Las FARC, un enclave terrorista en Colombia | Letras Libres
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Las FARC, un enclave terrorista en Colombia

Fue necesario el horror vivido por Estados Unidos el martes negro del 11 de septiembre para que, por primera vez, el gobierno de ese país tomara conciencia de ciertas realidades que hasta entonces había subestimado o simplemente pasado por alto. En primer lugar, la realidad del terrorismo como amenaza verdadera para su seguridad interna.
     En segundo término, la dimensión escalofriante que este peligro podía alcanzar cuando un fanatismo de estirpe religiosa, capaz de actos suicidas, puede disponer no sólo de considerables recursos financieros, sino también de la complicidad de ciertos Estados y el posible acceso a armas nucleares, químicas o bacteriológicas. Y, por último, el hecho cierto de que las organizaciones terroristas, por diversos que sean sus perfiles y móviles, colaboran entre sí, pues comparten muchas de ellas un rencoroso sentimiento antiestadounidense, incluyendo las que operan en el vecindario continental. En especial, en mi país.
     A la hora de afrontar una amenaza inesperada, los estadounidenses no se andan con rodeos. A propósito de Colombia, Francis Taylor, el coordinador antiterrorista del Departamento de Estado, anunció que su país combatiría a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, las FARC, al Ejército de Liberación Nacional, el eln, y a las Autodefensas Campesinas como a cualquiera de los grupos terroristas del resto del planeta. El Departamento de Estado no ha vacilado, pues, en incluir a dichos protagonistas del conflicto armado colombiano entre las 27 organizaciones que, a su juicio, tienen ese carácter en el mundo. De su lado, la embajadora de Estados Unidos en Colombia, Anne Patterson, confirmaría días después este juicio en dos célebres discursos que sorprendieron por su tajante firmeza a los propios colombianos. La señora Patterson afirmó que había una notable similitud entre los mencionados grupos en armas que operan en Colombia y los fundamentalistas de Afganistán. Ambos, dijo la embajadora, tienen el tráfico de droga como medio principal de financiación y ostentan —son sus palabras— el mismo cinismo y la misma hipocresía moral.
     Para los colombianos, estas declaraciones representaron un viraje de 180 grados en la percepción del gobierno y aun de los legisladores estadounidenses respecto de los grupos armados del país, en especial de las guerrillas de las FARC y del eln. Hasta entonces, al amparo de ese pensamiento "políticamente correcto" que tanto terreno ha ganado en las universidades, en la prensa y aun entre funcionarios y legisladores "liberales" de Estados Unidos, los guerrilleros eran calificados de una manera muy benévola como "insurgentes" o "rebeldes políticos" y no como terroristas. En virtud de ese juicio, que casi parecía contener para ellos y para su lucha una especie de justificación, la ayuda militar que se considera en el Plan Colombia estaba destinada exclusivamente a luchar contra el tráfico de droga y no contra la guerrilla. Inclusive, antes del 11 de septiembre, la Embajada de Estados Unidos llegó a prohibir que los helicópteros Black Hawk, suministrados dentro de los acuerdos del Plan Colombia, se utilizaran para acudir en auxilio de una desamparada guarnición de policías asediada por las FARC, guarnición que acabó sucumbiendo. Y el propio Colin Powell, cuya llegada a Bogotá estaba anunciada para el 11 de septiembre (visita que, obviamente, debió anular para regresar aquel día a Washington), llegó a declarar la víspera que no veía para Colombia más opción que la de negociar con los rebeldes.
     Ahora su percepción es otra, diametralmente opuesta. Washington aspira a que también los países de la Unión Europea compartan su posición. Durante mucho tiempo esto no fue algo tan evidente. Por varias razones. La primera es que la guerrilla colombiana ha tenido —en influyentes medios de prensa, entre intelectuales de izquierda y aun en el interior de varios gobiernos— una acogida semejante a la que ha recibido Fidel Castro, pese a todas las razones que pueden darse en contra de la experiencia del comunismo en el resto del planeta y de la larga y dura dictadura padecida por Cuba. Existe en los medios de la izquierda europea —y no hablo sólo de la izquierda marxista-leninista, sino también de la izquierda democrática o socialdemócrata— la idea romántica y trasnochada de que la guerrilla es una respuesta contundente a la pobreza, la desigualdad social y el monopolio del poder por parte de oligarquías políticas y económicas en el subcontinente latinoamericano. La leyenda que se creó en torno al Che Guevara y a su lucha, representada en un famoso cartel o póster que más de dos generaciones de jóvenes europeos convirtieron en el fervoroso símbolo del heroísmo revolucionario, sigue jugando a favor de quienes creen que en las montañas hay luchadores que han seguido su ejemplo. Por supuesto, se trata de una estupidez, pero no será ni la primera ni la última que han producido en el mundo intelectual las enajenaciones ideológicas. Basta recordar cuántos intelectuales, periodistas o universitarios de izquierda, devotos de formulaciones teóricas ligadas a la utopía de la sociedad sin clases, tardaron años en verle la verdadera cara al socialismo real. Es decir, al siniestro sistema totalitario de Lenin, de Stalin y de Mao.

Mago del mundo virtual
     A esta flagrante distorsión europea de la realidad colombiana, contribuyó, desde luego, la posición del gobierno del presidente Andrés Pastrana, cuyo mandato acaba de terminar. No puede olvidarse que Pastrana ganó las elecciones de 1998 ofreciendo a los colombianos algo que evidentemente no dependía en exclusiva de él: la paz. Creyendo que con ello hacía viable una negociación con la guerrilla, ofreció a las FARC un territorio de 42,000 kilómetros cuadrados —una extensión igual a Suiza o a dos veces El Salvador—, sin presencia real del Estado y de la Fuerza Pública, para adelantar los diálogos. Fue una oferta efectista y apresurada en aras de obtener el triunfo. Siempre he dicho que Pastrana no es un hombre estudioso —nunca tuvo tiempo de serlo—, pero en cambio ha tenido un talento extraordinario para jugar con los efectos, los juegos de luces, las expectativas, y para hacer que prevalezcan sobre la realidad. Es un mago del mundo virtual.
     Pero la realidad acaba derrotando los juegos de imagen. Tres años y medio después de iniciado el mal llamado proceso de paz, los hechos típicamente terroristas de las FARC obligaron al presidente colombiano a darlo por cancelado. De la paz jamás hubo ningún atisbo. Al contrario, nunca ha sido más catastrófica y sangrienta la situación de Colombia. Las cifras lo dicen: treinta mil asesinatos y tres mil secuestros por año, y dos millones de desplazados. La guerrilla ha aumentado en un 35% sus efectivos y ha engrosado considerablemente su armamento, gracias a diez mil fusiles recibidos de Jordania por conducto del siniestro Vladimir Montesinos, que los hizo llegar a las FARC mediante el pago de una suma millonaria. En la vasta zona de despeje, ya cancelada, se duplicó la siembra, procesamiento y exportación de coca. También se convirtió en campo de concentración de secuestrados, lugar donde se negociaban y pagaban los rescates y donde se promulgaron leyes de la guerrilla, como la Ley 002 del Caguán, según la cual se exige a toda empresa o persona con un patrimonio de un millón de dólares o más pagar un 10% a las FARC, so pena de retención (secuestro) o acción terrorista contra sus bienes (bombas).
     Y algo muy significativo. La zona fue visitada en los años 2000 y 2001 por quince agentes del ERI irlandés, tres de los cuales fueron capturados por el Departamento Administrativo de Seguridad de Colombia. Los irlandeses, según los servicios de inteligencia británicos, resultaron expertos en la fabricación y manejo de explosivos a control remoto. De acuerdo con la inteligencia militar y la policía españolas, también delegados de ETA visitaron el cuartel de las FARC. Y de su lado, el FBI tiene pruebas de que delegados del grupo terrorista libanés Hezbolá han hecho otro tanto.
     Todos estos hechos demuestran de sobra que tanto las FARC como el ELN tienen vinculación con grupos terroristas internacionales y no han renunciado a su objetivo último, que es la toma del poder. Si aceptaron los diálogos con el gobierno colombiano es porque tanto una organización como la otra siguieron muy de cerca la célebre aseveración de Lenin: "La paz puede ser un instrumento de guerra." De su lado, el Che Guevara colocaba la perfidia como un instrumento esencial de la lucha guerrillera, al lado de la sorpresa y de la acción nocturna. Ambas son lecciones muy bien aprendidas por los comandantes guerrilleros colombianos. Si el presidente Andrés Pastrana, en vez de precipitarse a entregarle a las FARC un buen trozo del territorio nacional, con la cándida esperanza de convertirlo, como él mismo decía, en un "laboratorio de paz", hubiese leído con detención los documentos de las dos organizaciones guerrilleras, habría comprendido que no tienen la más remota intención de desmovilizarse. Desde hace cuarenta años las FARC, y 35 el eln, los planes que cada diez años trazan sus respectivos congresos vienen cumpliéndose con matemática precisión. Y nunca, ni en sus documentos ni en sus declaraciones, han guardado secreto alguno sobre sus finalidades. Por ejemplo, un alto dirigente de las FARC, el guerrillero que se hace llamar "Simón Trinidad", declaró recientemente a la televisión y a la prensa colombiana: "Hoy somos un Estado en el cual los miembros de organismos y gobiernos extranjeros que lleguen a Colombia, así como le piden autorización al gobierno colombiano, se la deben solicitar también a la guerrilla. ¿Por qué? Porque nosotros vamos a gobernar. No a cogobernar sino a gobernar."

Rebeldes o terroristas
     Hay todavía en los países de la Unión Europea quienes se resisten a darle el carácter de organizaciones terroristas a las dos mencionadas fuerzas guerrilleras, las FARC y el eln, aduciendo los móviles políticos que guían su lucha. Olvidan ellos que los objetivos no son los que determinan el carácter terrorista de una organización. Tales objetivos, en efecto, pueden ser políticos (la toma del poder para establecer un cambio de modelo de Estado y de sociedad, como en el caso de las FARC y el eln), nacionalistas (como en el caso de ETA y el ERI) o politicorreligiosos (como es el caso de Al-Qaeda, Hezbolá o Hamas). Si esos objetivos se persiguieran en el marco de una democracia, a través de movimientos destinados a ganar una mayoría de los electores, obviamente no podría calificárseles de terroristas. Pero lo son por los métodos de lucha violentos que ponen al servicio de su causa. Se sabe cuáles son ellos: atentados, matanzas, voladura de puentes o de instalaciones eléctricas, coches bomba, intimidaciones, operaciones punitivas contra comunidades civiles, etc. Y sus fuentes de financiación son el tráfico de drogas o de armas, el secuestro o la extorsión, así como el lavado de dinero puesto al servicio de actividades ilegales. Para no cortar los pelos en cuatro, el diplomático inglés Jeremy Greenstock declaró recientemente: "Lo que parece terrorismo, lo que huele a terrorismo, lo que mata como terrorismo es terrorismo."
     Podría decirse con entera validez que todo movimiento que se sirva de la violencia, cualquiera que sea la forma que ella adopte, es terrorista. Pero si se quiere definiciones más precisas, el elemento que le sería característico es la de servirse del terror para imponer en una sociedad determinada sus objetivos y concepciones, sean ellas nacionalistas, políticas o religiosas, o para castigar a quienes no las comparten o se oponen a ellas. Pues bien, tal es el caso tanto de las FARC, del ELN o de las Autodefensas Campesinas de Colombia, mal llamadas "paramilitares".
     Los ejemplos que podría citar son innumerables. Como periodista he recorrido muchos lugares de Colombia y he podido comprobar infinita cantidad de casos de terrorismo por cuenta, primero de las guerrillas de las FARC y del eln, y luego de las Autodefensas Campesinas que se les oponen con sus mismos métodos.
     Pero quisiera apelar a mi memoria para recordar algunos de esos casos.
     En 1987 partí para el Caquetá, un departamento en el lindero mismo de las selvas del Sur, donde acababa de producirse una serie de asesinatos de líderes cívicos, a primera vista inexplicables. Nadie sabía qué había detrás de ellos. Ninguno de los hombres y mujeres asesinados tenía enemigos. Al contrario, era gente muy querida en la región. Guerrilleros de las FARC habían asesinado en aquel departamento en pocos días a una joven y bonita abogada, muy apreciada por los campesinos de la población de Puerto Rico, donde se había radicado; a un maestro de escuela que había creado en otra población del mismo departamento grupos de acción comunal para hacer caminos y construir o reparar viviendas; a un ex capitán de aviación, muy respetado en la capital del departamento, cuya candidatura había sido lanzada allí para la alcaldía; a varios dirigentes campesinos, entre ellos una mujer madre de diez hijos.
     "Fueron ellos", me decía todo el mundo. "Ellos", siempre "ellos". Y con ese ellos se referían siempre a las FARC. Pero lo que ignoraban era por qué motivo lo habían hecho, pues los asesinados eran personas que nunca habían tomado partido beligerante contra la guerrilla. La clave me la dio una campesina robusta y colorada que había sobrevivido a un atentado. "Es muy simple, doctor —me dijo—. Ellos están matando a los líderes. Son un obstáculo para apoderarse de esta región. Yo lo sé, lo sabemos todos. Yo soy líder también. Pienso seguir trabajando en los campos hasta que mi Dios disponga. Soy liberal, y no pienso cambiar de color."
     Aquellos casos —apenas media docena en un país donde se asesina cada año a treinta mil personas— tuvieron para mí la trascendencia de una fulminante y esclarecedora revelación. Lo confirmaría luego leyendo documentos de las FARC y del eln. Allí se traza a los diversos frentes el compromiso de "copar" regiones (tal es la palabra) a fin de que en ellas se haga sentir a las poblaciones la presencia de la guerrilla como único factor real de poder. Y "copar" significa despejar el camino, eliminar obstáculos, para conseguir el objetivo propuesto. Los líderes cívicos, ajenos a su ideología —abogada, maestro de escuela, capitán o campesina— eran obstáculos y había que suprimirlos. Así de simple era todo. De paso, era una manera de advertir a la población que quien no comulgara con el credo político de la organización subversiva podía correr la misma suerte.
     Pues bien: a eso no se le llama "insurgencia". Es terrorismo y así debe considerársele. No hay otra palabra mejor.

El pueblo que nunca olvidé
     Refiero en este apartado lo que yo podría considerar la prueba reina del terrorismo demente de la guerrilla, esta vez no selectivo, sino indiscriminado contra toda una población que llegué a conocer muy bien. El Carmen de Chucurí —así se llama— está colgado en la cima de una colina. De sembrar y exportar cacao vive el pueblo. Su historia es muy particular. Allí, en los años sesenta, nació el eln. Allí, en una de sus veredas, murió en combate mi querido amigo y condiscípulo el cura Camilo Torres, en cuya memoria, paradójicamente, el ELN adoptó el nombre de Unión Camilista Ejército de Liberación Nacional. De allí, también, es oriundo el actual dirigente máximo de dicha organización, Nicolás Rodríguez Bautista, alias "Gabino". Fue tal la implantación de la guerrilla en este municipio que, durante treinta años, ella fue allí la real autoridad. Casi todos sus habitantes tienen o tenían un pariente en el eln. Los campesinos, sometidos a un intenso adoctrinamiento marxista, manejan términos tales como "plusvalía" o "burguesía". Cada semana debían participar en lo que se designaba un "colectivo de producción" que les ocupaba un día entero a fin de suministrar alimentos básicos (yuca, plátano, carne) a los guerrilleros del Frente "Capitán Parmenio", que tenía su campamento en la montaña, a pocos kilómetros del pueblo.
     Esta situación terminó gracias a la labor de un capitán del Ejército llamado Germán Pataquiva. En vez de salir a buscar guerrilleros, para echarse bala con ellos, decidió que sus hombres se iban a dedicar enteramente a servir a los campesinos, y a convencerlos de que el Ejército no era lo que la guerrilla les había pintado. Llegó a hacerse no sólo amigo sino compadre del alcalde y de su esposa, pese a que ella tenía un hermano combatiendo con la guerrilla. Visitó rancho por rancho. Cuando se ganó la confianza de los campesinos, descubrió que ninguno de ellos estaba contento con el trabajo forzado que representaban "los colectivos de producción" y menos aún con el hecho de que los guerrilleros reclutaran no sólo a sus hijos sino también a sus hijas para llevárselas a sus campamentos y embarazarlas.
     En suma, el capitán Pataquiva logró persuadir a los campesinos a que marcharan al campamento del ELN para notificarle a su comandante que no deseaban seguir cumpliendo tareas para ellos. "Ni con ustedes ni con el Ejército: queremos simplemente vivir en paz", tal era su mensaje. Y un día, nada menos que cuatro mil campesinos realizaron la marcha y de viva voz notificaron al comandante del Frente "Capitán Parmenio" su determinación.
     La venganza del ELN fue brutal. El alcalde, Alirio Beltrán —hijo del fundador del pueblo— fue citado por la guerrilla. Dos días después, algunos campesinos encontraron su cadáver. Al alcalde le habían quemado las piernas con ácido, le habían arrancado las uñas y luego le habían disparado un tiro en la nuca. Poco después, la última noche de diciembre de 1992, cuando el pueblo festejaba la llegada del nuevo año, el acueducto fue dinamitado, así como los puentes de la carretera que llevaba a Bucaramanga, la capital del departamento. Los primeros camiones cargados de cacao que intentaron salir fueron quemados y sus conductores muertos. De modo que el Ejército tuvo que restaurar los puentes y, en lo sucesivo, acompañar los camiones con un convoy militar. Pero hubo algo más, terrible: los campos, jardines y establos donde se ordeñan las vacas o los lavaderos a la orilla del río que pasa por las cercanías fueron sembrados de minas unipersonales o minas "quiebrapatas", como allí se les llama: una modalidad adoptada años atrás por el Vietcong y usada por los rusos contra los niños mujaidines en Afganistán, con la idea de que un mutilado provoca en la población más miedo que un muerto, pues a su paso, día tras día, todos recuerdan el castigo que se les infligió. Hoy, en El Carmen, hay más de veinte personas —sobre todo mujeres, muchachos y niños— sin piernas.
     Sobre este caso, y muchos otros que iba descubriendo a lo largo de mis viajes por el país, escribí amplios reportajes que eran publicados en el diario El Tiempo. Y obviamente, quedé yo también amenazado. Por eso ahora vivo en España.

Terrorismo de izquierda y derecha
     Si de cifras se trata, me bastaría recordar una sola. El Nuevo Herald, en su edición del 17 de diciembre del año pasado, informaba que en Colombia la guerrilla ha secuestrado en los últimos seis años a 15,392 personas, 672 de las cuales han sido asesinadas. Entre ellas, una ex ministra de Cultura, muy popular en la costa colombiana por su contribución a la difusión del folclor regional.
     De los hechos típicamente terroristas de la guerrilla atraparía a vuelo de pájaro algunos muy indicativos. Por ejemplo: a una pobre campesina, llamada Ana Elvia Cortés, dueña de media docena de vacas, recaudadores de impuestos de las FARC le colocaron en mayo de 1999 un collar bomba para obligarla a pagarles la suma que le habían fijado. La mujer anduvo varias horas con el collar en el cuello ante la impotencia de vecinos, policías y fotógrafos. Finalmente perdió la vida cuando estalló el explosivo. El macabro recurso utilizado por la guerrilla tenía como propósito hacer saber a los campesinos de la región lo que podía ocurrirles si no pagaban su respectivo tributo. Una vez más, el terror como arma de extorsión.
     Si hechos como éste no bastaran para identificar como terroristas a las FARC y al eln, podrían citarse las bombas colocadas en el piso 39 de un lujoso hotel de Bogotá, los coches bomba en diversas ciudades del país, el asesinato de tres indigenistas americanos ordenado por un frente de las FARC o el fusilamiento de tres misioneros de la misma nacionalidad después de veintinueve meses de cautiverio, los catorce atentados contra el entonces candidato y ahora presidente de la República Álvaro Uribe Vélez, el secuestro de niños menores de diez años de edad en los autobuses escolares, el de los feligreses de una iglesia en Cali o de los pasajeros de un avión de Avianca que volaba de Bucaramanga a Bogotá, los atentados dinamiteros a oleoductos y torres de energía eléctrica, la matanza perpetrada en la población de Bojayá, el 4 de mayo de este año, cuando la iglesia donde se habían refugiado sus aterrorizados pobladores, ante un ataque de las FARC, fue pulverizada con un cilindro de gas repleto de dinamita ocasionando la muerte de 114 personas, de las cuales 43 eran niños.
     La escalada terrorista de las FARC ha sido particularmente intensa en los últimos meses. En el mes de julio, dicha organización ha exigido su renuncia a todos los alcaldes del país, so pena de asesinarlos o "ajusticiarlos", como dicen sus comunicados. Y a los que, desobedeciendo esta orden, han intentado proseguir su labor desde la capital de su respectivo departamento, les han secuestrado sus hijos pequeños o han asesinado a sus esposas.
     Desde luego, los paramilitares que han resuelto combatir a la guerrilla bajo la sigla AUC (Autodefensas Campesinas de Colombia) utilizan métodos similares, especialmente los asesinatos selectivos de personalidades de izquierda y las matanzas de campesinos que señalan como colaboradores de la guerrilla. Carlos Castaño, su principal dirigente, no ha vacilado en confesar que ordenó el asesinato en un avión de Carlos Pizarro, el dirigente del M-19 reinsertado en la vida civil después de entregar las armas, que en el momento de su muerte era candidato a la presidencia. Igualmente los paramilitares fueron responsables del asesinato de más de dos mil dirigentes de la Unión Patriótica, movimiento en buena parte integrado por miembros del Partido Comunista.
     Después de este recuento, no hay duda que quien tiene razón en su diagnóstico a propósito de los grupos armados de Colombia es el Departamento de Estado estadounidense. Se trata de organizaciones terroristas tan feroces, inclementes y peligrosas como los extremistas musulmanes o como ETA. La ideología les otorga un blindaje para todos sus actos. Si los islamistas de Al-Qaeda creen obrar por designio de Alá y los etarras en representación de una causa independentista, los grupos colombianos obedecen los preceptos ideológicos más primarios del marxismo-leninismo, que hicieron un desastroso tránsito en la historia de media Europa en el siglo pasado, y sucumbieron derrotados por la realidad y nada más que por la realidad. Pero, a la sombra de Fidel Castro y ahora del exuberante coronel Hugo Chávez, y con el soporte de los movimientos de izquierda radical que integran el llamado Foro de Sao Paulo, están convencidos de que el socialismo (un eufemismo para designar el comunismo puro y duro) es una alternativa válida para América Latina. Seguros de que jamás tendrán fuerza electoral para llegar al poder, porque el comunismo nunca ha obtenido en Colombia más del 3% de los votos y la izquierda en su conjunto nunca más del 7%, han creído que las armas son el medio de conseguirlo. Sólo que en su largo camino en esta dirección, empujados por la lógica misma de la violencia, no han vacilado en adoptar el terrorismo como recurso supremo de lucha. Y lo dicen tranquilamente. Así, en el llamado "Plan Estratégico del Frente Noroccidental del eln" se menciona entre los objetivos específicos "Promover la confrontación mediante la ejecución de acciones de Comando y de confrontación directa". Dice también que "no hay zonas vedadas en la ciudad". En el área urbana recomienda "efectuar acciones selectivas contundentes a partir de la creación de Comandos y Destacamentos especializados en tareas de mimetismo, explosivos, francotiradores, radistas". Y, finalmente, esta perla que me permito subrayar:

Ejecutar planes terroristas "demostración de poder" al estilo de la organización Vasca ETA, que se caracteriza por causar afección selectiva a personas representativas de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial.

La alusión a ETA no es gratuita, dadas las conexiones que existen con esta organización, así como con el ERI y el Hezbolá. También se han descubierto contactos con la mafia rusa para intercambiar armas por droga. El insólito y de algún modo extravagante descubrimiento de un pequeño submarino que se estaba construyendo en las cercanías de Bogotá (a 2,600 metros de altura sobre el nivel del mar) con ayuda de técnicos rusos (sin duda para transportar coca) muestra que la red tejida por las organizaciones subversivas de Colombia es mucho más compleja de lo que se piensa. Se sabe, además, que guerrilleros colombianos han recibido entrenamiento en Irak y en Libia. Todo esto indica que el enclave terrorista en Colombia no es nada menospreciable y que reviste un gran peligro para el continente, y en especial para los países vecinos que ya han empezado a sufrir sus incursiones.
     La de mi país es una realidad que el mundo debería conocer mejor. ~