José María Pérez Gay (1943-2013) | Letras Libres
artículo no publicado

José María Pérez Gay (1943-2013)

Conocí a José María Pérez Gay hacia 1978, cuando estaba a punto de lanzarse la revista Nexos. Prójimo y próximo de Héctor Aguilar Camín, había llegado de Alemania, en donde había radicado quince años, luego de haber pasado por la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM. Había vivido en Berlín y en otras ciudades, estudiando y representando a México. Casi siempre iba vestido de aterciopelada y fina lana gris, tela que correspondía a sus maneras suaves y comedidas de diplomático en retiro. Se daba el lujo de pagar un taxi de sitio que lo esperaba mientras uno se tomaba un café con él en el Sep’s de la calle Sonora. Su nombre tiene cuatro elementos: es plural, octosílabo. Pérez Gay era múltiple y en su último apellido se insinúa la ciencia jovial de Nietzsche, la Gaya Ciencia que él parecía dominar con una mezcla de desenvoltura y desencanto que lo distinguía como un emisario de otro tiempo.

Múltiple Chema: novelista difícil y audaz en su admirable e incomprendida primera novela La difícil costumbre de estar lejos, en cuyo título hace eco la ascesis del desdoblamiento y la autoobservación; ensayista devorador en El imperio perdido, biografía de una civilización desaparecida y añorada; traductor fino y aguerrido, a veces relampagueante pero no siempre perrunamente fiel de Elias Canetti, Karl Kraus, Hans Magnus Enzensberger, Paul Celan, entre los principales autores que su curiosidad oportuna supo conectar con la sensibilidad local y cuyo conocimiento en México le debemos a él. Cinéfilo, mundano y político, llegó a ser director fundador de Canal 22 y desde ahí prodigó su conocimiento de la cultura escénica, la música y el cine; fue también consejero áulico del principal dirigente del partido de oposición en las elecciones de 2006.

Si sus conferencias nos parecían brillantes, sus conversaciones lo eran más: no siempre dejaba hablar a su interlocutor. Tenía sentido del humor, pues su risa era por fuerza políglota: a veces ironizaba como florentino, otras daba carcajadas eslavas, cuando callaba sonreía con labios tristes de tanta Praga. En su mirada podía relampaguear la locura y la malicia, incluso el odio. Aunque podía ser un imitador pasable en persona, lo era mejor por escrito: en la improbable historia de la parodia y el pastiche made in Mexico su nombre deberá figurar por fuerza junto al de Carlos Fuentes y José Emilio Pacheco, sus maestros. Era capaz de discutir porque recordaba con envidiable soltura los argumentos. Recuerdo la fluidez con que sabía exponer las ideas de André Glucksmann en su libro sobre Solyenitzin o el tono a medias histérico de Bernard-Henri Lévy cuando aquellos “nuevos filósofos” vinieron a México. Pérez Gay era –quién lo pondría en duda–, una mente ágil y rápida: a veces tan veloz que pasaba sin que casi nadie lo notara de la filosofía a la opinión.

Su intuición clave para mí fue la de haber presentido que había puentes aunque invisibles no menos reales entre la larga agonía del Imperio austrohúngaro, la Viena de Freud y de Wittgenstein y la antigua escuela política y diplomática mexicanas de las cuales él fue una de las manifestaciones más sazonadas y tardías. Si nos pusiésemos a clasificarlo entre las escuelas filosóficas del helenismo tardío, concederíamos que Pérez Gay fue un ejemplo de las contradicciones del criptocatolicismo y el neopaganismo en la edad del Limbo o la ansiedad de que habla Dodds. Ese ejercicio no será muy útil si antes no se esclarece si fue un aprendiz de la esperanza o del desengaño. José María Pérez Gay escribió un par de libros que se pueden releer con placer desinteresado, y fue uno de los mejores lectores en nuestra cultura de Kafka y de Canetti. Dilapidó su capacidad de admiración en las rústicas páginas de nuestra prensa, derrochó con prodigioso y casi bíblico desprendimiento su talento e ingenio. Era uno de los que estaba al día y sabía correr la voz y el rumor, atento como se encontraba al más leve ruido perturbador de los pasillos palaciegos. Por eso formaba parte de ese no tan cerrado círculo de la opinión que a los electores más que a los lectores permite entrever las leyes que rigen el mundo del mando. Se quería poner del lado de la esperanza, pero lo fascinaban la ceniza y la devastación. Las masacres de Camboya no tenían secretos para él, y le era familiar el diario del doctor Hachiya en Hiroshima. José María Pérez Gay parecía haber bajado al infierno –pero no presumía de su familiaridad con el horror– y haber regresado de ahí como si nada hubiera pasado. La conciencia de la responsabilidad por ese conocimiento le daba un brillo intransferible a sus ojos. No será fácil esconder en el olvido esa mirada vigilante que su cortesía apartaba del interlocutor para no abrasarlo con ella. ~