La biblioteca de José Luis Martínez | Letras Libres
artículo no publicado

La biblioteca de José Luis Martínez


No hay biblioteca cuyos fondos sobre literatura mexicana superen a la de José Luis Martínez en amplitud y coherencia. Ni siquiera la Biblioteca Nacional, aunque tiene a su favor el depósito legal de todos los libros editados en México y está en la Universidad Nacional, donde se hace investigación literaria.

Pero se entiende. El depósito legal depende de cientos de editores, cuyo cumplimiento ha sido intermitente o nulo. Los investigadores piden la adquisición de libros para sus proyectos, pero se trata de proyectos acotados y de libros que se integran a las bibliotecas de los centros respectivos, no necesariamente a la Biblioteca Nacional. La combinación de tantas voluntades distintas, con distintos propósitos y un tesón limitado a las circunstancias, produce una acumulación aleatoria. No puede compararse con la obra de una sola voluntad, en un proyecto exhaustivo y sostenido a lo largo de setenta años: tratar de conseguir todo lo que un lector, historiador, crítico y curador de las letras mexicanas quisiera tener a mano.

Puedo atestiguarlo, porque durante años me propuse leer toda la poesía mexicana que aún no conocía. Para tener acceso a la que ya no circulaba, me volví asiduo visitante de la Biblioteca Nacional en San Agustín y de la Hemeroteca Nacional en la calle del Carmen, y comprobé sus limitaciones. Después, cuando descubrí la biblioteca de José Luis Martínez, no podía creer que una sola persona hubiese integrado un acervo decididamente superior.

Sabía lo que tenía y dónde lo tenía. No sólo eso: sabía lo que aún no había podido conseguir. Es decir: tenía un mapa mental muy claro del conjunto deseable, y con el mapa iba integrando su biblioteca. Ya en 1950 había publicado una amplia bibliografía de las letras mexicanas, limitada a los años 1910-1949. Y su cartografía se fue volviendo más amplia y detallada. Por ejemplo: reunió toda la narrativa cristera, que brilla por su ausencia en los estudios sobre la novela de la Revolución. Nadie antes se había sentado a leerla como un conjunto significativo, porque nadie la había reunido físicamente en un lugar. Y nadie la había reunido, en primer lugar, porque había que tener el concepto que orientaba la búsqueda; y porque, ya teniéndolo, era difícil conseguir lo publicado en ediciones precarias, cuando no clandestinas.

La biblioteca de José Luis Martínez es una obra magna, paralela y previa a la gran historia de la literatura mexicana que no llegó a escribir. Si, ahora que ya existe (lo que da la ventaja de saber qué buscar), alguien quisiera duplicarla, resultaría imposible, aunque tuviese recursos ilimitados. Esto es obvio en el caso de la hemeroteca. Integrar colecciones completas de los suplementos literarios decisivos en las letras mexicanas del siglo XX toma años de puntualidad semanal y de tesón; no es algo que se pueda conseguir después, a ningún precio. Lo mismo sucede con las colecciones de libros seriados, por ejemplo: la serie Sep Setentas completa. Y con todos los libros publicados por cientos de escritores.

Por unos veinte años tuve la suerte de ser su amigo y vecino, lo cual me permitió admirar detalladamente la redondez del conjunto. Su núcleo fundamental son los libros, revistas y suplementos de la literatura mexicana. Otros conjuntos le sirven de contexto, y se integran al núcleo de manera natural. En primer lugar, libros de historia de México, y en general libros sobre México (desde luego, los escritos por mexicanos, pero también por extranjeros). En segundo lugar, clásicos antiguos y modernos, libros de literatura española e hispanoamericana, así como francesa, inglesa, italiana, portuguesa, especialmente los que fueron más leídos por los escritores mexicanos. Incluso, por ejemplo, una colección casi completa de la revista Sur. Además, un conjunto de libros sobre teoría, crítica y estudios literarios. Además, una colección notable de libros de arte mexicano y universal.

Muchas veces me habló de libros que le faltaban. Además de acudir a subastas, visitar librerías de viejo y ser visitado por libreros que creían tener algo que él no tenía, era un lector asiduo de anuncios de ocasión en los periódicos y en la revista Segunda Mano. Llegó a darse el caso de que yo tuviera algo que él no tenía, y era tanta mi admiración por lo que estaba construyendo que casi siempre opté por regalárselo. Sabía además que, si llegaba a hacerme falta, lo encontraría más fácilmente en su biblioteca que en la mía. Su eficacia era tan grande como su generosidad, al orientarme y prestarme libros.

Ojalá que este tesoro de la cultura nacional no termine como suelen terminar las bibliotecas en México: descremadas, desfiguradas, destruidas o exportadas. Ojalá que, por el contrario, siga creciendo y redondeándose. Por lo pronto, habría que catalogarla, porque todos esos riesgos existen. Además, habría que aprovecharla para hacer una bibliografía de las letras mexicanas que continuase la del siglo XVI de Joaquín García Icazbalceta, su ilustre predecesor en cuidar nuestros libros, nuestra lengua y nuestra historia, por su cuenta. Más ambiciosamente aún, habría que duplicarla, de la única manera posible: electrónicamente.

Alguna vez le pedí que estimara en números redondos cuántos libros se habían publicado en México desde el siglo XVI hasta 1900. Después de titubear con varias estimaciones, me dijo que no pasaban de veinte mil. No son tantos. Su propia biblioteca triplica esa cantidad. No sería tan costoso ponerlos todos en línea, a la disposición del mundo entero. Quizá hasta se pudiera negociar que lo hiciera Google por su cuenta. La explosión editorial en México se produjo en el XX, y tampoco llega a tanto. Se ha estancado en unas cinco mil novedades al año, de las cuales la quinta parte o menos son literarias (el grueso está formado por libros de texto y traducciones de libros técnicos o de superación personal). Pero poco de lo publicado en el siglo XX ha entrado al dominio público, y negociar derechos puede ser muy complicado. Quizá habría que empezar por una copia electrónica de uso no público, limitada al respaldo de lo que está en su biblioteca, porque nunca se sabe lo que puede suceder.

Él lo sabía perfectamente. De los miles de ejemplares de un libro, una revista, un suplemento, puede no quedar ninguno, al paso de los años. Por eso, cuando fue director del Fondo de Cultura Económica, emprendió dos proyectos curatoriales. En primer lugar, reunir físicamente en una sala (que me enseñó orgullosamente) todos los libros publicados por el Fondo, desde su fundación en 1934. Aunque parezca extraño, son raras las editoriales que tienen esta curiosidad contra la incuria de su propia historia. (Alguna de las muchas licenciaturas de letras, donde no se aprende a leer ni a escribir, y que de hecho producen destripados o maestros para las secundarias, debería orientarse a la formación de curadores de libros para el mundo editorial: preparar ediciones, hacer solapas, catálogos, reseñas, entradas descriptivas para una enciclopedia; preparar índices, bibliografías, catálogos históricos de editoriales antiguas o desaparecidas, ediciones críticas.)

El otro proyecto consistió en reeditar colecciones facsimilares de revistas literarias mexicanas, muchas de las cuales no estaban completas (o ni siquiera estaban) en la Hemeroteca Nacional, sino en su casa, con lo cual las salvó para la historia y para los lectores que las conocíamos de nombre únicamente. Desgraciadamente, cuando salió del Fondo, el proyecto se descontinuó, a pesar que hay volúmenes agotados (extrañamente, porque ahora es fácil hacer reimpresiones de cien ejemplares).

México ha sido irresponsable con sus bibliotecas. Las historias de horror que se cuentan (y que alguien debería recoger en un libro de reportajes y entrevistas) no se limitan a los destrozos de las luchas armadas y persecuciones religiosas de los siglos XIX y XX. Otra causa fundamental ha sido la pacífica ignorancia, que destruye tesoros silenciosamente. La singularidad de José Luis Martínez fue estar en el polo opuesto de la incuria nacional. ¿Dónde encontrar a una persona que, en su casa y por su cuenta, se encargue de reunir y cuidar celosamente los libros, suplementos y revistas de la literatura mexicana, a lo largo de setenta años? ¿Dónde está la institución mexicana capaz de mantener setenta años un proyecto (o, simplemente, un contrato de custodia), sin descontinuarlo o tergiversarlo por sequías presupuestales, cambios de leyes o de funcionarios, caprichos, sindicatos, grillas y corrupción? Desgraciadamente, en muchos casos, lo mejor para la cultura mexicana es que sus tesoros salgan del país, a donde los sepan apreciar. ~