Ritmo y melancolía | Letras Libres
artículo no publicado

Ritmo y melancolía

Dedico este escrito a la tan grata memoria del maestro Teodoro González de León. Muy presente lo tengo. Una vez, por ejemplo, lo encontré en la calle, en Nueva York, y ahí detenidos en la banqueta conversamos largamente y ahora no entiendo por qué, si me alegraba tanto verlo, no entramos a un café a sentarnos y a seguir hablando, o por qué no lo invité a cenar esa misma noche. Ahora me arrepiento de no haberme acercado más a él. Así es la vida. Otra vez lo hallé comprando discos. Adquirió no muchos, muchísimos. No me asombró esa pasión adquisitiva, ¿no llamó Goethe a la arquitectura “música congelada”? Sobre esto quiero hablar, en su memoria, como si estuviera platicando con él:

El arabesco solitario alcanza solo un semisentido, es decir, algo se capta, y algo no, y no puede entenderse del todo. El trazo gira, da vuelta, y queda ahí en soledad. El arabesco se hace así pariente cercano del mero garabato. Voy a poner un ejemplo, no de un arabesco dibujado, sino de un arabesco literario. Es un arabesco que pertenece a la historia del Imperio bizantino.

Un joven cortesano ve a la princesa María. Años después, el joven, ya convertido en el gran historiador Nicetas Choniates, la describe así: “Comparadas con ella, no valen nada ni Venus ni Juno ni incluso Helena, a quien los antiguos hicieron figurar, en razón de su belleza, entre las diosas, ni ellas ni ninguna de la mujeres cuyos encantos han sido pregonados en los libros.”

¿Ves? Algo se entiende y algo no.

Asentó Goethe, Goethe otra vez, que Las mil y una noches, llamadas por los ingleses Noches árabes, no tienen objetivo o propósito alguno en ellas mismas. Son solo dibujos que se repiten llenando la alfombra. Conocido es que el arte árabe comparte con la naturaleza el horror al espacio vacío. Estas obras sin armazón ni propósito son arabescos.

Pero el irresponsable arabesco se hace formal y sube a la arquitectura. El alma del arabesco es ahí la repetición. Por ella, el arabesco solitario ingresa en el tiempo. La repetición engendra el ritmo, ese ritmo silencioso de lo arquitectónico.

En la greca están ya todos los enigmas del arte. No solo de las artes plásticas, en el espacio, sino también de las artes en el tiempo, porque la greca es tiempo en la quietud del espacio: en efecto, es imposible percibir la greca sin emplear cierto tiempo, por breve que sea, al ir de una a otra. La greca es ritmo, pero no desenvuelto en el tiempo, como, verbigracia, los latidos, sino en el espacio.

El lado estético de la repetición, la poética de la insistencia, eso es lo que capta en el muro la geométrica greca. El punto es, claro, que un diseño en general abstracto puede ser más significativo, más cumplido e interesante si se lo repite muchas veces. Lo sabemos, pero ¿por qué? Hay diferentes razones. Una, ni remotamente la única, consiste en que el final de una unidad –llamémosla así– se incorpora al inicio de otra, como cuando cambiamos sentido a las palabras repitiéndolas: “no sé”, “no sé”, se transforman en “seno”, “seno”, por ejemplo.

Este ritmo aparece por muchas partes; en el bordado, por ejemplo.

Ahora otros arabescos, estos de sabor oriental.

El asceta que escribió en su juventud el Libro de lo nuevo y extraño llora cuando recuerda sus pecados, él que en su imprudencia llegó a pregonar “acumula tantos pecados como puedas”, y pecó con tal ferocidad y amargura que agotó el pozo atroz de la deslealtad y entonces en su sed buscó el recogimiento y el perdón, y por ese camino alcanzó la santidad.

El manto del emperador de los germanos tenía una inscripción en árabe, qué tiempos aquellos. Si te asomas al Diván de Oriente y Occidente de Goethe, sabrás, entre otras cosas, acerca del gato de Abu Hurairah que vivió en los tiempos de Mahoma y aun después, y profesaba gran afecto al Profeta. No olvidemos que en cambio el perro fue juzgado animal inmundo y fue echado fuera del ámbito musulmán. Es sabido que la gatita de Mahoma se llamaba Muezza.

De cómo el arabesco literario cobra vida en la repetición es cosa, mi querido Teodoro, que ya no podemos tratar tú y yo, ni aquí ni en ninguna parte en esta vida, porque tú cumpliste ya tu destino, pero te recuerdo, Teodoro, te recuerdo con melancolía. ~


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