De la migración a la inmigración | Letras Libres
artículo no publicado

De la migración a la inmigración

Empezaré por donde hay que empezar. No soy un sociólogo ni un economista ni un político ni un especialista en inmigración. Mi punto de vista es el de un escritor a quien las circunstancias de la vida le han llevado a interesarse por el tema desde hace ya décadas. Lo expondré no obstante, no desde la cátedra a la que se encaraman a menudo mis colegas, sino como simple ciudadano cuya experiencia puede ser útil.
     Me veo retrospectivamente en ese otoño de 1956 en el que, concluido mi servicio militar, me embarqué en Barcelona en un tren con destino a París. Quería acceder en Francia a la condición de ciudadano, algo que me negaba el régimen autoritario que reinaba entonces en la Península: pensar, leer y escribir en libertad, sin temor al poder ni a la censura. Era un inmigrante de lujo, que no buscaba el pan sino una atmósfera abierta al mundo en la que fuera posible respirar.
     Pero en los compartimentos del vagón en el que viajaba había docenas de compatriotas que sí iban a buscarse el pan. Vestían, como los campesinos españoles de la época, unas prendas características: boinas, chalecos, incluso algunas fajas como las que se usaban en la huerta valenciana antes de la guerra civil. Era el año de la helada que secó los naranjos y acabó con la cosecha, dejando en paro a millares de agricultores y peones agrícolas. Trabé conversación y amistad con algunos de ellos y en los meses que siguieron a su instalación en los barracones que servían de dormitorio colectivo de las fábricas o empresas de construcción en las afueras de París, les ayudé a sortear los escollos administrativos a la regularización de sus documentos de residencia y trabajo. Y, con el precioso auxilio de mi compañera Monique Lange, logré colocar más tarde a sus esposas, hermanas y cuñadas en el servicio doméstico de la intelectualidad francesa de la Rive Gauche y, satisfecha la oferta en el ámbito de ésta, mediante los anuncios por palabras de Le Figaro. Fruto de esa experiencia de antropólogo en cierne fue una breve serie de biografías de inmigrantes de Valencia, Murcia y Andalucía que publiqué con seudónimo —pues mi exilio cultural no era todavía político— en la revista Tribuna Socialista, editada en París por un grupo de exiliados marxistas opuestos al comunismo oficial.
     En otras ocasiones —en algún capítulo de mi autobiografía— he referido el descubrimiento consternado de los límites de la libertad recién descubierta: eran los tiempos de la guerra de Argelia y del acoso policial a la población norteafricana. A partir de los Acuerdos de Evian las cosas cambiaron: la economía europea andaba necesitada de brazos y, a medida que la inmigración italiana y española disminuía en virtud de la modernización de la sociedad y las oportunidades de empleo que ofrecía a la población, la busca de mano de obra magrebí en Francia y turca en Alemania se mantuvo de forma constante hasta la crisis petrolera del 73. Los obreros marroquíes o argelinos no hacían cola como hoy ante consulados dotados de todas las medidas de seguridad y control: los enviados de las grandes empresas de construcción, de las compañías mineras o de las industrias entonces boyantes los reclutaban en su propio país. En algunas regiones como la de Uxda, en el noroeste de Marruecos, ese reclutamiento era rápido y eficaz: los contratados obtenían rápidamente el visado y una vez en Francia una tarjeta de Résident Privilegié. ¡Nosotros, los españoles, éramos entonces residentes de lo más ordinario!
     A estas reflexiones iniciales añadiré otras igualmente necesarias para entrar en materia. Hasta el momento de mi instalación definitiva en Marrakech en 1996, pasé la mayor parte de mi vida en el barrio parisiense del Sentier y algunos años en Nueva York: dos experiencias ricas y estimulantes de esa sociedad urbana multiétnica que será inevitablemente la sociedad del futuro. En el Sentier, barrio habitado a mi llegada por una fuerte minoría de franceses de origen judío y armenio, asistí a la llegada, en olas sucesivas, de españoles, magrebíes, yugoslavos, portugueses —agrupaciones humanas que lentamente se destiñeron de sus rasgos más llamativos para fundirse en una ciudadanía común e indistinta— y luego de turcos, kurdos, paquistaníes, hindúes, bangladesíes... Tras el golpe militar de 1980, el barrio se llenó de exiliados políticos procedentes de Estambul y Anatolia: de la noche a la mañana surgieron cafés, restaurantes, peluquerías; las calles amanecían empapeladas con carteles revolucionarios escritos en un idioma para mí desconocido hasta el punto en que, para no sentirme extraño en mi barrio, decidí aprender el idioma de los recién llegados. Durante cuatro años recibí regularmente clases de éste en el local de una asociación próxima a mi casa y ello me ayudó después a conocer la cultura y sociedad de Turquía y otros países turcófonos.
     Cuento todo esto porque el escritor que ahora soy no existiría o sería otro sin la doble educación que me procuraron mi pasión por los libros y mi vida en el Sentier o, más exactamente, en ese vasto y animado sector urbano a caballo entre los distritos segundo y décimo de la capital francesa, en donde los conflictos y tensiones del mundo exterior no han afectado la convivencia entre judíos y árabes, turcos y armenios, paquistaníes e hindúes ni la civilidad, diversidad y policromía que le caracterizan: esa incitante posibilidad de dar la vuelta, no al mundo en ochenta días sino, como en la novela de Julio Cortázar, a ochenta mundos en un solo día, y de discurrir por los bellos pasajes cubiertos descritos por Baudelaire y Walter Benjamin y pasar de la India a Pakistán y de Pakistán a Turquía. El Sentier es lo contrario del gueto y en ello radica su ejemplaridad. Pues es a partir del gueto de donde surgen los conflictos provocados por el miedo y la exclusión, el fanatismo identitario y la demagogia populista. El microcosmos del Sentier, como el de algunos barrios de Manhattan —hablo del Manhattan anterior a los bárbaros atentados contra las Torres Gemelas—, fue para mí una escuela rica en enseñanzas sobre la convivencia de culturas, religiones y lenguas en el marco de la ciudadanía y de los valores proclamados en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre.
     Insisto en que escribo estas líneas como persona y como escritor, esto es, como un mero observador de los fenómenos sociales en ámbitos muy distintos: el de la España subdesarrollada que se extinguió felizmente a mediados de la década de los sesenta; el del dinamismo político, económico y social del Viejo Continente que desembocó en la Unión Europea; el de la aguijadora y contradictoria sociedad norteamericana con su melting pot pero con sus guetos, con sus asombrosas posibilidades de alcance del individuo pero con sus exclusiones brutales del llamado "material humano zafio" por Giovanni Sartori o simple "chatarra" por uno de los entrevistados por Mikel Azurmendi en el emporio hortofrutícola de El Ejido.

     Entre los espacios no sólo geográficos sino también culturales en los que se ha desenvuelto mi vida figura también, en lugar preeminente, el Magreb y, sobre todo, Marruecos. Me demoraré en éste, pues de él proceden la mayoría de los inmigrantes que, documentados o no, viven en España o intentan acceder a ella mediante un peaje de vida que se convierte a veces en peaje de muerte: el de esas pateras que vemos en la televisión o en los periódicos tras su naufragio en las costas de Tarifa con su carga de campesinos o artesanos que, para su desdicha, no saben nadar. En las costas italianas del Adriático ocurre lo mismo, pero los medios de transporte son menos rudimentarios.
     Escribiré así desde la perspectiva de la orilla africana de esa inmigración que no es reclutada ya in situ por las fábricas o empresas constructoras europeas ni a la que se le otorga una documentación de residencia privilegiada. Los tiempos han cambiado, y si antes se dejaba circular con relativa facilidad a las personas oriundas del Magreb a los países necesitados de mano de obra barata mientras se ponían trabas aduaneras o bancarias a la movilidad de mercancías y capitales, ahora la globalización opera en sentido inverso: éstos circulan libremente, pero las personas candidatas a la emigración se estrellan contra los muros de la Fortaleza Europea. Dentro de ocho años Marruecos suprimirá sus barreras de aduana en virtud de su adhesión al Tratado de Libre Comercio en la Unión Europea, pero los marroquíes no mejorarán sus posibilidades de alcanzar una vida mejor en el seno del espacio comunitario. El desequilibrio entre éste y Marruecos, entre el mundo desarrollado y el que está —a veces sí y otras no— en "vías de desarrollo", se agravará a menos que se tomen medidas urgentes para evitarlo. La Marca Hispánica que es ya Andalucía se aferrará entonces a su nueva vocación fronteriza y defensiva. Los moros de la otra orilla seguirán encarnando la amenaza virtual de la temida invasión de los bárbaros.
     Insisto en mi condición de escritor, sin un bagaje profesional de gráficos ni estadísticas. Pero soy, repito, un observador sin anteojeras, capaz de establecer similitudes y desemejanzas entre diferentes lugares y épocas y avezado a la escucha de los sucesivos discursos sobre la posible o imposible integración de inmigrantes "buenos" y "malos".
     Hasta fines de los cincuenta, los españoles e italianos éramos discriminados en Francia por algunos políticos y periodistas a causa de nuestras costumbres gregarias, hábitos ruidosos y tradiciones culinarias, tan distintas de las de los nativos, y comparadas desfavorablemente, desde L'Action Française a Poujade, con los inmigrantes suizos o belgas que se afincaron en el Hexágono a fines del siglo XIX. Hoy esos clichés subsisten pero han cambiado de destinatario: no nos estigmatizan a nosotros, ni a los judíos, armenios e italianos, sino a la inmigración extracomunitaria, sobre todo a la procedente de países musulmanes. La distinción entre culturas compatibles o no con la democracia, ese presunto discurso laico del profesor Sartori que tanto eco encuentra entre la clase política de países como España e Italia, reproduce con ligeras variantes el de los años treinta o cincuenta del pasado siglo: la letra es algo distinta, pero la música idéntica. Expresar en voz alta y de forma aparentemente mesurada los prejuicios de una mayoría de ciudadanos intoxicados por la amalgama de los medios de información de masas, es considerado hoy un acto de valentía en la antípoda de la antigua concepción de ésta como la ética de quien no sacrifica el juicio individual al prejuicio colectivo. Curiosa perversión del término valentía sobre la que habrá que volver en otra oportunidad.
     Vuelvo a una experiencia relativamente cercana de mi estancia en París. En mi barrio se habían instalado algunas familias portuguesas con las que pude relacionarme a través de nuestra asistenta, oriunda de la región de Coimbra. Ella y su marido trabajaban muy duro, ambos en faenas de limpieza de un complejo de salas de cine y de diversos apartamentos situados en diferentes distritos de la capital. Vivían con su hijo en un minúsculo dos piezas, cuyos servicios, comunes de muchos vecinos, se hallaban en el hueco de la escalera. Con sus ahorros se compraron un Mercedes recién salido de fábrica y, envueltos en una aureola de éxito y riqueza, iban a pasar un mes de vacaciones en su pueblo natal. Viaje de consecuencias inmediatas: bastantes jóvenes y menos jóvenes del lugar decidían liarse la manta a la cabeza, abandonaban sus mediocres puestos de trabajo y tentaban su suerte en el paraíso francés. Esto que se llama hoy efecto llamada actuó ya en la España de los sesenta y en Portugal unos cuantos años más tarde. Hoy, con características casi idénticas, incide en Marruecos, Argelia, Túnez o Turquía.
     En un artículo publicado en el diario El País el 9 de septiembre del pasado año, precisamente con ese título, describía y analizaba las consecuencias previsibles de la irrupción de un millón y pico de marroquíes procedentes de distintos países de Europa en las zonas rurales de Marruecos duramente castigadas por el paro y la sequía.

Me permitiré citar unos cuantos párrafos del mismo que se ciñen al tema del presente escrito:
Para cualquiera que haya circulado el pasado mes de agosto por las carreteras de Marruecos, el desfile continuo de automóviles con matrículas de la Unión Europea, pero con choferes y pasajeros indígenas, constituye el primer signo, el más llamativo, de los cambios introducidos en la sociedad del país vecino por la llegada masiva de magrebíes establecidos en el extranjero. A diferencia de hace unos años, éstos no vienen ya únicamente en vehículos usados y antiguos, en caravanas de segunda mano. Ahora conducen las mejores marcas, flamantes todoterreno, descapotables con música ensordecedora. Regresan a su tierra como triunfadores.
     Traen con ellos otro estilo de vida: prendas veraniegas o deportivas, nuevos gustos musicales, un mayor apetito de libertad. Gran parte de las muchachas visten exactamente como las europeas y procuran comportarse conforme a sus pautas. Abundan los niños que se expresan en francés, en holandés, en alemán, en español. Visten camisetas de Gap, Fila, Chevignon o de La Caixa. Son turistas en su propio país y sus padres les fotografían o filman con sus cámaras de foto o de video.
     El espectáculo nocturno que ofrecía Ain Aserdún, el bello y frondoso parque que corona la ciudad de Beni Mellal, me impresionó. Una multitud de jóvenes de los dos sexos, ataviados a la americana, se mezclaban con familias, infinidad de chiquillos, inmigrantes con gorra y pantalón corto, madres casamenteras. Sentados en los bancos públicos o tendidos sobre mantas en el suelo, cenaban, charlaban, bebían té o refrescos mientras los guardias municipales trataban de encauzar los atascos de la circulación. Entre los automóviles estacionados al borde de la carretera que serpentea por el flanco de la montaña divisé a seis con matrícula de Barcelona, tres de Murcia y dos de Madrid.

     El panorama me recordó el de las zonas "atrasadas" de España a comienzos de los sesenta, cuando dos millones de emigrantes en Francia, Alemania, Holanda o Suiza volvían también con costumbres e ideas nuevas a sus lugares de origen.
     Este mismo efecto "contaminador" y el anhelo de formas de vida similares a las del mundo europeo se extienden hoy por todo Marruecos, incluidas las zonas rurales en donde proliferan los hongos blancos de las parabólicas. Millones de jóvenes en paro o con empleo precario contemplan día y noche las imágenes de un mundo embellecido e inaccesible.
     Pero el posible paralelo entre la España de hace cuarenta años y el Marruecos de hoy se detiene aquí. Si bien el nivel de la renta per cápita de nuestras provincias pobres del sur o de la Meseta era unas diez o doce veces inferior al de Suiza, Alemania o Suecia —esto es, una diferencia similar a la que nos separa hoy de nuestros vecinos del sur—, las circunstancias en las que se produjo nuestro despegue económico son radicalmente distintas de las del Marruecos del nuevo milenio.
     Los candidatos a la inmigración —ya sean del Magreb, del África subsahariana o de Iberoamérica— encuentran todas las puertas cerradas: visados difíciles o imposibles, fronteras blindadas en Ceuta y Melilla con vallas coronadas con alambre espinoso, cámaras de vigilancia y control, focos halógenos y sensores volumétricos. La inaccesibilidad de la Fortaleza Europea les pone en manos de las redes mafiosas que explotan su pobreza e ilusión de alcanzar el estatus de esos inmigrantes que vuelven anualmente a su país envueltos en un halo de riqueza y triunfo personal.
Esta es la dura e inicua realidad de hoy: la que conduce a decenas, quizás a centenas de millares de mujeres, hombres y niños del Magreb, Oriente Próximo, Pakistán, África subsahariana y países devastados por la guerra como Irak o Afganistán a jugarse la vida en la apuesta arriesgada de mejorarla. La Europa del euro no es ese mundo en el que, como dijo hace años un albanés recién desembarcado en Italia, "dan de comer a los gatos con cucharillas de plata". En la misma provincia marroquí de Beni Mellal, el investigador curioso puede encontrar ejemplos crueles de la otra cara de la moneda: la llegada en la furgoneta fletada por la ONG Tarifa Acoge de los cadáveres identificados de los emigrantes clandestinos oriundos de la zona para ser entregados a sus familias y recibir sepultura en el camposanto. La furgoneta viaja regularmente con su carga y regresa inmediatamente después a la orilla norte del Estrecho, a la espera de repetir el viaje. Los cadáveres no identificados son enterrados en un anexo al cementerio municipal de Tarifa y otros, incontables, desaparecen para siempre en las profundidades marinas.
     Ya no hay residentes privilegiados ni trabajadores reclutados por empresas constructoras, fábricas y minas: los que pueden reunir —pues los más pobres no pueden— la suma de dinero que les exigen los modernos esclavistas inician un periplo en el que, como en las diferentes casillas del juego de la oca, les acecha toda suerte de peligros: naufragio, captura por la Guardia Civil, apresamiento en España por las mafias de compatriotas que les retienen como rehenes para exigir un rescate a las familias, busca aleatoria de empleo en penosas condiciones de clandestinidad, trabajo ilegal, explotación despiadada por empresarios y horticultores sin escrúpulos, hacinamiento en barracas y chozas míseras... El filme Vidas de moro, emitido en España por Canal+, muestra varios ejemplos de esas víctimas de un sueño transmutado en pesadilla. Los Ejidos se extienden por España y fuera de ella, sin que su excrecencia disuada de sus propósitos a nuevos candidatos a la emigración. El fatalismo y confianza en su buena estrella de los imantados por el mito de una Europa paradisiaca son más fuertes y no les descabalgan del empeño.
     En algunos guetos, como en los del Levante y Poniente almeriense, las condiciones de vida de los inmigrantes magrebíes son peores que en las poblaciones y zonas rurales de donde partieron: el trabajo es duro, el ahorro escaso y, a la carencia del entorno familiar y afectivo de los padres, esposa e hijos se añade la promiscuidad fétida y la xenofobia de una buena parte de la población indígena. Pero pocos son los que dicen basta y vuelven a su país. El orgullo se los veda. ¿Cómo regresar fracasados, sin un real en el bolsillo, después de tantos esfuerzos y sacrificios, suyos y de su familia? Esa imagen degradada de sí mismos, de la humillación de su derrota, resulta difícil de soportar. No hay otro remedio que apechar con el destino, someterse a la ley del más fuerte o caer en la delincuencia. La psiquiatría hablaría de un campo fértil de análisis e investigación en muchas de esas vidas cruelmente deshechas. Pero no hay siquiatras preparados ni sobre todo suficientes para los numerosos Ejidos.
     A la luz de lo ocurrido en la España de Aznar, la Italia de Berlusconi y la Inglaterra de Blair advertimos que la ultraderecha de estos países se ha quedado sin discurso: sus portavoces son ahora los jefes de gobierno antes citados. El objetivo de Le Pen y Haider —convertir el tema de la inmigración y la lucha contra la delincuencia en el eje de sus programas políticos— se ha logrado con creces. Relacionar inmigración y delincuencia y a ésta con el terrorismo aviva los sentimientos de inseguridad de las sociedades europeas, fomenta el establecimiento de leyes xenófobas y engendra la figura delictiva de la inmigración clandestina, como la aprobada el pasado 4 de junio por el Parlamento italiano.
     Las medidas adoptadas recientemente en España e Italia no sólo se dirigen contra los llamados "ilegales" —término, dicho sea de paso, indecente en boca de un demócrata— sino que dificultan y complican también el estatus de los documentados al preconizar su expulsión si permanecen más de seis meses en paro. Inútil añadir que semejante regresión es aplaudida por un vasto sector de la opinión pública condicionada por la multiplicación de artículos alarmistas, de tertulias radiofónicas de supuestos islamólogos, y de chistes y caricaturas que evocan los de la guerra contra Abdelkrim y El guerrero del antifaz. En lugar de enfrentarse al problema de cómo regularizar los flujos migratorios en función de las necesidades del mercado laboral, la nueva Ley de Extranjería del Partido Popular recorta los derechos de los que ya residen legalmente en la Península y acuerda la expulsión de los demás. La creación de los denominados irónicamente "Centros de Acogida" en Fuerteventura, Las Palmas, Málaga, Murcia, Barcelona, etc., en donde son internados centenares de inmigrantes magrebíes y subsaharianos, lleva a cabo uno de los puntos clave del programa expuesto por Le Pen desde hace veinte años: criminalizar y detener a quienes no han cometido delito alguno salvo el de querer mejorar sus condiciones de vida, como casi dos millones de nuestros compatriotas en los cincuenta y sesenta del pasado siglo. Hacinados en condiciones higiénicas lamentables y en régimen carcelario, aguardan la orden de expulsión y el retorno humillante al punto de partida. Recordar la existencia del habeas corpus y de los derechos establecidos por nuestra constitución no importa gran cosa a un gobierno que avanza viento en popa por los aires que soplan en el mundo después de los atentados de Washington y Nueva York.
     Hace algún tiempo, tracé un paralelo entre la situación en el Estrecho y en los enclaves de Ceuta y Melilla y la de la frontera militarizada de Estados Unidos con México, que tuve la oportunidad de observar en mis visitas a Tijuana. Pero mi comparación no es, o pronto no será, adecuada: la realidad de nuestra frontera sur amenaza ser peor. Los planes presentados por Aznar en la reciente cumbre de la Unión Europea en Sevilla contienen un conjunto de medidas disuasivas cuya aplicación ahondaría aún más el foso que nos separa del Magreb: reforzar el control de las fronteras marítimas y terrestres; operaciones aéreas de patrulla y vigilancia; creación de una unidad de reacción rápida multinacional en casos de emergencia; presión económica a los países de salida o embarque —principalmente Marruecos y Turquía— para que adopten medidas preventivas policiales y legales, etcétera. Por fortuna Chirac —a quien nadie puede acusar de izquierdista— impuso el sentido común a la obsesión de blindar las fronteras de la Unión Europea y de acentuar el arsenal represivo en lugar de proponer a nuestros vecinos una relación económica y social más justa y equilibrada: "no se puede amenazar ni castigar a los países más débiles —dijo—, sino ayudarlos".
     Los europeos no debemos olvidar tampoco que los actuales movimientos migratorios son resultado en parte de los procesos de colonización y descolonización de los dos últimos siglos. Europa invadió y colonizó África, el Oriente Próximo, el subcontinente hindú, Insulindia —Iberoamérica es un caso aparte— y por dicha razón los hindúes, paquistaníes, magrebíes, angoleños o indonesios acuden preferentemente a sus antiguas metrópolis. La historia reitera esos vaivenes bruscos y no podemos nada contra ellos, fuera de suavizarlos mediante el almohadillado de una cultura democrática que tenga en cuenta los principios de derecho vigentes en nuestras sociedades y el deber de ayudar a los partidos y grupos políticos de los países de donde proviene la inmigración que luchan por un cambio político, económico y social.
     Concluiré estas reflexiones con unas palabras de Jean Genet que compendian la lógica de los esclavistas modernos y de las mafias que explotan la pobreza e indefensión de los inmigrantes: "Si racista significa todo hombre que ve en el hombre sojuzgado un subhombre al que puede despreciar, le despreciará siempre más a fin de explotarlo aún y despreciarlo y esclavizarlo más, y así hasta el infinito".
     Y de ahí mi pregunta: ¿Adónde ha ido a parar la ética que configuró la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y la carta de las Naciones Unidas?, ¿a qué basural o muladar?; ¿a aquel en el que se pudren los perdedores de todo el mundo o a aquel otro en el que se desintegran las normas de civilidad que creíamos firmemente establecidas después de la derrota de los totalitarismos que ensangrentaron el siglo XX? ~