El maderismo y los intelectuales “indefinidos” | Letras Libres
artículo no publicado

El maderismo y los intelectuales “indefinidos”

Una lectura del libro "Dos revolucionarios a la sombra de Madero. La historia de Solón Argüello Escobar y Rogelio Fernández Güell", de Beatriz Gutiérrez Müller.

Uno de los elementos más novedosos de la eficaz campaña presidencial de Andrés Manuel López Obrador fue la activa participación de su esposa Beatriz Gutiérrez Müller, escritora y crítica, doctora en Teoría Literaria por la UAM Iztapalapa. En un país donde los últimos gobiernos han mostrado poco aprecio por la cultura y la historia y donde la figura de la “primera dama” está incorporada a los patrones machistas de la sociedad, las intervenciones de Gutiérrez Müller dieron aires de siglo XXI a un ceremonial político anquilosado en el autoritarismo postrevolucionario.

Un episodio de la campaña fue la promoción de algunos libros de Gutiérrez Müller, que tienen interés más allá de su función electoral. Se trata de dos antologías de intelectuales maderistas, editadas por la Benemérita Universidad de Puebla en 2017: una del poeta nicaragüense Solón Argüello Escobar, y otra del novelista, filósofo y periodista costarricense Rogelio Fernández Güell, dos exiliados en la Ciudad de México en tiempos de la Revolución Mexicana. Ambos, Argüello y Fernández Güell, se identificaron con el maderismo desde la campaña antirreeleccionista, militaron en el Partido Constitucional Progresista en 1912 y se opusieron al golpe de Victoriano Huerta en 1913. Como el propio Madero, los dos fueron mártires: el primero murió asesinado por los huertistas, en 1913, y el segundo, en un levantamiento contra el dictador costarricense Federico Alberto Tinoco en 1918.  

A través de una meritoria labor de archivo e investigación hemerográfica, Gutiérrez Müller reconstruye la obra poética y ensayística de estos intelectuales maderistas, sus biografías políticas, sus influyentes colaboraciones en El Amigo del Pueblo, órgano de uno de los tantos clubes maderistas en 1911, en Nueva Era, el periódico impulsado por Gustavo Madero, y en el quincenal La Época, que dirigió Fernández Güell. 

El rescate de esas figuras de exiliados centroamericanos en la breve vida intelectual maderista dialoga con estudios recientes que se interesan en las conexiones latinoamericanas y los impactos transnacionales de la Revolución de 1910, como los de Javier Garciadiego, Pablo Yankelevich, Alicia Salmerón y Claudio Lomnitz. Lamentablemente, estos estudios y otros, ya clásicos, de la historia intelectual de la Revolución Mexicana, como los de Arnaldo Córdova, Enrique Krauze, Álvaro Matute y el propio Garciadiego, no fueron consultados en la investigación.

Las ideas centrales que Gutiérrez Müller expuso en aquella pesquisa hemerográfica se integraron al volumen Dos revolucionarios a la sombra de Madero. La historia de Solón Argüello Escobar y Rogelio Fernández Güell, que editó Ariel en 2016 con prólogo de Andrés Manuel López Obrador. Aquí la labor investigativa desemboca en algunas conclusiones, como la del maderismo popular, muy a tono también con la nueva historiografía política de la Revolución Mexicana que, a partir de los estudios de Alan Knight, Santiago Portilla y otros autores, encuentra en el movimiento antirreeleccionista y en la primera fase del maderismo, antes de la llegada del líder a la presidencia en noviembre de 1911, una base social heterogénea que demandaba mucho más que una democracia liberal, como se lee en el Plan San Luis Potosí, desde octubre de 1910.

Sin embargo, tanto en el prólogo de López Obrador como en los ensayos biográficos de Gutiérrez Müller se reitera una idea que simplifica los aportes de la investigación hemerográfica y, a la vez, facilita la función ideológica de estos libros en la campaña presidencial de 2018. Me refiero a la tesis de la “soledad de Madero”, de la traición de la “gran mayoría de los intelectuales” a la causa de la Revolución, ya que “fueron porfiristas hasta el final y, peor aún, muchos se adhirieron de manera zalamera y vil al huertismo”. En el prólogo, López Obrador establece un paralelo inquietante entre aquellos intelectuales que dieron la espalda a Madero y los “periodistas, artistas o escritores que (hoy) se mantienen indefinidos, al margen de los acontecimientos trascendentes”. En unos y otros ve “oportunismo, desidia y titubeos de intelectuales que se refugian en la supuesta objetividad, en la moderación para no tomar partido”.

López Obrador se remonta a Justo Sierra y Francisco Bulnes para caracterizar al intelectual “indefinido”, y se lanza en una transcripción de los perfiles porfiristas de ambos sin reparar en que Sierra murió como embajador de Madero en España, en 1912, y que Bulnes conservó su puesto de diputado hasta el golpe de Huerta. Luego enlista a todos los intelectuales que respaldaron al huertismo, a partir de un ensayo de Elena Garro, en el que se mezclan porfiristas resueltos como José Juan Tablada, Federico Gamboa, Salvador Díaz Mirón y Luis G. Urbina con figuras comprometidas con la Revolución como los hermanos Vázquez Gómez, Jesús Flores Magón, Luis Cabrera o José Vasconcelos.

López Obrador reprocha a Cabrera y a Vasconcelos no haber aceptado cargos del gobierno de Madero y escamotea la labor de Vasconcelos en el maderismo de primera hora, como director del periódico El Antirreeleccionista en 1909, su papel en la dirección del Partido Constitucional Progresista y su apoyo al presidente hasta la Decena Trágica. También oculta el papel de Cabrera como figura central del Bloque Renovador en el congreso, opuesto a la que llama “la pandilla del cuadrilátero” (Querido Moheno, Francisco Olaguíbel, José María Lozano y Nemesio García Naranjo). Tampoco destaca la evolución posterior de algunos de aquellos intelectuales “indefinidos”, como Alfonso Reyes, Antonio Caso y Genaro Estrada, que se convertirían en arquitectos intelectuales y diplomáticos del México revolucionario.

Más cuidadosa, Gutiérrez Müller recuerda que miembros del Ateneo de la Juventud, como Martín Luis Guzmán, Alfonso Cravioto y el propio Vasconcelos, no aceptaron cátedras en la Escuela de Altos Estudios luego del golpe de Huerta. Pero tal vez le faltó decir que algunos que se beneficiaron con el nombramiento, como Pedro Henríquez Ureña, otro exiliado en la Ciudad de México, en este caso del Caribe dominicano, habían apoyado inicialmente la Revolución maderista. Henríquez Ureña fue colaborador de El Antirreeleccionista, el diario maderista dirigido por Vasconcelos en 1909 que fue asaltado e intervenido por la policía política del régimen de Díaz.

La tesis central de Dos revolucionarios a la sombra de Madero (2016), que la mayoría de los intelectuales mexicanos, en el “momento de las definiciones” de 1913, optó por la contrarrevolución, es sumamente cuestionable porque hace caricaturas de las biografías, los motivos y las ideas de un campo intelectual heterogéneo y cambiante. Por momentos, Gutiérrez Müller, más que delinear el mapa de las posiciones políticas de los poetas y escritores de aquel momento, parece juzgar la “traición” y el “golpismo” de la intelectualidad y la prensa contra el gobierno revolucionario. En una evidente confusión entre espiritismo y maderismo se pregunta por qué el poeta Tablada, espiritista y masón –como casi todos entonces– “despreció a Pancho” cuando “compartían la misma doctrina”.

Tan problemático es ese relato maniqueo del pasado, que vuelve a dividir la historia nacional en héroes y traidores, como la reducción de las ideas a opciones de “lealtad o no a don Pancho”. Hay aquí un encapsulamiento de la ideología en el afecto por el caudillo, que busca efectos parabólicos sobre el presente. Es sabido que Andrés Manuel López Obrador se autopercibe como un nuevo Madero, quien a su vez, como sostenía Rogelio Fernández Güell, el brillante prosista costarricense estudiado en este libro, se autopercibía como un moderno Juárez.