La mirada de José de la Colina | Letras Libres
artículo no publicado

La mirada de José de la Colina

Uno de los relatos orales más conmovedores entre los que cuenta José de la Colina narra cómo quiso ser uno de los protagonistas de Los olvidados, la película de su admirado Luis Buñuel, y fue a buscar al director de Calanda, que preparaba la filmación. Se presentó ante él; intercambiaron algunas palabras. Pero el tipo, la facha del muchacho no daban para el papel. Ni modo. A partir de entonces, De la Colina quedaría prendado de la figura del cineasta; ambos trabaron una amistad fuerte, armaron –formando un trío formidable con el querido Tomás Pérez Turrent– un libro de entrevistas único, por su conocimiento y su calor, y Pepe, como todo el mundo lo llama, comenzaría entonces una serie muy afortunada de evocaciones fieles del modo de hablar y de mirar, sobre todo de mirar tal vez, de don Luis. Una mirada tan vigorosa, encendida, como azorada, segura, interrogante, cálida también. La voz: grave, quizás un poco ronca, que caía como truenos por sus luces y su fuerza delante de los otros.

La mirada. En la buena colección SepSetentas, entre muchos otros títulos sobre las materias más diversas, apareció un día Miradas al cine de José de la Colina. Recuerdo su lectura, es decir, mi lectura. Me encantó, o más precisamente: me sedujo, la escritura, no porque desconociera aquella prosa singular, fluyente, fresca como el agua que pule las piedras del río. Allí estaba el crítico que tantos lectores andábamos buscando (uno tiende a pensar que uno piensa como deben pensar los demás). Inteligente, erudito sin alarde, este crítico daba en el blanco. Probaba que la gran escritura crítica es la que hace coincidir la altura de la prosa con los vuelos de un discurso intelectual tan riguroso como imaginativo. Todo fluye en aquella escritura, que trota, galopa, se encarrera y nunca se desboca. Allí estaba el crítico que disfrutaba lo mismo las películas de Ingmar Bergman que las de Jerry Lewis: las comprendía, las interpretaba, y las imaginaba también. No sé ahora las fechas precisas pero me acuerdo de que por aquel tiempo, un poco después, corrí a ver la versión fílmica de “La lucha con la pantera”, un cuento de De la Colina. Salí del cine con sensaciones encontradas: la película me pareció de lo más fallida, al tiempo que no podía alejar la imagen de una muchacha (me parece que la actriz Rocío Brambila) con su inevitable minifalda y sus calcetas perturbadoras.

Pero José de la Colina no se ha visto a sí mismo como un crítico cinematográfico. Tiene sus razones: fascinado por el cine (desde el acto mismo de ingresar en la sala a oscuras hasta la desaparición de los últimos créditos en pantalla), no pudo más que ponerse a practicar desde el comienzo la que sería su real seducción: la literatura. Divaga, mucho más que analizar. Navega a menudo trasponiendo las coordenadas de una brújula que sorpresivamente y sin falta lo llevan a buen puerto. Las películas, como los cuentos o las novelas o los poemas también, son puntos de partida. Se trata del hecho milagroso de imaginar, en primer término. Comienzan entonces aquellas divagaciones/navegaciones cuyo fin será siempre imprevisto. Encantado por Scherezada, De la Colina, gran escritor que es, ha hallado en el arte de contar una razón de ser. De ahí su admiración a escritores de menor reconocimiento del que merecen, en los días que corren, como el campechano Juan de la Cabada o el californiano hijo de armenio William Saroyan.

Por el cine, muy joven De la Colina comenzó su trayecto en el oficio periodístico. Escribió numerosos ensayos, notas críticas. Su generación, como se sabe, tendió una nueva mirada al cine (Pérez Turrent, Salvador Elizondo, Jomí García Ascot, Emilio García Riera, Carlos Monsiváis, José Luis González de León, Gabriel Ramírez). Aquella mirada suponía la literatura (sobre todo la narración, pero también la poesía). El periodismo fue, pues, el sitio natural de aquellos jóvenes de entonces. De la Colina se estableció allí de manera apasionada y lúcida, muchas veces brillante. Lo ha hecho en dos vertientes: como hacedor de publicaciones y como colaborador asiduo, irreemplazable y de lujo. Tal vez sea De la Colina el autor de la mayor cantidad de cuartillas en el país durante las décadas recientes. Pero claramente no se trata aquí de un asunto numérico. Lo que cuenta es la calidad, el brillo de sus textos: comentarios pequeños de saética contundencia, ensayos fulgurantes, traducciones a más de fieles también creadoras, cuentos perfectos, inclusive bien estructuradas novelas por entregas. Si el periodismo le ha dado medios para vivir, a De la Colina la literatura a diario le da vida. Lee sin parar y vertiginosamente sin que nada se le escape. Una vez, por ejemplo, me parece que en el Diorama de la Cultura, llegó la urgencia de publicar un texto acerca de Terra nostra, la kilométrica y magnífica novela de Carlos Fuentes. De la Colina leyó la obra en unas horas y entregó a la redacción de aquel suplemento un artículo también magnífico al día siguiente.

Alejandro Rossi se ha referido al oído de José de la Colina. Es un apunte exacto. En este oído parece hallarse la cifra de esta escritura, y también de su oficio periodístico. A diferencia de otros autores, de Ricardo Garibay, por ejemplo, que son capaces de oír a la perfección para reproducir vocablos y cadencias del habla, De la Colina despliega este sentido para dar con el ritmo, la música de las palabras, las frases, los párrafos, las páginas perfectas. En las redacciones en que ha estado una condición ha prevalecido: el amor, el sentido del idioma. Inútil presentarse allí si se carece al menos del gusto, una cierta intuición.

Empezó muy joven su vida en la literatura. De aquel 1955 en que publicó los Cuentos para vencer a la muerte (título que da precisamente con el tono de su biografía) a la aparición hace unos años de Traer a cuento (en el Fondo de Cultura Económica, que reparó entonces una dilatada y más que absurda injusticia), De la Colina ha escrito varias de las mejores páginas que se han escrito en el país y muy probablemente en lengua española. Y prosigue trabajando, iluminando cada domingo las páginas de un diario de nuestra Esmógico City, como él llama a la doliente capital. ~