La torre morada | Letras Libres
artículo no publicado

La torre morada

Más que un historiador, Luis González y González es una historiografía. A diez años de su deceso, Jorge F. Hernández recuerda –con la mirada privilegiada del discípulo y del lector atento– el legado de quien abrió nuevas maneras de estudiar el pasado mexicano.

En 1968 Luis González y González desconcertó al mundillo de moldes acartonados en muy cuadriculada academia engolada y presentó como fruto de su año sabático en El Colegio de México, no un informe estadístico u otro tipo de adenda a la matemática de la historiometría cuántica, sino un libro que más bien parece novela, aunque él mismo bautizaría a los buenos libros de historia como novelas, pero verídicas. El cúmulo de cuartillas que conformaban su libro había sido escrito ordeñando todos los días al coro de la memoria colectiva del pueblo de San José de Gracia, Michoacán, donde nació Luis González y González el 11 de octubre de 1925; durante ese año fue apilando hoja por hoja de ese libro en una caja de detergente que finalmente amarró con mecate para traérselo de vuelta a la ciudad de México, junto con su mujer y seis hijos, al finalizar ese primer regreso a la querencia con la obligación de entregar en El Colegio de México la constancia legible del debido aprovechamiento académico de su sabático.

Consta que desde su primer lectura, ese libro titulado Pueblo en vilo. Microhistoria de San José de Gracia, recibió no solo elogios, sino una apasionada defensa por parte de don Daniel Cosío Villegas y algunos otros pocos historiadores en medio de un vendaval de críticas y carcajadas que pretendían demeritarlo como si fuera pecado reunir en párrafos los chismes de un pueblo, la palpitación de su pretérito en la piel de sus habitantes y los murmullos de sus muertos. Pueblo en vilo es una de las mejores confirmaciones de que la prosa pura transmite la universalidad de lo particular y que la memoria de un lugar que apenas aparece en los mapas no merece desaparecer en la amnesia del pasado. También consta que por poco nos perdemos miles de lectores el placer de su lectura, pues así como volaron las hojas de una célebre primera versión de Cien años de soledad al filo de ser enviadas por correo a su primera edición en Buenos Aires, así también don Luis González vivió la taquicardia implacable al momento de desamarrar la caja de detergente, ya de vuelta en su casa de la ciudad de México, y descubrir un digno cargamento de limones que nada tenía que ver con su prosa. Afortunadamente, el sosiego infalible de su esposa y la calma que compartían como pareja ejemplar los movió a regresar inmediatamente a la central camionera y realizar esa misma noche el intercambio de cajas con un ranchero enfurecido por haberse hallado, según él, quién sabe cuántos papeles inútiles en vez de sus limones.

Don Luis había decidido volver a su natal San José de Gracia y aprovechar ese año en querencia, en vez de tener que soportar alguna incómoda estancia en universidades del extranjero, no solo porque era quizá la última oportunidad para convivir con sus padres ya ancianos, sino también la ocasión para brindarle a sus hijos una experiencia de vida alejados de la ciudad, allá donde millones de estrellas se aparecen de noche, las alcancías son cochinitos de veras que se ven retozando en el lodo de los chiqueros y luego se convierten en chicharrón, y la leche pasa tibia directa de la ordeña al vaso. Además, don Luis mantuvo a lo largo de su vida los horarios rancheros y en cada amanecer ya llegaba a la mesa del desayuno con cuatro y a veces hasta cinco horas de redacción a mano, o bien con provechosa navegación de lecturas, y esos horarios le facilitaron el propósito de intentar escribir lo que en la posterior traducción al francés de su libro quedó como subtítulo: la historia universal de un pueblo que dejó de ser cualquiera precisamente por un libro que lo salvó del olvido.

Se sabe también que Pueblo en vilo agotó muy rápidamente su primera edición y acalló con facilidad los primeros vendavales en su contra no solo por haber recibido el prestigioso Premio Haring en Estados Unidos, sino por la generalizada admiración que destila su lectura. Es un libro de historia escrito con prosa pura, narrativa de veras y buen gusto en el hilado de sus tramas y personajes, lo cual le reserva un lugar importante en el estante de la mejor literatura mexicana. Allí al lado de los dos libros de Juan Rulfo, las obras de Juan José Arreola o los versos de López Velarde, allí también este sabroso libro de historia que, en perfecta sintonía, recibió su primera reseña elogiosa en pluma de Jorge Ibargüengoitia.

Don Luis decía que su infancia había sido como un florido páramo donde “se aprendían muchos saberes: la lengua, los rudimentos de la gramática, las cuatro operaciones aritméticas, la escritura, las reglas de la buena educación, las tradiciones familiares, los rezos para cada día y los principios básicos del cristianismo”. Podría intentarse un mejor retrato si añadimos como trazos al óleo que, según don Luis, fue de los niños que “además de no decir nunca mentiras, debían saber andar a caballo, contribuir en los diversos quehaceres de la ordeña, alzar las matas de maíz abatidas por el arado en escarda y asegunda. Yo nunca fui acólito ni alzador, sí jinete en caballo, mula, burro y becerro. Nunca me atreví a enfrentarme a un toro con capote en mano; nunca me sentí necesitado de ejercer la caza ni otras diversiones rancheras. Nunca, por otra parte, entré en conflicto con quienes me impartían la crianza, quizá por haber sido criado a las buenas, sin golpes y amenazas” y, con eso, enmarcar el primer perfil que se mantuvo a lo largo de su vida: ajeno a toda forma de lo falso que no fuese declarado como ficción, jamás acólito de ningún culto y caballero andante en burro, mula o caballo de los mejores argumentos de la conversación, los variados usos de la razón y el aprovechamiento del tiempo en cada uno de sus minutos.

Si el propósito de esta semblanza fuera enciclopédico habría que enlistar que Luis González y González salió de su natal pueblo en vilo, habiendo aterrizado las primeras letras, y formalizó sus estudios en Guadalajara para luego asistir a El Colegio de México, con otros estudios en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, que de allí brincó a Francia con una beca que le permitió tomar clases en el Collège de France y en la Sorbonne, conocer a Braudel y sintonizar con Le Roy Ladurie (que años después publicaría su propia microhistoria de un pueblo francés, Montaillou, otro pueblo en vilo), y también sería relevante no dejar de mencionar la encomiable labor que realizó don Luis en no pocos viajes hacia el fondo de archivos y bibliotecas como emisario o intermediario de algunos de sus viejos profesores republicanos, exiliados en México, en especial Ramón Iglesia y José Gaos, que ya no tenían manera de navegar el Archivo de Indias en Sevilla, o las neblinas del Archivo de Simancas en Valladolid, o bien el Archivo Histórico Nacional de Madrid para beneficio de sus obras.

De regreso de ese periplo de consolidación de su vocación como historiador y más allá de las cronologías que pueden consignar las enciclopedias, es importante por lo menos intentar señalar el instante en que conoció a Armida de la Vara en Guanajuato, durante un congreso de escritores e historiadores. Consta que fue amor a primera vista y unión ejemplar más allá de sus biografías, pues no solo conformaban una conversación constante y una definición diaria de lo que significa la conversación y el respeto, sino además una familia donde sabían hijos y nietos, y poco a poco cientos de lectores, que todo lo que escribía don Luis pasaba por la peluquería y estética de doña Armida, notable cuentista y maestra de literaturas variadas. Con el apoyo incondicional de su Armida, y habiendo ya probado los buenos resultados de Pueblo en vilo, la obra de Luis González y González se vierte en tres territorios: el apostolado convencido de su papel como maestro, el conferenciante constante que presenta en público versiones habladas de los textos que escribe a diario, como quien se levanta temprano para ordeñar las ideas de todos los días, y el incansable contagiador de la microhistoria que él mismo ya había presentado en tinta y en por lo menos tres idiomas al mundo. Para el cultivo y preparación de esos tres ámbitos, don Luis se imaginaba en mente y luego trazaba en papel cuadros sinópticos con llaves de diversos tamaños ya para preparar sus cátedras o bien para asentar la armadura de una conferencia, o bien para estructurar un próximo libro. Como una enredadera, las ideas y guías con las que don Luis hilaba las claves y contenidos de cada llave llevaban su razonamiento de lo general a lo particular y viceversa, como un Sherlock Holmes que podría desdoblarse en Sigmund Freud con diván volátil o bien un auténtico Indiana Jones, donde el látigo de la aventura historiográfica no necesariamente busca verdades, sino hechos y datos que cada historiador ha de minar como gambusino honesto en los archivos y bibliotecas de la memoria, contra viento y marea de toda amnesia o polvo y pólvora de cualquier necedad.

De las muchas conferencias que dictó y como fruto de la larga nómina de sus publicaciones, no solo libros sino artículos, entrevistas, ensayos sueltos, crónicas ocasionales e incluso prólogos consta que miles de lectores siguen celebrando las principales virtudes de su prosa: claridad, objetividad y lo que podríamos llamar amabilidad al considerar al lector en conversación inteligente; tres regalos si se tiene en cuenta el alud de historiadores que confunden la erudición con pedantería, enfangan toda claridad posible con el enredo de sus vanidades, pierden objetividad cuando enrevesan sus párrafos con propósitos engañosos y se dirigen a los lectores incautos como si todos fuéramos imbéciles.

De ninguna de esas mañas echó mano jamás don Luis, quien además fue un maestro peripatético y dominador de la sobremesa. Luego de saludar con el entrañable pleonasmo ¿qué novedades nuevas?, era común que el Maestro ofreciera tanto al alumno ocasional como al discípulo convencido la discusión de alguna ocurrencia que le compartieran como parte del aperitivo y, si ya tenía tinte de ser idea, proseguir con su disección como parte de la comida misma y luego, ya si era materia de tesis, dedicarle la sobremesa con un paseo, quizá luego de una siesta que facilitaba los horarios de la ordeña. En algunos casos, consta que don Luis proponía largas caminatas verbales, ya entre las interminables calles de la ciudad de México y Madrid o bien desde la casa natal en San José de Gracia hasta las faldas del Cerro de Larios, donde parece que vive el atardecer, y luego la vuelta para sosiego de todo lo hablado y pendiente de todo lo que quedaba por escribir.

Como si sus libros necesitasen un apuntalamiento teórico que avalara su valía, o como si no bastara el proselitismo en conferencias y entrevistas, más allá de las aulas que en ese entonces eran de pizarrón verde o negro y gis blanco sobre las yemas de los dedos, don Luis ejerció sin descanso incontables invitaciones a la microhistoria en donde apelaba a la importancia de la transmisión oral de los recuerdos, la sutil diferencia entre los sentimientos patriotas y la pertenencia a una Historia Matria, personal e intransferible. Exhortaba a la búsqueda incesante en archivos parroquiales y municipales, y ya no solamente en los papeles oficiales de los archivos nacionales; lo mismo el rastreo de las noticias en periódicos nacionales que la palpitación local del sentir colectivo; lo mismo el decreto presidencial que la opinión pública. Gracias a don Luis la cartografía monumental de México tuvo que aceptar que tenemos héroes patrios que no gozan de la misma popularidad en regiones diversas, que hay terruños donde se digieren de manera diferente los planes y proyectos nacionales, así como los próceres y sus aniversarios. Gracias a don Luis, se aumentaron los párrafos y lectores de cronistas locales, historias regionales y, sobre todo, se descentralizó el monopolio del saber: él fundó y dirigió El Colegio de Michoacán (primero de muchos brazos de El Colegio de México) con el afán de revitalizar los estudios del pasado y las culturas de los horizontes allende la ciudad de México, y una vez trazados los muchos círculos concéntricos de su apostolado historiográfico y académico, don Luis González se volvió a San José de Gracia con su Armida a viajar por todos los paisajes posibles del pretérito en párrafos y por todos los pasajes de mundos posibles o imposibles desde el faro de un biblioteca luminosa.

Allí donde antes florecían durazneros, aguacates, nísperos, limoneros, piñón, chabacano, maguey, nopal, higueras, granado, palmas y otras plantas o flores, mismo sueño donde transcurrió el sabático durante el cual izó en vilo a la historiografía hasta entonces conocida, don Luis mandó construir en el tercer patio –antigua troje, huerta y corral de la casa donde había nacido– la entrañable biblioteca con una torre que mandaron pintar de color morado donde trabajó hasta el último de sus días, aunque tengo para mí que en la hora previa a cada amanecer se perfila su sombra a veces en conversación con su inseparable doña Armida. Es la sombra de una presencia invaluable y al mismo tiempo la obra monumental de un hombre intachable, autor indispensable, sabio sin sangronadas, erudito sin poses, generoso sin límites, paciente e impaciente, callado y expresivo, estricto y amoroso. Él mismo encarnado como libro de páginas inagotables ante cada nueva lectura y manantial de ideas cada vez que se vuelven a pasear o comentar de sobremesa. Una sombra entrañable que se proyecta desde la torre morada donde se sigue divisando el panorama de los techos de teja, las torres de la parroquia, el jardín central del pueblo en vilo, que quiere aterrizar al pie de la montaña de Larios que parece Luvina, y tanta literatura, tanto verso, tanto libro y cada sílaba de lo que significa ser Maestro entre tantos profesores. ~