Informe desde La Habana | Letras Libres
artículo no publicado

Informe desde La Habana

Escribir para el público mexicano sobre la situación que se vive en nuestro país comporta un gran reto, y también un riesgo grande, por la tradicional simpatía y amistad del pueblo mexicano hacia el pueblo cubano y la percepción, quizás equivocada y magnificada, que tienen los mexicanos sobre el presidente Castro.
No considero que tengo la verdad absoluta, pero creo que tampoco el gobierno cubano divulga la verdadera realidad que está viviendo nuestro sufrido pueblo; y a eso se suma la continuada negativa del gobierno a tomar las verdaderas y necesarias medidas para que el pueblo pueda recuperarse económicamente y mejore su nivel de vida, además de mantenerlo al margen de las decisiones económicas y políticas, con lo que niega el principio de soberanía popular reconocido en el artículo 3 de la Constitución vigente.
     Hecha esta aclaración creo que será un poco más fácil para mí explicar mis puntos de vista al público mexicano sobre el controvertido y difícil tema cubano.
      

Una radiografía del presente
La situación actual en el panorama cubano se caracteriza por la crisis económica que padece el país desde hace varios años, y que el gobierno cubano ha llamado eufemísticamente "periodo especial" en tiempo de paz. A pesar de que el gobierno pretende ignorar la crisis, al menos desde el punto de vista informativo en la prensa cubana de consumo nacional —la cual no da datos del comportamiento de la economía cubana y sí habla de las desgracias de las economías de otros países del área y los de Europa del Este—, lo cierto es que esta crisis se deja sentir en todos los sectores de la economía y de la vida del país.
     La difícil situación económica está dada por la ineficiencia del modelo totalitario de dirección de la economía, que no permite la iniciativa privada de los cubanos, y sólo se abre al llamado trabajo privado por cuenta propia, limitado y perseguido por los inspectores de los organismos estatales para reducirlo a la mínima expresión.
     La mejor muestra de la ineficiencia del sistema es el cierre de casi la mitad de las centrales azucareras por la falta de cañas de calidad y los elevados costos de producción del azúcar. La producción que hizo famosa a Cuba en el mundo va en vías de desaparecer, con las consecuencias que esta medida traerá a todos los desplazados del sector y a las comunidades que vivían y obtenían su precario sustento de esta actividad. Ya existen al menos unos quinientos mil desplazados, a los cuales el gobierno promete poner a estudiar para luego reubicarlos en otros sectores, mientras acomete la llamada reestructuración empresarial de ellos mismos, con lo que trata de incrementar la eficiencia, lo que lleva aparejado el despido de muchos de los trabajadores de estos sectores para mantener los costos en límites aceptables. Además, la creación de nuevos puestos de trabajo no marcha al ritmo de los despidos por la falta de nuevas inversiones, sobre todo extranjeras.
     También han hecho que se agrave la crisis los altos precios del petróleo, que mantienen tensa la situación del transporte y la generación de energía eléctrica; los bajos precios del níquel, con el incremento de los costos de producción, que disminuyen los márgenes de ganancia compartida; la disminución de la producción tabacalera y la pérdida de gran parte de la cosecha para la próxima campaña, por los efectos de los huracanes Isidore y Lili, y la disminución de la producción de alimentos y su insuficiente calidad, cosa que impide su comercialización en el sector del turismo y en las tiendas que comercian en dólares.
     La situación financiera no es mucho mejor. La deuda externa alcanza niveles de más de doce mil millones de dólares con los miembros del Club de París que, si sumamos la contraída con los antiguos países socialistas, México, Canadá, Argentina, etc., alcanzaría la cifra de al menos treinta mil millones de dólares, deuda que aumenta por la falta de pagos, que a su vez, provoca la falta de financiamiento, y los pocos créditos que se obtienen son con altas tasas de interés y a corto plazo, para hacer todavía más grave la situación financiera. El saldo negativo de la balanza de pagos en el 2002 se incrementó en un 10.3%, lo que hizo continuar la dinámica de deterioro que se vive desde 1996.
     La crisis, que toma los matices neoliberales tan criticados por el gobierno, ha llevado a un incremento sobre los ya inflados precios de los productos que se ofrecen en las tiendas de divisas, con aumentos que van desde un 5% en algunos productos alimenticios hasta un 30% en los equipos electrodomésticos, lo cual se refleja en un incremento de los precios en los mercados agropecuarios, que comercian sus mercancías según la ley de la oferta y la demanda, en los mercados de productos industriales con precios en pesos cubanos equiparados aproximadamente a los precios de las mismas mercancías en divisas, y en los de otros productos y servicios no ofrecidos en la llamada cartilla de racionamiento.
     Por otra parte, el salario medio mensual de los cubanos es de 245 pesos cubanos (unos nueve dólares al cambio actual), es decir un monto que no alcanza ni siquiera para cubrir las necesidades básicas de la población, pues un núcleo familiar de tres personas necesita, sólo para comer aceptablemente, un promedio de mil quinientos pesos mensuales (casi 58 dólares); esta última cifra está basada en investigaciones particulares sobre los precios de los mercados liberados y los que venden en divisas. La supervivencia del pueblo es, pues, dura, incluso para los que ganan los salarios más altos, como la policía, cuyo sueldo alcanza casi los setecientos pesos (unos 26 dólares).
     La situación de la diferencia existente entre el salario promedio en Cuba y el dinero necesario para alimentarse medianamente bien hace que muchos extranjeros que visitan el país, y sobre todo la capital, se pregunten cómo sobreviven los cubanos, pues los ven vestidos a la moda y participando alegremente en las discotecas.
     La explicación se encuentra en la esencia misma del sistema totalitario, que el extranjero desconoce. Es posible sobrevivir en Cuba por la corrupción generalizada que promueve el modelo, producto de los llamados mercados marginales, ilegales, el mercado negro, etc., que obtienen los productos de las  empresas estatales mediante robo, desvío de mercancías y adulteración de las mismas. Esta última práctica se ha aprendido del gobierno, que vende café "mezclado" quién sabe con qué, y picadillo de carne de res "extendido" (nadie conoce el significado de "extendido", pero se sabe que tiene mal sabor), todo ello con pleno conocimiento de las autoridades, que permiten estas actividades, casi siempre ilegales, en primer lugar para evitar un estallido social por el hambre que se generalizaría, y también como una forma adicional de mantener el control sobre la sociedad mediante el chantaje, pues, como la mayoría está involucrada en ellas, si alguien manifiesta algún tipo de descontento o desobediencia ante el gobierno es llevado a prisión, y si manifiesta, en cambio, su apoyo al régimen, puede mantenerse en esos negocios, siempre y cuando no perjudique en mucho la obtención de divisas del gobierno.
     En lo social, la pretendida igualdad, enarbolada por el gobernante cubano desde los inicios mismos de su gestión, ha resultado en otro de los mitos que se han venido abajo desde mucho antes del arribo del llamado "periodo especial" y la dolarización de la economía en el año 1994.
     La realidad de los hechos demuestra que en Cuba no se acabaron las clases sociales, como ha manifestado en múltiples ocasiones el presidente Castro. Aplicando el análisis marxista a la sociedad cubana, podemos comprobar, sin mucha dificultad, que desde el inicio de la llamada revolución la sociedad cubana se polarizó con relativa rapidez en dos capas principales y antagónicas: la primera formada por los dirigentes del gobierno, que disponían de todos los recursos del Estado, y la segunda formada por los que se ven obligados a trabajar para subsistir, limitados a una cuota de alimentos y productos industriales igual para todos los de su clase, mientras los dirigentes tienen tiendas especiales donde se abastecen de todos los productos que no están al alcance de la población.
     Este sistema permitió al gobierno establecer un mecanismo adicional de control de la población, por ser el mismo gobierno el único empleador, e imponer patrones de conducta para poder acceder a los puestos de trabajo y ascender en la escala social imperante, es decir, llegar a ser dirigente. Entre estos patrones están la pertenencia a los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), organismos de vigilancia de los ciudadanos al servicio de la seguridad del Estado (policía política), y la inscripción a los sindicatos oficiales (los únicos permitidos, a pesar que la Constitución y el Código del Trabajo vigentes reconocen la libertad de sindicalización), lo mismo que el apoyo incondicional al gobierno, y más que al gobierno a Fidel Castro, etcétera.
     La dolarización de la economía produjo una nueva estratificación de la sociedad, pues apareció en la escena cubana un nuevo tipo de ciudadanos: los que tienen acceso a los dólares, ya sea por recibirlos en forma de remesas de familiares desde el exterior o por trabajar en las empresas vinculadas con el comercio foráneo, ya sea el turismo, las tiendas que mercan en divisas o en las empresas que producen mercancías para estos mercados. Esto ha marcado aún más las diferencias ente unos cubanos y otros: los que reciben divisas pueden adquirir productos y algunos servicios de mayor calidad que los que no tienen acceso a la moneda estadounidense, aunque por debajo del nivel de vida de los dirigentes estatales (la llamada "nomenclatura").
     Por tanto, en la sociedad cubana subsisten las diferencias sociales que la "revolución" pretendió erradicar, y el abismo entre los dirigentes y los que menos poseen en nada se diferencia del existente en los llamados países ricos, o en aquellos donde existe extrema pobreza, ya que, a pesar de que en Cuba existen personas con grandes recursos monetarios obtenidos del fruto de su trabajo, sobre todo entre los pequeños agricultores, no pueden allegarse con ellos ninguna de las mercancías y servicios a que tienen acceso, y no derecho, los miembros de la "nomenclatura". Incluso dentro de la "nomenclatura" existen diferencias, ya que no disfrutan de los mismos servicios y productos los miembros del comité central del Partido Comunista, los ministros y dirigentes de los ministerios y empresas, que los miembros del buró político, o quienes están disponibles para el "máximo líder".
     Así, en el aspecto social comienza a verse el resurgir de las clases sociales que durante más de cuatro décadas estuvieron reprimidas y relegadas a la llamada "historia negra" de la república, mediatizada por los nuevos historiadores, los que están disfrutando del poder sin importarles para nada las penurias y sufrimientos de nuestro pueblo.
     La nueva burguesía son los miembros de la alta dirigencia del Partido y el Estado, por la gran participación que tienen en la distribución de la riqueza creada. La clase media está compuesta por los dirigentes partidistas y estatales intermedios, por los pequeños agricultores, algunos artistas, deportistas y otros que tienen facilidad para realizar viajes al exterior, y los que reciben dólares de sus familiares en el exterior. Y aparte quedan las clases pobres formadas por el resto mayoritario de la sociedad cubana.
     En lo político, lo que caracteriza el panorama cubano es la insistencia de Fidel Castro en querer mantener y justificar, tergiversando la historia y falseando los hechos, la autenticidad del partido único y su permanencia en el poder. Como diría un cura en una boda, "hasta que la muerte lo separe", a pesar de que ha sido el peor gobernante que ha tenido nuestra patria en su accidentada vida republicana.
     Es el gobernante que más recursos materiales y financieros ha recibido y el que peor uso ha hecho de ellos, malgastándolos y dilapidándolos, emprendiendo planes absurdos sin evaluación económica previa, sólo porque él creía que darían buenos resultados, como fueron, entre otros, la desecación de la ciénaga de Zapata; el famoso "cordón de La Habana" para sembrar café caturra, porque leyó que era buen café para abastecer al país y exportarlo, para lo cual acabó con el cinturón agrícola de frutas, viandas y hortalizas de la provincia, y al final el café caturra desapareció; los famosos cruces de ganado para obtener mejores ejemplares para nuestros rebaños ganaderos, sin saber nada de genética, trayendo como consecuencia la degradación y disminución de la masa ganadera hasta los niveles actuales, que no permiten garantizar un abastecimiento adecuado de carne de res a la población (aunque sí a los turistas y la nomenclatura), y los enormes recursos botados en sus afanes de llevar la revolución y la guerra a casi todos los continentes, además del alto costo en vidas humanas que ello trajo consigo.
      

La obsesión por el poder
A pesar de todos los esfuerzos realizados por el gobierno para que no sean conocidos y negar su existencia, la oposición al gobierno, la disidencia y el movimiento de derechos humanos se han mantenido, han crecido, se han dado a conocer y son reconocidos, tanto nacional como internacionalmente, y en los últimos tiempos se nota un crecimiento de estos movimientos.
     Lo más significativo del trabajo de los opositores en los últimos años ha sido la recolección y presentación, ante la Asamblea Nacional del Poder Popular, de 11,020 firmas que avalan el Proyecto Varela, con el que se solicita el reconocimiento de los derechos que la Constitución estipula, la liberación de los presos políticos que no hayan cometido actos de violencia, la modificación de la actual Ley Electoral —violatoria de los derechos y preceptos establecidos en la Constitución— y que se someta a referendo popular esta propuesta.
     El Proyecto Varela llevó al gobierno a realizar una enorme movilización, que paralizó al país por varios días, para refrendar una modificación de la Constitución que hizo "irrevocable" el socialismo, en franca violación y burla del precepto constitucional recogido en el artículo 3 de la Ley Fundamental vigente, que establece que la soberanía reside en el pueblo. Además suspendió la sesión ordinaria de la Asamblea Nacional y convocó a elecciones para renovar los órganos del Poder Popular.
     Con esta actuación, el gobierno ha demostrado a los ojos de todos los cubanos y del mundo lo poco que le importan sus propias leyes, característica de los regímenes totalitarios y terroristas.
     Creo que por primera vez el gobierno se ha visto confrontado por la oposición de una manera clara, que lo ha estremecido en toda su estructura; por primera vez el gobierno se ha puesto a la defensiva, y no cuenta con más argumentos que la fuerza para mantener la mordaza a un pueblo que ha comenzado a reclamar los cambios que necesita para levantar al país de la ruina en que lo ha sumido el desgobierno de los actuales mandantes.

La democracia posible
La revolución cubana ha devenido un régimen dictatorial totalitario, que ha privado al pueblo del disfrute de los derechos y beneficios que se le prometieron en la etapa de la lucha armada contra el tirano Batista, y los que fueron sus logros más sobresalientes, como la educación, la salud, la seguridad social y el deporte de altos rendimientos, están afectados y desmoronándose por la ineficiencia económica del modelo de economía centralizada, que en realidad no permite el desarrollo de todas las potencialidades económicas de los miembros de la sociedad, a cambio de poder mantener el control sobre los mismos, para garantizar la permanencia en el poder de una camarilla insensible y egoísta que en lo único que piensa, sobre todo Fidel Castro, es en dirigir el país caprichosamente sin críticas ni oposición a sus mandatos.
     El gobierno ha devenido en gobierno de facto, pues no respeta su Constitución ni sus propias leyes, y recurre cada día más al uso de la fuerza y la represión, pues la razón hace mucho que no la tiene. Un gobierno que dice tener la razón y el apoyo de más del 90% de la población no reprime ni persigue a pacíficos opositores y defensores de los derechos humanos, cuando, según el mismo gobierno, son "grupúsculos" desconocidos que no tienen ascendencia en la población. Esto, en realidad, es la demostración del miedo del gobierno a perder el poder, y refleja en forma indirecta el estado de opinión y ánimo existente entre los cubanos.
     Los cambios hacia la democracia en Cuba son inevitables, por el estado de deterioro de la economía y la sociedad. La cuestión radica en que esos cambios se produzcan en forma gradual y pacífica, con el menor costo en sufrimientos y vidas humanas para nuestro pueblo.
     Hasta el momento se perfila el gobernante Castro como el principal opositor a la realización de dichos cambios, lo que acrecienta la percepción en algunos, como un fatalismo biológico, de que con Castro vivo no se podrá realizar la deseada transformación. Sin embargo, la realidad y el Proyecto Varela han puesto los cambios en el lugar que les corresponde: dependen del uso que del derecho de soberanía hagan los ciudadanos cubanos, exigiéndole al gobierno que cumpla con lo establecido en la Constitución y las leyes, y de que permita la realización de un referendo que le devuelva al pueblo los derechos que durante tantos años le ha negado.
     Los cambios pacíficos hacia la libertad y la democracia en Cuba son posibles y necesarios. Yo apuesto por ellos. ~
      
     — La Habana, 17 de octubre de 2002