Intelectuales y petróleo | Letras Libres
artículo no publicado

Intelectuales y petróleo

 

Objeto de un intrincado proceso de construcción cultural, plagado de relatos heroicos, leyendas negras y anécdotas melodramáticas, el petróleo condensa episodios históricos y aspiraciones nacionales y se vuelve un referente de identidad, casi impermeable a la asimilación de nuevas circunstancias. Si a la profusión de mitologías y pasiones colectivas que despierta el petróleo se suman la complejidad y el carácter eminentemente técnico de la deliberación sobre la naturaleza, evolución y opciones de la industria petrolera, se tendrán los ingredientes para una discusión especialmente difícil.

Este año, la eventualidad de una reforma al marco legal de la industria petrolera ha despertado un debate de amplias ramificaciones. A lo largo del debate, se han revelado tanto las dificultades de la deliberación democrática como las tentaciones de la imposición. En la política democrática normal, la función de los antaño indispensables intelectuales públicos resulta un tanto deslucida y su papel se ve opacado por los llamados intelectuales por certificación (técnicos, expertos, encuestólogos); sin embargo, cuando los grandes debates que permanecen difusos y latentes se reavivan, los intelectuales públicos pueden volver al escenario, manifestar su opinión, adoptar una postura y ejercer su magisterio moral. El debate petrolero, por el peso simbólico y político del tema, ha atraído la atención de un público copioso y ha propiciado la intervención de numerosos intelectuales viejos y nuevos, especialistas y generalistas. En particular, algunos intelectuales han encontrado en el petróleo una coyuntura climática, el reavivamiento de una causa de largo alcance que los proyecta en el mercado de la opinión pública y que les permite representar la unidad del saber y la ética edificante, en una nueva “disputa por la nación”, que se supone llena de tensiones y definiciones heroicas.

Algo que da una idea del pasado sentimental del petróleo en México es que gran parte de esta discusión se ha concentrado en aspectos conceptuales y jurídicos (la constitucionalidad o el grado de privatización que promueven las eventuales reformas) y se ha dedicado mucho menos espacio a aspectos como la viabilidad y la eficiencia. Como es natural, las posturas tienden a polarizarse y pocas veces se encuentran términos medios. En particular, se han enfrentado una trama de la inevitabilidad y la urgencia y otra de la defensa de la soberanía, a veces con argumentos atendibles, a veces con un arsenal de simplificaciones. Por un lado, ha faltado una mayor diseminación de información y elementos de juicio para ilustrar y persuadir de la naturaleza de la economía y la industria petrolera actual, del rumbo de las prácticas internacionales y, por ende, de la racionalidad y la necesidad de reformas; por el otro, se ha desplegado una escenificación de la defensa de la patria, con sus rituales, consignas y apelaciones sentimentales al capital, avejentado pero efectivo, del nacionalismo. De ambos lados se han visto diversas distorsiones del discurso desde lo que Hayden White ha llamado “ficciones de representación fáctica”, es decir, una mezcla de supuestos políticos e inferencias morales, aderezadas con una pretensión de imparcialidad, conocimiento experto y sustento empírico hasta el mero bullshit, esa labia sin preocupación por la verdad, que ha escudriñado Harry Frankfurt.

En este sentido, la nostalgia ilustrada sugiere que la esfera pública organizada en torno a los intelectuales es un espacio de coincidencias en el que pueden zanjarse los abismos entre las expectativas, intereses y niveles de información de diversos segmentos de la población; en el que pueden armonizarse mínimamente la deliberación de los expertos y la emoción de las mayorías. Sin embargo, esta credulidad en las virtudes de la discusión pública conducida por los más doctos debería matizarse, pues la polarización entre los intelectuales es tan grande como entre las fuerzas políticas: desde la coyuntura electoral muchos intelectuales han adoptado un partido y han sucumbido a las tentaciones del protagonismo. Esta propensión se maximiza dado que en el mercado de la opinión aún se carece de los incentivos para que se intervenga con verticalidad y consistencia. A lo largo de la historia reciente, la participación de los intelectuales revela muchos episodios de obediencia ideológica, incongruencia personal e irresponsabilidad declarativa. Sin embargo, no parece haber una sanción social hacia el intelectual ligero y locuaz, hacia el profeta equivocado o hacia el apólogo de la violencia; por el contrario, el brillo y estimación dependen más de la postura inflamada y la figuración frecuente que de la seriedad de los argumentos o la congruencia de las actitudes. De modo que quizás el mayor problema para un diálogo de buena fe sea la rentabilidad de la afirmación taquillera, la inimputabilidad de ciertas figuras sacralizadas por la inercia de sus pares y el olvido de que el diálogo intelectual habría de ser parte de la educación cívica y no del adoctrinamiento.

En un debate tan importante sería deseable tratar de afinar el juicio con una alta y honesta “vulgarización” de las ideas, con la presentación de alternativas, con una fusión de expectativas que comience por la voluntad de no satanizar, por la intención de acercar vocabularios y supuestos, por evitar el blanco y negro y resaltar la variedad de grises. Cierto, cuando la letra y el pensamiento retroceden frente a la imagen y el ruido, el intelectual no debería hacerse demasiadas ilusiones sobre su incidencia en las decisiones relevantes y las políticas públicas, pero sí podría evitar sumarse a la propaganda y aminorar, con un poco de escepticismo y autodisciplina, la confusión y la polarización. ~