La sinrazón y su admiradora | Letras Libres
artículo no publicado

La sinrazón y su admiradora

"Como Rosa Chacel es lenta, 1936 la sorprendió sin haber consolidado su figura literaria”, afirma Julián Marías en el prólogo que acogió la primera edición de La sinrazón en el país natal de su autora, en 1969. Nueve años antes, la novela, que Comba acaba de reeditar, se publicó en Argentina. La Guerra Civil llevó a Rosa Chacel (Valladolid, 1898-Madrid, 1994) a París, Río de Janeiro, Buenos Aires.

“Tengo que atreverme a confesar la banalidad de mi historia y atreverme a confesarla sin adoptar la actitud del que ya está muy por encima de todo,” anuncia al comienzo Santiago, el protagonista que se ubica “debajo de todo”. Por eso necesita descargarse de cierto peso y colocarlo delante; es algo que remite a la idea de culpa, iremos descubriendo y perdiendo de vista, dada la estructura espiral de la novela, y quizás procede del proceso vital que supone cuestionar las creencias más profundas, comenzando por las religiosas. El pensamiento sentido de Santiago se despliega lento, se desmenuza en circunloquios creadores de mapas mentales en cuyo paisaje destacan las abstracciones y manierismos, también los personajes femeninos necesarios para la acción que contiene una infidelidad; es un estilo rico, seguramente de lo más renovador en la década de los sesenta, con las puertas abiertas hacia la prosa poética y sin perder de vista cierta concepción filosófica del sentido de la vida.

Si conviniéramos que el dominio y la constante regeneración de un lenguaje que se pretende lo más apegado posible “a la razón última del ser” puede conformar una suerte de lugar, La sinrazón también sería la autobiografía de un individuo exiliado en ese país de letras, una entelequia admirable que merece su parada en el recorrido de las literaturas hispánicas. Esta obra magna de Rosa Chacel, realizada a lo largo de una década y que, en sus propias palabras, “es lo único serio que he hecho en mi vida, y es bastante inocente”, entronca directamente con Estación. Ida y vuelta, ese punto de partida y relato de iniciación quizá artísticamente más espontáneo escrito y publicado en España treinta años antes.

A pesar de exiliarse a otras geografías, narrativamente Rosa Chacel siguió vinculada a la Península Ibérica. Antes de la guerra estableció contacto con un grupo de intelectuales cuya figura más dominante, José Ortega y Gasset, sería en su primera etapa ejemplo a seguir. A su regreso al país natal, una Rosa Chacel septuagenaria y aceptadora de su condición de escritora sin grupo declararía que había querido pertenecer a esa intelectualidad, “deseaba ser uno de ellos, porque la cultura la escriben los hombres”. Esta clara visión de quién manejaba los hilos de las artes y las letras –su marido fue un pintor con cátedra– contenía a su vez una información que por entonces solía pasar casi siempre inadvertida, silenciada incluso para quien la comprobaba en su propio cuerpo: ella, por la naturaleza de su género, nunca sería uno de ellos. Rara avis la llama Marías en el prólogo; Clara Janés, que la acompañó en la última etapa de su vida, lo confirma al decir que “se conjugó como escritora única”.

Cuando vivía en la avenida Copacabana de Río fue interpelada por las cartas que, desde una Barcelona cuya universidad acogía revueltas estudiantiles y redadas policiales, le escribió una joven admiradora llamada Ana María Moix. Rosa Chacel respondió enseguida con alegría y avidez. “Sus cartas son el único respiradero que me queda”. El vínculo fue Pedro Gimferrer, aquí en el papel de admirador y divulgador de la obra chaceliana. Entre las dos mujeres de generaciones distintas se inició una correspondencia que la editorial Comba titula De mar a mar.

El volumen epistolar conforma una suerte de cartas a una joven poeta; también funciona como una novela no intencional escrita a cuatro manos por dos cabezas que aman la literatura hasta fundirla con la vida, a lo largo de una década. Son las vidas cruzadas de quien se prepara para escribir su obra y de quien ya la ha escrito casi toda. “Su obra es un camino”, dice Ana María Moix. Chacel corresponde con su estilo rico, ese “pensar y sentir” desigual y calculadamente combinado, que de pronto se nos desvela paralelo al de La sinrazón, aunque ahora aparece más ágil y fresco al contener menos cultismos.

Las primeras cartas en las que Ana María Moix, por entonces lectora de voces “que le aporten algo nuevo”, dirigiéndose de usted, le envía dos cuentos y le solicita consejos de lectura, resultan dispositivos que llegan justo a tiempo para que Rosa Chacel se abra no solo a un diálogo con reflexiones que amplían el conocimiento sobre sus intereses literarios, sino también sobre la forma de la curiosidad que los motiva, al requerir que la joven le envíe alguna fotografía para saber cómo es y le cuente todo sobre su persona; qué hace, cómo pasa el tiempo, incluso qué come y cuánto pesa.

Al definirse Ana María Moix, “me pusieron fama de inteligente y tuve que cargar con ella”, afirma que leyó El capital a los trece años, “y me hubiese dejado quemar viva por mi dogmatismo marxista”. Responde la voz con más experiencia: “De sus lecturas, ¿qué voy a decirle? Me parecen bien, me parecen fatales.” Aparte de abundar en opiniones y dudas sobre nombres y títulos de filosofía, literatura, también cine, desde Michel Butor a Ana María Matute, esta novela casual también interesa debido a las tensiones que se crean a partir de las contingencias diarias de la vida privada.

“Esta carta ha sido interrumpida cincuenta veces porque mi vida familiar es bastante complicada –ya le contaré otro día–.” No tardará en abrirse el telón del tú a tú y de esa clase de confidencias más propias de nuestra era digital. Las cartas se demoran meses o se extravían con los cuentos o artículos que transportaban, mientras conocemos sus gestas domésticas, familiares, médicas, amorosas, depresivas. Ambas interlocutoras se exponen tomándose el tiempo de medir las palabras, ejercitando su respectiva pluma, bolígrafo o máquina de escribir, en una época no tan lejana en la que el correo electrónico parecería ciencia ficción y las amistades a distancia no se consolidaban con un clic. ~