Lo envió a que lo ahogaran en el mar | Letras Libres
artículo no publicado

Lo envió a que lo ahogaran en el mar

Así como la historia va donando sabiduría a quien la lee, también exige sabiduría para leerse e interpretarse.

Luego de los antiguos historiadores clásicos, llega en el renacimiento Philippe de Comines, quien retoma la idea de investigar, contar y leer historia para aprender de ella. Aprendizaje que, aseguraba él, era sobre todo importante para la gente en el poder.

Siglos antes, en su Historia de la guerra del Peloponeso, Tucídides había escrito sus intenciones como historiador: “Mas aquellos que quisieren saber la verdad de las cosas pasadas y por ellas juzgar y saber otras tales y semejantes que podrán suceder en adelante, hallarán útil y provechosa mi historia; porque mi intención no es componer farsa o comedia que dé placer por un rato, sino una historia provechosa que dure para siempre”.

Parece una advertencia didáctica, con “provechosa” como palabra clave, y es que la historia está ahí no como mero testimonio del pasado y alarde de los eruditos, sino como advertencia del presente y porvenir. Es experiencia humana que puede volverse experiencia personal.

Hemos escuchado ya muchas veces eso de: “Quien no conoce su historia está condenado a repetirla” o, textualmente venida de Santayana: “Quienes no puedan recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Frase sonora y efectiva, pero no siempre justa, pues la historia no es sólo historia calamitatum, sino que también está ahí para invocar aquello que vale la pena repetir.

Vuelvo entonces a Philippe de Comines. Él escribe que es de gran beneficio para los príncipes “conocer profundamente, desde su juventud, los pasajes y sorprendentes eventos del pasado”, lo cual los pondrá en alerta para no cometer actos imprudentes o caer en las manos de algún enemigo. Más adelante continúa: “Uno de los medios más adecuados para que un hombre se vuelva sabio es el estudio de las historias del lejano pasado, de modo que aprenda a conformar y ceñir sus proyectos de acuerdo con el modelo y ejemplo de nuestros antepasados; pues la vida es breve y no alcanza para darnos experiencia de tantas cosas”.

Si bien es fundamental para todos, Comines hace hincapié en la necesidad de que los príncipes alcancen esta sapiencia. “Especialmente entre príncipes, que están sometidos a sus propios humores sin atender a razones y, peor aún, porque están rodeados de gente cuyo único propósito es complacerlos, y aplaudir cualquier cosa que digan o hagan, sea buena o mala”. Y remata con una frase sin sutilezas platónicas: “Dios no concibió el puesto de rey para que lo ocupe una bestia”.

Sin embargo ocurre que muchas veces la historia se parece a la buena literatura: no se entrega fácil, evidente y moralinamente como un catecismo. Personajes y eventos están llenos de claroscuros, pasiones y contradicciones, tal como pueden estarlo los historiadores.

Cuando Will Durant introduce su volumen sobre la historia de la reforma luterana, aclara que él fue educado como un ferviente católico. “He intentado ser imparcial, aunque sé que el pasado de un hombre siempre tiñe su visión, y que nada es tan irritante como la imparcialidad”. Sí, irrita y aburre.

Pero así como la historia va donando sabiduría a quien la lee, también exige sabiduría para leerse e interpretarse. Comines habla de aprender de la experiencia de nuestros antepasados, pero Montaigne muestra que esa experiencia no siempre da la misma lección.

Cuenta tres casos históricos en los que un jefe militar ordena detener una matanza, no por las lágrimas de las mujeres y peticiones de piedad, sino por el valor que muestran quienes se niegan a bajar los brazos cuando todo está perdido. Entre ellos, nos habla de Skanderbeg, ese personaje que habita en algunas novelas de Kadaré, y que “perseguía a uno de sus soldados para darle muerte. Éste, tras intentar aplacarlo recurriendo a toda suerte de humillaciones y súplicas, decidió en último término aguardarlo con la espada empuñada. Tal resolución frenó en seco la furia de su señor, que, al verle tomar una decisión tan honorable, le otorgó su gracia”.

Así como a hombres y mujeres se les ha concedido vivir por su valor, también la valentía del enemigo sabe alimentar el deseo de vengarse. Montaigne relata cómo Alejandro no tolera la gallardía de uno de sus enemigos y “ordenó que le perforaran los talones, y lo hizo arrastrar vivo, desgarrarlo y desmembrarlo atado a una carreta”. Igualmente cuenta que, cuando Dionisio el Viejo se apoderó de la ciudad de Regium, hoy Reggio Calabria, quiso valerse del capitán Fitón, “gran hombre de bien que la había defendido con denuedo, para dar un trágico ejemplo de venganza”. Entre más lo atormentaba y torturaba, más grande se volvía Fitón; y Dionisio, en vez de admirar tal grandeza, “mandó cesar el martirio y, a escondidas, lo envió a que lo ahogaran en el mar”.

A Montaigne no le cabe duda: el alma de Dionisio es menos noble que la de Skanderbeg. Su ensayo titulado “Por distintos medios se llega al mismo fin” es una ambigua lección de historia, pero también puede funcionar como una reflexión sobre lectura de la historia, que siempre está plagada de personajes valientes, no todos de nuestro bando, y entonces tendría el título “Con distintos temperamentos puede leerse la misma historia”.

Buena parte de los lectores hasta mi generación leemos historia con el alma de Skanderbeg. Ahora soplan aires para que se lea como Dionisio.