La reinvención urbanística | Letras Libres
artículo no publicado

La reinvención urbanística

¿Una carta de París? Qué más se puede añadir de este lugar del que ya se ha dicho todo; por ejemplo, que es una fiesta (Hemingway), que no se acaba nunca (Vila-Matas), que siempre nos quedará (Bogart), que bien vale una misa (Enrique IV). Escribir una línea, una frase, un texto, describir un detalle sobre París es una misión ociosa, casi ridícula: asalta ese temor de repetir una vez más lo que ya decenas, miles, han dicho, filmado, fotografiado, escrito, mucho mejor y mucho más claro. Pero el ridículo y el ocio no solo son parte de la vida, sino la vida misma, que uno encuentra en París, desde luego, pero también en el resto del mundo. Y mientras escribo, “en el resto del mundo”, es cuando reparo en lo que ya han dicho muchos otros antes, como si París no formara parte del mundo, sino que lo contuviera.

El hallazgo: París se acaba, afortunadamente. El lugar común que aísla París de todo lo que no lo es radica precisamente en sus límites. No es que Vila-Matas se haya confundido: lo asombroso es que una ciudad que no se acaba nunca, no crezca. Lo asombroso es que una ciudad que no crece, se siga renovando, casi reproduciendo, al interior y al exterior, que se reconfigure urbanísticamente en periodos de cinco, de diez años, de forma fastuosa, con una pirámide, una biblioteca, un museo (o varios), un instituto (o varios); o bien, en periodos más cortos, de dos, de tres años, con la regeneración de un canal, la transformación de antiguas vías de trenes en corredores verdes, la apertura de un área peatonal, la rehabilitación de una plaza, la remodelación de un cine clásico (El Louxor, monumento histórico, transformado en los años ochenta en discoteca, cerrado y dejado al abandono durante más de veinte años, ha reabierto sus puertas en abril) a fin de que París consiga evolucionar y, en efecto, se permita asimismo no acabar nunca, sino cambiarse la cara, sin que siquiera uno pueda ver el cambio, tan natural, resplandeciente.

La capital francesa es de las pocas grandes ciudades en el mundo que no concibe una extensión por mínima que sea, que no puede, ya, desbordar sus límites. Lo hizo durante varios periodos de su historia, no una, sino hasta tres veces, siempre en forma planificada, con cinturones que se formaban en torno a su centro: L’île de la Cité, primero hacia la rivera izquierda, y más adelante, creciendo en forma de caracol, a través de un primer cordón de bulevares que la circundaban, y luego otro, cercando sus fronteras idealmente con un gran periférico, al norte, al sur, al este, al oeste. Obra inmensa de la que se encargó el barón George Eugène Haussmann, y una de las mayores modernizaciones urbanas del siglo xix, con la creación de parques, jardines, y una impresionante red de drenaje y de depósitos para el abastecimiento de agua potable.

Recorriéndola, si se deja de lado su obvia belleza, lo que más llama la atención es su perfección urbanística: París florece en forma circular, casi simétrica, y en la dirección de las manecillas del reloj. Uno a uno se suceden sus veinte barrios, haciendo de los bulevares sus ejes, sus centros de distribución: el crecimiento planificado, su mayor acierto, ha hecho de París una de las ciudades con el mejor sistema de transporte, terrestre y subterráneo, que no guarda ningún misterio. Como los caminos que llevan a Roma, todo el transporte parisino conduce en línea recta siempre, bien perpendicular, bien vertical u horizontal, a sus salidas: las puertas que dan paso a los suburbios, claramente detallados, a las afueras, donde París deja de ser París y se acaba, y a las ciudades de toda Francia, a través de sus seis estaciones de trenes, donde París deja de ser París y se convierte en Francia. Si uno sube a casi cualquier autobús, es imposible no llegar a una estación; es imposible, pues, no saber en dónde uno terminará.

Este año, como tantos otros, París no ha dejado de reinventarse: en verano, abrió el paso a los peatones de una zona del Sena exclusiva para vehículos: Les Berges, a lo largo de un kilómetro y medio en la rivera derecha. La acera se ha alargado, para permitir el paseo de los habitantes, a un costado del canal. En la rivera izquierda, la acera va desde el Puente del Alma hasta el Puente Royal (2.5 kilómetros); a un costado del Museo de Orsay, se ha cerrado la circulación de automóviles definitivamente. En su lugar, se pueden ver jardines flotantes, zonas para hacer deporte, exposiciones de fotografía al aire libre, duchas sonoras, terrazas recreativas.

Este verano, también, la emblemática plaza de la Republique ha reabierto, luego de permanecer en reforma durante más de un año y medio. Notre Dame, tras una limpieza exhaustiva y el remplazo de sus campanas, ha quedado como nueva para celebrar, en este 2013 que se acaba, sus ochocientos cincuenta años de historia. En el Parque de la Villette, al este de París, donde se erige la Cité de la musique, finalizada en 1995, se lleva a cabo la construcción del edificio que hospedará a la filarmónica de París. Les Halles, el centro comercial en el centro de París, se encuentra en plena renovación, un proyecto que incluye una cúpula gigante y transparente, tipo aeropuerto moderno, que dará aire a una de las zonas más frecuentadas por los parisinos, incluyendo 4.3 hectáreas de jardines.

París, en efecto, no se acaba nunca, y el secreto es sin duda su política de renovación constante; renovación, a veces, invisible para el turista que se ocupa de lo de siempre: una torre, un arco, una catedral, un museo, varios puentes; la novedad, sin embargo, es que hasta la propia Torre Eiffel sufre, desde el año pasado y hasta el verano de 2014, su propio cambio de piel. Para atraer visitantes al primer piso, el menos sugestivo, se instalará un espacio museográfico, con su historia, y una gran explanada de vidrio no apta para los que sufren de vértigo.

Veinte es la nota más alta en el sistema de calificación francés; veinte sobre veinte. Quizá, sin saberlo, o sabiéndolo –la reputación del parisino es bien conocida–, París creció hasta cercarse a sí misma con el número perfecto, el veinte, el número del barrio del cementerio Père-Lachaise, el más grande de París y en el que reposan los restos, juntos, del mayor número de genios del mundo; allí no hay nada que renovar: la historia está enterrada, todos los nombres conocidos, habidos y por haber, y también, desde luego, el del mayor reformador de París, con el que comenzó toda su transformación: el barón Haussmann. ~