La verdad siempre llega tarde | Letras Libres
artículo no publicado

La verdad siempre llega tarde

Publicistas neoliberales instigan ahora la idea de que la crisis en curso fue provocada por el “populismo financiero” del gobierno de Estados Unidos. Según ellos, el gobierno habría “presionado” a la banca para dar hipotecas a deudores insolventes, cuyo incumplimiento habría ocasionado una reacción en cadena en todo el sistema financiero. Como es claro, el colapso hipotecario es el último eslabón de una cadena de bancarrotas iniciada en la segunda mitad de los años noventa. Los nudos de la crisis son nítidos sector por sector, pero la farsa prosiguió porque los bancos fueron recogiendo los despojos a precios muy bajos y los exportadores siguieron adquiriendo bonos del Tesoro en un ambiente de desregulación creciente, hasta que la insolvencia alcanzó a la banca misma. Ahora el único garante es el Estado, que vacila en tomar la decisión inevitable: nacionalizar los grandes bancos, sanearlos y venderlos.

La expansión del crédito fue la salida a la abundancia de liquidez creada por el comercio mundial. Estados Unidos se vio inundado de dinero debido a la compra de bonos del Tesoro por sus socios comerciales, principalmente los bancos centrales de los países asiáticos y las grandes empresas exportadoras, incluidas las estadounidenses radicadas en el extranjero. La razón de estas compras fue que los exportadores debían mantener estable al dólar para seguir exportando. Así se explica que la moneda no se haya hundido a pesar de sus insostenibles déficits comercial y fiscal. Según declaró el presidente Obama en la cumbre del G-20, este arreglo se acabó. Estados Unidos no volverá el ser el consumidor voraz que fue; los exportadores deberán buscar nuevos destinos y reorientar su producción hacia adentro.

La crisis fue provocada, pues, por mecanismos de mercado, más que por interferencia política. Los flujos de liquidez bajaron la tasa de interés en Estados Unidos, lo que ocasionó abundancia de crédito barato, el cual empezó a salir por las líneas de menor resistencia. Esto refleja un mecanismo de oferta y demanda de dinero, no manipulaciones políticas, aunque estas hayan intervenido en el proceso. El gobierno, el congreso y la banca de Estados Unidos decidieron canalizar esa liquidez a los sectores menos solventes para compensar su empobrecimiento por la hegemonía comercial de sus socios. Entre los años 1998 y 2000, más de cuarenta millones de estadounidenses perdieron su ahorro y empleo en la debacle de los fondos de inversión, debacle relacionada con las crisis financieras del sudeste asiático, Rusia y Brasil.

En Estados Unidos hubo una sucesión de crisis estruendosas: Long Term Capital Management y otros fondos de inversión entre 1998 y 2000, empresas de internet en 1999, de telecomunicaciones en 2000, de electricidad en 2001, fusiones forzadas de empresas automotrices, de aviación y muchas otras; la crisis hipotecaria fue anunciada desde 2004. Todas ellas fueron ocasionadas por abundancia de crédito barato, exceso de capacidad productiva, saturación de mercados y sobrevaluación de activos en un ambiente de competencia frenética. Varios ejecutivos de esas empresas y calificadores de riesgo fueron a la cárcel. Sólo había que esperar que la debacle alcanzara las últimas fortalezas: la banca y las aseguradoras.

La intervención del gobierno, el congreso y la banca para canalizar parte de esa liquidez a sujetos insolventes fue una compensación por la pérdida de ahorro doméstico y empleos. A fin de cuentas, la razón del dinero abundante y de la baja tasa de interés era el consumo estadounidense. La postura de Estados Unidos frente a sus socios comerciales fue simple: ¿acaso creen que vamos a sostener su prosperidad a costa de nuestros empleos? Tengan, usaremos el dinero que les hemos dado para equilibrar el nivel de nuestra gente desplazada. Y si no les gusta, busquen a quién venderle su producción. Cosas de poder.

Los publicistas neoliberales ignoran estos hechos y acuden a teorías, como si la economía fuera objeto estrictamente científico; asumen una separación tajante de la economía y la política, como si esta última fuera una intrusa en el sagrado ámbito del mercado. Pero la economía no es una ciencia en el sentido de las ciencias físicas. Sus premisas objetivas deben ser contrastadas con factores políticos y de otra índole, en primer lugar la sobrevivencia de las naciones, igual que la identidad de los individuos. Un hombre económicamente perdido ejecutará toda suerte de triquiñuelas para sobrevivir, igual que las empresas, las corporaciones, los sectores económicos, las naciones y los bloques continentales dirigidos por humanos.

Considerando su aspecto objetivo, la crisis actual se explica por la expansión incontrolada del crédito, como tantas otras crisis en la historia. Las crisis de crédito involucran el conocido fenómeno de la sobrevaluación de activos (Keynes, Schumpeter, Kindleberger, Minsky y otros). Sobrevaluación de activos significa que las inversiones engendran un sobreprecio marginal subjetivo impulsado por las expectativas de rendimiento. Cuando las expectativas se cumplen, el sobreprecio se compensa en la forma de utilidad, pero generalmente ocurre que el rendimiento resulta inferior a las expectativas. La competencia radicaliza esta tendencia.

En teoría, las inversiones con rendimiento negativo deberían salir del mercado, pero su salida puede ser pospuesta porque los inversionistas se protegen por adelantado, vinculando el rendimiento esperado a otros valores financieros. Es la típica situación en la que una empresa endeudada le pide a su acreedor posponer su cobro hasta que un tercer deudor liquide su adeudo con ella. Esta sobrevaluación se multiplica cuando los actores en situación similar son muchos, todos ellos convergiendo en las instituciones financieras. La desregulación causó la orbitación de estos arreglos. En promedio, el valor financiero de las inversiones superó más de cincuenta veces su valor fundamental. Ya que la expectativa de rendimiento de todos los contratos estaba vinculada a muchas otras operaciones igualmente expectantes, el sistema se derrumbó cuando los deudores hipotecarios dejaron de pagar. La historia económica está llena de casos similares desde fines del siglo XVIII.

En cuanto a la intromisión política en este mecanismo, basta señalar que los principales funcionarios públicos a cargo de la (des)regulación financiera habían sido ejecutivos, abogados o analistas de bancos y empresas, los cuales pasaban de un campo a otro con naturalidad. Como analista, Alan Greenspan avaló la solvencia de la caja de ahorros Lincoln Savings and Loans en 1987, pocos meses antes de su quiebra; como presidente de la Reserva Federal contribuyó decisivamente a la catástrofe. Harvey Pitt fue designado presidente de la Securities and Exchange Commission después de ganarle muchos juicios como abogado de Wall Street. Robert Rubin, secretario del Tesoro con Clinton, fue CEO de Citigroup; Henry Paulson, secretario del Tesoro con Bush, CEO de Goldman Sachs. Obama tiene a varios coyotes similares a cargo del gallinero.

“A pesar de las ilusiones, la verdad existe, pero la descubrimos tarde, por eso es trágica.” (Franz Kafka) ~