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artículo no publicado

La naturaleza como industria

En la jerga ambientalista de los últimos años se ha extendido el uso de la frase "calidad ambiental" para designar una meta que se comparte de forma generalizada: el disfrute de un medio ambiente sin contaminación o deterioro. Numerosos gobiernos han establecido consejos de calidad ambiental, y en los ámbitos académicos proliferan los centros de investigación y las publicaciones dedicados al tema. Por su parte, buen número de asociaciones civiles encuentra en la frase un eslogan de combate, al tiempo que la mayoría de las grandes corporaciones codician un certificado de compromiso con la calidad del ambiente. El término se ha convertido en moneda corriente no sólo entre los círculos vinculados con la ecología, sino también en la discusión pública y el lenguaje cotidiano. A pesar de su empleo habitual, no se ha reparado en el hecho de que hablar del medio ambiente en tales términos supone un quiebre simbólico fundamental y una nueva concepción de las relaciones entre el hombre y la naturaleza. Una frase así indica que se está imaginando la naturaleza como una industria susceptible de ser sometida a controles de calidad, y capaz de transformar al hombre en su cliente más distinguido.
     No es casual que la popularización de esta frase coincida con el ascenso de la "calidad total", doctrina basada en la extensión de los controles de calidad a todas las etapas de la producción de una mercancía. Hay una correlación entre los dos acontecimientos, pues, en gran medida, la noción de "calidad ambiental" surge de prolongar la ideología de la calidad total al ámbito de la  naturaleza. Lo inconveniente de esta nueva expresión radica en que la calidad siempre se ha referido a la producción de alguna manufactura, tanto así que hoy en día se relaciona con la supervisión de procesos industriales. Por esta razón, simplemente no puede haber aire "de calidad". Al utilizar expresiones de esta clase para hablar del aire, el agua y la tierra, renunciamos a la naturaleza y la sustituimos por un espejo de la industria: un verdadero desastre ecológico acontece.
     Tal vez lo más inquietante no es que la pretensión de hablar de la naturaleza en estos términos sea ajena a los hechos, sino que tal lenguaje corresponda tan fielmente a la realidad: el propio cuidado del medio ambiente se ha vuelto en sí mismo una industria con profesionales, escuelas, empresas y ministerios dedicados exclusivamente a perseguir sus fines.
     Por siglos, la industria había buscado subyugar la naturaleza y transformarla, pero ésta conservaba su originalidad a pesar de las aspiraciones de dominio: permanecía como una esfera ajena, esencialmente diferente de las fábricas. Ahora, con la propagación sin límites de la ideología de la calidad total, ni siquiera la naturaleza está a salvo: de una manera sutil, el ethos industrial la ha integrado. Curiosamente, todo esto sucede en la llamada "era de la información", que se suponía una superación del mundo industrial. Este mundo, que se creía rebasado, persiste en algunos aspectos de una economía basada en los servicios y la información. También hay una producción industrial de servicios, como lo atestigua la existencia de la industria médica o cultural.
     Un ejemplo de las consecuencias de esta concepción del medio ambiente es el reciente auge de una nueva variedad de los viajes: el turismo ecológico. Las agencias de viajes siempre han ofrecido la naturaleza —el paisaje, el aire puro— como una mercancía más de su catálogo, pero esta novedosa forma de ser turista da un paso más allá y nos convierte en clientes ansiosos por "experimentar" el mundo natural. Acariciar ballenas, bucear entre corales y nadar con delfines son algunos de los servicios de esta relación con la naturaleza mediada por la figura del turista, el cual, a diferencia del viajero o el peregrino, es un cliente. Gracias a la extensión de las actitudes del cliente al mundo natural, prospera una actividad que explota la percepción del medio ambiente como industria. El "turismo verde", en lugar de llevar la selva hasta donde esté el cliente (como sucede con las junglas artificiales de algunos parques de diversiones), traslada al cliente a la selva. Pero, aun estando ahí, el cliente nunca deja de ser un turista y todo lo percibe como tal: la verdadera selva se convierte, ella también, en un parque de diversiones. Al ir acompañado de la intención de proteger el medio ambiente, el turismo ecológico es el resultado de una suerte de merger entre la industria del cuidado de la naturaleza y la industria del turismo.
     Cada época tiene una cierta imaginación de la naturaleza: la nuestra es la de las relaciones entre una industria y sus clientes. Por virtud de colocar las palabras "calidad" y "ambiental" en una misma frase, la humanidad se ha convertido en clientela de esa industria suprema y verdaderamente trasnacional llamada medio ambiente. Una transformación así es la consecuencia inevitable de la colonización simbólica del mundo natural. La demanda de un medio ambiente "de calidad" supone un señorío sobre la naturaleza sin precedentes. Este nuevo señorío no tiene nada que ver con el "Llenad la tierra, sojuzgadla" del Génesis o el dominio sobre la naturaleza enunciado por Francis Bacon. Se trata más bien del muy particular dominio del cliente sobre el vendedor, el dependiente, la empresa, resumido en la conocida máxima: el cliente siempre tiene la razón.
      La lógica obstinada del modelo de las relaciones entre el cliente y la industria invade cada vez más ámbitos de la vida. Nuestra imaginación ha sido capturada por la calidad total, e incluso las relaciones más elementales (como la del hombre con el medio ambiente) han sucumbido ante ella. El ser humano ya no es el señor de la Creación con autoridad sobre la tierra, ni siquiera el agente que domina un mundo hostil por medio de la técnica: es un cliente que exige bienes y servicios de calidad respecto de una industria. Pareciera que ya no podemos concebirnos más que como clientes: todas nuestras relaciones se vuelven análogas a las de un consumidor con sus proveedores. Estamos entrando en una época en la que la palabra persona será sólo un sinónimo de "cliente".
     En Correspondances, el célebre soneto de Baudelaire, un templo es la imagen de la naturaleza. Esta identificación hace resaltar ciertas características ilustres del mundo natural, como la armonía, el equilibrio, la proporción. Si la naturaleza es un templo, entonces también es un lugar de culto, de diálogo con un más allá no siempre definido, y una imagen de la relación armónica entre el hombre y lo trascendente: un lugar de encuentros y correspondencias entre mundos. La naturaleza es
     el templo universal de las analogías, una expresión de lo eterno en el tiempo, que funciona como gozne entre los símbolos y los sentidos, parece decir Baudelaire. Pero ahora el templo ha sido demolido y en su lugar se ha levantado una fábrica enorme, imponente, ubicua, que no contamina el aire ni el agua, pero sí el sentido. Todos los empeños en favor de la "calidad ambiental" tendrán como escenario las ruinas de la naturaleza.
     La crítica de este nuevo lenguaje de ningún modo debe aspirar a poner en duda la pertinencia de las preocupaciones ambientales, ni a restaurar un ideal romántico de la naturaleza. Se trata, sencillamente, de reflexionar sobre las palabras para recuperar la perspectiva del lugar del hombre en el mundo y así liberar la imaginación. -