Jonathan Swift | Letras Libres
artículo no publicado

Jonathan Swift

Tengo que dormir rodeado de libros en previsión del insomnio. Y viajo siempre con una carga más o menos pesada. En las últimas semanas he vivido, he viajado y hasta he dormido en compañía de un grueso volumen de obras de Jonathan Swift, el diácono irlandés que vivió entre la segunda mitad del siglo XVII y bien entrado el XVIII (1745) entre Irlanda e Inglaterra. Leí alguna vez en mi juventud los Viajes de Gulliver e incluso traduje del inglés, por encargo de una editorial que nunca llegó a existir, el Viaje al país de los houyhnhnms. Hace poco, releyendo las historias del médico cirujano y capitán de marina Lemuel Gulliver, sospeché que nunca habría podido llegar tan lejos como él. Conducido por el azar, por la curiosidad, por el espíritu de aventura, Gulliver se desvía de ruta en cada uno de sus viajes, con equipaje más bien ligero, sin el ancla de los libros, y se encuentra de pronto, como si hubiera pasado de la vigilia al sueño, pero sin darse cuenta, en sus países imaginarios. Son, hasta cierto punto, pretextos filosóficos, pero van mucho más allá. Son, además de pretextos o fábulas instructivas, verdaderos territorios de la imaginación, espacios inquietantes, dotados de leyes precisas y que pertenecen de lleno a la literatura fantástica. De ahí el éxito de Swift, el menos simple, el más lúcido, el más implacable y amargo de los escritores, como autor para niños. El juego de los liliputienses, con sus flechas que alcanzan a producir un ligero escozor, el de los gigantes, el de los habitantes de una isla voladora, el de los honrados caballos, deben leerse como metáforas, como alusiones a otras cosas, pero también como narraciones válidas por sí mismas. No olvidemos que el Doctor Johnson incluyó a Swift en sus Vidas de los poetas. El eclesiástico irlandés era un enorme escritor satírico, un luchador apasionado, un enemigo furibundo de los tiempos nuevos, los del dinero y de la burguesía, un defensor de las formas arcaicas, rurales, conservadoras, de vida, pero, además, aparte de objetivos puntuales y de programas, era un creador de ficciones, uno de los más grandes prosistas que ha producido la lengua inglesa. El Swift de la historia y el de sus invenciones están entrelazados en una de las construcciones novelescas más complejas del siglo xx, el Finnegans Wake. Como Joyce era un formidable escritor paródico, se podría sostener que convirtió a Swift en algo muy parecido a un heterónimo. La risa desaforada de Joyce no existiría sin el Swift de Historia de una barrica o de Una proposición modesta.
     Viajé, pues, cargado con un grueso tomo de Jonathan Swift, a la Patagonia chilena, a una Feria del Libro de Goyhaique. Lo hice con la mayor inocencia, sin conocimiento ni estudio previo de los lugares, sin ideas preconcebidas. Como viajaba, o pretendía que viajaba, Lemuel Gulliver. Al llegar al aeropuerto de Balmaceda, al divisar en la distancia las dos casas rojas de la aduana argentina, pensé que los países de Swift debían de encontrarse detrás de las montañas nevadas, después de atravesar selvas frías incendiadas hace alrededor de un siglo, en medio, quizás, de la pampa, que en estas regiones llega hasta el lado chileno. Lo pensé sólo para mí. No parecía prudente hablar de estas cosas frente a jóvenes desmelenados y a niñas de faldas plisadas, muy cortas, que bailaban al rap con un frenesí de autómatas, o frente a los viejos de la segunda generación coyhaiquina, quienes hacían recuerdos de la guerra de Chile Chico, comentaban sus batallas particulares y estaban en desacuerdo con casi todo, sobre todo si provenía del inasible y huidizo Centro. Los autómatas bailarines de rap sin duda pertenecían a la raza ensimismada e intensa que encontró Gulliver en el Reino de Laput. "Sus cabezas", cuenta el capitán de mar, porque conviene insistir en que habla Gulliver, personaje de la imaginación, y no el deán de la Catedral de San Patricio, "estaban reclinadas sea hacia la derecha, o hacia la izquierda; uno de sus ojos estaba vuelto hacia adentro, y el otro se dirigía directamente al cenit. Sus vestimentas exteriores estaban adornadas con las figuras de soles, lunas y estrellas, entretejidas con las de violines, flautas, arpas, trompetas, guitarras, clavecines y muchos otros instrumentos musicales desconocidos para nosotros en Europa..." Y que en la Patagonia, que está muy lejos de Europa y cerca, en cambio, de cascadas altas y estrechas y que a primera vista parecen congeladas, junto las numerosas cuevas con santuarios y cirios encendidos, podrían encontrarse y hasta interpretarse, en sus signos y sus símbolos, con la mayor naturalidad de este mundo. Los personajes vestidos de lunas y de violines y que viajaban en la isla voladora tenían una actividad intelectual tan intensa, tan vertiginosa, que era necesario despertarlos cada cierto tiempo con un golpe ligero. Cuando se lo podían permitir, andaban en compañía de ayudantes armados de un bastón rematado en una vejiga rellena con arvejas o con guijarros. ¡Para golpearlos y mantenerlos despiertos!
     Los Viajes de Gulliver nos sacan de la rutina, nos llevan a mirar el paisaje con otros ojos. Después de darnos su golpe de advertencia y de estímulo. Son un canto a la idea de la relatividad de las cosas, a la tolerancia, a la indispensable crítica, pero también a la broma necesaria. Sólo un voraz lector de satíricos ingleses como Machado de Assis, el brasileño de hace un siglo o poco más, pudo decirnos en el prefacio de Dom Casmurro que había escrito su libro con "la pluma de la broma y la tinta de la melancolía". Si las sociedades humanas se reducen a dimensiones diez veces menores o se multiplican por cinco, el ridículo de las situaciones salta de inmediato a la vista. No se puede amar a una persona de estatura diez veces menor a la nuestra. Ni admirar la piel de una giganta, por joven y tersa que sea vista por sus iguales. La pluma de la broma se nos impone, con una buena dosis de bilis en la tinta. Los habitantes de Liliput, por ejemplo, hacen feroces y prolongadas guerras contra sus vecinos del país de Blefuscu debido a la forma de romper un huevo antes de hervirlo. Existen los "Big-Endians", los partidarios de romperlos por la parte ancha, y aquellos que defienden a costa de su vida la teoría inversa, la de partirlos por el extremo más angosto. Los textos doctrinarios, fundacionales, sólo dicen, sin embargo, que los creyentes deben quebrar los huevos por "el extremo más conveniente". Los fanatismos que mueven al mundo, en otras palabras, no tienen ni el menor sentido. Eso es lo que nos insinúa el deán Swift, un hombre que se transformó en el paladín del bando Tory, el de los conservadores de Inglaterra, porque detestaba muchas de las formas que empezaban a tomar las sociedades modernas. Su visión de la política iba acompañada, eso sí, de una defensa en profundidad de los derechos del Parlamento frente al absolutismo. Y se convirtió, en sus últimos años, en un paladín de las libertades irlandesas. Era, en otras palabras, un heterodoxo, un conservador liberal, un antecesor directo de autores de la familia de Huxley, Bernard Shaw y George Orwell. La fantasía de 1984 o de Animal Farm no difiere demasiado de la de los Viajes de Gulliver, pero me parece que las ficciones de Swift son más sutiles, más misteriosas, más sorprendentes. Se podría sostener que Swift es el escritor de lengua inglesa más cercano a Franz Kafka, a pesar de las enormes diferencias. Así como Joyce, pariente literario suyo, lo es a Rabelais.
     Leer a Swift en la Patagonia, bajo las estrellas del extremo sur del planeta, en tierras legendarias, es una experiencia única. El método de Swift consiste en mirar la realidad supuestamente normal, desde tierras remotas situadas más allá de los límites, anormales, en la medida en que la imaginación y la anormalidad tienen algún tipo de parentesco. Inventó un género que podríamos llamar del viaje filosófico, género al que pertenecen con la mayor propiedad las posteriores Cartas persas de Montesquieu. Ahora bien, hay parajes geográficos en los que cualquier viaje real, no imaginario, se tiñe de irrealidad. Con ayuda, desde luego, de la imaginación y de la literatura. Alguien me propone salir a explorar los alrededores de Coyhaique. Según la persistente leyenda, hacia el sur, detrás de una montaña, había un lago tibio, de aguas que prolongaban la vida, y se levantaba la Ciudad de los Césares, equivalente patagónico de El Dorado y de muchos otros espacios mágicos. Somos cuatro personas en un jeep, en una mañana de lluvia permanente, y nos internamos por un camino de montaña, entre cascadas, quebradas, paisajes de árboles calcinados hace un siglo y recubiertos por el musgo. Divisamos en la distancia, al fondo, las riberas sinuosas del Lago Elisalde, que se interna entre ramificaciones cordilleranas durante decenas y decenas de kilómetros. Nos han hablado de una casa situada en una lengua de tierra, entre dos lagos, donde nos podrían dar hospedaje. Todo está cerrado a machote, de manera que tenemos la impresión de habernos equivocado de camino. Grandes troncos recubiertos de musgo, colocados como barreras, nos cierran el paso. El dueño del jeep y yo, personas testarudas, cruzamos por una portezuela y nos internamos por el barro. Al cabo de un rato, divisamos a dos figuras que se acercan desde lejos: una mujer gruesa, de baja estatura, protegida por un impermeable amarillo, y algo que parece un perro gordo, tan alto como ella. Los dos seres caminan con tranquilidad, con paso regular. Cuando se acercan, comprendemos que el supuesto perro es una oveja enorme, bien disciplinada, de nariz puntuda, de ojos rojizos y tranquilos. Preguntamos por el cuidador de la casa que se encuentra al fondo. Nos han hablado del fuego de una gran chimenea, de ventanales que dan a los lagos convergentes, de un corderillo nuevo asado a las brasas. "Lamentariamente", nos dice la señora del impermeable amarillo, "el cuidador se fue ayer o antes de ayer a casa de sus padres". La voluminosa oveja mira a la señora. Nos mira después a nosotros, con expresión irónica, y tengo la impresión de que corrige entre dientes: "Lamentablemente". Le explico a mi acompañante que acabamos de ingresar al País de las Ovejas, y él no sabe si hablo en serio o en broma. Tengo la sospecha, por mi lado, de que las ovejas del Lago Elisalde son seres más arrogantes que los houyhnhnms, los caballos de Gulliver, más interesantes y agradables que los yahoos, los seres humanos degenerados que hacen de sirvientes suyos, y de que tienen una inteligencia notable en materias de gramática y de filología, a diferencia de los habitantes de la Isla Voladora, que sólo saben de matemáticas, geometría y artes musicales. "¿Qué encontraste?", me preguntan la joven periodista y el escritor maduro que van sentados en el asiento de atrás. "Ya les voy a explicar", contesto: "cuando nos encontremos en un lugar cerrado y donde nos ofrezcan una copa de vino".
     Los liliputienses somos nosotros vistos con un lente invertido. Los gigantes son nuestra versión aumentada. Los habitantes de la isla voladora de Laput representan el delirio de nuestra mente lógica, matemática, musical, impecable, brillante, pero peligrosa cuando decide aplicar sus teorías. Son seres que tienden a la distracción, a la ausencia, al menosprecio de los hechos, y que es necesario mantener despiertos. Los caballos, los houyhnhnms, son la nobleza incomprendida, el respeto absoluto de la verdad, una raza que necesita utilizar frases elípticas para comunicar el concepto de mentira, algo que sólo conocen a la perfección, para su desgracia, los humanos. Los yahoos son caricaturas degradadas, hombres colocados en el límite de la bestialidad. El nuevo país de Gulliver, el de las Ovejas Gramáticas y Filólogas, está todavía en espera de su narrador. No es imposible que las ovejas correspondan a alguna de las categorías de los críticos definidas en Historia de una barrica, o que merezcan, quizás, entrar en una categoría nueva. El humor de Swift adquiere por momentos un zumbido delirante. Lean ustedes Una proposición modesta, un conjunto de consejos y de recetas para cocinar a los niños de Inglaterra en años de hambruna. Jonathan Swift, el deán de San Patricio, murió, se dice, con la mente perdida, de 78 años de edad, y fue enterrado en un sitio, como reza su lápida, "donde la justa indignación ya no podía romperle el corazón nunca más". -