Juan Vicente Gómez, modelo de dictador | Letras Libres
artículo no publicado

Juan Vicente Gómez, modelo de dictador

Dictador totalitario, caprichoso, represivo, cruel y completamente ajeno al principio de legalidad. Nadie resumía con tanta comodidad como el general tachirense los rasgos de un monarca.

Juan Vicente Gómez asumió el poder en Venezuela en 1908, mediante un golpe de Estado. Derrocó a su compadre el general Cipriano Castro, quien padecía de una severa enfermedad renal. Caprichoso y desconfiado, como buen dictador, Castro no se decidía a entregar su amado cargo ni al más leal de sus lugartenientes, así fuera durante el tiempo –que suponía muy breve– de su obligada curación. Le preocupaba que en manos más débiles la revolución restauradora se iría al diablo y, por supuesto, a su juicio todos eran incompetentes. Nadie, salvo él mismo, podría ufanarse de ser siempre vencedor y jamás vencido.

¿Nadie? ¿Tampoco su compadre? Juan Vicente siempre fue un fiel y estupendo compañero, que nunca le falló en los momentos más apremiantes. Sin estar a su visionaria altura, sabría defender el poder y, férreamente aferrado al timón, salvar la histórica hazaña de la que tanto se vanagloriaba. No dudaba que Juan Vicente sería el más idóneo escudero, pero ¿y si sentado en la silla presidencial decidiera apropiársela? Por eso, posiblemente, en este caso sus vacilaciones tuvieran otra procedencia. Y es que precisamente por ser el hombre tan eficaz le asaltaba el temor de que dirigiera sus probadas aptitudes en provecho propio.

Las circunstancias resolvieron el enigma. El mal de Cipriano Castro se agravaba y parecía temerario seguir aplazando su tratamiento. No había manera de afrontarlo sin abandonar el mando. Se hizo inaplazable el viaje. Su indecisión intensificó las presiones que por natural gravitación se centraron en favorecer el nombramiento de su compadre para el cuidado del poder y partir de inmediato a atender su enfermedad. Debió tener mucho peso la opinión de doña Zoila, su influyente esposa, amiga de Juan Vicente, tanto como parecía serlo don Cipriano, quien, –dictador al fin– dudaba de todos, pero finalmente tuvo que ceder debido al avance de un mal letal como el que lo amenazaba. Aconsejado por doña Zoila, optó por confiar en el interinato de Juan Vicente, y fue este viejo amigo y compadre quien, tras un análisis perfecto del panorama, lo traicionó.

¿Cómo pudo vencer a un líder de tanto prestigio como don Cipriano?

El secreto viraje tomó cuerpo cuando el hombre, por imperativos políticos y en busca de gente experimentada en el arte de gobernar, prescindió de los andinos, que habían ganado la guerra y esperaban ser premiados por su jefe. ¡Hasta Gómez, tan apto en las tareas que le encomendaran, había quedado fuera en la arrebatiña de cargos! La reacción del ejército andino fue casi explosiva, mientras Gómez lo calmaba.

–Don Cipriano sabe lo que hace. Hay que comprenderlo –repetía con un tono que más bien podría sugerir lo contrario.

Al ver inflarse el desagrado en la masa de sus celebrados compañeros de armas, Castro dio marcha atrás. El peligroso error fue rápida y claramente reparado: Juan Vicente recibió, sin pedirla –y sin quejarse– la jefatura de la fundamental Guarnición de Caracas. Recibió aquel cambio en sus funciones públicas y en su destino personal, con doble satisfacción, primero, por la interesante compensación recibida y segundo, por el favoritismo que sentía crecer a su alrededor, sobre todo en los hombres de uniforme.

Desde entonces el crédito de Gómez en el ejército no tuvo más propensión que la de crecer, mientras se las ingeniaba para acrecentar la tendencia sin que se le escaparan imprudencias, de esas que levantan suspicacias.

A esas alturas Gómez se despojó paulatinamente de ropaje democrático. Su magistratura emanaba de un clásico golpe de estado limpio, seco e incruento. El Parlamento y el Poder Judicial no interpusieron objeciones. Apenas reaccionó el presidente del Guárico al condenar el acto y simultáneamente postular a la presidencia al general Nicolás Rolando, el más prestigioso caudillo viviente, quien no obstante se rindió en Ciudad Bolívar, asediado por el invencible general tachirense. A diferencia de Castro, Gómez conservaba su apariencia sencilla, sin darle entrada a la vanidad, la que exalta el Eclesiastés del Antiguo Testamento: “Vanidad de vanidades –dijo el hijo de David, rey de Jerusalén– todo es vanidad”.

Al asumir la presidencia, sin tener que guardarse del resentimiento de Castro porque el “siempre vencedor” murió en 1910, algo como dos o tres años después de su alevosía, ¿qué podía faltarle para ser considerado modelo de dictador latinoamericano? Su mandato no procedía del sufragio libre. Comenzó a aplicar mano dura a quien osara disputárselo, castigaba a quienes manifestaran su libre expresión y, a diferencia del autócrata general Joaquín Crespo, eliminaba medios y encarcelaba periodistas, llenaba las cárceles del país, encadenando a las víctimas a grillos sesentones, en las que se maltrataba alevosamente a los presos políticos, sin tomarse el trabajo de someterlos a juicio legal y sentenciar solo por delitos tipificados en ley previa.

No eran penurias momentáneas y su asalto al poder no obedeció a una pasajera infracción constitucional. Su decisión de eternizarse en el mando parece nacida entre 1913 y 1922, luego de consumir cinco en aniquilar uno a uno a los caudillos, librarse del activo general Román Delgado Chalbaud, a quien mantuvo en la cárcel por muchos años. ¿Por qué tanto ensañamiento con su antiguo compañero?

–Porque si lo suelto no se perderá en inofensivos ajetreos en el exilio, sino que nos hará la guerra. Le gustan y sabe organizarlas.

Para diseñar la dictadura en tanto que modelo de todas ellas, le faltaba, más que violar sistemáticamente las leyes, convertirlas en un caprichoso juguete para legitimar cualquiera de sus caprichos.

Cuando pretendió fundar una monarquía hereditaria, se autodesignó presidente, cortejado por dos vicepresidentes: su hermano Juan Crisóstomo y su hijo José Vicente. El resultado fue catastrófico, lo que indujo al dictador a cambiar de nuevo el sagrado texto.

Impresionante la insólita fórmula gubernamental que concibió. Fue electo presidente y en lugar de posesionarse, nombró presidente provisional a Victorino Márquez Bustillos, quien gobernó ocho años cual primer ministro, hasta que el amo decidió volver a la normalidad presidencial. Semejante dualidad calzó bien. Si quería librarse de algún amigo sin despreciarlo, lo remitía a Márquez Bustillos:

– No quiero desautorizarlo. Pero este podría responder: es tarea del general Gómez, que yo hasta allá no llego ni me atrevo.

Dictador totalitario, caprichoso, represivo, cruel y completamente ajeno al principio de legalidad. Nadie resumía como Juan Vicente y tan cómodamente los rasgos de un monarca siéndolo si se le antojaba.