El autoritario y el crítico | Letras Libres
artículo no publicado

El autoritario y el crítico

Daniel Cosío Villegas no conoció personalmente a Gustavo Díaz Ordaz, pero tuvo con él un intercambio significativo a propósito del movimiento estudiantil de 1968.

¿Cuáles fueron las relaciones entre el poder presidencial absoluto y la crítica liberal en el siglo XX mexicano? Para ilustrar el tema, he venido recordando el caso de Daniel Cosío Villegas, el mayor representante de esa corriente intelectual. Toca el turno a Gustavo Díaz Ordaz. Don Daniel nunca lo conoció personalmente pero tuvo con él un intercambio significativo a propósito del movimiento estudiantil de 1968.

El 16 de agosto de 1968 el historiador publicó "A la deriva", su primera columna en Excélsior. El texto reprobaba el exceso de fuerza con que el gobierno había actuado, pero valoraba la aparente disposición conciliadora del presidente. Lo importante era seguir el ejemplo francés. De Gaulle había pedido el apoyo del ejército y éste se lo había otorgado, bajo la única condición de no disparar contra los estudiantes.

Esa tarde, un militar se presentó a la puerta de su casa (Segunda Cerrada de Frontera #7 en San Ángel) para entregarle un sobre lacrado. Era la respuesta de Díaz Ordaz al artículo. El tono era lastimero y victimista. Si le escribía era porque "un hombre tan preocupado por nuestra juventud y que todavía repara en los riesgos que yo corrí, es un hombre a quien puedo explicarle por qué en México no se esperó, para actuar, a estar de verdad al borde de la guerra civil".

El presidente quiso refutarlo con un argumento que Cosío –en sus Memorias– recordaría como "tontísimo": "Dudo –decía Díaz Ordaz– que usted haya estado presente en las conversaciones [...] para estar enterado de esa condición que señala". No paraban ahí sus reparos: "Dudo también que usted conozca realmente cuáles fueron las condiciones en que intervino el ejército mexicano. [...] Ni del ejército ni de la policía hubo un solo disparo contra los estudiantes, y no hubo un solo muerto".

Cosío Villegas no acusó recibo.

Siempre crítico con los impulsos autoritarios o destructivos, en su segundo artículo caracterizó a "la grey estudiantil" como una "masa informe, pasiva" pero justificadamente descontenta. A su juicio representaba "un polvorín próximo a incendiarse y estallar ante la chispa de los muchos pequeños grupos de radicales". Esa misma tarde, llegó una segunda carta del presidente, llena de elogios a la "cálida comprensión humana" del escritor. "Para un hombre angustiado como yo [...] ¡qué aliento sentir que existe otro hombre que entiende las dificultades y trata de orientar!".

Esta vez Cosío Villegas acusó recibo. Nunca más recibió una carta del presidente, ni le hacía falta. Sin dejar de criticar ciertas facetas del movimiento, lo fue justificando cada vez más por su defensa de la libertad crítica.

Leí su nombre por primera vez en esos artículos. Me gustó, recuerdo bien, su propuesta de reformar los medios de comunicación en México para invitar a los estudiantes a participar en debates abiertos. Otra propuesta suya atendible era que las autoridades intentaran comprender a los estudiantes. ¿Qué motivaba la insatisfacción, la rebeldía? La tercera solución nos pareció un tanto críptica, pero resumía el programa de la futura transición a la democracia:

Hacer pública de verdad la vida pública del país. El gobernante que entienda esto a tiempo, y a tiempo ponga el remedio, pasará a la historia. Los otros no dejarán más huella que las fechas de su nacimiento y de su muerte, y la segunda será siempre recordada con alivio.

El 4 de octubre de 1968 don Daniel sentenció: "el gobierno caerá en un descrédito que nada ni nadie lavará jamás, como que todavía en el año 2068 los textos de historia recordarán a los niños sus brillantes hazañas". A 51 años de los hechos, sus palabras se han cumplido. En su balance final, el gobierno había mostrado "mucha fuerza, poca inteligencia y nula generosidad". Los estudiantes –inermes, generosos, no demasiado inteligentes– habíamos fallado en disipar la duda sobre la intromisión de diversos "grupúsculos" revolucionarios. No obstante, su elogio al movimiento fue conmovedor:

Ha dado un ejemplo cívico que no se producía en el país desde hace casi treinta años, que no se olvidará fácilmente y que está destinado a ser imitado mañana.

El ejemplo cívico al que se refería don Daniel era la defensa de la libertad crítica ante el poder, sobre todo el poder absoluto de los presidentes. A limitarlo dedicó los años finales de su vida. El poder es una pasión, la libertad es un valor, quizá el valor cardinal del ser humano. Solo el gobernante que entienda esto a tiempo, y lo respete, pasará a la historia.