José Vasconcelos, la grandeza del caudillo | Letras Libres
artículo no publicado

José Vasconcelos, la grandeza del caudillo

No la sombra, la luz de un caudillo cultural iluminó la primera mitad del siglo XX y sigue inspirando, a través de mediaciones sutiles, la vida de México: José Vasconcelos. "Es el mexicano mayor del siglo XX", me dijo muchas veces Octavio Paz. Al margen de la obvia relatividad de ese tipo de juicios, quizá tenía razón.
Vasconcelos fue un héroe en el sentido carlyleano del término. Tenía una matriz de cualidades que es difícil encontrar en una sola bio-grafía pero que admiten resumirse y luego desdoblarse en una sola palabra: grandeza.
     Grandeza como sinónimo de diversidad en los papeles vitales que se ejercen por azar o elección, y en el grado de compromiso al asumirlos. Grandeza en el arrojo intelectual, la imaginación y originalidad puestas en cada obra. Grandeza, igualmente, en la dimensión y aún la desmesura de los proyectos, en la fuerza de carácter no sólo para pensarlos sino para llevarlos a cabo. Y grandeza, en fin, en la trascendencia de la creación propia. Unidas por el denominador común de la grandeza, distingo en la vida de Vasconcelos al menos seis vocaciones sucesivas: el revolucionario, el educador, el demócrata, el escritor, el filósofo, el místico.
     Vasconcelos no paseó por la Revolución: la atravesó de pie y a caballo, entre balas y discursos, comprometido con la mente, el corazón y las entrañas. No se subió al tren andando: lo echó a andar. Maderista de primera hora, puso en riesgo y de hecho perdió su buena posición económica en el trance. Fue diplomático del constitucionalismo, ideólogo y poco después efímero ministro de Educación de la Convención, y finalmente conspirador en el exilio. Su visión de la Revolución era intensamente personal y casi incontaminada por las ideologías del siglo XIX y XX: un correctivo social y moral del liberalismo no impuesto sino tutelado por un régimen de inspiración clásica y cristiana.
     Su proyecto educativo, todos lo sabemos, no tuvo parangón en nuestro siglo XX. Su paso por la rectoría de la UNAM dejó mucho más que un lema memorable: abrió el Ateneo de la Juventud a toda la juventud y definió la responsabilidad social de la institución. Meses más tarde, a los cuarenta años de edad, tuvo su momento cumbre en el servicio público, confirió a la educación una aureola de misión religiosa. Platón y Plotino, los misioneros franciscanos del siglo XVI y los jesuitas del XVIII, el mecenas Julio ii y el bolchevique Lunacharsky, Sor Juana y Netzahualcóyotl se dieron cita en el viejo centro de México para inspirar una cruzada educativa que de inmediato sorprendió a propios y extraños por su aliento y originalidad. Nadie en México, ni siquiera Justo Sierra —ese padre fundador de la educación pública mexicana— se había atrevido a instrumentar un proyecto semejante. Daniel Cosío Villegas, el menos sentimental de los humanos, recobró la atmósfera de entusiasmo en aquella aurora nacional:
      
     [...] entonces sí que hubo ambiente evangélico para enseñar a leer y escribir al prójimo; entonces sí se sentía, en el pecho y en el corazón de cada mexicano, que la acción educadora era tan apremiante y tan cristiana como saciar la sed o matar el hambre. Entonces comenzaron las primeras grandes pinturas murales, monumentos que aspiraban a fijar por siglos las angustias del país, sus problemas y esperanzas. Entonces se sentía fe en el libro, y en el libro de calidad perenne; y los libros se imprimieron por millares y por millares se obse-quiaron. Fundar una biblioteca en un pueblo pequeño y apartado parecía tener tanta significación como levantar una iglesia y poner en su cúpula brillantes mosaicos que anunciaran al caminante la proximidad de un hogar donde descansar y recogerse.
      
     Esa cruzada duró apenas tres años. Tal vez a la distancia cabe reprocharle el que no la haya continuado de manera directa, pero esa estancia increíblemente corta fue suficiente para orientar en un sentido misional la vocación de varias generaciones. La creatividad institucional de Gómez Morín en materia hacendaria, la asombrosa labor editorial de Cosío Villegas en todo el orbe de habla hispana, la fundación incesante de obras e instituciones académicas que se desplegó en México entre 1925 y 1950 son inimaginables sin el precedente de la utopía cultural vasconceliana, cuyos ecos resonaron por decenios en todo el continente americano.
     También la democracia mexicana le es deudora. El periodismo que practicó en los años veinte fue una escuela semanal de educación política para la generación estudiantil. Su ráfagas verbales de indignación no pretendían analizar al país: pretendían mover las conciencias. Y Vasconcelos las movió en 1929, cuando los primeros batallones estudiantiles del siglo XX (luego llegarían otros, no menos apasionados, en el 68) tomaban las calles y las plazas con un mensaje libertario que terminó acallado por las balas. Su campaña presidencial —guiada, como todo lo suyo, por un celo apostólico o más bien profético— adquiere tonos nuevos desde la perspectiva de nuestra reciente conquista democrática. Hace apenas unos años, la lectura de sus episodios dejaba un sedimento de irrealidad: un grupo de ilusos en un país de caciques. Ahora sabemos que el país pudo haber adelantado su desarrollo político si en 1929 Vasconcelos hubiese atendido el consejo de Gómez Morín derivando su movimiento a la formación de un partido independiente. No lo hizo porque esa misión lo rebasaba (él era un caudillo y un arquitecto cultural, no un hombre que pudiera consolidar instituciones), pero su lucha preparó el ánimo cívico para la autonomía universitaria en 1933 y la fundación del PAN en 1939. Es una lástima que la decepción en verdad cósmica que le causó la dudosa victoria de su contrincante haya acentuado en él una vertiente intelectual de intolerancia, prejuicio y esquematismo ideológico que con el tiempo lo llevaría a abrazar causas radicalmente enemigas de la democracia.
     Pero esa fue sólo una vertiente, porque en las penurias de su nuevo exilio, ya a los cincuenta años de edad, Vasconcelos trascendió su agravio a través de la creación literaria. En 1929 México perdió un político pero ganó al más impetuoso de sus escritores. Nadie antes o después de él ha abierto su vida al escrutinio público como Vasconcelos. El Ulises Criollo y sus tres sucedáneos no son una puntual autobiografía a la inglesa sino una desgarrada confesión agustiniana. Necesitaba expiar sus pecados y sus excesos, verlos en letra de molde, pero invocar también los vientos, las tormentas, los paisajes de sudor y sangre de aquella década reveladora y terrible. Hay en la prosa misma de Vasconcelos el reflejo de ese estado mental de lucha. Nada más remoto a ella que el regodeo de los adjetivos. Sus verbos y sustantivos cabalgan en un horizonte de pasiones entrelazadas, las suyas y las del país.
     Por esos años continuó su vocación intelectual más arraigada: la filosofía. Nueva zona de grandeza: su apetito de totalidad lo llevó a inventar un sistema filosófico que José Gaos ponderó alguna vez no por su rigor sino por el hecho mismo, tan generoso como anacrónico, de su concepción. Para Vasconcelos la palabra todo era la única medida de las cosas: quiso y a veces creyó saberlo todo, expresarlo todo, transformarlo todo, amar y consumirse en la llama, agotar la pasión, desdeñar los límites y luego salvarse. Hasta en su vida diaria hay la huella de esa ambición: redactaba su Tratado de metafísica en plena campaña presidencial y lanzaba sus invectivas políticas en plena redacción de su Estética. Quiso ser el Plotino americano. No sólo escribió una Todología: la vivió.
     En el fondo de todas sus obras y fundaciones se debatía un antiguo espíritu religioso. Esa es la clave para leer y acaso entender a Vasconcelos. La tarea es compleja porque en su religiosidad participan corrientes muy diversas y a veces encontradas. Hay en él un profeta bíblico semejante a Amós, que profetizaba no para sino contra su pueblo. Hay por momentos un heterodoxo que borda actitudes antinómicas o un ortodoxo implacable e inquisitorial. Su gravitación personal puede hacer mucho bien y mucho daño, sobre todo a los más cercanos: entusiasma y conmueve pero también quema y enceguece. No conoce la mezquindad, el cálculo, la pequeña o grande negociación política. Es un solitario y un romántico. Y más aún, un místico prendiendo fuego a los caminos de la tierra. Su vida es la vuelta en redondo de un católico oaxaqueño que abandonó la fe en la juventud sólo para transfigurarla, a cada paso, en obra laica, en obra humana, demasiado humana para no ser falible y concitar la ira del profeta contra el mundo que no lo comprende, una ira que no repara en nada ni en nadie, ni en sí mismo ni en su legado, una ira que finalmente descansa en la vuelta a ese todo primigenio que es la religión materna, la verdad única, la única fe. El autor de El monismo estético desemboca finalmente en el monismo integral, fuente de paz interna pero también de intolerancia con respecto a otros caminos de la fe.
     En la Biblioteca Nacional pasó los últimos lustros de su vida. En 1941, apenas nombrado director, ya había concebido para ella un proyecto arquitectónico a la altura de su obra fundadora, digno de los famosos "clásicos verdes" que se regalaban en Chapultepec, de las bibliotecas Cervantes, Gabriela Mistral, la Iberoamericana y la Infantil. "Quiero una capilla del Pocito con una cúpula de cuarenta metros de diámetro, como la de San Pedro en Roma". Aunque jóvenes arquitectos avanzaron en los bocetos, aquella consagración de los libros no se llevó a cabo y al poco tiempo —el 27 de noviembre de 1946— Vasconcelos fue nombrado director de la Biblioteca de México. Al llegar, pronunció un discurso notable en el que apelaba a los posibles donantes de bibliotecas privadas, trazaba un ambicioso plan de adquisiciones y suscripciones para mantener viva la institución y advertía sobre los riesgos de una sociedad de "parias", sin libros ni lectores. Como era su costumbre, acuñó un lema: "Mis tesoros liberan".
     Debió reconfortarlo saber que entre los acervos que resguardaba estaba el de su gran amigo recién fallecido, Antonio Caso. ¿Cuántos de esos libros que seguramente volvió a hojear habían sido el tema de discusión en aquellas veladas platónicas en el estudio de Caso en Santa María la Ribera hacia el año de 1908? Y tal vez recorriendo esos estantes recordó otra biblioteca aún más antigua, la de Campeche, primera que conoció en su vida y que evoca en el Ulises criollo: "Entraba en ella con emoción parecida a la que me producían las iglesias [...] el relente de los viejos infolios sugería incienso, y la manera de ensanchar el alma de los libros se parecía al despliegue de la oración".
     Siendo director de esta institución en los años cincuenta publicó La flama, porque su flama interna no se había extinguido: estaba hecha de ira por el despojo del 29, "pesimismo alegre" por la obra educativa, pasión filosófica y contemplación religiosa. También escribía las Letanías del atardecer. Una joven periodista que lo visitó en sus años postreros entabló con él una conversación deliciosa sobre su papel en la historia mexicana, al cabo de la cual escuchó bajo la mesa un sonido peculiar: las cuentas del rosario. Ese hombre tocado por el absoluto hasta el final y aún en lo más nimio era Vasconcelos. Con esa óptica hay que verlo y leerlo. A muchos les repugna recordar al Vasconcelos de los últimos años. A mí me duelen y entristecen las aristas de prejuicio racial en sus escritos y panfletos, pero esos textos no mellan la admiración que siento por sus libros principales, los que leo de pie. Su vida está allí, abierta y escondida, escindida, para que alguien se atreva a emularla o a comprenderla, no a condenarla.
     Es un buen signo de estos tiempos democráticos el que festejemos la Revolución Mexicana no por sus ejércitos y balas sino por sus maestros y sus libros. Y es mejor augurio el que converjan entre libros las palabras México y Vasconcelos. "Aquí hay, mexicanos —dijo en su conferencia inaugural— albergue seguro y sereno para esos seres de espíritu que son los libros,almas silenciosas que en cada lector resucitan con variedad nunca agotada". Es verdad, como los trabajos y los libros de aquel Ulises mexicano, alma ahora silenciosa que resucita entre nosotros con vigencia nunca agotada. -