La ligera orfandad | Letras Libres
artículo no publicado

La ligera orfandad

El pasado 24 de febrero, un par de horas después de que Raúl Castro asumiera el cargo de presidente y pidiera permiso al parlamento cubano para seguir consultando a su hermano Fidel ante las más importantes decisiones, Carlos Méndez salió de La Habana Vieja a toda velocidad. Fue, bajo el sol, en su bicicleta china hasta la última calle del barrio de Luyanó. Tocó con aires de urgencia la puerta de su amigo Yunieski y le advirtió: “No vendas el GPS que ‘esto’ no tiene arreglo, así que prepárate que en cualquier momento nos volvemos a tirar pal mar.”

Ese mismo día, en un pueblito de las montañas del Escambray, el militar jubilado Miguel Fernández suspiró aliviado al percatarse de que su retiro seguiría transcurriendo en paz y que el nuevo equipo de gobierno, con Fidel como consejero, podría hacer algo para mejorar la crónica austeridad que reinaba en su mesa. Acarició con la mirada los diplomas por los trabajos voluntarios y las misiones internacionalistas que cuelgan sobre la pared de su sala, y se sintió satisfecho de que el proyecto al que dedicó años y energía siga en marcha.

Tanto para Miguel como para Carlos, aquel último domingo de febrero se despejó una incógnita que había comenzado a perder misterio unos días antes, cuando Fidel Castro declinó ser reelegido como presidente. Para ambos ha quedado claro, con el resultado de aquellas predecibles votaciones, que el Máximo Líder ya no firmará las leyes, pero las leerá detenidamente antes de que sean aprobadas. Si al joven habanero el nombramiento de Raúl Castro para el más alto cargo y de José Ramón Machado Ventura para el de primer vicepresidente le ha avivado el deseo de emigrar, al retirado militar le ha traído la tranquila sensación de que las cosas están bajo control.

Todos aquellos que esperaban el anuncio de cambios rápidos y profundos han tenido que conformarse con saber que Fidel ya no manda; sin embargo, el sinsabor de que todavía puede dar órdenes no les permite disfrutar de su ausencia. Los que quieren dejarlo todo como está, pero mejorando algunos detalles, se inquietan ante el hecho de que Él no se mantenga al frente de los timones, pero se alegran de que esté detrás, mirando y controlando.

Pedro Luis Ferrer, un popular cantautor cubano, caracterizó en una canción, titulada El abuelo Paco, esa omnipresencia del Comandante en Jefe. “Si abuelo no está de acuerdo, nadie pinta el edificio”, dice el trovador en una clara metáfora sobre el control que ejerciera Fidel Castro sobre todo lo que pasaba en la isla. De pronto, la tonada ha pasado de moda o, mejor dicho, ha perdido parte de su sentido. Para empezar, ya hay un nuevo brote de gripe recorriendo La Habana y a nadie se le ha ocurrido llamarla con su nombre. No ha surgido ningún apodo nuevo en la larga lista de motes que Él ostenta y Pepito, el eterno niño pícaro de nuestros cuentos, ha dejado de mencionarlo en sus simpáticas historias. Poco a poco hemos empezado a olvidar a Fidel Castro, aun en vida.

Las amas de casa están tranquilas porque la telenovela brasileña mantiene su horario estelar de la noche, sin los atrasos que le ocasionaba el Gran Orador. Los entrenadores deportivos se sienten ahora más ligeros desde que no tienen que escuchar y seguir sus consejos; mientras los meteorólogos se sobresaltan todavía, en medio de un huracán, al recordar las precisiones e irrefutables pronósticos del Experto en Jefe. Los ministros, por su parte, empiezan a preguntarse si tendrán que decidir por sí solos, o si Raúl Castro heredará todas las carteras ministeriales que ostentaba su hermano. Todos ellos, en mayor o menor grado, han dejado de sentir el enorme peso verde olivo sobre sus hombros.

Esa sensación de ligereza surge porque, desde hace diecinueve meses, el Comandante no ha salido en vivo ante ellos. Todo este tiempo no ha pronunciado un discurso ni asistido a un acto público. Tampoco ha refrendado una nueva ley ni intervenido en el programa “La Mesa Redonda”. No ha podido “abanderar” a las delegaciones deportivas que viajan a competencias internacionales ni ha impuesto las formales condecoraciones a los presidentes que visitan el país. Ha brillado por su ausencia en los numerosos congresos celebrados y en las inauguraciones de nuevos centros de salud. Ni siquiera ha emitido públicamente una opinión sobre cómo habría de hacerse algo en el país. En fin, no ha ejercido como Fidel Castro.

Su “presencia” se ha limitado a apariciones más o menos trimestrales en las que durante unos pocos minutos se le ve –en una cuidadosa y editada grabación– saludando a García Márquez, a Hugo Chávez o algún otro mandatario. Aparece vestido con un mono deportivo y, lo más significativo, hablando poco. Su otra forma de demostrar que sigue vivo es mediante la publicación, desde el 29 de marzo de 2007, de decenas de textos que, bajo el epígrafe de “Reflexiones del Comandante en Jefe”, se han referido a temas de poca cercanía a las preocupaciones nacionales como la producción de combustibles a partir de alimentos, la escasez mundial de agua, la botadura al mar de un nuevo submarino nuclear inglés o lo falto de cariño que está el presidente Bush.

El cambio más significativo, ocurrido desde las elecciones presidenciales, es que ahora esos textos se llaman “Reflexiones del compañero Fidel” y no tienen el tono de una orden, sino el lenguaje de un sabio consejero.

Aunque nadie ha tenido ocasión de preguntárselo, se podría decir que la mayor molestia que genera en Fidel Castro su actual estado de salud es la alegría que eso proporciona a sus enemigos. En los encuentros entre opositores nunca falta el rumor que le da semanas de vida. Sus detractores en Miami ya han celebrado varias veces su muerte por anticipado; pero en Cuba nadie, ni los más fieles, lo han llorado todavía. Por haber ocurrido las cosas de esta dilatada manera, lo que hubiera sido una previsible promesa de continuidad, hecha por Raúl Castro tras la muerte repentina de su hermano, ha perdido mucho de credibilidad. Sus palabras de mantenerse en la línea del socialismo pueden ser acogidas, aunque sean sinceras, como una declaración bajo amenaza. Un chiste cuenta que, antes de renunciar a ser reelegido por sexta vez, Fidel Castro dijo a su hermano: “Si no cumples todo lo que te digo, no me voy a morir nunca.”

Con las ilegales antenas satelitales que numerosas familias esconden tras una sábana, una jaula de palomas o un inocente tanque de agua, llegan a la isla las especulaciones de los medios extranjeros sobre la salud del Ausente en Jefe. Así, copiados en CD o en memory flash, hacen metástasis en toda la sociedad los diagramas del travieso colon que no lo dejó celebrar su ochenta cumpleaños. Vienen también los reclamos de cambio y las declaraciones de los que esperan la transición. Todo eso contribuye a que su retirada y su posible muerte se hayan convertido, hoy por hoy, en el “serial televisivo” de más pegada entre los cubanos.

Lo cierto es que Fidel Castro ha entrado, o está entrando, en el pasado a través de un prolongado proceso. El traspaso de ese umbral –para que no sea traumático– ha sido cauteloso y subrepticio, con una fuerte dosis de misterio y rumor, como todo lo que ocurre en las altas esferas de la política cubana. Algunos, sin embargo, mantienen la esperanza de que un día se enfunde su uniforme de Comandante en Jefe y salga lozano en medio de la Plaza de la Revolución. Son los menos, los mismos que le restan valor al hecho de que no haya sido reelegido presidente de los consejos de Estado y de Ministros. Uno de esos fieles seguidores aseguró el lunes en la cola de la panadería: “No ha sido Fidel el que perdió importancia, sino el cargo de presidente de Cuba, porque ya no es Él quien lo ocupa.”

Ha llegado la hora de Raúl Castro. En los mercados se comenta que, con el pragmatismo que se le adjudica a quien fuera el “dos” durante casi cincuenta años, este hará todo lo posible para que un obrero pueda comprar un kilogramo de carne de cerdo con su salario de una jornada. Esas ilusiones vienen dadas por el estratosférico precio de cincuenta pesos en moneda nacional que ostenta hoy un kilogramo de la preciada fibra, en comparación con los doce o quince pesos del salario medio de cada día. Los más optimistas hasta le ponen fecha a sus aspiraciones: algunos dicen que en julio, otros que antes de fin de año.

Sin embargo, con Raúl ya no es lo mismo. De alguna manera la permanencia de la voz y de la imagen del Hermano Mayor en periódicos y espacios televisivos jugó en este medio siglo un rol decisivo en la aceptación de su autoridad o, mejor, en el sometimiento a su voluntad de toda la clase dirigente y de una aplastante mayoría de la población. La fascinación se alimentaba de su presencia, de su voz, de su imagen, de eso que los entendidos llaman el “carisma” y que se ha venido deshaciendo en este tiempo al evidenciarse su humana fragilidad. Poco a poco comienzan a sacudirse los hipnotizados, no con un violento chasquido de los dedos, como en el circo, sino tan lentamente como se desvanece el prolongado influjo de Fidel Castro. Su hermano, evidentemente, no posee ese don para el hechizo colectivo.

Fidel ha sido muchas cosas, pero finalmente se le recordará como el mejor hipnotizador de la historia de Cuba. Un ilusionista que hizo creer a millones de personas que el futuro sería promisorio e inminente y que cualquier sacrificio individual sería poco para el bienestar colectivo que se avecinaba. Un seductor que creó en la mente de millones de cubanos el ensueño de una dignidad nacional fortalecida en el combate frente al enemigo más poderoso de la historia del mundo. Por mantener esa fantasía inaprensible, al menos tres generaciones de cubanos, la de mis padres, la mía y la de mi hijo, renunciaron a tener garantizado aquello que hubiera podido ser la base material de su dignidad personal: una vivienda decorosa, una alimentación adecuada, una transportación eficiente y los más elementales derechos de expresión, información y libre asociación.

Sus sucesores no podrán mantener el hechizo, sino tratar de que las cosas realmente funcionen. Para ellos el gran desafío será lograr que Carlos no se lance al mar huyendo de la falta de expectativas y que Miguel, el jubilado, no rompa sus diplomas en medio de la desilusión y la miseria.~


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