Joaquín Gutiérrez Heras (1927-2012) | Letras Libres
artículo no publicado

Joaquín Gutiérrez Heras (1927-2012)

No deja de ser elocuente que la partitura más recordada de un compositor –y acaso la única de su autoría interpretada con regularidad– lleve por título Postludio. Así nada más. Sin algo que la anteceda de manera clara o manifiesta y que justifique su nombre. Tampoco arropada por una explicación cabal que termine de arrojar luz sobre ella.

Y eso es justamente lo que acontece con la obra creativa del recientemente fallecido Joaquín Gutiérrez Heras –“Quinos” para su reducido grupo de amigos–. Su Postludio –tríptico orquestal de unos once o doce minutos que lo mismo echa mano de los modos griegos que del contrapunto formal– no solo se ha convertido en una suerte de autógrafo sonoro del autor –incluso por encima de sus abundantes composiciones para cine–, sino que ha pasado a ser una de las escasas partituras mexicanas posteriores al movimiento nacionalista capaz de ingresar a ese pírrico olimpo llamado “repertorio nacional”.

Más de una vez el notable compositor poblano habló acerca del significado de este título y en más de una ocasión lo asoció incluso con la noción de un Requiem. Lo mismo habló de él como de una obra que conmemora o recuerda algo que la antecede, que lo asoció con la rememoración de alguien que ya no está. A la luz de la desaparición física de su autor, una reflexión al respecto bien puede hacer las veces de mínimo esclarecimiento.

Tal vez la fama de su Postludio no obedece a una casualidad o a un capricho de los programadores, sino que de alguna manera enmarca y describe su obra completa (camerística, sinfónica, concertística, vocal, para cine...). Y acaso lo hace precisamente porque la define: Joaquín Gutiérrez Heras –personaje y músico– es alguien y algo que acontece de manera inesperada y atípica tras muchos otros alguienes y algos más predecibles. Su obra, esta obra que llega tras tanta música mexicana que se ha comprometido con todo menos consigo misma, resulta invariablemente personal, autónoma e independiente; refractaria a las modas y a los “ismos”. En todo caso –como indica el propio título al que se hace referencia– viene después de ellos, pero no precisamente de ellos. Fue y es un corpus sonoro que solo rinde cuentas a su autor: a su bagaje, tradición y canon personalísimos; pero, por encima de todo, a su propio oído y gusto. La música de Gutiérrez Heras se deja hoy escuchar con toda claridad como música escrita para sí mismo, para su propio placer. Así de simple y así de osado.

Se dirá –no sin razón– que lo último que uno asociaría con obras como su Divertimento para piano y orquesta o su Sinfonía breve o su De profundis es el hedonismo que parece desprenderse del aserto anterior. Sin embargo, me parece que es precisamente en esta aparente contradicción donde radica el mayor atractivo de su legado musical: Gutiérrez Heras escribió música con elsimple ymodesto propósito de darse gusto; de escuchar en sus composiciones los ecos modales y lejanos de un Monteverdi o un Schütz, o voces muy presentes como la de su siempre amado Lutosławski. Nunca parecieron preocuparle las invectivas con las que se le acusaba veladamente de conservador y tradicionalista. Tampoco le importó hacer denuesto del dodecafonismo de un Schoenberg o un Webern –a pesar de echar mano de él cuando le venía en gana siempre y cuando fuera a manera de recurso y no de finalidad obsesiva–. Su obra pareció desentenderse de todo, sin ignorar nada, hasta convertirse en un diálogo reposado, solitario y permanente entre él y su música. Corrijo: entre él y la música. Por eso resulta tan atractiva. Porque pocas cosas hay que atrapen tanto nuestra atención como escuchar las conversaciones privadas de los otros.

Algo semejante ocurre al escuchar la música de Gutiérrez Heras. Y mucho más. Ahí quedan, a lo largo y ancho de su obra, rasgos notables como su capacidad de orquestación, como el dominio pleno de las formas a través de su manipulación, o como una economía de medios que rehúye cualquier gesto minimalista y que en cambio alcanza una capacidad de decantación envidiable. Y ahí queda también un pragmatismo inflexible –valga el oxímoron– que seguramente fue fruto de su oficio como compositor para el cine. Un pragmatismo que le permite enfocar con claridad “la situación” musical y transmitir las emociones de manera precisa. Sin distracciones ni disipación estéril de energía o de recursos.

Si el cine permite explicar uno de los rasgos más distintivos de la personalidad musical de este autor, hay otros aspectos de su vida que no pueden soslayarse. Por ejemplo, su furtiva pasantía por la carrera de arquitectura y la inevitable noción de las formas que obligadamente le debe haber dado. O su preferencia por la educación musical flexible, abierta e integradora de los Estados Unidos –se graduó como compositor en Juilliard–, por encima de la rigidez escolar que veía en la francesa –a pesar de haber tomado clases ni más ni menos que con Olivier Messiaen y Nadia Boulanger. Incluso su larga estancia como director de Radio UNAM.

Seguramente la muerte de Gutiérrez Heras le traerá homenajes. Todos justos y necesarios. Con toda probabilidad durante cierto periodo se programará su obra con frecuencia. Ojalá –eso es más deseable y menos probable– que también su música termine de ser editada. Sin embargo, otro buen tributo para este notable creador mexicano sería poner atención a una palabra que me parece clave para explicar su producción y su trayectoria: “discreción”. Discreción en el mejor sentido y de modo literal. Es decir, como sensatez y tacto para hablar; reserva y prudencia para obrar. Lejos de que estos atributos resulten cortapisas artísticas, en él y en su música se tornan providenciales. La ausencia de toda parafernalia es su mayor rasgo de contundencia. Su rechazo a la prosopopeya deviene persuasión. Y su desdén por la artificiosidad, hondura.

Joaquín Gutiérrez Heras y su música representan, pues, un ejemplo afortunado de lo que puede alcanzarse con esa suerte de discreto encanto que siempre lo acompañó. ~