La Ley de Heisenberg | Letras Libres
artículo no publicado

La Ley de Heisenberg

Con Borges no se agotó el arte de la injuria, que goza de tan larga y buena salud, aunque suyos sean algunos últimos ejemplos memorables. Resulta una diversión imprevista descubrir sus apariciones en un autor bienhumorado, al parecer tan apacible, como Alberto Savinio, en el que vemos cómo la injuria, palabra de por sí violenta, con esa jota intermedia, agresiva como un alfanje, puede velarse con matices y quien la emplea ponerse guantes de seda para ocultar las uñas. Savinio habla, inocente, de una calle "exquisitamente peripatética y dialógica" pero ruidosa, por ende poco cómoda para conversar. Si alguien quiere decirle algo urgente a quien lo acompaña, lo detiene, "y como marinero en la tormenta le grita: ¿Te acordaste de escribirle a Quasimodo que es inapropiado traducir el color de los olivos griegos, que Anacreonte llama chloros, como glauco, porque la calidad marina de este adjetivo, su humedad, las imágenes opacas que evoca, su misma sonoridad sorda, redonda, desdentada, blanda, de inmersión, conviene a las cosas marinas y sobre todo submarinas, no al follaje del olivo griego, tan terrestre, tan seco, tan palládico? Savinio, conocedor de muchas lenguas, del griego antiguo y moderno, pertenece a esa clase casi olímpica de escritores filólogos, que conocen las aventuras que cada palabra ha recorrido antes de llegar a nosotros, sus relaciones, sus intimidades, los peligros que su uso implica, y por donde puede venirle la enfermedad y la muerte que a ellas también alcanza. Quasimodo, por su parte, Nobel italiano, no desdeñaba traducir del griego.
     Se lo tenía que decir y se lo dije, debe de haberse relamido Savinio, aunque lo que dice con tanta urgencia venga traído por los pelos, a los aparentes efectos de demostrar lo ruidoso de una calle. Queda claro que la malignidad requiere, para ser eficaz, erudición y paciencia, hasta que pueda saltar la liebre.
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     "Una gallina llamada Natalia había decidido escribir una novela, pero no le vinieron a la cabeza ni la trama, ni los personajes ni el título ni el estilo de la escritura. Fue así que aquella gallina veleidosa escribió en cambio sus recuerdos de infancia y tuvo mucho éxito entre las ocas." En 1980, Luigi Malerba escribió Le galline pensierose, breves textos cuyas protagonistas son, como es obvio, gallinas. Todas las gallinas, ciento treinta y una, de la primera edición (Einaudi, 1980), más quince añadidas en la segunda (Mondadori, 1994), son vagabundas, devotas, golosas, exhibicionistas, locas, mentirosas, milanesas, suizas, babilónicas, orvietanas, de París, de Lyon, de Minnesota, astrónomas, zen, aristotélicas, locas, piojosas, viejas, anticonformistas, inquietas, imprudentes, saltimbanquis. Cada una asume algún rasgo humano, ridiculizado, o alguna forma de tontería, real o posible, a menudo graciosamente disparatada. Pero todas, todas carecen de nombre. Con la única excepción de esa gallina "llamada Natalia". ¿Curioso, no? Porque en el campo de la novela italiana femenina anterior al 80, fuera de la gran Elsa Morante, la de La isla de Arturo, de inmediato tropezamos con Natalia Ginzburg (o sea Natalia Levi que, casada con Leone Ginzburg, hace del apellido de éste su nom de plume, nombre que nunca abandona, incluso cuando, años después de la muerte de aquél, poco antes de la liberación, a manos de los nazis, se casa con Gabriele Baldini).
     Tan injusto parece atribuirle a la Ginzburg los rasgos que afectan a la gallina veleidosa que eso mismo le ofrecería una escapatoria a Malerba. Hubiese sido tan sencillo seguir con el anonimato también en el caso de la gallina escritora... Pero es muy posible que a un colega le fastidiara el éxito de Natalia: éxito ajeno, pero éxito logrado con armas propias y en apariencia pobres. Hay un texto suyo en Le piccole virtú, "Él y yo", que es un cotejo entre virtudes generalmente masculinas y defectos que Natalia acepta encarnar: "Él ama los viajes, las ciudades extranjeras y desconocidas, los restaurantes. Yo me quedaría siempre en casa, no me movería nunca. Yo no sé bailar y él sabe. No sé escribir a máquina, y él sabe. En los conciertos, donde a veces me obliga a seguirlo, me distraigo y pienso en mis cosas. O caigo en un profundo sueño... nunca recuerdo el nombre de los actores... esto lo irrita muchísimo." Este cotejo se prolonga a través de varias páginas del libro. Podría ser una confirmación irritante de una actitud que molestó incluso a un gran amigo de la Ginzburg, Pavese: dar por descontadas cosas que otros no podrían soportar (sobre todo alguien como él, a quien la inconformidad llevaría al suicidio). También podría demostrar algo en torno a lo cual se ofrecieron variantes: "Es difícil encontrar una tonta fingida más fingida que Natalia Ginzburg. Su primera preocupación es ostentar su condición de obtusa." Cesare Garboli, que prologó publicaciones de la escritora, dice algo que explicaría posibles tirrias: "La novedad de los ensayos de la Ginzburg consiste en el uso irritante de una inteligencia diversa... El resultado es que los códigos de la cultura masculina son infringidos al mismo tiempo que son utilizados." ¿No es esto más que suficiente para ser convertida en gallina? No importa que Léxico familiar, por ejemplo, sea una inolvidable mezcla de recuerdos de infancia, sí, pero calibrados por una sutil inteligencia adulta, de ensayo que registra a través del habla del padre los cambios rápidos de las modas lexicales, y de memoria que abarca un tiempo y nombres verdaderos —no disimulados tras otros—, nombres que no podrían ser eliminados de la historia y de la cultura de nuestro tiempo. Como el de la propia Natalia.
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     Gesualdo Bufalino, uno de los notables escritores italianos (Ragusa, 1920), que ya va siendo traducido al español, llegó tarde a la fama. Comenzó a escribir al tiempo de la glaciación neorrealista, como él dice, pero no convencido de las virtudes de la prisa, trabajó, minucioso e infatigable, sus libros, prosiguiendo la orgullosa tradición de Lampedusa o de Piccolo, mientras daba clases y se aplicaba a otros esfuerzos poco visibles: elaborar sus versiones de Las flores del mal de Baudelaire o de Les Contrerimes de Toulet, sin que editor alguno se las hubiese encargado. Su presentación de un catálogo de viejas fotografías sobre el pasado de Comiso, su pueblo, lleva a Sciascia, y a un matrimonio editor inteligente, Sellerio, todos sicilianos, a descubrir a un novelista tras ese prólogo. Bufalino no se delata e insiste en que le impriman su Toulet. Sólo al año siguiente, 1981, su Diceria dell'untore, que ganará el Campiello, abre una serie de revelaciones sucesivas.
     Confío en volver sobre este escritor, una de cuyas manías me propongo adoptar:  "Tanto más vale un libro cuanto más es capaz de volverse libro profético, interrogable al abrir una página como un mazo de tarot. Es un juego que me jacto de haber inventado y que bauticé bibliomancia. Me traicionó una sola vez." Es, podríamos decir, algo así como una i chingisación de cualquier texto literario.
     Cuando contrae "prudentísimas nupcias (premeditadas casi durante un cuarto de siglo)" con una ex alumna, Giovanna Leggio, en vez del pastillero de porcelana con la fecha que a veces se estila, regalan "un librito con dichos áureos, máximas propiciatorias, profecías tranquilizadoras", que anticipa Il matrimonio ilustrato, libro armado por ambos como recopilación de escritos de muchos autores sobre ese tema, que aparecerá siete años después.
     Por ahora concluyo con una Cartolina suya: "Caro Leonardo Sciascia, / se L'anima t'acascia / l'Italia che si sfascia, / per uscir dall'ambascia / soterra lascia l'ascia / e rileggi Natascia." Es decir: (Postal) Querido Leonardo Sciascia, / si el ánimo te abruma / que Italia se derrumba, / para salir de angustias / deja por tierra el hacha / y relee a Natalia. ¿Se entiende ahora por qué saqué a relucir a Bufalino? Para que la injuria dé paso a la celebración. -