Ibargüengoitia | Letras Libres
artículo no publicado

Ibargüengoitia

No fue un Álvaro Obregón oficioso ni shakespeareano el que hizo Ibargüengoitia salir a escena cuando compuso El atentado, sobre el asesinato del invencible soldado. El atentado fue su última, y se asegura, su más lograda obra de teatro. Después de ella vivió veinte años de silencio teatral, veinte años en los que alcanzó maestría de narrador y cronista con lo más decantado, característico y regocijante de su acerada producción, y el éxito y fama que, en cierto modo, le negaron las tablas.

¿Por qué razón Ibargüengoitia hizo a un lado el teatro que había practicado con pasión en calidad de crítico, maestro y autor, y se consagró a la narrativa y el ensayo?

Antes que otra cosa recordemos que la resolución fue acertada. Por ejemplo, Los relámpagos de agosto, novela histórica también situada en la época de Obregón, es claramente superior a El atentado. Y generalicemos: nadie negará que su narrativa y su ensayo son superiores al teatro ibargüengoitiano.

¿Por qué? Bueno, estimo que porque Ibargüengoitia es en su arte antes que nada una voz fascinante que nos hace adictos a su omnipotente capacidad de scherzo, de burla. Buscamos a la persona, queremos oírlo hablar, opinar, verlo observar indignado, y no nos cansamos de su humor, lucidez, sinceridad e infinita capacidad de sarcasmo.

Esas virtudes requieren de la primera persona, del punto de vista subjetivo, que pueden regir narrativa, crónica y ensayo, pero que juegan, por la objetividad de los diálogos, un papel muy modesto en el teatro. En el disfrute de Ibargüengoitia estamos rodeados de enigmas. Pongo un solo ejemplo que no puedo detenerme a desarrollar: ¿por qué sus trabajos sobre la época de la Independencia son inferiores en mérito a sus trabajos sobre la Revolución o la época contemporánea?

Pero no fueron este tipo de consideraciones, supongo, las que alejaron a Ibargüengoitia del teatro, sino asuntos diversos, como la falta de resonancia de sus estrenos (donde siempre dependió, él tan impaciente y crítico, de directores; ya me imagino lo que fue que le montara una obra Luis G. Basurto) o el distanciamiento de su maestro Usigli. Aquí es preciso recordar que si hay un escritor diametralmente opuesto a Ibargüengoitia, es Usigli, de pesado espíritu de seriedad, pompa, retórica sentimental que corre en sentido contrario al genio iconoclasta, burlesco y opuesto a toda exaltación sentimental del maestro Ibargüengoitia.

Todo esto se ilustra perfectamente, creo, en la forma tan característica en que Ibargüengoitia rompió. Para exponer el lance nada mejor que dar lectura a un artículo de Ibargüengoitia publicado hace casi cincuenta años, el 17 de septiembre de 1961, que recordé por verdadero milagro y que el gran José Antonio Alcaraz halló en la biblioteca del CITRU. El artículo sumerge la retórica de Usigli, como si fuera cadáver de narco, en un tanque de ácido nítrico, a través de una eficacísima parodia precortesiana (recuérdese que Usigli acababa de escribir una pieza sobre Cuauhtémoc). ~