La universidad como bastión | Letras Libres
artículo no publicado

La universidad como bastión

A lo largo de diez meses, un grupo ignoto de activistas (el Consejo General de Huelga, CGH) mantuvo secuestradas las instalaciones de la UNAM exigiendo a sus autoridades la cancelación de algunas reformas sobre procedimientos de ingreso, el reglamento de pagos y los sistemas de evaluación.
Las autoridades concedieron todo lo que se podía dentro de la legislación universitaria. Lo que no, sería discutido en un congreso irrealizable con la universidad tomada. El CGH se negó a entregar los edificios. Después de eso, estaba claro que el verdadero propósito del movimiento era confrontar al gobierno.
     El CGH exigió ser reconocido como "interlocutor único" del conflicto. Las autoridades convocaron a un plebiscito a la comunidad universitaria, que se expresó contra esa interlocución y en favor de levantar la "huelga". El CGH desconoció los resultados del plebiscito y lo declaró un ardid para "reprimir" su movimiento. Poco después, sus miembros apalearon a un grupo de empleados de vigilancia de la UNAM (que resguardaban unas instalaciones regresadas por una asamblea disidente). El domingo 6 de febrero, la policía recuperó las instalaciones y detuvo a un millar de militantes. La mayoría ha quedado en libertad a la fecha en que redacto (14 de febrero).
     El CGH "en el exilio" acaba de anunciar su voluntad de convertirse en un Consejo Nacional de Lucha. Las fuerzas organizadas de izquierda, desde los ejércitos zapatistas (EZLN) y popular revolucionario (EPR) hasta el Partido de la Revolución Democrática (PRD), apoyan este esfuerzo exigiendo la libertad de los "presos políticos", el retorno al diálogo, y la renuncia a las políticas neoliberales que amenazan con globalizar a México.
      

Diálogo y represión

     En el lenguaje ritual de las izquierdas mexicanas, la intervención de la policía en la UNAM con objeto de restaurar su gobierno a sus autoridades y a los universitarios se llama represión.
     ¿Qué fue lo que se reprimió? El derecho que se otorgó el CGH de secuestrar a la UNAM en nombre de un "mandato" del pueblo de México. Un "mandato" democrático-popular que prescinde de la democracia formal, esa ilusión burguesa. Estamos pues ante un voluntarismo: "La pretensión de un grupo de imponer sus propias preferencias sin tomar en cuenta, mas que de una manera táctica, las preferencias de los demás o la resistencia del medio" (Karl Deutsch).
     A lo largo de diez meses, la sociedad civil dialogó con el CGH discutiendo leyes, reglamentos, iniciativas. Las autoridades universitarias tenían una paciencia tan extrema como inescrutables eran los procederes internos de la "democracia" del CGH. Todo en vano: desde un principio era obvio que el CGH no quería diálogo: exigía negociación, que no es lo mismo. Una situación de secuestro no es la más propicia para un diálogo. La exigencia de figurar como "interlocutor único" apenas iniciaba esa negociación: el reconocimiento formal del CGH como un gobierno paralelo en rebeldía.
     En una universidad, el diálogo es anterior a las situaciones de fuerza. En ellas, el diálogo no es una opción, sino un método. Si se descarta el diálogo para evitar situaciones de fuerza, ¿cómo resolverlas cuando condicionan el diálogo? El diálogo como eventual atenuante de la actual situación de fuerza corre el riesgo de convertirse en conducta política. El único valor de un diálogo así es su puro pacto, no lo que se puede dialogar en él. Es mucho más deseable una solitaria legalidad que miles de diálogos para negociar su ausencia. En tanto que el CGH obraba sobre una situación de fuerza, el diálogo nacía no sólo desigual, sino con la fuerza como referente privilegiado. Nunca hubo diálogo: hubo pantomima de diálogo. Imagen elocuente: los activistas se tapaban la boca con un trapo en el que habían escrito la palabra "diálogo". El diálogo era eso: una boca muda que dice diálogo. La voluntad de tenerlo era su impedimenta.
     Las condiciones del CGH cancelaban la productividad del diálogo en otro sentido. En la forma, operaba con representantes rotatorios que enfatizaban la inexistencia de liderazgos y actuaban la teoría marquista del "mandar obedeciendo". La forma esterilizaba al fondo. Cada rotatorio repetía el "mandato" del día anterior. A cambio de un intenso affaire con el micrófono, repetía los parlamentos mandatados por los "asesores" que, en las filas traseras, vigilaban la sujeción a la ortodoxia so pena de expulsión. La ausencia teórica de líderes propiciaba una mecánica oprobiosa de dilaciones prácticas. El rector Francisco Barnés presentó su renuncia. La llegada de Juan Ramón de la Fuente apresuró el diálogo, concedió varios puntos y aceptó tácitamente la "interlocución única". Entonces vino lo inaudito: el CGH rechazó sus propios logros porque consideró que no había sido notificado de su triunfo con el suficiente respeto. Nunca fue más evidente que el problema no era universitario.
     Como el CGH no dialogaba ni cuando lograba sus objetivos, el rector optó por otro tipo de diálogo, ahora con el verdadero interlocutor único de la UNAM: el todo de su comunidad. El plebiscito, diálogo real entre la autoridad real y la comunidad real, es la forma más directa, libre y sucinta de diálogo en una democracia. El CGH lo descalificó de antemano; el secretario general del PRD dijo que el plebiscito demostraba "que el rector no está acostumbrado al ejercicio de la democracia".

Ritual histórico

     La intervención de la policía terminó el secuestro pero lo reinició como afrenta "nacional". La UNAM estuvo trescientos días en manos de un grupo que averió los proyectos de cientos de miles, en muchos casos de modo irreversible; dañó a la UNAM, mermó el respeto a la inteligencia, abarató la idea de universidad pública, sangró el esfuerzo de los contribuyentes. Tales hechos —estos sí colectivos— no indignaron a las izquierdas, sólo a la colectividad.
     La incruenta intervención de la policía para recuperarle a la UNAM su autonomía se interpretó como violación a la autonomía. Que no la violen diez meses de secuestro y sí tres días de policía significa una peligrosa ductilidad en las escalas de valores. No hubo un rasguño, pero se juzgó como "un uso descarnado de la fuerza"; restaurar los derechos (y obligaciones) de miles de universitarios mereció veredicto de violación a los derechos del CGH. La emotividad política desplazó a segundo término las circunstancias que condujeron a esa intervención. Nada más predecible que los rituales: viven de repetirse y actúan la misma fe. Pero trasladar las circunstancias a segundo término las anecdotiza, las justifica y las institucionaliza. Privilegiar el efecto sobre la causa es emocionante para el ánimo, pero agravia la razón que rige la convivencia social.
     Olvidar esas circunstancias legitima el uso político que se hace de la UNAM. Santifica las conductas que la prefieren proveedora de oportunos beneficios políticos inmediatos, que de beneficios sociales mediatos. Ese uso político se ha convertido en el antecedente de una legalidad que para el CGH ya era indiscutible. En La Jornada del 10 de febrero, Carlos Monsiváis dice que "la UNAM es uno de los espacios ya históricos de la izquierda". Luego reconoce que la UNAM "está en una crisis de manejo a la que algo ha contribuido la misma izquierda". Ese breve algo es un largo enigma que, para su mal —y el nuestro—, la izquierda nunca explicará. Es lo malo de los espacios históricos: entran en crisis si quien los maneja está en crisis, si quien los maneja es ajeno a ese espacio, y si quien los maneja vive una crisis endémica. Durante años, el PRD ha aportado una educación paralela a sus bases universitarias: las reivindicaciones populares, y sobre todo la educación, se defienden a como dé lugar, violentando lo que sea necesario al interior o al exterior de la UNAM. Su crisis, dice el lugar común, es "espejo de la crisis nacional". Más bien es espejo de la crisis de las izquierdas, que han hecho de un instrumento privilegiado para prevenir y solucionar crisis, parte de la crisis.
     Intriga la reacción de la izquierda ante la intervención de la policía que rompió, por lo pronto, el círculo vicioso de esa crisis. Parecía preferible, para algunas izquierdas, la perpetuación de esa "crisis de manejo" —émula de la suya— a un arreglo que la pondría en mayor evidencia. El emocionado reportero de (alguna) izquierda dijo: gracias a la indignación ante la intervención policiaca, "los fragmentos de la izquierda política volvieron a unirse". La unión de esos fragmentos nace de sus fracasos, no de sus entusiasmos, pero aporta una solución mágica a su crisis. Las izquierdas mexicanas se unen más en el espacio ritual de lo perdido que en la tenaz construcción de lo ganable. La emoción se traga la luz de la crítica y la reemplaza con un chisporroteo ritual. Igual que en los velorios, las familias se reencuentran y se perdonan. Emoción intensa pero fugaz: al día siguiente regresan a las habladurías y a convocar notarios. (La izquierda honorable, Néstor de Buen, Roger Bartra, Gilberto Rincón Gallardo, etcétera, ni siquiera son invitados al velorio.)
     En este caso, el cadáver del velorio fue la autonomía, la libertad de la UNAM. Una libertad que vale menos cuando se ejerce en la cotidiana del trabajo, que cuando es el baluarte emocionado de un agravio: la pérdida de libertad de quien secuestra su libertad. No vale tanto la libertad de trabajar o estudiar en ella (que sólo reditúa beneficio social), como la privación de su libertad (para que reditúe uso político). Vale menos la libertad de sus académicos para serlo, que la de sus manejadores históricos para defenderlos. Vale menos la UNAM cuando funciona que cuando deja de funcionar. Si la UNAM funciona en libertad es un reducto burgués al servicio del sistema; si deja de hacerlo, adquiere plusvalía revolucionaria.
     Privilegiar los beneficios de la libertad para cerrarla, sobre los de la libertad para enriquecerla, muestra a ese manejo "histórico" como una fetichización: la UNAM no sirve para lo que es; la UNAM sirve para oponerse al gobierno. El sacrilegio de la policía, aun con objeto de restaurar su libertad, activa una libertad superior: la de utilizar los resultados de su fetichización.

Tlatelolco
     Que el sacrilegio de la policía borrara las herejías que motivaron su presencia, alivia al fetiche con una liturgia. El drama de 1968 es su fe central: la tribu gobierneca a la tribu UNAMeca, secuestra a sus niños y los sacrifica en Tlatelolco. Pero un día, Mao impregnará a la UNAM que dará a luz a un CGH que liberará al pueblo (al ritmo de Rage Against the Machine...) Para revivir el mito, los nostálgicos que lo echan de menos y los aspirantes a su bautizo apelan a cualquier cosa. Carlos Ímaz declaró en 1997 que "no se necesitan condiciones específicas para crear un movimiento estudiantil" (La Jornada, 16-xi-1996). Tiene razón, una razón abyecta: las condiciones específicas no importan en los rituales. Sólo en el ámbito de la fe no se trata de recordar la historia para que no se repita, sino para que se repita una y otra vez.
     El uso del drama de Tlatelolco es la penosa conversión de su cicatriz en amenaza. Sucedió hace casi 32 años. Activarlo como referente resulta tan desfasado como, en 1964, evocar la guerra cristera. Y aún más, pues entre el México de Calles y el de Díaz Ordaz hay infinitamente más similitudes que entre el de Díaz Ordaz y el de Zedillo. Nadie olvida que murieron cientos; es de justicia no olvidar por qué.
     De Tlatelolco nacieron la reforma política, el protagonismo de la sociedad civil, la tolerancia hacia la diferencia, la convicción de que la democracia es el menos malo de los recursos para lograr cambios pacíficos. Se deben a él cualquier suma de actitudes libertarias que hoy se expresan de manera activa en una vida parlamentaria activa y en el ejercicio de libertades formales inimaginables entonces. Tlatelolco fue la última salvajada de un partido-gobierno descompuesto contra la libertad de pensar, disentir, escribir, actuar; nada que ver con la democracia que hoy se ejerce en elecciones libres, vida parlamentaria (incipiente), separación de poderes, alternancia en el poder, y tan real que la mitad de la población vive bajo gobiernos emanados de partidos que no son el PRI (incluyendo a la ciudad donde está la plaza de Tlatelolco). Es triste que se trate de la misma suma de libertades que el CGH proscribió al interior de la UNAM en 1999. El CGH de 1999, al interior de la UNAM, e incluso al interior mismo del CGH, imitó más al gobierno de Díaz Ordaz que a quien lo resistió. A nombre de quienes lo resistieron. Las víctimas de 1968, que padecieron por su deseo de democracia, se convirtieron en 1999 en la coartada de sus denostadores.
     La compulsiva comparación de las situaciones señala una extraña fascinación no con las causas y las consecuencias de aquel sacrificio, sino con el sacrificio mismo, con ese instante ritual hospitalario. En una triste evasión de la responsabilidad, en el territorio ritual de las barricadas, la izquierda partidaria se siente aún más en casa que en la tribuna parlamentaria, y en la manipulación de estudiantes más segura que en la creación de ideas o de bases. Actitud irresponsable que lejos de asumir las responsabilidades de la democracia, mostró preferencia por holgar en una combatividad que equivocaba los adversarios. Si los horrores del totalitarismo priista que padecimos hasta 1968 sucumbieron al tesón y la responsabilidad que encarnó en el movimiento; si ya habíamos aprendido que la mejor lucha es la democrática, 1999 nos regresó a las conductas que infectan a la responsabilidad democrática con la emotividad de las "soluciones radicales". Preocupa en la cacofonía opinionante la cantidad de discursos y acciones que utilizaron la palabra democracia no como ejercicio de responsabilidad, sino como argumento de autoridad. Un desdén a la democracia que —también lo hemos olvidado— es la antesala de senderos y tupamaros que aborrecen a los partidos de izquierda constituidos por "reformistas mediocres, socialistas domesticados, demócratas fariseos al servicio de la burguesía", como escribió Mariátegui.


Emoción y razón

     Hay un grave riesgo en la forma en que la emotividad (real en algunos; oportunista en otros) mermó avances, relativizó valores, corrompió lenguajes, postergó responsabilidades. Dobles estándares y amnesia: mala fórmula en materia de justicia. Diez meses de fotos de activistas expulsando "putos" rebeldes a su ortodoxia, fueron nada ante la foto del policía en el campus. La emoción produce anteojeras fantásticas: no vimos niñas en jeans de cuatrocientos pesos apaleando vigilantes de la UNAM defendiendo su derecho a no pagar veinte centavos; la emoción dictó que eran mil gorilas destazando un alhelí. Antes de la policía, para el PRD, el CGH había pasado de representar "el pensamiento crítico" (cuando lo controlaba) a ser un inescrutable "agente de gobernación" (cuando dejó de controlarlo): la presencia policiaca bastó para reciclarlo como "lo más noble y valioso de México".
     Las víctimas dejaron de ser un piquete de radicales para encarnar los derechos humanos; ya no era el rector el victimario, sino los gobiernos de la ciudad y federal (es decir, el FMI); ya no era la autonomía de la UNAM para gobernarse lo que estaba en juego, sino la pertinencia misma del Estado social de derecho. La emoción antigubernamental es una emoción fácil y contraproducente. Es obligatorio criticar actitudes o decisiones del gobierno; pero la emoción antigubernamental es menos productiva que la razón opositora.
     El ritual erradica la razón crítica, propicia emociones de corta memoria, o de memoria selectiva; celebra los efectos a expensas de razonar las causas; abate la responsabilidad crítica; relativiza la res-
ponsabilidad moral; fortalece el odio a la inteligencia; generaliza la ira y le quita selectividad y, sobre todo, abarata conceptos preciosos. Su manoseo ocasional impedirá su uso necesario en situaciones graves. La emoción ritual abreva de su propio volumen y por principio abomina de la contención crítica. Como todo en ella es exceso, el carnaval mental consecuente se solaza en generalizaciones, peticiones de principio, hipótesis más creíbles mientras más descabelladas, voluntarismo, sentencias tonantes, la convicción de que lo que yo opino es "lo que todo mundo sabe" y lo que yo quiero es "lo que todos quieren". Todo ello redunda en una ebriedad que tiene la desventaja de ser fácilmente manipulable. ¿Quién dijo que la revolución, si es en serio, no es para ineptos bien intencionados? Ha sido asombroso cómo, por odio a la policía, tantos ideólogos, editorialistas y líderes no tuvieron empacho en convertirse en policías, sino hasta en jueces y carceleros. Si algo quedó más averiado que la UNAM y las izquierdas, fueron la lógica, el sentido común y el lenguaje (no es lo mismo autonomía que autonomía, y menos aún autonomía que ¡autonomía!).

Fragmentos de izquierda
     Con el agudo sentido de la oportunidad que lo caracteriza, el PRD optó por asumirse como sumo sacerdote del ritual. No importó que unos meses antes hubiese sido expulsado del CGH como partido non grato (quizá sí su espectacular descenso en las encuestas sobre la intención del voto). Si el PRD construyó laboriosamente el movimiento estudiantil de 1999 para perder de inmediato su control sobre él, en la intervención de la policía vio la oportunidad de abanderarse otra vez de popular y poner de nuevo su pica en el Flandes del Pedregal. Pocas cosas han sido tan penosas como ver a sus líderes insistiendo en que nada tuvieron que ver con el problema. Se suponía que sólo el PRI podía mentir así.
     Quedó clara la intención perredista de no autonomizarse de la UNAM. En repetidas ocasiones, desde 1995, la prensa difundió análisis del CEU, el operario del PRD en la UNAM, en el sentido de que había "radicales" que amenazaban con apoderarse del movimiento con objeto de dañar a Cuauhtémoc Cárdenas. Desoyendo sus propias advertencias, el PRD se obstinó en no autonomizarse de la UNAM y agraviar su autonomía.
     Su confusión llevó al PRD a concluir que el propósito del CGH era perpetuar el conflicto con objeto de desprestigiarlo ante los votantes y que el conflicto seguiría hasta las elecciones. En la ebullición de sus teorías de mano negra, el CGH era administrado por Salinas y los dinos (para golpear a Zedillo) o por Zedillo (para golpear al PRD). En ambos casos, según el PRD, Salinas y Zedillo razonaban así: UNAM cerrada = pueblo ignorante = voto priista. El candidato López Obrador, hombre emocionado, explicó que si el PRD había ganado el DF era por su alto nivel educativo, arriesgándose a perder a la vez, por las mismas razones, el DF y su coartada.1
     En la singular mecánica nacional que consiste en darle armas al contrincante para después quejarse de que las tome, el PRD pregonó que el gobierno agitaba los ánimos para cosechar el "voto del miedo" en las elecciones venideras. Y aun suponiendo que así fuera, ¿para qué caer en el garlito? La misma ausencia de sentido común que había cebado la huelga de la UNAM: el CGH se convence de que hay un plan para cerrar la "sede del pensamiento crítico", ¿por qué no postergar la justificación a un eventual congreso, y despojarlos del argumento? El empeño en preservar el obstáculo propiciaba lo que se temía. Pero las mismas voces que durante meses chillaron por la conspiración gubernamental para cerrar a la UNAM fueron las primeras en protestar contra su recuperación. Es decir, contra aquello que, si bien descalificaba sus teorías, coincidía con sus propósitos.
     (Otra vez la amnesia: en 1972, cuando Falcón y Castro Bustos tomaron la rectoría, la izquierda declaró que eran "farsantes enviados por las fuerzas derechistas ultrarreaccionarias para acabar con la universidad crítica". Al alimón, el sindicato hizo huelga. Renunció Pablo González Casanova, que luego condicionó su regreso al cumplimiento de tres condiciones: 1) el levantamiento del paro, 2) la realización de un proyecto de reformas, 3) el gobierno debía impedir la comisión de delitos del orden común contra la UNAM. Luego renunció definitivamente.)
     La protesta contra el imaginario complot para cerrar la UNAM se convirtió en protesta porque fue abierta. Ante el ridículo, no hubo mejor recurso que urdir una nueva conspiración: es una treta del PRI para cosechar el "voto del miedo" el 2 de julio. ¿Y de qué manera se combate ese complot? Paralizando la ciudad, haciendo marchas de protesta y todo eso que, como es bien sabido, ahuyenta el voto del miedo y acarrea simpatías para la oposición.

Violencia
     El miedo a la violencia fue utilizado, con violencia, por el CGH. La posibilidad de la represalia y el ritual del martirologio ha sido un capital importante de los movimientos estudiantiles, protegidos por su propia explotabilidad, por el mito del desinterés y la pureza juveniles y por la sombra de Tlatelolco.
     El aura de violencia en un movimiento estudiantil, venga de donde venga, es un capital importante a su favor. El CGH sabía que reciclarse de represor a reprimido le perdonaría sus desaguisados previos, desplazaría su corresponsabilidad, unificaría a las izquierdas, convertiría su huelga (universitaria) en una "lucha" (nacional), concitaría la vigencia de las "medidas radicales", saldría de la UNAM y graduaría al conflicto a "lucha popular" contra el Estado.
     "Se criminalizó un movimiento social", dijeron los editorialistas. Sí, pero un movimiento social que, con estrategias y actitudes ajenas a leyes y reglamentos universitarios, decidió que su movimiento social era más importante que otros movimientos sociales, contra los que se sintió autorizado a actuar criminalmente. El día en el que al CGH le pareció simpático rodear la UNAM de alambre de púas y crear tribunales para expulsar oponentes, no sólo criminalizó su propio movimiento: creó un Estado policiaco para el que los disidentes eran criminales.
     El principal disidente del CGH era otro movimiento social al que el CGH desconoció y criminalizó: el movimiento universitario, un movimiento también social, histórico, enorme, costoso, emprendido por la sociedad para producir y transmitir ciencias y humanidades que la benefician. El movimiento universitario no es sólo social: es esencialmente social, pues involucra a toda la sociedad. Es un movimiento social que tiene la peculiaridad de generar las ideas, análisis y debates que dan sentido a los otros movimientos sociales. El movimiento social de la UNAM fue secuestrado y criminalizado por un movimiento que usurpó sus funciones y decidió sojuzgarlo. El movimiento educativo, más movimiento social que cualquier otro, fue sojuzgado por una parte que se quiso más relevante que el todo.
     A nombre de la democracia, el CGH agravió a cientos de miles de universitarios; a nombre de la democracia exigió y malgastó el recurso de un diálogo que debe emplearse para causas meritorias; a nombre de la democracia, despreció el hecho de que la democracia es un pacto social; a nombre de la democracia atrajo simpatías legítimas que no tardaron en verse decepcionadas y, en consecuencia, agraviaron a la democracia misma.
     Todos los organismos democráticos que se arrojaron a los brazos de la impaciencia del CGH —el PRD, el STUNAM—, y luego recularon al detectar su verdadero talante, se dañaron seriamente pero, sobre todo, dañaron a la democracia del país. El CGH de 1999 ilustró a la perfección los riesgos de perder la paciencia, y el PRD los placeres inescrutables de tirarse de cabeza en la incoherencia. El PRD, confuso, escindido, contradictorio de un líder a otro, o de una página del periódico a la otra, se está convirtiendo en responsable de que México entre al siglo XXI sin una izquierda democrática creativa e inteligente, comprometida con la ley del país y con la coherencia interna. Así como le puso la mesa a los radicales del CGH, su obstinación en esquivar su responsabilidad en el conflicto de la UNAM envicia la atmósfera que beneficia a la izquierda delirante y antidemocrática. El pensamiento de izquierda es esencialmente crítico, es decir, contrario a la demagogia. Nunca temió enfrentarse a la ignorancia y a los prejuicios de la mayoría. El PRD ha abandonado la crítica y se ha comportado con una demagogia que halaga a una minoría a la que abrevia cada día más.

¿Y ahora?

     Sería formidable que aprendiéramos la lección, pero lo dudo. No veo razones para abrigar un relativo optimismo. Es difícil imaginar que, ni siquiera ante el espectáculo del grave desaguisado que causaron, las partes involucradas reconsideren. Hace tres décadas, Octavio Paz lamentó que la universidad cambiara la crítica por la acción: "Ya no es una universidad: es un bastión". No veo motivos para que las izquierdas, idólatras de la acción, dejen de pensar que la UNAM vale más como bastión que como centro de inteligencia.
     El movimiento de 1999 consiguió el congreso que urge a la UNAM, pero a la vez canceló su posible funcionalidad. Es ahora el PRD el que le comerá el mandado a los radicales. Es malo que la izquierda, al reivindicarlo como su triunfo, lo expropie de antemano para sus objetivos y, previsiblemente, condicione su existencia. Peor todavía es la convicción de que las medidas radicales que dieron origen al conflicto sean esgrimidas, en adelante, como evidencia de su eficacia. El congreso nace averiado no sólo por las disputas y rencores internos: la reacción del PRD sugiere su deseo de fortalecer su presencia —quizá la única que le quedará después del 2 de julio— en su "espacio histórico". No hay motivos para dudar de que su nueva clientela —toda vez que los estudiantes han probado estar fuera de su control— serán los profesores de asignatura (más o menos 17 mil de ellos) que ya se organizan en magnas asambleas y magnos frentes desde 1999. No hay motivos para pensar que su modelo de congreso universitario será esencialmente distinto al planteado por el diputado Pablo Gómez, como iniciativa de ley, en julio de 1999 (que demuestra que el PRD no interviene).
     Esa iniciativa propone que lo primero que se hará, al entrar en vigencia, es que "el Consejo Universitario convocará al Consejo Universitario Constituyente" (sic) que "tendrá como función exclusivamente la aprobación y expedición del Estatuto Orgánico de la UNAM". La representatividad será así: "los estudiantes elegirán al 40% de los consejeros; los profesores elegirán a otro 40% de los consejeros; los investigadores elegirán al 10% de los consejeros; los administrativos elegirán a un consejero. El resto de los consejeros (9%) serán autoridades universitarias en ejercicio [...] designados de conformidad con la convocatoria".
     Me parece antidemocrático que el sector de la UNAM que sólo pasa en ella cinco años de su vida (el 7.5% de su vida si vive 75 años), tenga el 40% de las decisiones, contra el 10% de los investigadores que se pasan en la UNAM un promedio de cuarenta años, el 55% de su vida. Qué más da. Ya habrá tiempo para discutir. Habrá mucho tiempo para discutir. Habrá todo el tiempo del mundo para discutir. Espero sin embargo que, el primer día de congreso, todos los involucrados —incluido el PRD— firmen un documento que diga: "Por ningún motivo las partes involucradas en este congreso cerrarán las instalaciones". -