La foto de Plural 48 | Letras Libres
artículo no publicado

La foto de Plural 48

 

El tiempo, según Bergson, “es invención o es nada”, y las fotografías de grupo tratan de dar fijeza a los “seres de lejanías” que, según Heidegger, somos los hombres, para luego ser fantasmas (digo yo). Mirando la foto del grupo del Consejo de Redacción de la revista Plural en un anochecer de marzo de 1975 y en la casa de Octavio en la calle de Río Lerma, las distintas lejanías de los allí capturados por el clic de la cámara fotográfica de Rogelio Cuéllar, me convierto, además, en fantasma de melancolías.

En esa foto, estamos (en el sentido en que se mueven las manecillas del reloj) los fantasmas siguientes: Tomás Segovia, Gabriel Zaid, Kazuya Sakai, Alejandro Rossi, yo, Octavio  Paz, Juan García Ponce y Salvador Elizondo. Cinco de los visibles en esa imagen: Kazuya, Alejandro, Octavio, Juan, Salvador, son ya fantasmas cumplidos, pues previamente murieron (pero... ¿la amistad no implica el irse todos juntos?), y solo tres –Tomás, Gabriel, yo– seguimos ejerciendo de fantasmas con licencia. Adviértase que Zaid, de acuerdo a su habitual coquetería de no ser visible autor en persona, se afantasma todavía más eclipsando el rostro detrás de Plural 48.

La ocasión para que nos hiciera Rogelio Cuéllar una serie fotográfica fue el número 48 de Plural.

Creo recordar que Julio Scherer, el director de Excélsior, del que Plural era publicación ahijada, había enviado a Cuéllar a retratarnos con el recién impreso número 48 en las manos, como prueba contra el no cándido rumor, flotante en algunos corrillos más o menos culturales, de que nuestra revista moriría tras el número 47 por causa de una “carencia de lectores” y una “impopularidad” que la hacían económicamente insostenible para el periódico y políticamente indeseable, incluso para muchos articulistas del mismo periódico.

En cuanto al quinto personaje de la foto, de izquierda a derecha y en pie –yo–, diré que desde mi retorno en 1964 de Cuba, tras dos años que me curaron de la illusion tragicomique de la Revolución, debí dedicarme al periodismo cultural, o sea que, siendo escritor “por la libre”, vivía “al día”, tecleando durante unas dieciséis horas cotidianas y muy cafeinadas, y temblando por mi economía ante la posibilidad de que no me publicaran un artículo (y sigo así). En los comienzos de los años setenta fui copioso colaborador semanal y por un tiempo jefe de redacción del suplemento  cultural de El Heraldo de México, dirigido por Luis Spota, con quien empecé a estar cada vez más inconforme a propósito, precisamente, de su “política cultural” y de la “política en general” del periódico, por lo cual empecé a tener allí broncas casi semanales. En 1972, Julio Scherer me solicitó como colaborador de las páginas culturales diarias de Excélsior y las semanales del “Diorama de la Cultura”. Al lado de la oficina de la redacción de ese suplemento estaban Octavio Paz y Kazuya Sakai, respectivamente director y jefe de redacción de Plural, fundada hacía más de un año. Un día en que había publicado en el “Diorama” un artículo acerca del recién fallecido Max Ernst, Octavio me dijo que al fin había en México alguien, aparte de él, que supiera del surrealismo, y en medio de una de aquellas charlas que iban ondulando de un asunto en otro me propuso entrar al cuerpo fijo de redactores de Plural.

En Plural, desde 1973 hasta su fecha terminal, 1976, publiqué de todo: artículos firmados, notas de mero redactor (sin firma), traducciones, algún cuento, algún capítulo de novela que nunca concluí, y me encargué de la corrección de estilo de trabajos ajenos e incluso de la corrección tipográfica, pues esa es la condición tradicional del secretario de redacción, más la de ganarse el odio de aquellos demasiado torpes escritores cuyas cuartillas había que rechazar (y, de paso, me es imposible olvidar a una “poetisa” a quien le dediqué una esforzada hora para explicarle por qué no le había publicado un poema de tono nerudiano con caracolas en las que soplaba el viento revolucionario del pueblo, y que, tras insultarme por elitista y extranjero, me prometió, a gritos, llevarme a los tribunales si no le devolvía sus cuartillas, las cuales, por supuesto, había yo extraviado, y que mucho después hallé en una gaveta, acompañadas de una carta en que la autora se declaraba mi enamorada forever).

Llegaban a Plural con sus cuartillas (pues faltaba mucho para que los teclados y las pantallas sustituyeran a las de linotipos) mis compañeros de la ¿aun sobreviviente? Revista Mexicana de Literatura: Gabriel Zaid, Jorge Ibargüengoitia, Salvador Elizondo, Juan García Ponce, Inés Arredondo; llegaba Ramón Xirau redimiéndose de su condición filosófica con espléndidos poemas traducidos, por otros, del catalán; llegaba Esther Seligson con sus textos entre narrativos y líricos, e Isabel Fraire con sus poemas-calidoscopios; llegaban tantos y tantos que con nosotros hicieron de Plural una de las mayores, maravillosas aventuras de las letras y el pensamiento. Un día, Rossi, todavía no miembro de la redacción, trajo la primera de su futura serie de colaboraciones, que había titulado “Manual del distraído”; le dije que era muy buen título para su columna mensual, y fue para mí un honor que me aceptase la sugerencia y que luego la extendiera a un libro, que yo considero emblemático entre los nacidos en y de Plural...

Pero llegó el año 76, llegó el asesinato de Excélsior... y nosotros, los de Plural (es decir: del primer y único Plural, el de Octavio, el nuestro), pasamos a ser fantasmas, aunque algunos todavía con licencia o permiso de estadía aquí y ahora. ~