Volver a Stonewall cincuenta años después | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: Johannes Jordan [CC BY-SA 3.0 (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)]

Volver a Stonewall cincuenta años después

El desconocimiento sobre la historia de las protestas en el Stonewall Inn ha facilitado que ese episodio sea visto como origen único del movimiento gay. El cincuenta aniversario de los hechos ha llamado la atención sobre los límites de esa narrativa.

Los disturbios de Stonewall, ocurridos en el verano de 1969, son un hito en la historia de la diversidad sexual y constituyen el mayor símbolo del activismo en defensa de los derechos de gays, lesbianas y personas trans. A pesar de su importancia, la historia de las protestas en el Stonewell Inn, un bar de ambiente gay de Nueva York, se conoce poco. Ese desconocimiento ha facilitado la mitificación del episodio como origen único y piedra angular del movimiento gay. El cincuenta aniversario de los hechos ha llamado la atención sobre los límites de una narrativa lineal y simplista, para presentar en cambio un relato complejo que no solo considere los días de los disturbios, sino que integre también las disputas en torno a la memoria de Stonewall. La perspectiva revisionista está presente en los actos culturales conmemorativos que incluyen exposiciones documentales y artísticas, conferencias y al menos dos obras antológicas que recogen fuentes de época inéditas del movimiento gay antes y después de Stonewall.

Marc Stein, The Stonewall Riots. A Documentary History, New York University Press, 2019 y The New York Public Library, The Stonewall Reader, (Jason Bauer, ed.), New York, Penguin Books, 2019.

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El Stonewall Inn, ubicado en la calle Christopher de Nueva York, era uno de los bares de ambiente gay del Greenwich Village. Acogía a gays, travestis y lesbianas en una época en que la mayor parte de los bares negaban el servicio a quienes mostraban una orientación distinta al modelo heterosexual. Al igual que otros antros de su tipo, el Stonewall Inn era un negocio en manos del crimen organizado y se beneficiaba de la corrupción de las autoridades para seguir. Para dar un mayor margen de ganancia a sus propietarios, los bares gay ofrecían bebidas adulteradas y sus instalaciones solían estar deterioradas por falta de mantenimiento. Pero ello no evitaba que la clientela se abarrotara en su interior para beber, consumir drogas, ligar y convivir en un ambiente propicio para las expresiones de la diversidad sexual. Los fines de semana el bar se llenaba, después de todo era el único bar gay con una pista de baile en la ciudad.  En las primeras horas del sábado 28 de junio, el antro estaba a su máxima capacidad, con unas doscientas personas en su interior.

Las redadas contra los bares gay eran frecuentes y por lo general se desenvolvían sin incidentes. La complicidad entre la policía y los propietarios hacía posible que los administradores de los bares tuvieran noticia anticipada de las irrupciones policíacas, lo que daba a los parroquianos la oportunidad de escabullirse o disimular el consumo de alcohol y drogas y las expresiones explícitas de su identidad para no ser sorprendidos en actos penados por la ley.

Las noticias sobre Stonewall corrieron como pólvora, de boca en boca y en los boletines y revistas gay.

Las cosas se desenvolvieron de forma inesperada cuando la policía irrumpió en el Stonewall Inn esa madrugada. La concurrencia manifestó su hartazgo con el hostigamiento policiaco y respondió a las agresiones de los agentes, que detuvieron a unas quince personas (entre empleados del bar, travestis y personas sin documentos de identidad) y echaron a la calle al resto de la concurrencia. La violencia escaló, hubo golpizas contra algunos parroquianos y se pasó de los insultos verbales propinados a los agentes a la violencia física.

Cuando los policías condujeron a los detenidos a la calle, fueron recibidos por proyectiles –monedas, latas, piedras y ladrillos– lanzados por la clientela que, en vez de retirarse, permaneció plantada en las afueras del bar. El motín creció conforme el griterío atrajo a vecinos y transeúntes nocturnos. La policía se atrincheró en el bar, donde permaneció junto con los detenidos durante más de media hora, hasta que la muchedumbre derribó la puerta, utilizando como ariete un parquímetro arrancado del pavimento.

Con la llegada de refuerzos de la policía antimotines, la situación quedó bajo el control de las fuerzas del orden, pero ello no fue el fin de los disturbios. La violencia volvió a brotar en las primeras horas de la madrugada del domingo y, de nuevo, el miércoles siguiente por la noche.

Las noticias sobre Stonewall corrieron como pólvora, de boca en boca y en los boletines y revistas gay. Se conocieron dentro y fuera de Estados Unidos y el arrojo de la protesta estimuló la formación de grupos activistas. En Nueva York surgió el Gay Liberation Front, nombre que fue utilizado por agrupaciones en otras partes del mundo. El florecimiento inicial avanzó con rapidez en medio de un ambiente político contestatario y de radicalización. La protesta contra la guerra de Vietnam había movilizado a amplios sectores de la población, especialmente entre la juventud, que se posicionaba en la lucha anticolonialista. Además, la contracultura, el feminismo y el movimiento hippie, con su crítica a la sociedad de consumo, alimentaron el ánimo subversivo del movimiento de liberación gay.

Al año siguiente, se llevó a cabo en Nueva York el Christopher Street Liberation Day Parade, una marcha y desfile conmemorativo. El motín contra la persecución policiaca del 69 en el Greenwich Village se había convertido en un símbolo de la liberación de gays, lesbianas y personas trans. Organizadores y participantes usaron la palabra liberación para describir la marcha de 1970. Usada tanto por los movimientos de liberación nacional que luchaban contra el colonialismo y el imperialismo, como por el movimiento de liberación de la mujer, como se llamó  al feminismo de esos años, la palabra se incorporó al vocabulario del movimiento gay.

La iniciativa tuvo tanto éxito que se instaló la tradición de recordar los hechos de Stonewall con una marcha festiva. Desde entonces, las marchas del Orgullo Gay, también conocidos como desfiles Pride, que se celebran el último sábado de junio y en los días inmediatos, se han multiplicado y su capacidad de convocatoria ha crecido en forma exponencial. Hoy en día se llevan a cabo en centros urbanos de los cinco continentes y congregan a millones de personas que se manifiestan en favor de los derechos de la diversidad sexual, lo que no significa que sean celebraciones exentas de tensiones y conflictos ideológicos y políticos.

La Christopher Street Liberation Parade hizo de la memoria de Stonewall un rasgo central de la identidad política del movimiento gay. Su exaltación en las marchas y desfiles anuales del orgullo contribuyó a mitificar los hechos de Stonewall como origen único, momento fundacional y emblema de la lucha gay, una narrativa que ha tendido a aislar ese episodio del activismo político y las tradiciones de protesta que lo antecedieron.

La memoria de Stonewall es una memoria viva, y por eso mismo ha sido objeto de controversias. Las más significativas han girado en torno de dos asuntos. El primero de ellos tiene que ver con la definición de los protagonistas de los disturbios, y el segundo es el relativo al significado de Stonewall en relación con el activismo de años previos, al que se conoce como movimiento homofílico, por un lado, y por el otro, con las tradiciones de protesta y resistencia características de los bares gay desde principios del siglo XX.

Han sido estudiados por George Chauncey para el caso de la ciudad de Nueva York y por Elizabeth Laposvsky Kennedy y Madeline D. Davies para la comunidad lésbica del poblado de Búfalo, en el estado de Nueva York. Ver George Chauncey, Gay New York: Gender, Urban Culture and the Making of the Gay Male World, 1890-1945, New York, Basic Books, 1994, Elizabeth Lapovsky and Madaleine D. Davies, Boots of Leather, Slippers of Gold. The History of a Lesbian Community, New York, 1993.

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La pregunta relativa a los protagonistas, participantes y testigos directos tiene una dimensión política, ya que no solo se refiere la participación individual sino a la identidad racial y de género y composición social de la colectividad. En el marco de la efeméride se ha destacado el protagonismo de Sylvia Rivera, identificada como puertorriqueña y trans, Marsha Johnson, afroamericana y trans, y Stormé DeLaverie, afroamericana y lesbiana. Hacer énfasis en estas personalidades surge de un afán por contrarrestar los intentos de activistas blancos de clase media de presentarse en el centro de los acontecimientos y borrar de la historia a otros sectores de la población. Una consecuencia de enfocarse en la agencia afroamericana, latina y de personas trans ha sido el desplazamiento relegado a un segundo plano de personajes como Craig Rodwell, promotor del Christopher Street Liberation Parade y propietario de una pequeña librería. 

La memoria de Stonewall es una memoria viva, y por eso mismo ha sido objeto de controversias.

Otro aspecto controvertido ha sido la vinculación entre el episodio de Stonewall y el activismo de años anteriores. El revisionismo matiza la idea de que los disturbios de 1969 fueron la chispa única que incendió las conciencias respecto a la opresión y discriminación que gays y lesbianas enfrentaban en Estados Unidos. Si bien es innegable que el motín de Christopher Street dio un giro al activismo de la diversidad sexual, imprimiéndole un sello contestatario y radical, la importancia desproporcionada que se le da a los hechos de Stonewall ha llevado a desestimar el activismo de organizaciones que reclamaron derechos para homosexuales y lesbianas en los años de la Guerra Fría, en la época de la caza de brujas contra comunistas y homosexuales que encabezó el senador McCarthy.

La Mattachine Society y las Hijas de Bilitis, entre otras agrupaciones homofílicas, promovieron reformas y llevaron a cabo protestas para exigir el fin a la discriminación. Las protestas, efectuadas en sitios emblemáticos de la igualdad de derechos, como la sede de las Naciones Unidas en Nueva York o el Monumento a la Independencia de Philadelphia, reunieron a un puñado de valientes activistas que marchaban con pancartas alusivas a sus demandas. Aunque el activismo homofílico no logró movilizaciones masivas comparables en número a las acciones posteriores a Stonewall, sus iniciativas daban en el blanco al denunciar discriminación laboral por razones de identidad sexual. Además, sus publicaciones y grupos forjaron herramientas teóricas y políticas para combatir la estigmatización de la homosexualidad como una enfermedad mental o una flaqueza moral. Su lucha era por lograr la aceptación de homosexuales y lesbianas en la sociedad, manteniendo siempre las formas y una imagen de respetabilidad.

La generación activista de Stonewall juzgó que las metas del movimiento homofílico eran muy estrechas y, por ese motivo, marcó su distancia con sus antecesores y vio su valentía y logros con un dejo de menosprecio. Las perspectivas revisionistas señalan, en cambio, que las protestas de Stonewall fueron resultado de la confluencia de veinte años de movilización homofílica y del ímpetu subversivo y de transformación social de las movilizaciones contra la guerra de Vietnam y en defensa de los derechos civiles y del feminismo. Es decir,  no surgieron de la nada sino que se alimentaron de la tradición de resistencia que imbuía a los bares gays desde principios de siglo y que la historia apenas empieza a  tomar en cuenta.

El ingrediente camp no ha faltado en la memoria de Stonewall. La actiz Judy Garland había fallecido el 22 de junio de ese año, y su sepelio se llevó a cabo el viernes anterior al comienzo de los disturbios. Alberto Mira ha señalado que la protagonista de la película El mago de Oz era un icono gay indiscutido en los años setenta, por su capacidad de hacer frente a las adversidades de su vida y por su exacerbado dramatismo.  Además, su interpretación de “Somewhere over the rainbow”, que alude a un mundo utópico en donde todo mundo disfruta de la aceptación social, era un himno gay emblemático en el medio siglo.

Alberto Mira, Para entendernos. Diccionario de cultura homosexual, gay y lésbica, Barcelona, Ediciones La Tempestad, 2002.

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 ¿Será que el duelo por el fallecimiento de la actriz y cantante entre la clientela del Stonewall contribuyó a exaltar los ánimos y eso favoreció la resistencia?

La trascendencia de los disturbios de Stonewall para la historia de Estados Unidos, y no sólo para la historia gay, se evidenció con la decisión del presidente Barack Obama de otorgar a la plazoleta de Christopher Street el estatuto de Monumento Nacional. Obama vinculó a los disturbios de Stonewall con las luchas por la igualdad de derechos y la justicia social de su país y posicionó a la emblemática protesta gay a la altura histórica de la Convención de Seneca Falls, cuna de la movilización sufragista, y de las manifestaciones pacíficas efectuadas en Selma, Alabama, que fueron atacadas con violencia y que constituyen un punto de inflexión en la lucha por los derechos civiles.

Los vientos conservadores, contrarios a los derechos igualitarios de gays, lesbianas y personas trans, han cobrado nuevamente una fuerza inusitada y son una amenaza a los valores de la diversidad sexual. Tal vez por eso las múltiples actividades culturales que conmemoran el cincuentenario de Stonewall se empeñan en resaltar la fuerza de la resistencia social en los hechos del verano de 1969 y en el activismo gay previo y posterior a Stonewall. La resistencia bien puede ser la clave para enfrentar los contragolpes que hoy atacan los valores de igualdad y justicia que animaron los disturbios y transformaron las percepciones populares y científicas, no solo sobre la homosexualidad, el lesbianismo o las identidades transgénero, sino sobre la sexualidad humana en general y los derechos fundamentales de las personas.