Huberto Batis | Letras Libres
artículo no publicado

Huberto Batis

Huberto Batis, experto en categorías del conocimiento tan disímbolas como la época colonial y la pornografía, supo descubrir, desde las páginas de sábado de unomásuno y desde las clases de Teoría Literaria de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, a las nuevas generaciones de escritores mexicanos y, en la estricta república de las letras, darles voz sin censura ni cortapisas durante lustros.
El mundillo cultural de México está lleno de moderadores, no sólo en las mesas redondas, sino en instituciones burocráticas, consejos editoriales, cenáculos académicos y expendios de becas vitalicias donde la regla de oro para encontrar acomodo es reptar en la sombra, no expresar ninguna opinión disonante, hacer alianzas con otros mediocres para obtener un falso prestigio, vender favores para poder cobrarlos más tarde, y elogiar en público la obra del colega a quien se destaza en privado. La moderación crónica conduce al estancamiento creativo y, a la larga, al desprestigio de la actividad intelectual, pero quien toma ese camino tiene la certeza de llegar a la vejez colmado de honores. En un medio en el que tanta gente se modera hipócritamente para obtener prebendas y canonjías, los agitadores cumplen una función sanitaria de primer orden. Huberto Batis ha sido el agitador más inteligente de la vida cultural mexicana en el último cuarto de siglo. Su trayectoria es diametralmente opuesta a la de los intelectuales dóciles y acomodados, pues en vez de utilizar la marginalidad como trampolín para llegar al poder, se ha dado el lujo de rechazar los puestos más tentadores del aparato cultural, con tal de conservar la libertad y la independencia. Indisciplinado hasta la grosería, incapaz de moderarse ante nadie, ni de aceptar presiones por motivos políticos, Batis se ha hecho fama de energúmeno entre la gente que confunde la actividad cultural con las relaciones públicas. Pero gracias a su labor editorial, un numeroso grupo de escritores ha podido ejercer la crítica sin cortapisas y hacer sus primeras armas literarias ante un público lector exigente y participativo, sin tener que prestarse a los juegos de la diplomacia convenenciera.
Ensayista, investigador, crítico literario y denodado pornógrafo, Huberto Batis sabe tocar todos los instrumentos de las orquestas editoriales que ha dirigido. Gracias a su don de ubicuidad intelectual ha tendido un puente entre el mundo académico y lo que a falta de mejor nombre podríamos llamar la "literatura viva". Esa amplitud de intereses beneficia por igual a sus dos campos de acción. Los universitarios producen conocimientos que muchas veces van a parar al limbo de lo incomunicable. Hasta en el área de las Humanidades, que debería ser accesible a cualquier lector culto, la sobreteorización amenaza con crear clubes de especialistas que escriben para otros especialistas. En su trabajo editorial, que para él es una prolongación de su labor docente, Batis ha combatido con éxito la funesta propensión de los académicos al cantinfleo pseudoerudito —encubridor casi siempre de discursos huecos— haciéndoles ver que un conocimiento no existe mientras no sea expresado en el lenguaje de todos. Los estudios de literatura mexicana se han enriquecido notablemente gracias a su magisterio, pues Batis apadrinó a toda una generación de ensayistas (Evodio Escalante, Guillermo Sheridan, Ignacio Trejo Fuentes, Sandro Cohen, entre otros) que han sabido combinar con acierto la solvencia intelectual de la academia y la pulcritud formal del periodismo literario.
Pero el sábado de Huberto Batis no sólo fue un puente para acercar al lector común con los investigadores universitarios, sino el mejor escaparate de la contracultura mexicana, con todo lo que tiene de valioso y de pobre. Quienes han hecho de la pedantería un hábito mental y un estilo de vida nunca pudieron tolerar que en las páginas del suplemento un exquisito ensayo sobre Mallarmé cohabitara promiscuamente con la crónica de un homosexual masoquista narrando sus experiencias en los bares leather de Nueva York. Si las bellas letras alternaban con el escándalo exhibicionista, ¿dónde quedaban entonces las jerarquías? Por fortuna, Batis nunca se dejó amilanar por el desprestigio, y mantuvo abierto el suplemento a las más desmelenadas fantasías eróticas, ya fueran visuales o escritas, masculinas o femeninas, lésbicas u homosexuales. Huberto fue adolescente en la encorsetada década de los cin-cuenta y su guerra contra la represión tiene un marcado carácter de revancha generacional. Para conocer el catálogo de sus obsesiones bastaría repasar las obras de Juan García Ponce, con quien ha sostenido una estrecha amistad desde hace varias décadas, o ver las puestas en escena de Juan José Gurrola, otro de sus cómplices en el arte de la provocación. En las páginas de sábado confluyeron dos generaciones separadas por treinta años de distancia que encontraron un denominador común en el interés por la literatura erótica. Durante años sábado fue el único suplemento con una sección de erotismo, escrita primero por Andreas der Mond (Andrés de Luna) y luego por Rocío Barrionuevo. Junto a los cuentos y poemas de escritores consagrados que celebraban los placeres de la carne, Batis publicaba declaraciones de amor entre lesbianas, confidencias íntimas de profesoras universitarias, divertimentos procaces y versificaciones obscenas que aligeraban el tono doctoral de las páginas eruditas. Juzgar la calidad del suplemento por esos textos es un despropósito, pues nadie esperaba ganar con ellos el Premio Nacional de Literatura.
Huberto asumió la dirección de sábado en circunstancias difíciles, cuando las grandes firmas habían abandonado el barco por la salida de Fernando Benítez, y sin embargo logró mantener el interés de los lectores abriendo el suplemento a los escritores jóvenes, la mayoría totalmente desconocidos cuando empezamos a publicar ahí. Muchas revistas oficiales han sido creadas para difundir la literatura joven, pero hasta ahora sólo han logrado exhibir los vicios y compadrazgos de la burocracia cultural. Publicar en ellas equivale a esconderse, mientras que sábado ofrecía una tribuna verdaderamente visible, sometida a un feroz escrutinio por los corresponsales del desolladero. Ese ombudsman literario causó infinitas molestias a los buscadores de prestigio, pero cumplió el cometido de darle voz a un interlocutor habitualmente menospreciado por un gremio que teme cualquier fiscalización. Como sucede con algunos placeres inconfesables, quienes declaraban sentirse asqueados por la bajeza de los pleitos entre poetas, artistas plásticos o críticos de cine eran los lectores más ávidos de la sección. Los hispanistas de las universidades norteamericanas, que tienen tiempo y becas en abundancia para emprender investigaciones minu-ciosas, encontrarán en el desolladero un rico material para comprender los entretelones de la vida cultural mexicana.
Aunque el suplemento nunca persiguió fines de lucro, en sus años de mayor efervescencia hubiera podido ser una publicación rentable. Por desgracia, Huberto nunca se decidió a poner casa aparte y fundar una revista independiente, como muchos se lo sugerimos. Con un presupuesto siempre exiguo, que lo obligó a cambiar varias veces la planta de colaboradores para suplir a los que desertaban en busca de mejores ingresos, Batis mantuvo a flote su nave de los locos en medio de tormentas políticas y financieras, logrando que unomásuno triplicara sus ventas los sábados. Haber alcanzado esos tirajes con escritores improvisados no es un mérito menor, si pensamos en la suerte de suplementos como El Ángel de Reforma, que teniendo dinero a manos llenas para contratar autores de renombre, redujo a la mitad su número de páginas a los pocos meses de nacido, seguramente por el enorme impacto que tuvo entre los lectores, y desde entonces ha sido un cadáver conservado en formol.
Muchos aspirantes a escritores creen que para acercarse a un editor hace falta tener contactos y recomendaciones, o de lo contrario nadie leerá sus textos. La proliferación de autores ilegibles con abundante bibliografía los ha llevado a creer que publicar es una cuestión de palancas. No les falta razón para pensar así: el aparato cultural del Estado es una bolsa de favores y, por falta de presupuesto, las editoriales privadas no tienen buenos lectores de originales ni se preocupan por descubrir talentos, como sucede en los países del primer mundo. A contrapelo de esa tendencia, Batis se ha especializado en sacar escritores del anonimato. La puerta de su despacho siempre estuvo abierta para recibir a quien se atreviera a llevarle un texto y la montaña de papeles apilados en su escritorio casi llegó a sepultarlo en vida. Con una paciencia infinita para detectar chispazos de inteligencia entre las torpezas del escritor primerizo, Huberto ha remediado en gran medida las omisiones y los descuidos de sus colegas, resignándose a que otras publicaciones recojan los frutos sembrados por él.
Dije líneas arriba que Batis era un director de orquesta. Me corrijo: los directores de orquesta tienen batuta y él no la utiliza para dar "línea" a ningún músico. Bajo su dirección, sábado fue una publicación de líneas cruzadas, y a menudo contradictorias. Escritores de tendencias inconciliables, pertenecientes a distintas generaciones, compartieron un espacio que reflejaba la diversidad y la conflictiva riqueza del ambiente cultural de México. Batis empezó a publicar revistas en los años sesenta, cuando la gente de letras formaba una familia compacta y relativamente pequeña. Desde entonces, como se puede apreciar en su libro autobiográfico Lo que Cuadernos del Viento nos dejó, procuraba conjuntar a escritores de grupos antagónicos, entre ellos a los narradores de La Onda, que en aquel tiempo libraban una batalla contra el establishment cultural. En sábado mantuvo esa política de apertura, incluso a riesgo de perder amigos. Batis conoce mejor que nadie la premisa fundacional de la revista El Renacimiento, donde se dieron la mano liberales y conservadores, y siempre la ha tenido presente en la mesa de redacción. Me consta que a menudo pasa por alto sus propios gustos con tal de colocarse por encima de las pugnas entre cofradías literarias. Con el retiro de Huberto de las faenas editoriales concluye una importante etapa del periodismo cultural mexicano, pero quienes aprendimos con él a ejercer la independencia de criterio, debemos continuar su tarea agitadora en otros frentes de lucha, para evitar que nuestra cultura sea un monolito asfixiante. -