunto. La compilación ratifica una cosmovisión y un estilo pero, sobre todo, refleja el dilema estético y vital que marca su creación: una poesía que oscila entre la aventura y el orden, es decir, entre el delirante apunte vivencial y el homenaje a la tradición, entre la exasperación del rebelde y la contención del formalista. Con estas contradicciones, se va delineando la figura de un bohemio socarrón, barroco y culterano; de un hombre que lo mismo se mueve en los salones del poder literario que en las entrañas de la periferia urbana; de un poeta que documenta la exaltación, la ansiedad y el desenfreno con formas claras y precisas. Cierto, la intensidad, la disipación y la disolución vivenciales se decantan en la forma y permanecen como un ingrediente subyacente, que brinda una particular profundidad al poema, pero que evita volverlo mero testimonio. Hay celebraciones de la ebriedad, efusiones nocturnas, alborotos y desplantes sintácticos, desvaríos, idiolectos, pero en general se trata de una poesía precisa y cerebral, surcada por humor negro, ritmo infalible e imágenes simétricas.

Nadar sabe mi llama, el libro con que el escritor debuta, es un testimonio adolescente que combina la espontaneidad y el entusiasmo con una afición por los clásicos. Llama la atención el culterano fervor, la imaginería religiosa y la capacidad de refrescar con el arrebato y la sorpresa lo que parecería predecible. El libro intenta a ratos una transposición del lenguaje del Siglo de Oro a las calles de la urbe moderna y, pese a cierta tendencia a la sobreadjetivación, la audacia y desenfado para elegir sus temas, la frescura de la mirada y la soltura y conocimiento del oficio resultan seductores.

Tequila con calaveraes un libro de mucha mayor madurez que no pierde, sin embargo, la lozanía e irreverencia juvenil: juega, por un lado, con imágenes más depuradas, menos intrépidas y extravagantes; por el otro, con una clarísima melodía. Hay poemas largos y momentos de iluminación que surgen con toda naturalidad; paisajes casi surrealistas que se dibujan con ingenio y nitidez. Se trata de una poesía burlesca, libertaria y libertina, hecha con materia y destrezas clásicas.

Paloma negra productionses un libro donde la imagen reaparece más trastornada, visionaria y redentora y comienza a perfilarse el exceso como una peculiar y nunca explícita vía mística. Lo más llamativo de esta poesía es que, pese a que sugiere la deriva existencial del autor, jamás cae en la simple autobiografía o la autoconmiseración y sigue siendo una escritura en vigilia que se permite poemas tan hondos y llenos de rigor como “Unreal city”. En lo que se adivina un descenso a los infiernos, su poesía guarda una particular sobriedad y recato y logra conjugar el desvarío con una arquitectura que tiene que ver tanto con la música como con la risa. “Nómada” es un ejemplo de esta mezcla de rigor y locura, de planeación e improvisación, de maestría y contención y dislocación de las palabras y los sentidos.

Son muchas las imágenes fecundamente contradictorias que se pueden utilizar para caracterizar una obra y una figura como la de Noyola: un anarquista metido en los salones, un nómada apegado a la tradición sedentaria, un pirómano afecto al monumento, un místico insospechado que rinde culto al templo de la noche y que, en ciertos instantes prodigiosos, ya no sabe si ha descendido a lo más hondo o ascendido a lo más alto. ~