La genealogía de un historiólogo | Letras Libres
artículo no publicado

La genealogía de un historiólogo

Edmundo O’Gorman se inició como historiador después de haber cumplido treinta años de edad. Abogado atraído por la vida intelectual, fue buen lector de filosofía y literatura. Por lo menos, en sus escritos tempranos da muestra de haber leído bien a José Ortega y Gasset, cuyos libros siguió leyendo y discutiendo con su amigo José Gaos, discípulo directo de Ortega. Conocía la obra de su maestro Antonio Caso y, por referencias a partir de ella, no le eran ajenos Heinrich Rickert y Wilhelm Windelband. Supongo que lo mismo sucedía con Benedetto Croce, cuyo pensamiento ronda sus primeros escritos aun si no lo menciona. En un texto de 1938 cita una novedad bibliográfica: la Introducción a la filosofía de la historia de Raymond Aron. Si bien años más tarde tradujo a Collingwood, desde el principio se manifestó en contra de la historia de “tijeras y engrudo”, sin llamarla así. Si se mira el catálogo de la Colección Austral, es fácil adivinar que el abogado-editor consumía los pequeños volúmenes que Espasa-Calpe divulgaba en esa benemérita colección. Huelga decir que ahí estaba, en español, lo importante de la filosofía moderna.

Con la llegada de los intelectuales del exilio español, y en particular, con la presencia de José Gaos, de la lectura se pasó al estudio sistemático de los autores fundamentales en seminarios que no tenían precedente en la que entonces dejó de ser precaria vida académica mexicana. Como se sabe hasta la saciedad, comenzaron las lecturas de Hegel, Santo Tomás de Aquino, Wilhelm Dilthey y el entonces radicalmente novedoso Martin Heidegger. Con Gaos se leía en serio: en voz alta, y se detenía la lectura para discutir una idea, una frase, una palabra. El abogado que optó por dejar los litigios en favor de una maestría y un doctorado en filosofía, y comenzó a cosechar los frutos que le daba la nueva enseñanza.1

En sus primeros textos se dejan ver las influencias que recibía O’Gorman. En un artículo publicado a la muerte de don Luis González Obregón (1938) destacan, por lo menos, dos asuntos: clamar por la necesidad de una historia de la historiografía mexicana (Croce) y rescatar, de la obra del viejo cronista desaparecido, la atención que le brindaba a la leyenda como fuente de conocimiento histórico. Lamentablemente sólo apuntó y no desarrolló la idea, hoy muy actual, de que los historiadores no debieran limitarse a la seguridad de las fuentes escritas, sino abrirse a mitos, tradiciones y leyendas. En otro de sus textos intenta rescatar el sentido simbólico de la traza urbana de la primitiva ciudad de México y no quedarse sólo con los datos empíricos. Por fin, en otro más, profundiza en algo que había tocado Ortega en El Espectador, que la lectura atenta de Hegel le había revelado, y que no es otra cosa que el punto de partida de uno de los programas vitales de Edmundo O’Gorman: el tratamiento de América en la filosofía de la historia del pensador alemán.

En los párrafos conclusivos de ese ensayo se hallan elementos que persistirán a lo largo de las tres décadas siguientes. No cree O’Gorman que lo histórico deba estar supeditado a lo geográfico, tal como lo plantea Hegel. Ciertamente el alemán señala que sólo cuando una sociedad civil colme el territorio podría haber un Estado, y con él alcanzar una individualidad histórica, una vida auténtica. “Los pueblos de América –dice O’Gorman– en su actual distribución política o en otra cualquiera, deben cargar con su pasado, glorioso o no, porque como parte integrante de la cultura, sólo determinándose en función de él cabe la posibilidad de realizar una vida auténtica; de crear cultura para conservar la que han desechado.” 2 América no tiene individualidad histórica porque desde el siglo XVI está ligada a Occidente, “pero la unión fue mística… y no se puede retroceder”. No cree, en suma, que “porque una carretera atraviese el continente de polo a polo” se va a crear el gran panamericanismo.

La carencia de una individualidad histórica se convirtió, así, en un problema ontológico que obsesionaría a Edmundo O’Gorman durante los siguientes años. Pero él no apostaría por la fijeza del ser geográfico, sino por la movilidad del ser histórico. La ontología tradicional no lo llevaría a encontrar la respuesta. Tenía que apoyarse en una ontología que buscara el ser en la historicidad. Tal respuesta, obviamente, la debería hallar en la filosofía de Heidegger. De esa manera inicia un programa que lo habrá de conducir tanto a la historia como a la filosofía, de una manera muy original. Normalmente se opta por una u otra disciplinas: filosofía o historia, pero rara vez las dos, apoyándose una en la otra de manera recíproca.

El historiador-filósofo se dedica a leer a los grandes historiadores de América, de tradición hispánica, del siglo XVI en adelante, a la vez que profundiza, en los seminarios de Gaos, en la lectura de los filósofos de la tradición historicista, para desembocar en El ser y el tiempo. Dentro de dicho programa, como no podía ser de otro modo, se le atraviesa México, a partir de la meditación en torno al mensaje político de fray Servando Teresa de Mier. Su manera original de plantear las cosas lo hace proponer lecturas novedosas de las obras de José de Acosta y de fray Bartolomé de las Casas, a quien coloca como puente entre el racionalismo de las postrimerías medievales y Descartes. Entre 1939 y 1945 destacará por su manera diferente de encarar la historia. Dentro de la línea que seguían Croce, Collingwood y Ortega, O’Gorman entiende que el pasado no tiene una existencia en sí, sino que es un elemento constitutivo del presente y, consecuentemente, del ser. De ahí que conocer el pasado, esto es, la historia, significa desarrollar el planteamiento socrático y plantear la pregunta que interroga por el ser. Da muestra de cómo los filósofos pueden utilizar los materiales historiográficos y cómo los historiadores se pueden valer del pensamiento filosófico. Ahí radicará su originalidad.

Al cumplir cuarenta años en 1946, O’Gorman había cosechado su primera siembra. Su producción, que remataba con Crisis y porvenir de la ciencia histórica, ya planteaba sus campos y líneas de investigación: la teoría de la historia, que además de hallarse implícita en todos sus textos se había expresado en la ponencia que presentó en El Colegio de México, en el fallido duelo intelectual con Silvio Zavala, así como su ponencia en torno a El deslinde, de Alfonso Reyes; la historicidad del ser de América, recogida en su librito de 1942, Fundamentos de la historia de América, y en ensayos varios como “¿Tienen las Américas una historia común?”, “La bestialidad del indio americano” y otros; la edición de clásicos de la historiografía americana, con la obra del jesuita Acosta a la cabeza, seguida por una antología de Fernández de Oviedo, y la crítica que habitualmente ejercía en revistas como El Hijo Pródigo. No puede quedar fuera otra vertiente, sus ensayos sobre estética, como “El arte o de la monstruosidad”. También, como señalé arriba, sus preocupaciones sobre el ser mexicano, si bien subsidiarias de las relativas a América, caracterizadas por los acentos puestos en el problema de la organización política, desarrollos, sin duda, de inquietudes que le sembró la lectura de La Constitución y la dictadura de su viejo maestro de la Escuela Libre de Derecho Emilio Rabasa. Con Crisis y porvenir de la ciencia histórica cumple con el compromiso que se le presentó al interrogarse por el ser de América. La respuesta a esa pregunta no podía llegar sin definir qué tipo de historia le interesaba. El libro parte de la negación de Ranke para llegar a la afirmación de Heidegger. La historiografía y filosofía alemanas gravitaban en torno al pensamiento de ese mexicano original que criticaba un modo de hacer historia y proponía el desarrollo de algo que merecería el nombre de historiología, por indagar sobre el logos mismo de la historia, es decir, su teoría y su sentido.

En sus “Consideraciones sobre la verdad en historia”, ponencia presentada en 1945 en la circunstancia que ya se adujo, hace explícita su profesión de fe historicista, vitalista, idealista y relativista. El pasado no tiene una existencia en sí, sino que la conciencia del sujeto, desde el presente, se forma una idea del pasado, que es algo que constituye su ser. O’Gorman gustaba de repetir que no se trataba del pasado sino de nuestro pasado, por consiguiente, conocerlo significaba conocernos y si lo hacíamos con autenticidad, ese conocimiento resultaba catártico.

La primera aproximación a la catarsis mexicana se da en el –para O’Gorman– fructífero año de 1945, con motivo de su estudio introductorio a una antología de textos de fray Servando Teresa de Mier, cuyo objeto era caracterizar su pensamiento político. La herencia historiográfica predominante de manera superficial calificaba a Mier de centralista, por haberse opuesto al federalismo. La historia mexicana siempre dada a los enfrentamientos formales no podía captar matices. O’Gorman presenta a Mier, no como a un centralista, sino como a un federalista moderado o precavido, que se oponía a un federalismo extremo, al cual condenaba al fracaso. La reflexión final a la que llega después de glosar los textos del ex-dominico lo hace llevar a sus lectores a un primer enfrentamiento catártico con el pasado decimonónico, en el que pasa del plano historiográfico al historiológico. Por esto quiero connotar la reflexión profunda sobre el sentido que puede tener el enfrentamiento entre las opciones federal y central para organizar la nueva república. El argumento que plantea O’Gorman no es del todo extraño a la época, cuando estaba fresca la idea de la “imitación extralógica” que había señalado Caso o el prurito imitativo que señalaba Samuel Ramos. Para O’Gorman, el carácter razonable mexicano lo llevaba a tratar de aplicar utopías que habían probado su buen éxito en otros ámbitos históricos, lo que quiere decir “historia aplicada”. Por eso las tendencias conservadoras tenían razón en la medida en que se oponían a la aplicación de lo ajeno, pero también las utópicas eran razonables, puesto que triunfaban. Pero sólo si se elaboraba una utopía propia, es decir, no históricamente demostrada, sólo así habría historia de libertad, auténtica.

En los años en que O’Gorman va alcanzando su madurez como historiador se ocupará más de su proyecto teórico y de su programa americano. Dos obras fundamentales, que por añadidura serán sus trabajos de tesis de maestría y doctorado, harán que en doce años confirme la pertinencia de la opción vocacional tomada. Crisis y porvenir de la ciencia histórica (1947) y La idea del descubrimiento de América (1951) son dos obras capitales en la historiografía mexicana del siglo XX. La primera, sin duda el libro más original en la rama de la teoría de la historia; el segundo, obra excepcional del análisis hermenéutico aplicado a la comprensión del pensamiento histórico en torno a un objeto. En esta obra el tema del llamado “descubrimiento de América” es analizado a través de un conjunto de sujetos cuyo objeto era dotar de sentido al ser americano. Esta segunda obra sólo fue posible gracias al ejercicio de reflexión propiciado por la primera.

Crisis y porvenir de la ciencia histórica tiene mucho de libro-mito. Sólo alcanzó una edición sin indicación de número de ejemplares.3 En él está escrito ese aforismo muy citado, que reproduzco rescatando el párrafo al que pertenece: “Podría decirse que el historiador es el hombre a quien se le ha encomendado la tarea de disculpar ante sus contemporáneos la manera de vida de las generaciones pasadas. Su misión consiste en dar explicaciones por los muertos, no en regañarlos, porque no puede imaginarse empeño más vano” (las cursivas son mías).

La idea del descubrimiento de América. Historia de esa interpretación y crítica de sus fundamentos, que tal es el título completo del segundo libro, es una obra hermenéutica historiográfica. En ella se abordan las diferentes interpretaciones que, desde Occidente, se le ha dado al hecho del descubrimiento de América, y cómo, a partir de ellas, se ha tratado de dotar de uno u otro sentido a la historia del Nuevo Continente. Marcel Bataillon, crítico inteligente, saludó el libro como de “historia filosófica”, aduciendo con ello que se apartaba de los fines y medios de una historia ortodoxamente concebida. Ello propició la que sin duda fue la polémica más creativa y brillante de las muchas que emprendió en su vida el litigante O’Gorman. Tan lo fue, que del intercambio de artículos y cartas surgió un pequeño libro, puente entre el enorme de 1951 y el que llegó a ser el libro más significativo de su autor: La invención de América, cuya primera edición de 1958 apenas alcanza las 132 páginas. Es puente, porque en dicha correspondencia, aprovechando la necesidad de hacer aclaraciones, O’Gorman se enfila a lo que habrá de presentar en su obra terminal.4 Los avances ofrecidos por O’Gorman permitían intentar “comprender el todo para entender una parte”, con lo cual podría resumirse el ejercicio hermenéutico tradicional que realizó al estudiar un importante y significativo conjunto de obras relativas al tema.

Y precisamente cuando estaba en el camino hacia La invención... surgió el texto que habría de hacerlo avanzar hacia la catarsis de la historia mexicana. Se trata del artículo “Precedentes y sentido de la Revolución de Ayutla”, de 1954, para mí, uno de los mejores que escribió O’Gorman en toda su vida. Ahí, lo que apenas apuntaba en el trabajo sobre Mier, crece en extensión y profundidad. Se trata en realidad de un breve recorrido por el sentido de la historia mexicana de la Independencia a la Reforma. Huelga decir que en ese recorrido no hay demasiados nombres ni referencia a hechos, lo que se busca es el sentido de la historia. De nuevo la historiología, el planteamiento de preguntas fundamentales.

Si bien Crisis y porvenir de la ciencia histórica pudo satisfacer los afanes teóricos de O’Gorman, antes de publicar La invención de América dio a conocer un ensayo de filosofía de la historia en el que alcanza un nivel muy elevado: se trata de “Historia y vida” (1957), uno de los planteamientos teóricos más audaces producidos por el medio mexicano, en el que la reflexión se centra en torno a la manera como se configura el hecho histórico en el discurso historiográfico y cómo se le dota de sentido. La diferencia que muestra con respecto al libro de un decenio antes radica en que, mientras en éste aterrizaba en ejemplos “a la española”, en “Historia y vida” llega con el rigor necesario a la abstracción propia de la teoría y logra un ensayo en el que concluye que el saber histórico es saber político en el más alto sentido que puede tener el término.

La invención de América, el libro más famoso de O’Gorman, establece la tesis de que con América se da el universalismo de la cultura de Occidente y que se debe a un proceso geográfico e histórico. Al primero dedica un análisis muy puntual y erudito; al segundo, más bien un ensayo interpretativo sobre el sentido de la historia americana como producto de un Occidente que la inventa, entendiendo por inventar dotarla de sentido. A la primera edición, sin embargo, le faltaba algo, redondear precisamente ese sentido histórico. En 1961 apareció la versión en inglés del mismo libro, en el cual, tal vez por pensar en los lectores norteamericanos, introdujo la muy acertada tesis de la división de la historia continental en dos grandes vertientes, la anglosajona y la hispánica, producto la una de la modernidad y la otra de la tradición. Para los lectores en lengua castellana, no vino esto de inmediato en una nueva edición de la obra, sino en un artículo titulado simplemente “América”, dentro de una obra colectiva de estudios sobre la historia de la filosofía en México. La nueva tesis tenía un viejo respaldo, que de nuevo nos remite al ensayo sobre “Hegel y el moderno panamericanismo”, así como a una secuela en la que trata de responder a la interrogante planteada por Herbert Bolton acerca de si las Américas tienen una historia común, a lo cual da O’Gorman respuesta negativa. Las dos Américas obedecían a una fractura de Occidente a partir de la Reforma protestante. Hay, sin duda un trasfondo weberiano, aunque no claramente explícito. Las posteriores ediciones de La invención... seguirán la reescritura de la versión inglesa, pero también con nuevos matices y variantes.

En 1978 aparecerá México: el trauma de su historia. Como ya connoté a La invención… de ser el más importante, a El trauma... lo declaro el más inquietante. Su génesis fue la revisión de La invención de América para una nueva edición, tal vez definitiva, a la que quería agregar un epílogo mexicano. Tal epílogo fue creciendo hasta alcanzar las dimensiones de un libro tan breve como apretado, sin página inútil. Por esta razón, el primer capítulo es una recordación de Lainvención... para después adentrarse en el conflicto tradición-modernidad en Occidente y su proyección hacia el Nuevo Mundo.

Lo que se perfilaba desde 1945, con Mier, cuando se hacía ver que no era necesario contraponer el federalismo al centralismo, sin más, sino que era posible, como lo pensó el ex-dominico, ser federalista moderado, o señalar la solución de los utopismos de la Independencia en la práctica llevada a cabo por un “hombre providencial”, en 1954, o hacer ver, en 1967, cómo se fue liberalizando el monarquismo y cómo se fue monarquizando la República, llega a su propia síntesis en un ejercicio historiográfico de plenitud en el libro escrito cuando su autor alcanzaba los setenta años de vida.5

El problema es que la conciencia histórica asimile ese proceso traumático como una catarsis en que se reconozca y se acepte. Si la conciencia mexicana se coloca en la encrucijada de Jano que le ofrece O’Gorman, es que no se ha enfrentado a su verdadera imagen, que es la que le llega como herencia. Si se empeña en aceptar sólo una parte de su historia, seguirá caminando por un solo rumbo que no necesariamente sería el de su salvación. Seguiría siendo su historia aplicada, para no llegar jamás a la autenticidad. ~

Notas

1 Me he ocupado de distintos aspectos de la obra de ED’G en varias ocasiones. Cito los tres artículos que tienen que ver con lo tratado en éste: Álvaro Matute, “La visión de Edmundo O’Gorman del México nacional”, en La obra de Edmundo O’Gorman. Discursos y conferencias de homenaje en su 70 aniversario, 1976, México, Facultad de Filosofía y Letras/UNAM, 1977, pp. 75-93; “El historiador filósofo”, en Theoría. Revista del Colegio de Filosofía, nº 3, marzo de 1996, pp. 191-196, y “El historiador Edmundo O’Gorman (1906-1995). Introducción a su obra y pensamiento histórico”, en Mexican Studies/Estudios Mexicanos, vol. 13, nº 1, Winter 1997, pp. 1-20.

2 Edmundo O’Gorman, “Hegel y el moderno panamericanismo”, Letras de México, vol. 11, nº 8, 15 de agosto de 1939, pp. 15.

3 Así hasta la edición facsimilar con la cual la UNAM rindió homenaje a quien fuera destacado profesor e investigador de ella en su centenario, aparecida en noviembre de 2006.

4 Un comentario muy atinado sobre La idea del descubrimiento... y la polémica con Bataillon se debe a Walter Mignolo, “La historia de la escritura y la escritura de la historia”, en Textos, modelos y metáforas, Xalapa, Universidad Veracruzana, 1984, pp. 197-208.

5 Podría decir que se trata del último gran libro personal de O’Gorman, si no hubiese escrito y publicado, en 1986, Destierro de sombras. Luz en el origen de la imagen y culto de Nuestra Señora de Guadalupe del Tepeyac, México, Instituto de Investigaciones Históricas/UNAM, 1986, 306 pp. Este libro es muestra del gran dominio de objetos de que era capaz O’Gorman. Sin embargo, no tiene los alcances de El trauma. En Destierro... se trata de un ejercicio de erudición extraordinario, en el que ya se han borrado los ecos hegelianos, orteguianos y heideggerianos de sus otras obras. Su pensamiento, en cambio, no los había eliminado, como puede verse en su último texto significativo: el discurso pronunciado cuando la Universidad Iberoamericana le otorgó el doctorado honoris causa, y que lleva por título Fantasmas en la narrativa historiográfica, México, Universidad Iberoamericana/Centro de Estudios de Historia de México Condumex, 1992, 28 pp. En él vuelve a la carga, exhortando a las nuevas generaciones a desterrar la causalidad, el esencialismo y a no desconfiar, sino al contrario, de la imaginación.