Apuntes de un anatomista de ciudades, de León Plascencia Ñol | Letras Libres
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Apuntes de un anatomista de ciudades, de León Plascencia Ñol

La literatura como teoría y práctica de una enfermedad: la de los demasiados fantasmas a la vista. Citas, autores, libros: el mundo es una antología de referencias personales. Todo paisaje está salpicado de llamadas a pie de página, y cada pocos pasos el viajero se encuentra con discretos puentes que la intemperie tiende hacia la soledad de la biblioteca doméstica. “El viaje tiene que ser una extensión de la memoria”. Ergo, de los libros que uno ha leído.

El libro de viajes de León Plascencia Ñol (Ameca, 1968), construido a manera de pastiche (“Escribo desde la literatura”), refiere en todo momento la imposibilidad de una memoria sin huecos (“Las páginas entonces que quedan en la escritura son el resto, lo sobrante, o mejor, lo que cuenta es lo que se omitió”). El mimetismo y la volatilidad literaria que caracterizan la búsqueda poética del jalisciense son localizables en su prosa: esa capacidad de traición y desentendimiento de lo anteriormente dicho que, como al borrar las propias huellas, hace que el autor deba descubrirse a perpetuidad. La adopción de estilos escriturales distantes, una muda constante en el registro, los recursos formales declaradamente ajenos, la (des)construcción de la propia voz. Apuntes de un anatomista de ciudades se inscribe en la nueva tradición del libro de viajes –pienso en El mago de Viena, del tránsfuga en jefe, Sergio Pitol–; es decir, un texto autobiográfico que, por su libertad, su naturaleza diarística y abierta, recorre un espectro más rico en la escritura, alcanza el desasimiento de aquello que mezcla naturalezas diversas. La escritura impulsada sólo por el deseo de ésta, por el placer arbitrario de empezarla (reanudarla) en cualquier lado y terminarla (suspenderla) en otro, completamente insospechado, lejos de los arreos y exigencias de los géneros.

Pastiche en su planteamiento, el libro deviene collage que funciona a varios niveles. Primero: los textos fueron escritos en un lapso de casi diez años como piezas dispersas de un rompecabezas que no se proponían formar ninguna figura y, sin embargo, encuentran en estas páginas un acomodo aparente, crean una ilusión óptica escrita: “El azar tiene mucho que ver, en el sentido de que es un sistema de relación que establece conexiones. Eso es un poco lo que uno busca: las conexiones inesperadas; uno puede avanzar en la línea de las relaciones entre cierta reflexión y la narración, o entre la autobiografía y la falsificación, articular cosas que no parecen articuladas.” Una ligera capa de orden enmascara el desorden que legamos al mundo. Al tiempo que falsifica su propia imagen, el libro ofrece claves que lo descifran como acto de magia que descubre sus secretos.

Y segundo: la resonancia de ciertos autores (Enrique Vila-Matas, António Lobo Antunes, Roberto Bolaño) en la textura de su prosa, el acomodo del párrafo, y el homenaje que Plascencia Ñol rinde a las memorias ajenas que en sus libros le han adelantado la forma de las ciudades que después (re)conocerá en persona. “A veces construyo una ciudad a partir de sus escritores. Es decir, casi siempre, como un vicio secreto, armo cartografías de ciudades a partir de textos.” La interferencia vuelve más límpida la imagen, así como los límites de las fotografías confieren una existencia real, independiente, a los detalles que otro ojo ha seleccionado para componer un universo.

Las ciudades son pretextos para escribir. Escribir estos modelos para armar, prosas apátridas, disecciones de varia invención. La mente supura palabras a la menor exposición a agentes virulentos, como el paisaje y las citas recordadas de pronto. La intemperie de las ciudades extranjeras y las propias no curan de literatura; antes bien agravan el padecimiento de quien no puede dejar de ver su vida como un nudo de lecturas, como la encrucijada donde vida y ficción conducen a una misma libreta de apuntes. Para un hipocondríaco declarado (como el autor), todo se vuelve un indicio del mal que nos aqueja. Cada uno de nuestros signos vitales muestra o esconde los síntomas de la enfermedad. Nunca la propia percepción deja de ser sospechosa.

Los cuatro apartados del libro van construyendo desde afuera hacia adentro el alma del viajero. En el primero, “El síndrome Stendhal”, el escritor da cuenta de viajes en toda regla. Mapas verbales, tours y souvenirs, el recorrido turístico y el de los iniciados se combinan en la agenda del viajero. En los textos contenidos en “Pase de abordar” y “La mirada”, el tejido de referencias se vuelve más poroso y, al mismo tiempo, la experiencia individual gana espacio. Aquí es posible apreciar la impronta que un sitio geográfico ha dejado en el lenguaje; el camino que emprende hacia la abstracción, hacia las palabras. En estos viajes, el destino ha resultado ser una sensación y no sólo un lugar. La última parte del libro, “Cuatro relatos morales”, contiene cuatro narraciones donde el sexo, la soledad y la enfermedad se alían para describir el retrato de viajantes incómodos, de solitarios que cultivan su destierro, de amantes que yacen en camas extrañas, de hipocondríacos que afirman: “El plagio es una enfermedad, también mis recuerdos inventados son una enfermedad.”

Testimonio del paseante inmóvil, “Paisajes íntimos” cierra el periplo de Plascencia Ñol con una nota de devoción hacia el territorio de la rutina, no por doméstico menos ignoto, menos fecundo. Si, como se ha escrito antes, todo paisaje es un autorretrato, y todo retrato trata de interiores, no existe imagen más reveladora que el panorama que a diario avista el escritor desde su ventana.

Entre miradas ajenas y propias los textos de este cuaderno de viajes forjan el alma de quien los escribe. El autor confiesa: “De cada viaje regreso con un talismán. No importa el tamaño, la consistencia, la forma, el material; no importa si salgo a pasear por las calles de mi barrio: siempre vuelvo con algo. Una piedra, una mirada, un objeto.” Fragmentos de escritura arrancados del panorama. Así, viajar es una forma de restitución: un ardid para tirar las paredes de la biblioteca y dejar que las páginas sueltas de ciertos libros se (re)integren a las hendiduras del paisaje. ~