"Aires de familia", de Carlos Monsiváis | Letras Libres
artículo no publicado

"Aires de familia", de Carlos Monsiváis

El discurso del ciempiés
Carlos Monsiváis, Aires de familia (cultura y sociedad en América Latina), Anagrama, Barcelona, 2000.A su manera: "Si eres Carlos Monsiváis, entonces lo sabes todo". Así reza la leyenda. Y gracias a ella, cabe suponer que ser Carlos Monsiváis no es un asunto demasiado fácil. Menos ahora cuando, a propósito del Premio Anagrama, un raro espíritu ronda al colectivo: "¡Vaya!, ¡ya era hora!" Como si el escritor fuera —¡ah, por fin!— nuestro Almodóvar particular en el dorado Hollywood de las editoriales españolas. Pero si duda, más allá de esto, Carlos Monsiváis sigue siendo un invento esquivo y difícil. Alguien que ha demostrado que la verdad es móvil, que hay que desconfiar de las mayúsculas, que una pelea de box, una procesión religiosa, un show de trasvestis o un buen poema también pueden desnudar a una sociedad. Este precipicio a más de un académico le debe resultar tan irritante como imprescindible.
     Difícil tránsito: de semidiós del análisis cultural, protagónico testigo de la periferia de la farándula o de la soledad multitudinaria de una estación de metro, a sospechosa inteligencia, demasiado lacerante y —también— demasiado dedicada a sabotear el patrimonio solemne de eso que llaman pensamiento. Sobre esa generosa franja transcurre Carlos Monsiváis.
     Y esa franja tiene el irremediable sello de la manera en que se producen sus textos. Su traducción de lo que observa es un culto extraordinario de la paradoja. Como si, extraído de la lírica, el oximoron dejara de ser un recurso y se transformara en un discurso capaz de hacer real un juego de oposiciones que secretamente nos delata, nos descubre ("sin canciones la vida se ensordece", "las migraciones se vuelven sedentarias" —¿qué decir de los recurrentes intertítulos con los que va desconcertando todo lo que escribe?). Se trata de una construcción del lenguaje que pretende rescatar la diversidad hasta en el propio medio en que se expresa. Esa es la ceremonia de los textos de Monsiváis. Única y divergente. Renuente a cualquier clasificación. Obstinada en huir de la lógica del lector. Bien pudiera imaginarse que, ante el requerimiento de —es sólo un ejemplo— analizar la historia de la represión policial en el D.F., Monsiváis saliera de inmediato a escribir una cronología sobre las variaciones que ha tenido el uniforme de la judicial capitalina en los últimos cien años.
     No obstante, tras todo este mecanismo, tan íntimo como conceptual, siempre está presente la voracidad de una inquietud que se resiste a quedar en paz ante las leyes que rigen nuestra existencia. Monsiváis, a veces, se me aparece como el más prójimo y feroz aliado que tenemos en contra del humanismo. Y aquí acudo a Michel Foucault:
Entiendo por humanismo el conjunto de discursos a través de los cuales se le ha dicho al hombre occidental: "Aunque no ejerzas el poder, puedes no obstante ser soberano. Mejor aún: cuanto más renuncies a ejercer el poder y más te sometas al que te impongan, más soberano serás". El humanismo es quien ha inventado todas estas soberanías sometidas, tales como el alma (soberana del cuerpo, sometida a Dios), la conciencia (soberana en el orden de los juicios, sometida al orden de la verdad), la libertad fundamental (soberana interiormente, pero que consiente y está "de acuerdo con el destino" exteriormente), el individuo (soberano titular de sus derechos, sometido a las leyes de la naturaleza o a las reglas de la sociedad). En resumen, el humanismo es todo aquello con lo que, en Occidente, se ha suprimido el deseo de poder, se ha prohibido querer el poder y se ha excluido la posibilidad de tomarlo. (Actuel,º 14, abril de 1971.)
No en balde en las primeras páginas de Aires de familia (cultura y sociedad en América Latina), rastreando las versiones de lo popular en el temprano siglo XX del continente, Monsiváis destaca la concepción de lo que somos como "un defecto ontológico a partir de un hecho: la imposibilidad de elegir". Desde esa primera idea, hasta nuestro 2000, televisado sin piedad ("Se cierra el viaje que va de lo prohibido hasta la necesidad de elegir entre el cúmulo de ofertas"), el libro se va trastocando en una persecución de nuestras maneras de pensar y de sentir la realidad. Se trata de una aspiración ambiciosa, de cuya pretensión totalizante y definitiva se protege el autor. La lucidez se adereza con sarcasmo. El matiz irrumpe aun antes de que cualquier frase ceda ante la tentación de las pomposas definiciones: sólo un desplante nos salva de la sentencia que ya está por pronunciarse.
     Aires de familia desea dar cuenta de un continente que apenas parece comenzar a tomar conciencia de su propia diversidad, dentro de un contexto donde la "unidad" no se estaciona en los indicadores objetivos o en la simple retórica positiva: porque a nuestros países también los va uniendo "la exasperación ante lo indígena (considerado el peso muerto), la mitificación del mestizaje, el afianzamiento de los prejuicios raciales, las corrientes migratorias, el frágil equilibrio entre lo que se quiere y lo que se tiene". Monsiváis se aprovecha de la literatura, del cine y de la televisión —vehículos emblemáticos en la cohesión latinoamericana— para deslizarse más allá y tocar los territorios —aparentemente diminutos— que definen nuestra existencia: el melodrama, la sensibilidad como noción de identidad, el concepto cerrado del entretenimiento, la modernidad como desencuentros. Es un ejercicio de rastreo minucioso del vaivén de una cultura cuya conciencia de pueblo (y del sentido de "lo popular") se va transformando: de la "suma de multitudes sin futuro concebible" hasta el presente instantáneo, sometido a "la dictadura del gusto".
     Tras todo el registro, Aires de familia parece no descuidar nunca una secreta ansia: la dicotomía entre las ideas de éxito y fracaso en Latinoamérica. No se trata simplemente de diseños prepositivos, de justificaciones o sueños (¿qué jadeo nos queda entre el Ariel de Rodó y el Calibán de Fernández Retamar?). Son estructuras más hondas, caladas en la fragua de nuestra sensibilidad, de nuestro ejercicio de la cotidianidad. El clásico ¿qué somos? sólo puede abordarse desde ahí, desde una certeza fundacional ("el país se construye sobre infelicidades", "la tragedia es el pago mínimo por el derecho a vivir la historia"), y su tránsito de transformaciones (las renovaciones de "la imagen del pueblo", las modificaciones de la censura, las variaciones del sentido del triunfo en todos los órdenes), buscando y tropezando —a veces a su pesar— con la necesidad de aceptar su heterogeneidad, tratando de reconciliarse con ella, que ya no es ella sino ese ¿qué somos?, ese supuestamente nosotros.
     Vale destacar que, cuando se enfrenta a la literatura o a la "historia" (así entre comillas), el autor parece adquirir un tono vagamente más respetuoso. Son menos las paradojas y los guiños irónicos que cuando, con un tierno cinismo, nos observa en el cine o la televisión. Se añoran algunas ausencias (¿qué hacer, por ejemplo, con respecto a la formación de una idea de América y de Pueblo en la literatura, con lo mejor del indigenismo suramericano: José María Arguedas? O también: ¿cómo integrar a cierta narrativa del posboom —la incorporación de "lo fílmico" en la obra de Osvaldo Soriano, o de la diversidad de sentidos ligados a la industria musical en "Que viva la música" del colombiano Andrés Caycedo—, a todo el proceso detallado en nuestro fin de siglo?). Aun así, el mapamundi literario sobre el que navega el libro es más que suficiente para someternos a sus propias preguntas. Queda, además, el diálogo que se establece entre todo este universo y los rituales que transcurren en los mass media.
     En este diálogo, particularmente, resulta reveladora toda la elaboración que se desarrolla a propósito del cine mexicano —uno de los grandes responsables de la educación sentimental de todos los latinoamericanos—, así como la reflexión sobre nuestra concepción del ocio, de sacrifico y de placer: "Muy cara se ha pagado en Latinoamérica la versión única de lo aburrido y de lo entretenido, que de la televisión se traslada a la vida cotidiana, la cultura y la política. [...] si te aburres te quedarás con tu identidad predilecta, la del que la pasa bien con lo que le den".
     Justamente desde esa "versión única" también podría realizarse una relectura de Aires de familia. La que nos propone tratar de entendernos desde esas mismas experiencias. Sin pudores, sin engorrosos andamiajes teóricos, sin corpus predeterminados e inequívocos. Monsiváis no sólo nos ofrece otra posibilidad epistemológica. También su misma obra es reflejo de esa posibilidad, vertida en una estética distinta, creando otro tipo de conocimiento y de gozo en la producción de sentidos de nuestras sociedades. Todo esto, además, en tiempos en que la fiesta del mercado se empeña en decirnos que el trabajo, el placer y la rentabilidad sólo son material de divorcio.
     Quizás a su pesar, Carlos Monsiváis ya es protagonista irremediable de estos aires de familia. Su curiosidad —y la forma en que se ha instrumentalizado— representa un perfil diferente del ser intelectual, del escurridizo oficio de pensar Latinoamérica. Queriendo encontrar algún orden (ya no historia, ya no comillas) en nuestros deseos, nos entrega finalmente un discurso sin conclusiones. Por eso existe el verso de Lezama Lima que cierra (y vuelve a abrir) el libro: "el gozo del ciempiés es la encrucijada". -