La fe y la sangre | Letras Libres
artículo no publicado

La fe y la sangre

¿Me puedes explicar qué pasó? Más que una pregunta es una invitación al desnudo, la convocatoria a un gran striptease nacional. En el extranjero, más de un avezado analista intenta encontrar alguna coherencia, una lógica, aunque sea un guión tan descabellado como la teoría de un autogolpe, para intentar darle un orden a lo que somos. Se trata
de una tarea tan imposible como inútil. Dentro del país, el desconcierto tiene todavía un ingrediente más difícil: la temperatura de la sangre, tendida sin piedad sobre el asfalto. La eme definitiva de todos nuestros muertos.
     Guardo para mí la sensación de que, finalmente, lo que hemos vivido es, por desgracia, una gran chapuza, una chambonería mayúscula, otro rapto de nuestras propias miserias. Todo lo ocurrido, tras la genuina y extraordinaria marcha del jueves 11, forma parte de una historia lamentable. Toma cualquier detalle al azar, ponlo sobre la mesa, junto a esta hoja del periódico. Obsérvalo de cerca, con cierto detenimiento. ¿En quién piensas? ¿En Hugo Chávez, quizás? Está bien. Míralo entonces ahí, sentado en la arena, junto a monseñor Velasco, echando piedritas al mar y reconociendo un rosario de errores. Tanto temía por su futuro que fue a refugiarse en las sotanas que tanto fustigó. Llamó a Baltazar Porras para que fuera un intermediario. Si no llegó a renunciar fue porque, efectivamente, estaba negociando su renuncia. Amén.
     ¿A quién tienes ahí ahora? Yo tengo muy cerca la imagen de Miquilena.1 Esa asombrosa falta de escrúpulos y de pudor. No tardó una corbata en salir corriendo a la tele para criticar al presidente y llamar a la unidad. Como si nada. Como si cualquier cosa. Tan natural que espanta. Dijo que no tiene las manos manchadas de sangre. Tal vez. Pero las huellas sí, Miqui, de eso no hay duda... ¿Carlos Andrés Pérez? Por supuesto. Desde aquí también puedo verlo. Henchido, orondo, disfrutando una venganza. Cometiendo la idiotez de pretender regresar al país. Terrible ceguera de alguien que todavía no entiende que ya no tiene un lugar en nuestra historia. Lo primero que ha debido hacer Carmona es aclarar que si cap ponía un pie en el país, lo encarcelaría de inmediato. Al menos así la Quinta República hubiera tenido —aunque fuera transitoriamente— un corrupto preso.
     Por donde se vea y como se vea, esas horas sólo son una muestra de las desesperaciones que gobiernan nuestros días. Carmona se autodecreta presidente de la misma manera en la que el gobierno aprobó las criticadísimas leyes habilitantes. Carmona se dispone a ejercer el poder de una manera tan chavista que sólo ofrece un más de lo mismo a alta velocidad y en plan de muchachos bien, gente decente. Todo esto, además, en el peor cálculo político que puede existir: suponer que a Chávez no lo quiere ni su mamá, que el Movimiento v República está dispuesto a dejarse quitar el poder a cuenta de que el presidente es un hablador de pendejadas, cuya utopía bolivariana cada día se parece más a un precipicio. Ni siquiera el consenso nacional, continental y planetario de que lo mejor que tiene Chávez es el silencio sirvió para maquillar los errores del viernes 12 de abril. Lo más transitorio del nuevo gobierno era su propia legitimidad. Del otro lado, el poder se debatía entre el miedo y la resignación. En el fondo, lo que estaba quedando a la intemperie es la enorme fragilidad de todos los sectores de nuestra sociedad. Como si nuestra historia, en ese instante, tan sólo fuera un pisa y corre.
     Lo de los medios también forma parte de la misma tragedia. Es una orgía donde todos han exhibido sus flaquezas con radical promiscuidad. Las televisoras jugaron de tal manera que terminaron traicionando, también, aquello que las legitimaba. Debieron decir la verdad y la ocultaron. Condenaron, a su manera, al auditorio a una cadena. La insoportable práctica del gobierno se reprodujo de manera efervescente. Es un terror, en el sentido ambivalente del término. Es una misma y enorme miseria.
     Somos un país profundamente irritado. Todos sucumbimos, de distinta manera, ante el monstruo de la popularidad. Desde el miedo o desde el fervor, hemos sido testigos de la extenuante revolución verbal de Chávez. Este clima, sumado a otros factores, lo único que ha hecho es sacar a flote lo peor de todos nosotros. Quien salta y rebota, destruyendo el automóvil de la embajada de Cuba, es también un saqueador, un malandro amenazante en la calle. La violencia se democratiza con excesiva rapidez. Va de la mano del miedo. Y el miedo nunca es fiel. Por eso Chávez tuvo miedo. Por eso también Carmona y los militares temieron. Todos somos eso. Ya nadie tiene el poder absoluto. Ya nadie tiene el monopolio del pueblo. Por eso lo violento —como contenido, como señal, como expresión— es una presencia y un factor de decisión. Por eso, ahora, cualquier decisión viaja con un uniforme al lado.
     Dice Chávez, recordando su episodio romántico, a la orilla del mar, con monseñor Velasco, que todo esto ha sido una "lección de Dios". Como soy de los que cree que Dios no pierde su tiempo en enseñarnos demasiadas cosas, prefiero pensar que es necesario comenzar a sacar lecciones de nosotros mismos, de nuestras cegueras y equivocaciones. Para la oposición hay una muy evidente: hay que trabajar en otro rumbo. Los esfuerzos de Acción Democrática por no reconocer el gobierno son un homenaje a la idiotez. Si hay algo obvio es que hay que desoxigenarse, salir de la obsesión con la figura, con el personaje Chávez. Ni un paso atrás, cierto. Pero hay que repensar el camino. Aquellos que se dedican a la política quizás ahora entiendan que de nada vale apurarse por llegar a Miraflores, que no se trata de sustituir personas y contenido en las instituciones, que tal vez hay que caminar en otros espacios, hacia la construcción de otro tipo de relaciones sociales, hacia ese misterio que llamamos pueblo.
     ¿Me puedes explicar lo que pasó? Lo dudo mucho. Después de la ebriedad, los regresos siempre son más lentos, más espesos. Yo confieso que me cuesta más de un testículo creer en las palabras del presidente. Cuando veo a Chávez empuñando su crucifijo y hablando del perdón se me arruga hasta la miopía. Me parece tan cursi que casi siento que es Raúl Amundaray2 interpretando el papel de Primer Mandatario Nacional. Es difícil invocar la unidad cuando se llevan tres años destruyéndola. Aun así, acepto la invitación a la fe. Me empeño en sostener el beneficio de la duda. Pero no sobre palabras, sino sobre hechos ferozmente concretos. Por ejemplo: escribo estas líneas en un miércoles y recién acabo de leer que han puesto en libertad a dos de los francotiradores del día jueves 11. Que no fue un día de héroes. Que no fue un día de mártires. Que sólo fue un día de malditos asesinos. Eso es todo. Eso dura el beneficio de la duda. Eso dura la confianza. El tránsito sobre la acera de esas dos personas. Si esa gente queda libre, la fe dejará de ser fe. Sólo será un asco. -