La ley de Herodes | Letras Libres
artículo no publicado

La ley de Herodes

Humor liberador

El escándalo burocrático alrededor de La ley de Herodes, de Luis Estrada, se ha convertido a estas alturas en casi una leyenda, un cuento con enseñanza moral y sin, aún, capítulo final —una eventual respuesta a la película por parte del público en general. ¿Qué tan buena es? En un periodo en el que el cine mexicano, a pesar de sus constantes problemas de financiamiento, muestra señas claras de nuevo vigor, Estrada inaugura y aporta una forma innovadora al cine mexicano moderno: la indelicada y muy chistosa farsa política, reminiscente de la buena comedia italiana o una variación más bien bufonesca de una película de Billie Wilder. Sus virtudes puramente visuales fueron difíciles de juzgar por la copia oscura y fuera de foco que se mostró en la Cineteca sin el consentimiento del director, en un intento obvio por apresurar la película hacia el olvido (y por el cual ha rodado al menos una cabeza burocrática y La ley de Herodes ha conseguido publicidad internacional). El contraste necesario entre (en gran medida) las cerradas escenas de interiores y los exteriores casi desérticos iluminados por el sol fue casi totalmente anulado, pero estoy seguro de que existe en una copia real y no en lo que parecía una copia pirata de un puesto de Tepito, ubicada entre Esclavas de amor y Esclavos de amor. Pero la actuación central y vivamente cómica de Damián Alcázar arroja una luz propia; él retrata a una nulidad priista llamada Juan Vargas, que es nombrado alcalde, a finales de los cuarenta durante el régimen de Alemán, por un cacique interpretado muy bien por Pedro Armendáriz. Su rápido descenso a la corrupción es puro humor bronco, bien escrito, aunque incluye la extorsión masiva a los empobrecidos habitantes del pueblo y un total de cinco asesinatos que cometió con una pistola que le dio (junto con una Constitución que puede usar para multar a sus ciudadanos) el cacique del PRI que le dio el puesto. El aspecto atrevido (y para algunos incómodo) de la película es la identificación priista del villano cómico —una especie de Cantinflas con balas de verdad— y el hecho de que sus últimos dos asesinatos no lo llevaran a prisión ni a la muerte sino a un asiento en la legislatura, pues había matado (por motivos privados) a su patrón priista y a un guardaespaldas que huía después del intento frustrado de asesinar a un rival, eventualmente exitoso, a la gubernatura. Pero no sólo el pri es blanco del humor de Estrada. El panista local (interpretado por Eduardo López Rojas) es un doctor descrito como "un hombre de armas tomar" cuya única obsesión parecer ser cerrar el burdel local (Juan Vargas hace que huya del pueblo al amenazarlo con exponer su inclinación a extorsionar sexualmente a sus jóvenes sirvientas). La izquierda se hace presente sólo como una corriente oculta de violencia justiciera de los locales, que puede volverse realidad para decapitar al predecesor de Vargas —en una ostentosa introducción a la película—, quien intentaba huir con un dinero que había escondido en una Constitución hueca y entre el marco y la foto de su retrato de Alemán. Y también irán contra otro alcalde que los ha exprimido hasta la quiebra: el propio Vargas, cerca del final de la película, quien es salvado por la policía para convertirse en legislador. Otros personajes agregan elementos generalmente simbólicos y astutamente escritos: un gringo buscavidas (interpretado por el cineasta británico Alex Cox); el burdel local con sus tres prostitutas —frecuentado gratuitamente y para su uso personal por Vargas durante sus largos días de ocio (se nos muestra una secuencia orgiástica que se acelera hasta convertirse en un ballet de brincos y empujones cómicos); su malhablada madame (Isela Vega), quien llega a ser una de las primeras víctimas de Vargas; y el dueño de un bar, maravillosamente autodestructivo, quien enlista en un pizarrón a los indeseables de su cantina, mujeres y uniformados, naturalmente, pero también "indios", en un pueblo casi enteramente indígena. Él quiebra eventualmente, en uno de los más exquisitos giros de esta incansable y liberadora explosión de humor. -Traducción de Santiago Bucheli