La promiscuidad de los encendedores | Letras Libres
artículo no publicado

La promiscuidad de los encendedores

Huérfanos y desesperados por la ausencia de dioses contra los cuales rebelarnos, parece que no hemos encontrado una forma mejor de emular a Prometeo que con robos insignificantes y escasamente heroicos como los de encendedores. El imperio de la propiedad privada, siempre tan ávido de extender sus dominios, no logra someter del todo esos artefactos desechables con los que hemos domesticado el fuego, y no es rara la ocasión en que nos embolsemos alguno sólo por la sencilla razón de que pasó por nuestras rápidas manos. Durante las fiestas y las sobremesas y hasta en los días de campo —lugares propicios para el disfrute del humo—, es regla general que lleguemos con un encendedor de un color determinado y salgamos, en el mejor de los casos, con otro muy distinto, enano, sospechosamente vacío. La promiscuidad de los encendedores es entonces la única manera de practicar la lujuria pública, y no sería sorprendente que una inteligencia perspicaz advirtiera en esos intercambios una serie de guiños imperceptibles y hasta delicadamente lúbricos.
     El acto de robar un encendedor es tan inconsciente y sistemático, pero al mismo tiempo tan ridículo y generalizado, que difícilmente clasifica entre los actos de cleptomanía auténtica. Nadie en su sano juicio lo entendería como un desplante anarquista contra la propiedad privada; mucho menos como una reminiscencia tribal de compartir comunalmente el fuego. Algunos propician su pérdida para así valerse del consabido pretexto de acercarse a una posible presa con un cigarro colgando de los labios; otros —casi siempre la presa en un papel activo— lo desenfundan con la presteza de un gatillero del Viejo Oeste para luego inevitablemente extraviarlo. Sin embargo, ninguna de estas conductas explica el porqué de su proverbial cambio de dueño.
     Como si requirieran de hielo seco para darles realce, los adictos al tabaco acompañan casi todos sus actos con humo, circunstancia que los coloca como los principales agentes del mal conocido como latrocinio pirómano. Esta enfermedad o, llamémosla así, esta curiosa práctica, no lleva necesariamente a que la debilidad por la prestidigitación se extienda hacia otros artículos de primera necesidad, y en general refuta la tesis de "la escalada del mal" que tanto gustan de esgrimir los moralistas diletantes, y que Thomas de Quincey ridiculizó genialmente hace más de ciento cincuenta años: "Si uno empieza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente." El robo de encendedores es del tipo de faltas que se bastan a sí mismas; es onanista, de alcance restringido, no se expande ni irradia su indudable maldad, pues hace creer al infractor que no comete ningún ilícito. Incluso hay personas incapaces de sobrellevar todos sus vicios al tiempo que se avergüenzan de pedir el noveno cigarrillo de la noche, pero en cuyas mejillas es imposible descubrir el mínimo rubor al momento en que deslizan, como quien no quiere la cosa, un encendedor ajeno a su bolsillo desierto. Y es tal la desfachatez que demuestran, tal la completa ausencia de culpa, que confieso que, tras observar detenidamente su modus operandi, la pregunta aparentemente propiciatoria y cándida de "¿tienes fuego?" ha terminado por transformarse en mis oídos en una versión edulcorada del "¡arriba las manos!"
     Imagino ahora el rostro de confusión y alarma de los principales accionistas de la industria cerillera el día en que apareció a la luz pública el primer encendedor de la historia. Ignorantes de que los nuevos inventos tienden a superponerse, pero no a suplantar los anteriores, seguramente maldijeron con tal vehemencia y ardor ese engendro mecanizado que lo condenaron a pasar de mano en mano como si se tratara de una peligrosa chispa del infierno. Y es que, quizá debido a que el olor a fósforo y azufre de los cerillos nos recuerda vagamente nuestros pecados veniales, prácticamente nadie hurta una tímida cajita de cerillos, ni siquiera cuando el horóscopo estampado en su reverso nos resulta propicio. Robamos los encendedores, el minúsculo prodigio de su técnica, y consentimos desganadamente en que nos sean también robados, que circulen sin rumbo fijo entre los hombres; y todos sonreímos entonces como Prometeos desorientados o idiotas. Y es que tal vez —como he meditado en repetidas ocasiones, tras hacerme furtivamente de uno—, cuando ya nadie robe encendedores, el fuego, ya disminuido de la audacia, se habrá apagado para siempre entre nosotros. ~