Las luces rojas de la democracia | Letras Libres
artículo no publicado

Las luces rojas de la democracia

Los pasados comicios locales celebrados en México para renovar doce gubernaturas y elegir, en la Ciudad de México, una asamblea constituyente fueron una nueva muestra de que nuestra democracia evoluciona, pero a trompicones, y si bien hay algunos motivos de celebración también persisten alarmantes síntomas de descomposición. Sí, hay que aplaudir que el ine demostró eficacia, que las urnas determinaron alternancia en varios estados de forma pacífica y que la figura de “candidato independiente” se integra a nuestra vida electoral como una forma digna de ampliación de derechos ciudadanos. Pero a pesar de estos avances en materia de competencia y acceso a los puestos de elección popular, el uso y abuso de viejas fullerías y mañas en las campañas electorales siguen demeritando considerablemente al sistema político. No debe olvidarse que, por algo, la credibilidad de los partidos está en el suelo y que México es el país que califica peor a su democracia, de acuerdo a la encuesta anual que hace la organización Latinobarómetro.

Los resultados, llamémoslos “coyunturales”, de la elección están a la vista: un claro triunfo del pan (que no de su triste aliado, el prd) que le abre a este partido perspectivas poderosas rumbo a 2018 y, al mismo tiempo, le presupone una enconada contienda para determinar quién será el candidato; una severa advertencia al pri, derrotado a causa de sus malos gobiernos estatales y la incuestionable impopularidad de Peña; la aparición de Morena como tercera fuerza electoral, pero también la evidencia de que este partido carece de una cobertura realmente nacional; la elección en Chihuahua, de Javier Corral, un político de alcance nacional que seguramente adquirirá un nuevo e importante protagonismo; un nuevo fracaso de las empresas encuestadoras y nuevos éxitos electorales y la eficacia demostrada en las urnas de la estrategia del pan-prd de postular a expriistas para ganar en las urnas. Pero más allá de estas consideraciones, sin duda importantes, debe interesarnos en qué condiciones queda la calidad de la democracia mexicana. Un segundo después de que se conocieran los resultados electorales, la clase política y muchos analistas empezaron a preocuparse por la elección de 2018, y en ese preciso momento nos olvidamos de que las pasadas campañas fueron un espectáculo vergonzoso. El clientelismo, la compra del voto y el derroche ilegal de recursos públicos fueron sus protagonistas más destacados y constantes. A estas estrategias recurrieron prácticamente todos los partidos. Los ciudadanos vieron correr una avalancha de caudales destinados a objetivos electorales, en una nación que padece un ingente déficit en materia social. Quedó patente la irresponsabilidad de actores políticos que no ven más allá de sus propios intereses cuando por lo menos dieciocho candidatos se autoproclamaron ganadores minutos después de cerradas las urnas. Nadie piensa en construir, proyectar, utilizar las virtudes propias y las ideas para atraer. Todo lo contrario, solo se trabaja para destruir al adversario, por dar a conocer sus errores, sus descalabros, sus bajezas, aunque ello en nada beneficie a los ciudadanos y sí lastime el prestigio y legitimidad de quienes, eventualmente, habrán de gobernar. Las campañas no aportan nada o casi nada en términos de contribuciones concretas para la solución de los problemas comunes. Es significativo que, en muchos casos, la promesa más relevante de los candidatos consistiera en “meter en la cárcel” al contrario. La alternancia puede atribuirse al castigo a malos gobiernos y como manifestación de ese ya famoso “malhumor social”, pero no a las virtudes de los triunfadores.

Las campañas negativas y guerras sucias terminan por fomentar apatía y desconfianza en los sistemas políticos. Muchos analistas piden no dar demasiada importancia a estas tácticas “de contraste” e incluso afirman que sin ellas las elecciones serían aún más aburridas. Es posible, pero los denuestos y vituperios en campaña producen una excesiva polarización con bandos que se desgastan en continuos fuegos cruzados. No en balde las campañas negativas son el instrumento favorito de demagogos y populistas, y Donald Trump es un magnífico ejemplo de lo anterior. El clima de desconfianza y apatía resultado de las guerras sucias no aporta nada a la consolidación de una democracia tan exigua como todavía lo es la nuestra porque devalúa a las instituciones gubernamentales y de representación política y da lugar al abstencionismo.

Pese a toda la sobrerregulación que impera en México en materia electoral, no hemos sido capaces de suprimir las viejas reglas no escritas y modelos viciados. Vamos ordenadamente a las urnas, presenciamos cómo unos partidos sustituyen a otros en los gobiernos, pero nuestro sistema político no está sirviendo como un mecanismo eficaz de transformación social, al contrario, se ha divorciado de los ciudadanos y ha hecho del poder por el poder mismo el objetivo central del juego político. Alternancias en el poder sin resultados plausibles pueden servir como sanción moral y política a gobiernos ineficientes, pero terminan por ser huecas.

Desde luego, jamás debe pensarse en la democracia como una panacea. Es un sistema engorroso y lleno de complejidades. Una sociedad madura siempre entiende que la democracia no solo desilusiona sino es de suyo mediocre, sempiterna rehén de equilibrios frágiles y dinámicos. No se trata de un ideal que se realice de una vez, para siempre y para todos. Es un proceso inestable, impreciso e impredecible que adopta diferentes ritmos. Pero su desarrollo y supervivencia dependen de que el conjunto de los actores y las instituciones que le dan vida encajen y se guíen por un mínimo de valores sustantivos. ~