Klaus Mann | Letras Libres
artículo no publicado

Klaus Mann

i.m. R.C.El 21 de mayo de 1949 se suicidó en Cannes Klaus Mann, el hijo mayor de Thomas Mann, poniendo fin a una vida sofocante iniciada en 1906. Klaus dejó un artículo testamentario, publicado un mes después de su muerte en la revista norteamericana Tomorrow. Desde ultratumba, Klaus exigía "una ola de suicidios en la que cayesen los espíritus más destacados y celebrados, [que] arrancaría a los pueblos de su letargo, de forma que captasen la mortal gravedad de la prueba que el hombre ha provocado sobre sí mismo por su necedad y egoísmo".1
     Un cuarto de siglo antes que Passolini, Klaus Mann pasó por víctima de una "muerte política", ser, de manera brutal o negligente, el "suicidado de la sociedad", como diría Artaud. El primero en rechazar esa lectura fue Thomas, supadre: "No cabe duda de que fueron razones personales las que lo llevaron a la muerte, y de que no murió para presentarse teatralmente como víctima de su tiempo. Aunque lo era, y mucho".2
     ¿Qué mató a Klaus Mann? Esa pregunta ha dividido a la crítica alemana. Mientras Hans Mayer sostiene que "el final en Cannes fue una muerte política. Klaus Mann murió en y por la Guerra Fría", Marcel Reich-Ranicki la atribuye a la soledad de un escritor fracasado, homosexual y drogadicto. La lectura de las memorias de Klaus Mann, redactadas durante la Segunda Guerra, primero en inglés (The Turning Point) y luego en alemán (Wendepunkt), une ambas visiones en una lección impar de soledad, sacrificio, vanidad. Klaus fue un nudo de tragedias fatalmente desarrolladas hasta la última escena: del hijo feliz de la primera familia de las letras alemanas al mediocre aplastado por su padre, del homosexual asumido y desafiante al ser privado de amor, del joven antifascista noble y perseverante al hombre prematuramente envejecido que prefirió morir a vivir una nueva guerra.
     Le tournant —versión francesa de lasmemorias—3 comienza con el dulcerecuerdo de la infancia de los hijos de Thomas y Katia Mann en Munich. Todo ocurría en el nombre del famoso padre, a quien llamaban El Mago, quien rompió la severidad de su rutina de escritor burgués para acompañar, por única vez, a sus hijos Klaus y Katia a la estación. "Los gemelos Mann", como fueron recibidos en los Estados Unidos, iniciaban el Gran Viaje de los veinte años, una auténtica vuelta al mundo: Roma, París, Londres, Nueva York, Los Ángeles, Tokio. Klaus, escritor precoz, y Katia, actriz de talento y mujer de teatro, fueron los vástagos dorados de la República de Weimar.
     Pero la vida estaba condenada a copiar a la literatura. Dice Michel Tournier:
      
     Tal vez hay que tener una salud a toda prueba, ser un marido fiel, un buen padre de seis hijos y un ciudadano ejemplar para crear un mundo novelesco donde pululan el incesto, lahomosexualidad, el suicidio, el asesinato y las calamidades del cuerpo:tuberculosis, cáncer y sífilis. Pero esta premeditada economía, este cuidadoso equilibrio, ¿no corre el riesgo de romperse sobre la cabeza del "hijo", por más que éste pertenezca también a la estirpe de los escritores?4
      
     El mundo novelesco de Thomas inundó la vida de su hijo, cuyo derecho dinástico a las letras entraba en el orden de la naturaleza. Thomas ya lidiaba con su hermano mayor, Heinrich Mann (1871-1950), autor de El ángel azul y de una obra estimable siempre y cuando no se le compare con la del creador de La montaña mágica. El liberalismo chato y bonachón de Heinrich le sacaba ronchas a Thomas, así como su escritura, de la que se avergonzaba. Si con Heinrich le era imposiblecalmar su mal humor, ante Klaus debía contenerse, tratando su obra con una benevolencia más cercana a la resignación que a la generosidad. Cuando Klausmurió, Thomas le escribió a Hermann Hesse: "Mis relaciones con él fueron difíciles y no exentas de un sentimiento de culpabilidad dado que mi existencia desplegaba una sombra sobre la suya. Éltrabajaba muy rápido y muy fácilmente; eso explica los errores y las negligencias de sus libros".5
     El dictamen de Thomas es veraz eimplacable. De no haber sido por su apellido —que le abría todas las puertas— Klaus Mann estaría olvidado. Su novela más conocida, Mephisto (1936), es undesastre que el cineasta húngaro István Szabò y su primer actor, Klaus Maria Brandauer, redimieron con una película en 1981. Reich-Ranicki, crítico custodio de la familia Mann, explica el oportunismo formal de la novela: Klaus trasladóhechos y sucedidos de los años veinte a los albores del nazismo, con singular torpeza y aviesos objetivos.
     Primera aplicación del mito fáustico al drama del siglo, Mephisto es, desgraciadamente, una crónica didáctica y propagandística. El antihéroe es HendrikHofgen, un talentoso actor comunista que representa a Mefistófeles en el Fausto de Goethe.6 Seducido por Hermann Göring, el actor pacta con el demonio nazi y se convierte en un artista al servicio del iii Reich. La novela es en realidad unacalumnia velada. Hendrik Hofgen es un trasunto apenas retocado de Gustav Grüdens, el primer marido de Erika Mann, más tarde esposa de Auden. Klaus amaba a su hermana y se vengó de su rival con Mephisto. A diferencia de Klaus, estrella del antifascismo en Hollywood en 1936, Grüdens no podía defenderse: se había quedado en Alemania donde utilizó su prestigio como actor para salvar de la muerte a numerosos colegas judíos. Por ello, su hijo adoptivo interpuso un recurso por difamación que impidió que Mephisto se publicara en Alemania hasta 1963.
     Las virtudes de Klaus Mann estaban lejos de la literatura, eran intelectuales y políticas. Le tournant revela a uno de los espíritus más lúcidos de su generación, obra que admira por la capacidad, casi mágica, que poseyó para evadir las engañifas y las ilusiones de los años treinta, década en la que aparece como una especie extraña: el liberal en estado de pureza.
     Fue Klaus, siempre con Erika, quien impidió que sus padres siguiesen viviendo en la Alemania de Hitler. En 1936 Klaus exigió a su padre, ya emigrado, un deslinde público y definitivo del nazismo. Por una vez, El Mago lo obedeció. Una figura tan inaprensible y soberbia como Ernst Jünger recibió del joven Mann un varapalo memorable. Y supo ser generoso con su admirado Gottfried Benn, quien se arrepintió tarde de su inicial simpatía por el nacionalsocialismo. Su mejor obra crítica la dedicó al mejor de lostutores que podía hallar en su tiempo: André Gide et la crise de la pensée moderne (1943).
     El antifascismo fue la actividad cotidiana de Klaus durante quince años. Nunca dejó de dar conferencias, de reunir y traducir a los escritores alemanes, de inventar foros y revistas. Mucho antes de la Solución Final, le explicó a losjudíos norteamericanos el objetivo delnazismo, una forma de antisemitismo nueva en la historia. Privado de su nacionalidad alemana, Klaus eligió, porsolidaridad, llevar el pasaporte checo y unirse a la nación en cuyo sacrificio vio el destino fatal de Europa.
     Klaus Mann fue inmune no sólo al estalinismo, sino al marxismo, filosofía que encontró despreciable por su incapacidad ante la anatomía de la melancolía. En Le tournant, el memorialista se permite reír cuando recuerda a sus amigos marxistas dándole el pésame por Stefan Zweig, que de haber sido miembro del partido, le decían, nunca se hubiera suicidado. Pero su aversión no impidió que pugnase por la solidez de la alianza antifascista con los comunistas, con la URSS, cuyo pacto con Hitler lo llenó de estupor.
     Cuando los japoneses bombardearon Pearl Harbor, Klaus se enroló en el ejército de los Estados Unidos, aun antes de obtener su ciudadanía norteamericana. Creyó que la vida militar templaría sus depresiones, su obsesión suicida que se remontaba a la muerte, de la que casi fue testigo, de su amado René Crevel (1900-1935), su modelo de homosexual, derevolucionario, de poeta. Pero Klaus se equivocó. Toleró con amargura la segregación racial de los negros en el ejército. Cuando se descubrió festejando losprimeros bombardeos aliados de lasciudades alemanas, retrocedió aterrado, preguntándose en su Diario si usar labarbarie contra el enemigo no sería lavictoria póstuma del hitlerismo.
     Soldado en labores de traducción, prensa y propaganda, Klaus hizo la campaña de Italia y llegó a Munich en 1945 a pasearse por las ruinas de la vieja mansión de los Mann. Entendió —y eso lo acercó al suicidio— que regresaba a supatria como vencedor, antes que como
liberador. Las fantasías de un puebloalemán sojuzgado por los nazis se esfumaron. Sus compatriotas habían sido los verdugos voluntarios de Hitler.
     En Alemania entrevistó a tres hombres representativos: el mariscal Göring, Richard Strauss y a un prisionero de guerra alemán. Antes que Hanna Arendt, Klaus vio en Göring la banalidad del Mal:preso, condenado a una muerte segura, el mariscal conserva la imperturbabilidad de un gran señor caído en desgracia. Strauss, rodeado de millones de muertos, sólo le habló de ópera. Y al prisionero,un teatrero muniqués que había combatido por Alemania odiando el nazismo,le pidió —en la carta que cierra Le tour-nant— que no desfalleciese pues advendríala civilización mundial de la paz.
     Cuatro años después Klaus Mann se suicidó. La inminencia de una guerra final entre las democracias y el comunismo lo convenció de la impotencia del individuo ante la historia universal. Algunos han querido ver en aquella solicitud de "acción suicida concertada" una patéticacarta al padre, a Thomas Mann, uno de esos espíritus cuyo suicidio sería necesario para terminar con el letargo. Nadie,naturalmente, accedió a actuar en el teatro de la autoaniquilación al que Klausinvitaba. Tuvo que suicidarse él, eternohijo de su padre, escritor mediocre, incestuoso que calumnió a un hombre justo.
     Los hijos de Thomas Mann, los Buddenbrook tras Dachau, no fueron felices. Tras la muerte del patriarca, Michael Mann también se suicidó. Erika murió gruñendo como el sabueso que era del caudal de la dinastía. La madre, Katia Pringsheim, vivió 97 años y antes de morir en 1980 declaró que la suya había sido una vida marcada por la frustración. Golo, el hijo sobreviviente, recordó su infancia como el reino del silencio, condición para que el patriarca escribiese. Un silencio sólo roto por la brutalidad y la cólera de Thomas Mann.
     Al padre no puede culpársele de la muerte del hijo. Acaso le desagradaríaescuchar que Klaus, su creación más defectuosa, encarnó todas las pesadillas que su genio sublimó con la novela. La homosexualidad latente del padre se realizó en el hijo, amante real o imaginario de su hermana. Klaus nunca ofendió a Thomas. Lo veneraba sin amarlo. Sombras chinescas, el hijo y el padre quedaron condenados a permanecer sin enfrentarse, aparentemente inmóviles. Klaus, a contracorriente de su generación, no podía darse ellujo del parricidio y torpedear la línea de flotación de la familia antihitleriana por antonomasia. Y Thomas sabía más que Mefistófeles de la tradición romántica. Así, esperó pacientemente que Klaus, más un lastre que una amenaza, se hundiera por su propio peso, víctima de la peor de las abominaciones que Thomas Mann podía encontrar en un artista: lavocación sin talento. -