La Roma americana: filias y fobias | Letras Libres
artículo no publicado

La Roma americana: filias y fobias

BARBARA PROBST SOLOMON
     AMNESIA HISTORICA
     Supongo que al pedirme que hable sobre el odio hacia Estados Unidos, Letras Libres  no busca que elabore una justificada crítica de las políticas estadounidenses, por más que sabemos que Estados Unidos, al igual que muchos otros países, ha hecho muchas cosas lamentables. Se trata aquí de la demonización de Estados Unidos. Aunque Europa apoya oficialmente a Estados Unidos en su persecución de Bin Laden y no quema efigies de Bush & Co., decidí centrarme en Francia, sobre todo porque España y Francia son países que conozco. El odio hacia Estados Unidos representa tantas cosas distintas en lugares diferentes, que no es posible reunirlas todas en un solo artículo.
     Francia siempre ha tenido una gran resonancia para los intelectuales de otras partes del mundo, los cuales han recurrido a la prensa y a su izquierda para legitimar sus ideologías políticas. La Revolución Cubana recibió su definición literaria con Saint Germain des Pres, y Kohemni fue su trago amargo. Aunque los intelectuales franceses inteligentes declararon hace tiempo que la antigua izquierda ya está pasada de moda, su coqueteo con Estados Unidos siempre ha sido una relación de amor y odio.
     Por un lado, a los franceses les gusta la cultura pop de Estados Unidos y mueren por pasar una temporada en un desván de Manhattan. Por otro, ayuda poco que, a medida que los franceses dudan de su identidad nacional, Estados Unidos crece como superpotencia. Los intelectuales europeos suelen ir a Estados Unidos como un hombre que visita su burdel favorito: la experiencia es fabulosa, pero no la mencionan en casa. O, si la mencionan, es para decir cómo criticaron tal o cual aspecto de la vida estadounidense en tal o cual conferencia. Siempre se pierde algo en la traducción.
     Sin embargo, el odio letal hacia Estados Unidos, el que implica una demonización, surge por lo general de múltiples fuentes, incluso de ideologías opuestas, que se han coagulado hasta formar una dura costra de desprecio. Uno de los elementos más potentes es la amnesia histórica, la negativa de un país a examinar su propio pasado y su propia sociedad.
     En esta nueva guerra parece un extraño déja vu la facilidad con que Rusia, la Gran Bretaña y Estados Unidos regresaron a su alianza de la Segunda Guerra Mundial. Cuando Bush dijo: "Pelearemos esta guerra contra dictadores y fascistas...", sonó como si un redactor descuidado hubiera resucitado algún antiguo discurso de Roosevelt. A pesar de la Guerra Fría, la Gran Bretaña, Rusia y Estados Unidos consideran la Segunda Guerra Mundial como el referente esencial, y dan por hecho que la segunda mitad del siglo XX tuvo como inicio moral la derrota de Hitler.
     Sin embargo, la posición de Francia fue mucho más ambigua. Es la única potencia que estuvo ocupada por los alemanes, y ya no era una gran potencia. Cuando yo era una joven estudiante en París, después de la Segunda Guerra Mundial, me sorprendió el silencio respecto de la ocupación alemana y su ausencia en las películas. En contraste con los italianos, quienes inmediatamente produjeron películas que analizaban su pasado inmediato, como Roma: ciudad abierta, el cine francés produjo comedias ligeras y películas con ambientaciones exóticas y temas universales: las mejores fueron Orfeo negro, Los orgullosos y El salario del miedo. La mayoría fueron terribles. Centrarse de manera realista en los acontecimientos cercanos, como hicieron los italianos, hubiera revelado que Francia, por no participar en la guerra, permaneció intacta, más que cualquier otro país europeo, y que París siguió siendo hermosa.
     Ni a De Gaulle ni al Partido Comunista francés les gustaba Estados Unidos, pero el desprecio más virulento fue el de la derecha radical. ¿Qué ocurrió con las ideas de los muchos intelectuales fascistas franceses? No me refiero a los que se unieron a Le Pen, sino a los intelectuales deslumbrantes que se refugiaron en la Embajada alemana en París. ¿Qué ocurrió con su ideología? Durante sus peregrinaciones a París, muchos estadounidenses se sorprendieron al escuchar extraños comentarios acerca de la perfidia estadounidense y británica durante la guerra; y no eran comentarios al estilo del PC, ni mucho menos de la Resistencia francesa. Reflejaban distorsiones rezagadas que la habilidosa oficina de propaganda alemana, que controlaba la prensa francesa, había diseminado entre la población.
     Aunque los estadounidenses conocen la propaganda antisemita nazi, no conocen tanto los ataques de esa propaganda contra Inglaterra y Estados Unidos, algunos de los cuales suenan tan dementes como los desvaríos de Céline en Bagatelas para una masacre. Estas ideas pueden quedar dormidas, pero se transmiten por aquí y por allá y se manifiestan en momentos de tensión.
     A principios de los años sesenta, unos diecisiete años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, se produjo la primera película importante sobre la ocupación. Hiroshima mon Amour es un estudio de caso de amnesia histórica. Marguerite Duras, proveniente de un confuso ambiente colonial de Indochina, puso la realidad de cabeza en su guión. La joven de la película es una víctima, marginada porque ama a un soldado alemán. En Francia no hay señales de brutalidad nazi, ni hay heroicos soldados franceses. El buen soldado alemán es asesinado, y los culpables son Estados Unidos y la Resistencia. Las imágenes de Hiroshima aparecen sobre la Francia posterior a la liberación como si hubiera quedado destruida por los bombardeos estadounidenses. La técnica innovadora de Duras, consistente en utilizar escenas de un documental geográfico para falsificar la historia —lo que ocurre en un país "A" se funde con escenas terribles de un país "B", en un punto muy distante en el planeta— , resultó adecuada para el estado de ánimo del momento. A principios de los años sesenta, el odio hacia Estados Unidos estaba en pleno auge en una Francia aún no preparada para un autoanálisis serio de los años de la ocupación. Claro que el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima sigue siendo un asunto de cuestionamiento moral, pero se debe analizar de manera adecuada, no arrastrarse como una cortina de humo para ocultar el pasado problemático de Francia. Es como si Estados Unidos hiciera una película sobre la guerra de Vietnam y la ambientara en un campo de concentración nazi.
     Jacques Verges, el abogado de Klaus Barbie —comenzó siendo el querido de la izquierda francesa por su defensa de los revolucionarios argelinos, y luego se volvió un paria por defender a Pol Pot—, trató de sabotear el juicio de Barbie con una técnica similar. Cuando lo entrevisté en Lyon, me dijo que había estudiado la manera en que Duras usó las sustituciones y que pretendía deliberadamente mandar a Francia a juicio por sus acciones en Argelia. Fue demasiado lejos cuando trató de acusar a la Resistencia francesa, y se convirtió en una especie de doble paria.
     ¿Y dónde estamos ahora? Los gobiernos europeos apoyan la coalición, pero la opinión pública desprecia a Estados Unidos. La prensa francesa ofrece un mensaje mixto, España reconoció a Israel hace apenas diez años, y en España nunca ha sido atractivo apoyar a Estados Unidos. Mi idea es que va a ser muy difícil lograr que los gobernantes de países como Arabia Saudita asuman la responsabilidad de sus propias sociedades, sin colocar demonios externos en lugar de sus problemas internos. Y mucho de esto depende de que nos volvamos menos dependientes de su petróleo. Uno de los problemas son los mulás, otro es que los intelectuales árabes moderados han recibido muy poco apoyo. Un paso pequeño consistiría en fortalecer nuestra propia prensa moderada, tanto en Estados Unidos como en Europa. Además, cuando la propaganda es evidente y está llena de sustituciones desquiciadas, hay que llamarla propaganda. Que Bush haya recurrido a Hollywood para cambiar la imagen de Estados Unidos en el extranjero genera un círculo vicioso: Hollywood es parte del problema, no de la solución. Más que nunca, es necesario que los escritores e intelectuales de todas partes del mundo estén en estrecha comunicación. Mientras tanto, Letras libres debería abrir una columna como la de "Idioteces de la Izquierda y la Derecha" de The New Republic. Así, cuando enloquezca The Guardian en Inglaterra, estaremos escuchando. Y respondiendo.
     — Traducción de Lucrecia Orensanz
      
     JEAN DANIEL
     LA FORMA DEL HIPERTERRORISMO
     El fenómeno más importante que habrá de marcar de manera indeleble el nacimiento del siglo XXI no es, en mi opinión, la intensidad del odio contra Estados Unidos. Es la forma singular, única y sin precedentes bajo la que este odio se ha manifestado.
     Podemos, sin lugar a dudas, comprender la tentación de los comentaristas fascinados por la elección del blanco estadounidense. Esta elección se impone en la medida en que el imperio estadounidense puede desplegar un poderío mayor que el de todos los imperios precedentes, incluido el de Alejandro, el de los Césares, incluidos los imperios bizantino, austrohúngaro y otomano.
     Este poderío es tanto más intimidatorio en la medida en que despliega, en todo el planeta, una tecnología a la que es imposible seguirle el paso, y porque es el producto de un consenso democrático que reúne grupos humanos procedentes de todos los países; y porque, finalmente, su civilización fue plebiscitada el 9 de noviembre de 1992, el día de la caída del muro de Berlín, con la consecuencia de una adhesión aparente del mundo a las filosofías de la economía de mercado.
     Esta situación transforma a todos los demás pueblos en admiradores esclavos, en idólatras rebeldes y en sediciosos apocados. Nada más natural que el odio de la independencia. Pero, repitámoslo, esto de ningún modo es nuevo. No es lo esencial. Lo importante es la forma del hiperterrorismo, que pone a las potencias invencibles a merced de las agresiones, no de otros Estados, ni de otros grupos, sino de un solo individuo. Es esta violencia sin territorio, esta ambición sin arraigo, esta mística sin encarnación lo que pasma y desconcierta, pues no la podemos aprehender con ninguno de los viejos conceptos.
     — Traducción de Rossana Reyes
      
     ENRIQUE KRAUZE
     SUMARISIMA HISTORIA DEL ANTIYANQUISMO
     La actitud antiestadounidense en Hispanoamérica es de naturaleza ideológica y de origen conservador. En el caso de México, la invasión de 1847 no desanimó a los liberales, en quienes el liberalismo constitucional era más profundo incluso que el nacionalismo. A finales del XIX —con el cumplimiento del "destino manifiesto" por parte de Estados Unidos en el Caribe y Centroamérica, y con la guerra contra España de 1898—, los liberales voltearon la espalda al país que buscaban emular. Su antiyanquismo tuvo, primero, un carácter cultural: se reflejó en poemas y ensayos. La Oda a Roosevelt, de Rubén Darío, es un caso emblemático, pero menos influyente que el ensayo Ariel, publicado en 1900 por el uruguayo José Enrique Rodó, donde se proponía la superioridad del espíritu iberoamericano sobre el grosero y vacuo materialismo anglosajón. El libro de Rodó, curiosamente, fue lectura obligada en México hasta los años sesenta.
     Se dice que el famoso dictador mexicano Porfirio Díaz acuñó la frase "Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos". Durante la Revolución Mexicana, el sentimiento antiestadounidense creció. La breve ocupación de Veracruz  por parte de los marines provocó el rechazo de todos los revolucionarios. El apoyo yanqui a los tiranos del continente avivó ese repudio, lo mismo que su empeño de supeditar invariablemente la diplomacia a sus intereses económicos. En los años treinta, la convergencia entre liberales y conservadores había cristalizado. Las ideas de un filósofo de derecha como José Vasconcelos coincidían con las de un joven viajero, el médico argentino Ernesto Guevara: la raíz de la desdicha latinoamericana eran los Estados Unidos. Por eso, durante la Segunda Guerra, el panamericanismo fue muy débil.
     Un acontecimiento definitorio fue la Revolución Cubana. Los conservadores sentían que se reivindicaba el espíritu hispano humillado en 1898, los liberales veían en Castro la reencarnación libertaria de Martí. Con la plena conversión comunista de la revolución, conservadores y liberales se separaron de Castro, pero para entonces había calado profundamente la cultura antiyanqui de izquierda. En economía, su soporte conceptual fue la teoría de la dependencia. Sus momentos políticos culminantes —el ascenso del sandinismo y la guerrilla salvadoreña— coinciden, además, con los años más duros de la política exterior de Reagan.
     La caída del comunismo, el desprestigio del marxismo en sus diversas variedades, la derrota de las guerrillas por la vía de las urnas, el sorpresivo ascenso de la democracia latinoamericana y —con menos entusiasmo— del mercado libre hicieron disminuir sensiblemente el antiyanquismo en nuestros países. Es notable, en este sentido, que las proclamas revolucionarias del Subcomandante Marcos no incluyan la fórmula sagrada de todo antiestadounidense: "imperialismo yanqui". Sus críticas se han dirigido contra un enemigo más global: el neoliberalismo.
     Al menos en México, el antiyanquismo ha sido patrimonio de políticos e intelectuales. Es una ideología, en el sentido estricto de la palabra. Nunca ha sido un sentimiento popular ni ha formado parte fundamental del "imaginario" nacional. El mexicano toma de la cultura estadounidense lo que le conviene y desecha lo demás. Contra todos los clichés, su actitud frente a Estados Unidos es razonablemente sana. Supongo que lo mismo cabrá decir, con el tiempo, de los cubanos y caribeños; pero en estos pueblos el sentimiento de agravio (y el consiguiente amorodio) sigue vigente. No obstante, el mexicano común abriga contra los estadounidenses un resentimiento nuevo por el maltrato a los inmigrantes en la frontera. Tal vez por eso no hubo veladoras ante la Embajada de Estados Unidos tras el 11 de septiembre.
     El futuro dependerá de que se consolide la democracia. Si el experimento democrático latinoamericano fracasa, no se puede descartar una resaca antiestadounidense promovida por regímenes populistas. Las diversas agencias de Estados Unidos —académicas, intelectuales, políticas— harían bien en incrementar y enriquecer las vías de comunicación y conocimiento entre las "dos Américas". Por ahora se ve difícil: Estados Unidos no mirará, por mucho tiempo, hacia el sur: mirará al oriente, donde el enemigo no es ya inocentemente ideológico, sino teológico.
      
     VICENTE VERDU
     ABUSIVAMENTE ACTUALES
     El rechazo a Estados Unidos puede remontarse en España a la guerra de Cuba, a finales del siglo XIX, pero luego tuvo un reforzamiento más cercano en los tiempos de Franco. Contra el aislamiento que los gobiernos democráticos habían mantenido sobre el régimen franquista, Estados Unidos vino a comienzos de los años cincuenta a firmar un tratado de cooperación y ayuda con el gobierno español que le sirvió de gran apoyo  para sostenerse. Ese tratado fue paralelo al concordato con la Santa Sede y los dos poderes, el del Vaticano y el de Washington, quedaron fijados en la mente de los demócratas españoles como referentes adversos. De la transición democrática se derivó una veloz secularización de la vida española, sus ritos, sus costumbres, y una prolongación de los norteamericanos como cómplices de gobiernos dictatoriales, en Centroamérica, en Asia, en África. Pero esto es un planteamiento político que acaso no desborde demasiado el recinto de las elites intelectuales. El ciudadano común posee de Estados Unidos esa idea ambivalente en la que se juntan la admiración y el menosprecio. La admiración por sus producciones de espectáculo y entretenimiento y el menosprecio por su clase de inteligencia, su pobre sensibilidad para entender la cultura de los demás, su descarada prepotencia coincidente con su desinformación. La manera con la que los turistas norteamericanos han visitado España, entre el lujo y la crasa ignorancia, los ha hecho poco apreciables a los ojos del público. Pero además, la actitud de los soldados de las bases norteamericanas que han existido en España en los últimos cincuenta años ha irritado a los habitantes del entorno.
     De los norteamericanos se ha extendido su consideración de simples, infantiles, escasamente sutiles, soberbios, patanes.
En Europa siempre se ha cultivado la idea de que este era el continente de la cultura y la historia. Ellos eran la incultura y la no historia. Es decir, el presente. Es decir, tan abusivamente actuales como para dictar la actualidad y, como consecuencia, apabullarnos.
      
     ERNESTO SABATO
     UN VALOR VULNERADO
     Desde el 11 de septiembre se ha hecho patente que quienes tienen el poder toman decisiones ajenas al sentir de la humanidad. Y me refiero tanto a los actos terroristas, por los que de ninguna manera puede inculparse al mundo islámico, como a esta guerra atroz de los países poderosos contra la desamparada Afganistán. Hasta cuándo vamos a permitir que el cuidado de la vida sea un valor tan vulnerado ante la codicia desenfrenada e irresponsable de quienes nos están lanzando al borde del abismo, tanto unos como otros.

MIGUEL HUEZO MIXCO
     LECHE Y HIEL
     Hace algunas semanas Francis Fukuyama decía que las acciones terroristas "han reforzado la identidad de la civilización". No sé en qué lugar de ese vago concepto se ubican un país como El Salvador y el resto de las repúblicas centroamericanas.
     Cuatro días después de los atentados terroristas en Manhattan, tuvo lugar en San Salvador una de las primeras manifestaciones del hemisferio occidental en apoyo a la matanza. El 15 de septiembre, fecha de la independencia de España, cuando el puñado de ministros y jefes dieron media vuelta en sus coches negros, llegó la marcha de universitarios y sindicalistas, encabezada por algunos líderes de izquierda, vivando a Osama Bin Laden, quemando ofrendas florales y banderas de los Estados Unidos. Ante la esclerosis de la rebeldía hay quienes intentan hacerse ilusiones del carácter revolucionario del fundamentalismo. Hasta tal punto está de mal el mundo.
     El hecho no es sólo otro testimonio del controversial sentido cívico salvadoreño: también refleja, de manera exaltada, un sentimiento de rechazo a los Estados Unidos que no es exclusivo de la ahora llamada "izquierda-talibán". Y que además tampoco es nuevo. Conservadores de este país participaron en los años treinta del siglo pasado en la corriente antinorteamericana que le prestó apoyo moral y material a la lucha de Augusto C. Sandino contra los marines. También los fundadores del actual partido en el gobierno chocaron contra las políticas de la administración norteamericana en los años ochenta, cuando aquí hablar de derechos humanos era sinónimo de "comunismo".
     Como los niños, tenemos que conocer Liliput: quien vive a la sombra de un gigante vivirá con el riesgo de ser aplastado.
     Hace tiempo que los sentimientos antinorteamericanos en este país se han venido expresando en una gama muy amplia, y cometeríamos un error si pensamos que se alojan sólo en grupos extremistas. Una encuesta posterior a los ataques del 11 de septiembre reveló que la mayoría de los entrevistados pensaba que entre las raíces de aquella brutalidad se encontraba la política exterior de los Estados Unidos. "Algo debe avivar la llama de ese odio, para que haya crecido de manera tan acelerada", admitía Edward Thompson hace 75 años. Hablaba del odio de los indios hacia Inglaterra; pero la sentencia podría extenderse a todos los imperios.
     Hacia los Estados Unidos existen sentimientos ambivalentes. Estados Unidos es grande, demasiado complejo como para sólo aborrecerlo o admirarlo. La sociedad salvadoreña ha convertido a Los Ángeles en su segunda ciudad más importante (poblacional y económicamente), y Estados Unidos representa sin duda la tierra de la que mana leche. Se suele bromear con que las iniciales CA (Centro América) que suelen escribirse junto al nombre del país son en verdad las del estado de California.
     Se siguen con fascinación la moda, los héroes y la cultura del coloso. Y sus instituciones producen admiración hasta la desvergüenza: el presidente que inició la guerra civil besuqueó, ante cámaras, la bandera norteamericana.
     Una gran parte del parque automovilístico del país se constituye con carros usados, traídos del norte a las cocheras de la clase media. Y desde el 1 de enero de este año, hasta el más humilde recibe salario, o limosnas, en moneda estadounidense. La idea de "nación" hace agua y está esperando por mejores invenciones.
     Leche y hiel: una pequeña porción del astronómico desembolso aprobado por el Congreso para bombardear los campos yermos de Afganistán y sacar de sus encuevaderos a los talibanes ya habría puesto a flote a El Salvador, asolado por terremotos y epidemias. La pobreza tiene manos ávidas, y rencorosas. El gigante percibe estos reproches con una ceja enarcada.
     Los migrantes salvadoreños, es cierto, han encontrado en el norte las oportunidades que no tienen en este país, del cual miles escapan como de una sartén puesta al fuego. Muchos han logrado insertarse exitosamente en el mundo laboral y académico. Pero la mayoría vive jugando al gato y el ratón con la migra, guardiana de la tierra prometida, al lado de hombres y mujeres provenientes de Guatemala, Honduras, Nicaragua, México, que se forjan como seres del espectacular mundo libre esquivando los reflectores de los helicópteros en la frontera. ¿De qué civilización hablamos cuando hablamos de civilización?
     "La democracia saldrá vencedora de esta guerra", declaman algunos políticos y columnistas de periódicos. Ojalá, porque hasta ahora, en El Salvador, todas las guerras (mundiales y civiles) las hemos pasado bajo gobiernos de hierro. En este clima de creciente crispación, algunos cazadores de brujas pueden estar ahora mismo frotándose las manos. ¿Resistirá esa tentación la incipiente democracia salvadoreña?
      
     ANDRÉS HOYOS
     LA LUNA NO ES DE QUESO
     Para poner en perspectiva mi respuesta debo retroceder cuarenta años, hasta el 17 de diciembre de 1961. Ese día llegaba John F. Kennedy de visita oficial a Colombia, invitado por el presidente Alberto Lleras, y pese a que yo tenía apenas ocho años recuerdo con vividez las calles de Bogotá llenas de gente que vitoreaba en masa al carismático presidente americano y a su bella esposa. La visión que entonces se tenía en Colombia de los Estados Unidos oscilaba entre el escaso conocimiento y la admiración, con tal cual reducto de antipatía. Luego, durante los años sesenta y setenta, el trato dado a la Revolución Cubana y la guerra del Vietnam indujeron a grupos más amplios de universitarios y de trabajadores a pintar en las calles letreros de Yanqui Go Home, si bien puede decirse que todavía el antiamericanismo no permeaba las grandes masas del país. Bien por el contrario, el cine, la televisión y la música rock extendían en forma muy dinámica la influencia americana, como por otra parte sucedió a lo largo y ancho de Occidente.
     Con la entrada en pleno del tráfico de cocaína alrededor de 1980, la simplicidad se fue al demonio. Esquematizando mucho, los dos grandes carteles de Medellín y de Cali siguieron políticas distintas. Desde Medellín, Pablo Escobar y sus secuaces privilegiaron una combinación de corrupción y de terror inclemente con el fin de defender su "privilegio" de enviar drogas a los Estados Unidos. El cartel de Cali, menos violento en contraste, optó por comprarse al por mayor la clase política del país. En un principio uno y otro beneficiaron a numerosos miembros de las altas esferas; después, uno y otro debieron ser atacados por instinto de supervivencia de la elite, pero asimismo por exigencia perentoria del gobierno americano. Vinieron los nuevos mafiosos, sofisticados y de bajo perfil, quienes terminaron por aliarse con los extremos políticos del país: la guerrilla de las FARC y los paramilitares. Así, puede decirse que hoy por hoy el tráfico de drogas entrega a ambos grupos inmensas cantidades de dinero con las cuales están destruyendo el país.
     En el entretanto cayó el Muro de Berlín y los Estados Unidos dieron un vuelco drástico a las políticas derivadas de la Guerra Fría. No sólo no era ya de recibo fomentar el militarismo en América Latina, sino que incluso se necesitaba remozar la noción del "malo", pues los comunistas se habían autoinmolado en Europa del este. Para el efecto no se halló, de este lado del Atlántico, nada más a la mano que el narcotraficante colombiano, lo que por extensión significaba: esos que corrompen y asesinan a nuestra pulcra juventud americana y que ustedes toleran y fomentan en su país. En el arduo proceso subsiguiente, el conocimiento mutuo avanzó mucho, no sólo porque en el norte hay una potencia llena de vitalidad y de contradicciones interesantes, sino porque uno siempre siente curiosidad, o debe sentirla, por quien lo estigmatiza.
     Respondo, pues, que los americanos tienen en la actualidad una imagen contradictoria en Colombia. De un lado, la inercia cultural y la colosal fuerza económica del norte siguen atrayendo a mucha gente; del otro, hay quienes vemos que la luna no es de queso y que la noción de que el malo siempre es el otro es problemática, por decirlo suave. Hay, sí, un cierto alivio en el ambiente, ya que con los actos terroristas del 11 de septiembre surgieron unos malos mucho peores que nosotros, que por inesperada carambola quizá logren que Estados Unidos revise su política hacia el vecindario del sur. Quién quita que los induzca a hacer cosas sensatas. Ojalá.
      
     PAUL BERMAN
     UNA HISTORIA ANTIGUA
     El odio hacia Estados Unidos no es nada nuevo, e incluso se puede esbozar su historia. En el siglo XVIII, los grandes científicos de Europa creían que la vida en el Hemisferio Occidental era inferior y atrofiada, que todas las personas, plantas y animales de esta parte del mundo eran más pequeñas y menos vigorosas que en el Viejo Mundo. En el siglo XIX, la creencia europea en la inferioridad del Nuevo Mundo se volcó hacia la política, la cultura y la religión, en lugar de la naturaleza, y se centró en Estados Unidos. Se creía que la cultura, la religión y la sociedad estadounidenses eran vulgares, dementes y despóticas. Estas creencias prevalecían sobre todo en las clases altas y en la derecha reaccionaria. En el siglo xx surgió también una aversión hacia Estados Unidos en la izquierda europea, debida a la creencia de que el capitalismo estadounidense se opondría al socialismo. Después de 1898 surgió un particular desprecio latinoamericano e hispánico, a partir de agravios reales. Sin embargo, el desprecio por agravios reales nunca antes había caracterizado el odio hacia Estados Unidos, y creo que incluso ahora es menos común de lo que se cree (no quisiera defender este argumento ante un guatemalteco, pero aun así lo sostengo).
     De modo que el odio hacia Estados Unidos que vemos hoy en día en muchas partes del mundo musulmán es la secuela de una tradición muy antigua. Hay que notar que las actitudes en favor de Estados Unidos tienen una historia tan antigua como las actitudes en contra. Los individuos ricos y privilegiados de otras partes del mundo han pasado más de dos siglos predicando el carácter terrible de la vida en Estados Unidos (en siglos anteriores era lo mismo con la vida en todo el continente americano), mientras que las masas de gente pobre han hecho todo lo posible por huir de sus países opresivos en busca de una nueva existencia en Estados Unidos.
     ¿Cómo se explica esta hostilidad? Creo que tanto la hostilidad como la simpatía hacia Estados Unidos se originan en una misma idea. Se trata de la creencia de que la vida en Estados Unidos (y, hasta cierto grado, en toda América) ha ofrecido al mundo entero la oportunidad de construir una sociedad mucho más libre y democrática que las que han existido en el pasado. Es natural que las personas de mente conservadora de otras partes del mundo siempre hayan visto esta posibilidad con temor y desprecio, y que muchas otras personas hayan visto la misma posibilidad con esperanza y deseo.
     Así, lo que vemos actualmente en Pakistán, por ejemplo, ha caracterizado durante siglos el pensamiento hacia Estados Unidos en otras regiones. En estos momentos hay paquistaníes que corean su odio hacia Estados Unidos por las calles y que incluso se enrolan para luchar en su contra. Al mismo tiempo, la migración de paquistaníes hacia Estados Unidos ha aumentado de manera impresionante en los últimos años. Esto se debe a que algunas personas ven en Estados Unidos una amenaza terrible hacia las queridas tradiciones y estructuras sociales del Viejo Mundo, mientras que otras ven una manera práctica de escapar de esas mismas tradiciones y estructuras sociales. Ambos grupos tienen razón.
     Yo deseo, con todo el corazón, que el gobierno de Estados Unidos adopte políticas exteriores más íntegras y menos ofensivas hacia los pueblos del mundo. Sin embargo, creo que las políticas gubernamentales sólo son en parte responsables de las posturas en favor y en contra de Estados Unidos. La mayoría de estas actitudes las provoca el mismo Estados Unidos.
     — Traducción de Lucrecia Orensanz
      
     OLIVIER MONGIN
     LOS HIJOS DE EUROPA
     Perdón por el texto manuscrito redactado entre Beirut y Ginebra. Espero que estas líneas correspondan a lo que ustedes deseaban.
     Desde Europa, la incomprensión que sufre Estados Unidos se debe a una "ceguera" histórica desde una perspectiva de plazo largo, y a una expectativa desmesurada en lo inmediato.
     La ceguera histórica. Siempre olvidamos que América surgió de Europa, que se compone en sus orígenes de una población pobre económicamente, disidente en el plano espiritual y político, que procede del "Viejo Mundo". No hemos meditado bastante el título del hermoso libro de Louis Hartz Los hijos de Europa, dedicado a todos esos "fragmentos de Europa que están en el origen de un mundo y una historia posteuropea: Estados Unidos, pero también el Canadá, Australia, Sudáfrica. Este mundo posteuropeo es hoy el corazón económico y cultural de la globalización: Estados Unidos es su motor principal, por eso el europeo mira con cierto desprecio un continente que se desvió de la historia de la que había surgido.
     A esto se añade que los valores estadounidenses son más liberales que igualitarios, con todas las implicaciones sociales que esto conlleva: ausencia de seguridad social, precariedad de los retiros, peso de la discriminación racial... De ahí la idea que Europa defiende aún: un modelo social europeo que América habría sacrificado en aras del capital.
     Otro reproche se refiere a la hegemonía de Estados Unidos en la producción de las industrias culturales. Sin embargo, esta hegemonía no es imperialista en sentido estricto por tres razones: 1) esos productos culturales se difunden mejor mientras más vacíos estén de contenido; 2) la tiranía de Coca-Cola y Hollywood va acompañada del surgimiento de un mundo postcolonial y posteuropeo en vías de crecimiento: es la nueva "gramática de las civilizaciones" de la que hablaba Fernand Braudel: áreas culturales, ayer periféricas, que resurgen con fuerza, comenzando por los mundos árabe, persa, hindú, chino...; 3) el Imperio Estadounidense no es un imperio "colonial" como los del siglo XIX, sino el de una nación soberana a la que le preocupa garantizar el orden y la paz en la parte del mundo donde vela por sus intereses.
     Todos estos lugares comunes dan como resultado un malentendido político actual. Vemos en Estados Unidos una nación hegemónica porque tiene veleidades aislacionistas. Reprochamos a Estados Unidos que esgrima el arma del poder mientras que nosotros, europeos, esperamos que manifieste ese poder, pues nosotros desertamos del campo de batalla. Del mismo modo, en el Cercano Oriente se espera más aún de Estados Unidos, porque se lo percibe como el único actor potencialmente eficaz.
     El 11 de septiembre Estados Unidos perdió cierta inocencia histórica. ¿Asumirá la nación estadounidense  sus responsabilidades históricas? En cualquier caso, no puede hacerlo sola: será necesario llegar a una división de las responsabilidades entre el Viejo y el Nuevo Mundo, habrá que tomar en cuenta a otros mundos. Si no logramos hacerlo, el antiamericanismo subirá como la espuma, pues se acusa a Estados Unidos de todos los males de la tierra. Es el envés de la potencia cuando no es compartida.  
     — Traducción de Rossana Reyes
      
     JOSÉ MIGUEL OVIEDO
     EL DEFECTO DEL GIGANTE
     La mayor potencia del mundo tiene un flanco débil que la ha enfrentado a situaciones trágicas no sólo para ella, sino para todos nosotros: el defecto del gigante es su muy escaso sentido histórico, su pobre memoria colectiva, que es quizá la consecuencia de su fijación por el futuro. Pero avizorar el futuro sin recordar el pasado equivale a simplificar peligrosamente el presente y correr el riesgo de caer en las mismas trampas más de una vez.
     Una de las mayores sorpresas que aguarda al que llega a Estados Unidos, un país cuya influencia económica, social y cultural se deja notar por todas partes, es que esta nación, en general, es una sociedad provinciana, que se da el lujo de ignorar a los otros, incluyendo a sus propios vecinos y aliados.

Su misma vastedad geográfica, la enorme sombra que proyecta sobre el resto de las naciones y culturas, permite a los usamericanos desconocer al resto, lujo que los otros —los que pertenecen a la periferia— no pueden darse. Un hombre de mediana cultura e información en Estados Unidos no se siente incómodo por ignorar datos esenciales sobre la vida política y cultural de países como Argentina o España; mejor dicho: le basta con saber dos o tres clichés. (En descargo, hay que reconocer que, en el campo de los estudios académicos y especializados, hay una enorme curiosidad por remotas culturas ajenas; el problema es que ese interés apenas afecta a la gran mayoría y mucho menos a su clase política, que abunda en líderes notoriamente obtusos.)
     Vivo hace 25 años en Estados Unidos y he comprobado cuánta verdad hay en el notable ensayo en el que Octavio Paz definió la profunda dicotomía —casi esquizofrenia— del alma colectiva usamericana. En el plano interno, es una gran democracia; en el externo, opera con los reflejos compulsivos de un imperio, receloso de los que lo rodean, poco dispuesto o capaz de comprenderlos, proclive a buscar soluciones de corto alcance o de urgencia que resuelvan el problema del momento. La política exterior norteamericana está diseñada sobre un modelo que tiene curiosas analogías con la del Imperio Romano, que trataba siempre de extender y asegurar sus fronteras conquistando, seduciendo o absorbiendo a "los otros", los bárbaros que no sabían ni siquiera gobernarse a sí mismos y que necesitaban una guía para acceder a los beneficios que la gran metrópolis había alcanzado.
     Las enormes fuerzas históricas que Estados Unidos ha puesto en movimiento lo han obligado a cumplir un papel antipático, pero que expresa su poder: es la policía del mundo. Los tememos, los admiramos y también los envidiamos: tienen lo que nosotros quisiéramos tener (democracia, bienestar, firmes instituciones). Tremenda paradoja: en América Latina tenemos la conciencia histórica que ellos no tienen, pero no su grandioso destino, construido con un simple espíritu pragmático y dominante. En el clima de intolerancia, ultranacionalismo y hondas frustraciones étnicas que vivimos hoy, la envidia se ha convertido en odio asesino, como hemos comprobado recientemente. Al mismo tiempo que debemos condenar sin reservas esa ceguera, hay que lamentar también la de Estados Unidos, que no se interesa en saber quiénes son en verdad los otros, sino en contarlos como amigos estratégicos en momentos de emergencia.

     KENNETH MAXWELL
     EL ESPEJO BRITANICO
     Es mejor no preocuparse de más por el antiamericanismo. No hay mucho, después de todo, que se pueda hacer al respecto. Los grandes poderes provocan grandes resentimientos y, por ende, incomprensión sobre las razones de esa actitud. Todo esto ya ha pasado antes y, sin duda, ocurrirá de nuevo, dependiendo de la jerarquía global del momento.
     Durante la penúltima década del siglo XIX, José María Eça de Queiroz estuvo asignado al consulado portugués en la Gran Bretaña. El brillante autor de O Crime do Padre Amaro (1870), O Primo Basilio (1825), y Os Maias (1888), todas ellas historias de decadencia, pasiones prohibidas y desgaste social, dentro de un imperio alguna vez grande que pasa por épocas complicadas, observó sardónicamente, desde la periferia, cómo los británicos repetían los mismos errores que habían cometido cuarenta años antes:
      
     No obstante, Inglaterra goza por algún tiempo "la gran victoria del Afganistán" —con la certeza de tener que empezar otra vez en diez o quince años, porque ni puede conquistar ni anexar un vasto reino, grande como Francia, ni puede consentir a su lado a algunos millones de hombres fanáticos, batalladores y hostiles. La "política", por tanto, es debilitarlos periódicamente, con una invasión devastadora. Son las fuertes necesidades de un gran imperio.
      
     Lo que más impresionó a Eça de Queiroz fue la reacción belicosa y patriotera de un país que él había aprendido a querer más por sus virtudes modestas y democráticas que por sus aventuras militares en ultramar. El escritor lamentaba el cambio:
      
     Inglaterra perdió sus buenas maneras.  Es cierto que es fuerte, pero su fuerza tiene la brutalidad de un Hércules de mercado con ojos y músculos voluminosos; es cierto que es rica, pero su dinero tiene la grosería de un magnate engreído con sus monedas pulidas. ¿Dónde está la famosa self possession de la Inglaterra, su dignidad tranquila?  John Bull se transformó en Ferrabraz. Una vieja banalidad nos enseña que no hay fuerza verdadera sin serenidad y que sin modestia no hay verdadera grandeza.
      
     ¿Por qué, se preguntaba Eça de Queiroz, pasó todo esto? Fue, temía, el resultado de la cerrazón para comprender al "otro". Este no fue, por supuesto, el término que usó Eça de Queiroz para describir el dilema; lo explicó más directamente:
      
     ¡Siempre un inglés!  Completamente inglés, tal como salió de Inglaterra, impermeable a las civilizaciones ajenas, atravesando religiones, hábitos, diferentes artes culinarias, sin que se separe ni un punto, ni un solo pliegue, ni una sola línea del prototipo británico.
      
     El antiamericanismo de ahora, tanto como la anglofobia de entonces, tiene tan poco que ver con Afganistán como con Mickey Mouse o McDonald's. La envidia es, después de todo, uno de los "pecados originales". La guerra sólo agrava la situación, incrementa la arrogancia, limita el campo de la autocrítica. Esto también ya ha pasado antes. Y como Eça de Queiros lo vio claramente, la presunción es más peligrosa para la salud de los grandes poderes que para quienes resienten su riqueza, su complacencia y su insensibilidad cultural.
     — Traducción de León Krauze
      
     TZVETAN TODOROV
     POR UNA DEMOCRACIA LIBERAL
     Cuando llegué a París en 1963, desde mi Bulgaria natal, me encontré con actitudes contrastantes hacia Estados Unidos. Bajo la influencia del gaullismo, preocupado por afirmar su independencia, y la de la izquierda, que necesitaba un enemigo grande y claro, la escena política se hallaba dominada por cierto antiamericanismo, que se mantuvo durante la Guerra de Vietnam. Al mismo tiempo, el modo de vida estadounidense seguía fascinando a los jóvenes y a quienes querían seguir siéndolo: formas de vestirse y bailar, de viajar y hacer música.
     Pude reconocer aquí, atenuada, una disparidad que me era familiar en Bulgaria: el discurso oficial describía a Estados Unidos con los colores del infierno, un infierno que casi la totalidad de la población encontraba sumamente apetecible. Hoy, este contraste se ha difuminado. Tanto las costumbres como la política de los franceses se han acercado a las de los estadounidenses, y a la inversa; ni el rechazo total ni la adoración están a la orden del día. La democracia liberal es nuestro ideal común, pero ¿podremos decir que es más estadounidense que europea? Difícilmente.
     Las reacciones se vuelven más puntuales, lo que probablemente es más sano. Los franceses quisieran tener una tasa de desempleo tan baja y un dinamismo económico tan fuerte como los de Estados Unidos; no le envidian ni los ghettos, ni las pandillas, ni la pena de muerte, ni las drogas. En Francia se consumen más películas estadounidenses en la televisión que hace cuarenta años, pero esto no revela una adhesión ciega a los estándares de Hollywood: aquí, es la oferta la que crea la demanda, y mañana la situación podría cambiar sin mayores consecuencias. El antiamericanismo sistemático ha muerto, pero en su caída arrastró al proamericanismo. Para los franceses, Estados Unidos ya no es ni un modelo ni un monstruo: salvo en lo referente al poderío militar, es un país como los demás.
     Esto no significa que los franceses hayan perdido toda imagen de Estados Unidos. Las maneras de vivir que hoy llamaríamos estadounidenses se les presentan reunidas en torno a dos polos. Uno es el culto del dinero, la búsqueda del beneficio inmediato, el desprecio por cualquier valor que no sea la eficacia económica. El otro es una notoria preocupación por las convenciones verbales e ideológicas, el deseo de parecer virtuoso.
     Todo esto no es nada nuevo. En el extranjero siempre se ha percibido a los estadounidenses como cínicos y puritanos a la vez. En Europa nos gusta considerarnos más cerca de un compromiso que se ubica en algún punto entre esos dos extremos. Los acontecimientos que siguieron al 11 de septiembre reanimaron entre algunas personas los sentimientos antiestadounidenses, pero entre otros volvieron a despertar la simpatía. Ambas reacciones pueden entenderse. Simpatía no sólo porque la víctima siempre la despierta, sino también porque en París nos sentimos muy cercanos a Nueva York; por lo demás, aquí también ha habido atentados terroristas. Pero también animosidad: Estados Unidos se enorgullece de ser el más fuerte, y por lo mismo se lo hace responsable de todo lo que no anda bien en el mundo.
     Y también hemos de decir que esta interpretación no es del todo fantasiosa, así se trate de la situación en el Cercano Oriente, en Irak o en otros países. ¿Podría cambiar esta circunstancia? Para ello haría falta que, fuera de Estados Unidos, pensemos ante todo en las realidades, no en los símbolos, y que nos preguntemos si preferimos vivir en una democracia liberal o en una teocracia represiva. Y que los voceros de Estados Unidos dejen de confundir la fuerza con el derecho y sus intereses con el bien universal: que recuerden también que la negociación paciente, aunque más lenta, puede ser más eficaz que la fuerza bruta.  
     — Traducción de Rossana Reyes
      
     DAVID RIEFF
     DEFENDER EL PROYECTO MODERNO
     Es bien sabido que August Bebel calificó el antisemitismo como el socialismo de los tontos. Y, en buena medida, podría decirse lo mismo sobre el antagonismo hacia Estados Unidos en el mundo posterior a la Guerra Fría. Decir esto no es negar los crímenes cometidos por Estados Unidos en muchas partes del mundo durante la Guerra Fría. Se trata de hechos demasiado reales, desde Mossadegh y Arbenz, pasando por los partidarios de Batista en Playa Girón y el sangriento golpe de Estado de Suharto contra el PKI en Indonesia, hasta Pinochet y Videla.
     Sencillamente no basta con decir que la Guerra Fría fue sólo una guerra. Yo creo que no basta. Pero si la Guerra Fría era una guerra, como siempre han afirmado sus defensores, tendría que haber estado delimitada por las leyes de la guerra. Y esas leyes no sólo decretan que una guerra debe ser justa, sino que debe librarse de una manera justa. Decir que la Guerra Fría era una guerra es simplemente insostenible. Y es moralmente grotesco, intelectualmente vergonzoso y contraproducente que los neoliberales y neoconservadores pretendan otra cosa.
     Sin embargo, el antiyanquismo de hoy no es el antiyanquismo de la Guerra Fría. El antiyanquismo del siglo XXI demuestra que es, más bien, el credo, no de milenarias fantasías de progreso y liberación —no obstante cuán vanas, destructivas y criminales resulten tales esperanzas—, sino del oscurantismo y el resentimiento.
     Osama Bin Laden es un personaje de cartel tan adecuado para la actual oleada de antiyanquismo como lo fue el Che Guevara —a quien extrañamente se asemeja— para la última oleada de comunismo romántico. El programa de Guevara era risible, una especie de militarismo bohemio disfrazado de socialismo científico, y su visión del radiante futuro que surgiría de las carabinas de sus camaradas, una peligrosa insensatez. Pero, para ser justos, gran parte de lo que él aborrecía respecto al papel de Estados Unidos en el mundo era en verdad aborrecible.
     En contraste, Bin Laden y sus seguidores aborrecen a Estados Unidos por su irreligiosidad (¡si tan sólo fueran ellos menos religiosos!), su individualismo y espíritu crítico (¡si tan sólo fueran tan anticonformistas como creen!), y su continua autorreinvención (piénsese en la transformación racial de Estados Unidos a lo largo de las tres últimas décadas, o en el nuevo estatus de las mujeres): cosas, todas ellas, que vale la pena defender.
     Todos los imperios son arrogantes, autosuficientes y, cuando se juzga necesario, capaces de una brutalidad inmensa. En este aspecto el imperio estadounidense —pues se trata de un imperio— no es diferente de sus predecesores ni, probablemente, de sus sucesores. El antiyanquismo que esta realidad engendra no sólo es defendible, sino también normal y muy probablemente inevitable. Quejarse de ello es como lamentar el hecho de que llueva en Londres o que el sol brille en Cozumel.
     Para decirlo con más seriedad: esperar que la gente en la ciudad de México o Toronto, o, para el caso, Londres, París o Berlín, no se sienta abrumada por el poder estadounidense —sobre todo por el poder cultural estadounidense— y porque Estados Unidos no atiende sus deseos, salvo en momentos como la actual crisis en Afganistán, sería un solecismo moral e intelectual. ¿Por qué no habría de contemplarse a la superpotencia, más allá de sus fronteras, con desagrado —por lo menos intermitente—, constante aprehensión y profunda ambivalencia?
     Pero lo que es nuevo y terrorífico, y ha de condenarse, es el antiyanquismo patológico de los desposeídos, la maligna novedad de emplear el antiyanquismo como vehículo de expresión del miedo y acendrado odio por las dislocaciones de la modernidad, que Estados Unidos ejemplifica en la imaginación colectiva del planeta. O por lo menos debería ser nuevo y condenable para aquellos que pueden soportar que se descarten las certezas intelectuales de un antiguo consenso en el que el antiyanquismo era siempre "progresista". O por lo menos debería serlo para quienes hallamos en la modernidad tanto una liberación como una continua fuente de energías, y no sentimos ningún tipo de nostalgia por un mundo de valores fijos, supersticiones adormecedoras e innobles certezas fundadas tan sólo en la fe ignorante y la tradición represiva. Ese mundo, a pesar de todas las joyas culturales que nos ha legado (las misas de Bach, el teatro sánscrito), era un mundo de inquisidores y víctimas: precisamente el mundo que Bin Laden trata de restaurar.
     La libertad, si se toma en serio, antes que patriotera, es base de una cultura de derechos y tolerancia a favor del individualismo radical y de lo diferente; lo es en el sentido honesto de tener derecho a vivir como uno elija y a reinventarnos según el dictado de nuestra propia conciencia. Esos son los sellos distintivos de la modernidad, de la cual Estados Unidos es sólo una metáfora (en muchos sentidos, Estados Unidos es en realidad mucho menos moderno que algunos países europeos). Esto es lo que el nuevo antiyanquismo quiere destruir.
     La respuesta adecuada no es tanto defender a Estados Unidos como defender el proyecto moderno. Es insistir en que sus valores centrales no son negociables y serán defendidos hasta la muerte, si ello es necesario. El hecho de que aquellos que preparan el asalto contra la modernidad tengan mucho de qué sentirse agraviados no debe cambiar nada de esto. Aquí, una vez más, resulta casi exacto el paralelo histórico de la intuición de Bebel sobre el socialismo de los tontos. Las masas de europeos atraídas por los movimientos antisemitas, en los siglos XIX y XX, también consideraban tener agravios que los justificaban, y sentían miedos al cambio bien fundados. Como las masas islámicas de hoy, con frecuencia estaban sujetas a gobiernos injustos y eran víctimas de fuerzas incomprensibles para ellas, las cuales quedaban mucho más allá de su control.
     Comprender esto no significa perdonar a esas masas, ni mucho menos perdonar a sus modernos herederos, los fascistas islámicos que se cobijan bajo el pendón multicolor del antiyanquismo. En vez de ello, debemos volver a aprender lo que sin duda ya sabemos: que el papel de víctimas y la virtud no necesariamente van de la mano. Todos los imperios son mezcla de lo admirable y lo despreciable, y Estados Unidos no es la excepción. Pero, de la misma manera, no todas las rebeliones contra los imperios derivan en una mejoría del statu quo.— Traducción de Rafael Vargas