Jorge Cuesta, crítico literario | Letras Libres
artículo no publicado

Jorge Cuesta, crítico literario

Está Jorge Cuesta y están los demás críticos literarios. Ellos se esfuerzan y a veces aciertan; comentan un libro y luego otro libro hasta adquirir algo de carácter; redactan con pena, como si sospecharan que es mejor no escribir nada o intentar, como los otros, un puñado de versitos. No Jorge Cuesta. Lo primero que sorprende de Cuesta (1903-1942) es su obvia vocación crítica. El hombre tiene veintidós años cuando publica su primer texto –una reseña de Santa Juana, de George Bernard Shaw– y ya es entonces un crítico literario. Lo sigue siendo meses, años después, cuando analiza obras, alienta polémicas, fulmina a autores, firma una antología y escribe poemas que ejercen la crítica por otros medios. No dejará de serlo, y con cuánto brillo, hasta el último de sus días (se sabe: la locura, la castración, el suicidio). Si son muchos los entusiastas que creen haber nacido para médicos o poetas, son pocos, casi ninguno, los que nacen para críticos literarios. Cuesta fue uno de ellos, y qué fortuna: era la inteligencia más potente de su generación.

Está Jorge Cuesta y están los demás críticos literarios. Ellos viven malamente y de mala gana (como quería Sartre, sus mujeres no los aprecian; sus hijos son ingratos; los finales de mes, difíciles). No, otra vez, Cuesta. Además de natural, su figura tiene algo de sagrado. Sería sencillo hacer de él –como ya se hizo de Walter Benjamin– un mártir de la crítica literaria: su vida es breve y trágica; su obra es escueta y oscura y luce inconclusa, como dispuesta al desvarío hermenéutico; su ascetismo; su demencia... Sería sencillo mitificarlo y, sin embargo, nada más adverso al propio Cuesta: su obra toda se bate contra las tentaciones románticas. Como nadie más en la literatura mexicana, Cuesta se empeñó en “desromantizar” el discurso y combatir el irracionalismo. Más todavía: intentó privarnos de un cuerpo que pudiera ser sacralizado: primero escribiendo una prosa impersonal, desprovista de sensualidad, y luego mutilándose físicamente. En vez de una leyenda habría querido ser un método o un dispositivo. Deseaba ser mero pensamiento, y ¿para qué consagrar una idea, un punto de vista?

Lo mejor, lo más justo, sería ocuparnos de la inteligencia de Cuesta. Pero hay un problema: es difícil mirarla de frente. Puede decirse: es tanta su lucidez que, de pronto, enceguece. O: a pesar de su anunciado clasicismo, hay algo sombrío, no del todo comprensible, en su pensamiento. De un modo u otro, hay que afirmar que su inteligencia es insólita: apolínea pero embriagada; sensata pero demente pero sensata. Por lo mismo, no es enteramente legible. Como ha mostrado Francisco Segovia en La cicatriz en el espejo, en el principio está el afán de Cuesta de desaparecer: abolir al yo y sus caprichos para que predomine el pensamiento. ¿Qué está después? No la calma de los clásicos ni formas fijas y estables. Una inteligencia solitaria y encendida, tan soberana que se emborracha de sí misma. Un pensamiento intenso y suicida, capaz de consumirse a la vuelta de una idea. Eso importa: aunque Cuesta riñe con los románticos, no ofrece una solución a la vieja disyuntiva romanticismo/clasicismo. Mejor así: permanece incómodo; critica una tradición pero es incapaz de habitar la otra. De ahí su vigencia: no es ejemplo de un hábito sino una inteligencia viva, en busca, aún, de una salida.

Puede verse la portada de Los Contemporáneos ayer, el estupendo libro de Guillermo Sheridan. Son nueve los retratos que aparecen en ella (las cejas depiladas de Novo, la facciones frágiles de Villaurrutia, el rostro obsoleto de Torres Bodet...) y el de Cuesta descansa en el centro. No sé si está allí estratégicamente pero yo empiezo a pensarlo de ese modo: Cuesta me parece, cada vez más, el núcleo de los Contemporáneos. No fue el poeta más fino ni el escritor más versátil del “grupo sin grupo”. No dejó, como Gorostiza, una obra maestra (“Canto a un dios mineral” es algo menos y algo más) ni le compitió a Novo el rol del escritor experimental y pionero. Fue el pensador –literario, político, moral– de la generación. A la distancia parecería que el grupo no tuvo necesidad de firmar un manifiesto porque Cuesta era, de algún modo, el manifiesto. Muchos de sus conceptos y prácticas (el elogio del cosmopolitismo y la censura del nacionalismo, la crítica de las veleidades románticas y la defensa de un riguroso clasicismo, la atención con que pensaba la literatura, la idea de que la creación debía ser ante todo crítica) son prácticas y conceptos que hoy relacionamos con los Contemporáneos, a pesar de que algunos de sus miembros –Torres Bodet, Ortiz de Montellano– representaban casi lo contrario. A la manera de los críticos mayores, Cuesta ofreció un programa a sus vecinos y modificó de inmediato el panorama literario que pisaba: advirtiendo aliados y enemigos, firmando y defendiendo una antología, participando –y decidiendo– las polémicas de su época, aventurando una interpretación general de la literatura mexicana escrita hasta entonces.

Pobres de los críticos fechados: opinan contundentemente sobre su presente pero no tienen nada que decir a los lectores futuros. Los mejores críticos –Baudelaire, Benjamin, Barthes...– no dejan de leer la literatura ni siquiera cuando han muerto: algo dicen de las obras posteriores, uno puede leer desde sus ideas. ¿Es posible leer la literatura actual desde Cuesta? Por supuesto, y también en su contra: el hombre, más que una obra, fue una manera de entender la literatura y de ejercer la crítica literaria. De sus ensayos puede desprenderse un programa contundente: suspender el gusto y analizar con hondura; leer cercana y formalmente las obras; atender su trazado conceptual; desdeñar las lecturas sentimentales; escribir un castellano oscuro y denso capaz de recrear lo que glosa; desaparecer el cuerpo para que el pensamiento, y no el cuerpo, dance y desvaríe y se prenda. He aquí una idea radical: continuar a Jorge Cuesta. ~