La noche oscura de la historia | Letras Libres
artículo no publicado

La noche oscura de la historia

Para un lector ya acostumbrado al muy reciente magisterio narrativo de W.G. Sebald (1944-2001), podría resultar una mera curiosidad bibliográfica la reciente aparición de su largo poema Del natural. Pero Del natural, contra toda sospecha, constituye su primer libro publicado —es decir, un par de años anterior al lanzamiento de Vértigo (1990), su primera obra en prosa. Asimismo, no deja de ser revelador que su último volumen publicado en vida, For Years Now (Por años ya, 2001), también esté formado de poemas. Así, la narrativa capital de Sebald debe mirarse a la luz de su claro origen, esa breve e intensa obra poética que, inexplicablemente, ha tenido que esperar hasta ahora su conocimiento.
     Si "la palabra poética es —en palabras de José Ángel Valente— un triunfo de la memoria", los libros de Sebald constituyen, en prosa o verso, uno de los más resonantes triunfos de la memoria literaria en la Europa contemporánea. Ellos representan, además, un personalísimo corte de caja a ciertos dilemas adoptados por la literatura en lengua germana de la segunda posguerra (Paul Celan, Günther Grass, Ingeborg Bachmann, Hans Magnus Enzensberger o Thomas Bernhard): la ambigüedad o la victoria pírrica del progreso humano; el impacto simbólico y social del Holocausto; la crítica de la reconstrucción moral y geográfica de los países devastados (Alemania e Inglaterra para Sebald), y, desde luego, la pertinencia de una memoria fehaciente del horror —diríase un patrimonio de la culpa histórica.
     El último dilema —la consolidación de una memoria que, ante el dolor del mundo, accede a una naturaleza anestésica antes que estética— sostiene de manera ejemplar el complejo literario del austriaco. En sus títulos más conocidos, a través de archivos fotográficos personales intercalados con una prosa que muta indistintamente en crónica de viajes, narración, ensayo, disertación filosófica, biografía o autobiografía, Sebald logra, además, fascinantes adiciones a los modelos del paseo literario que, desde Thoreau o Walser, parecían entrañar tan sólo el puro placer de un circunloquio sostenido por la imaginación y el paladeo verbales, y no la divagación de los discursos a fuerza de exhibir su íntima relación con el presente incierto que los gesta y reúne —y con la sombra ominosa de un pasado que la escritura, a caballo entre lo memorístico y lo ficcional, busca esclarecer.
     Pero la verosimilitud que aporta la presencia de aquellas imágenes, aunada al intercambio de muy diversos géneros prosísticos, está lejos de ser la materia compositiva de Del natural. Si Sebald prescinde aun de los recursos mencionados, se debe a que este libro es el gran semillero de su poética de madurez; aunque ya se perfilan la habitual elegancia retórica y esa erudición que, para serlo a plenitud, echa mano de la digresión, Del natural logra, por primera vez, la acabada y peculiar composición de personajes exiliados del mundo, al límite de su razón, tan característica de las obras en prosa. Si en la primera parte, "Como la nieve en los Alpes", los pasajes autobiográficos del pintor Matthias Grünewald son trazados celosa y finamente a partir de los demonios del deseo ("También la desgracia de los santos / es su sexo, la terrible / separación de los sexos que Grünewald / sintió en su propia carne"), en la segunda parte, "Y si me quedara junto al mar más remoto", el enigmático destino del botánico Georg Wilhelm Steller, compañero de expedición de Vitus Bering rumbo a Norteamérica, es casi visto como su antítesis: una vida no exenta de pretextos para la fabulación y el heroísmo, pero carente de revelación. ("Al morir pierden los astros / en el cuerpo su cualidad, su tipo, su sustancia / y su esencia, piensa Steller, el médico, / lo que ha muerto no vive ya. / ¿Qué significa eso, la physica, se pregunta, qué / el iusiurandum Hippocratis, qué significa la cirugía, qué el arte / y la razón cuando la vida / se desmorona y el médico no tiene ya / poder ni medios?") Sin embargo, entre ambos personajes se ubica nuestro autor, difuminado por la extrañeza —y, ¿por qué no decirlo?, una especie de delectación intelectual— que le ocasiona la tragedia pública del otro histórico. "Así, es mejor pensar que Grünewald y Steller —escribe J.M. Coetzee a propósito de Del natural— son personae, máscaras que le permiten a Sebald proyectar en el pasado un tipo de personaje incómodo con el mundo, de hecho exiliado de él, que puede ser él mismo pero que, según le parece, tiene una cierta genealogía que sus lecturas e investigaciones pueden revelar."
     La tercera y última parte, "La noche oscura hace una incursión", al tiempo que la más autobiográfica de este "poema rudimentario" —el término, exacto y riguroso, fue acuñado por su propio autor—, es la más sintética y lograda de todas. El lector familiarizado con el prosista Sebald podrá reconocer aquí su contrapunto usual entre la escrupulosa observación de la obra de arte (en este caso, "La batalla de Alejandro", el cuadro portentoso de Albrecht Altdorfer) y la del espectador que la contempla, sobrevivientes ambos de su tiempo, del hombre y de sí mismos; entre la errancia de la Historia y la del viajero que la atestigua; entre la idolatría por la naturaleza y el paganismo insípido de las ciudades. En "La noche oscura hace una incursión", pues, el verso tantas veces arbitrario de Sebald encuentra el tono justo que poseen (o heredarán, más bien) sus obras posteriores: el infinito y solitario horror del "yo", como sugiere Coetzee, que anhela —y tantas veces lo consigue— un infinito coro de otredad.
     "...si veo ante mí la nervadura / de mi vida pasada, en una imagen, / pienso siempre / que tiene algo que ver con la verdad", escribe Sebald en la espléndida versión al español de Miguel Sáenz, traductor y biógrafo de su mutuamente admirado Bernhard. La entrañable verdad del canto de una "vida pasada, en una imagen", motor y síntoma de la poesía, late en las páginas de Del natural con la misma gracia, originalidad e intuición del austriaco en el presente perpetuo —el eterno retorno— de su prosa. -