Cuauhtémoc en El Escorial | Letras Libres
artículo no publicado

Cuauhtémoc en El Escorial

Un fragmento del discurso que Enrique Krauze pronunció al recibir el III Premio de Historia Órdenes Españolas, el pasado 7 de julio.

Conmemorar es hacer memoria juntos. Quisiera entonces comenzar por recordar a la gran civilización conquistada. Cubría una inmensa superficie en cuyas urbes magníficas convergían los más diversos oficios y las artes más refinadas. Aquel orden garantizaba el abasto de agua, víveres y materias primas, y contaba con una extensiva y minuciosa organización de la fuerza de trabajo. Había valores éticos y estéticos en esas naciones, y había también, aunque incomprensible para nosotros, una religión que daba sentido a sus vidas. Era un continente perdido en la geografía y la historia, una zona no solo remota sino ajena a Europa, África y Asia, que llevaban siglos de conocerse. Quizás en esa condición insular estuvo el origen de su tragedia, que no terminó con la derrota de los mexicas y los reinos circundantes. El benemérito franciscano fray Toribio de Benavente –apodado "Motolinía", "el pobrecito", en náhuatl– incluyó a las encomiendas, tributos y la esclavización de los indios entre las diez plagas que los afligieron en las primeras décadas posteriores a la Conquista además de las diversas epidemias que, solo ahora, por sufrirlas en carne propia, tenemos la posibilidad de imaginar. Pasado el tiempo, fue levantándose una nueva realidad, pero los efectos de esa destrucción –así haya sido parcial– marcarían el destino social, económico y demográfico de México.

Estos, me parece, son hechos incontrovertibles, pero la historia no es un tribunal, y el deber del historiador –sobre todo ante un drama a tal grado remoto– no es juzgar sino ante todo documentar, explicar y comprender. En el primer ámbito, el avance ha sido continuo y notable. A las fuentes originales, tanto españolas (cartas, crónicas, historias) como indígenas (pictografías, anales, mapas, documentación legal o cotidiana), se fueron sumando hallazgos, ediciones críticas, interpretaciones novedosas... Estos trabajos comienzan inmediatamente después de la Conquista y en ellos se hermanan cronistas indígenas, frailes españoles, científicos criollos, sabios europeos, historiadores novohispanos y mexicanos.

No menos notable ha sido el progreso en la tarea de trazar las causas de los hechos. Gracias a la obra extraordinaria de Hugh Thomas conocemos mejor el perfil de los compañeros de Cortés y podemos ponderar factores determinantes en el desenlace, como los contrastes en la tecnología y hasta la concepción misma de la guerra. Una escuela de interpretación ha puesto el énfasis en la constelación de pueblos indígenas, no solo como aliados de los conquistadores (que lo fueron, decisivos) sino como agentes de su propio destino.

Algunos historiadores pensamos que tan importante como discurrir las causas de los hechos es acercarnos a su sentido. Y es ahí, en la comprensión, donde persiste el mayor enigma. ¿Qué leyeron uno en el otro, Moctezuma y Cortés? ¿Cómo interpretar la aparente pasividad de Moctezuma? ¿Cómo entender el ímpetu histórico de Cortés? ¿Qué papel jugó doña Marina, la famosa Malinche, que traducía de un idioma a otro esas lecturas distantes? Gracias a la gran biografía de Hernán Cortés escrita por José Luis Martínez podemos acercarnos al Cortés histórico, no al mitológico. Pero la perplejidad no cede. Por eso los historiadores debemos convocar a los poetas. Ellos comprenden mejor.

Hace exactamente un siglo, año del cuarto centenario que sería también el de su prematura muerte, Ramón López Velarde, uno de los más eminentes poetas mexicanos, invocaba en un célebre poema al sufrimiento de Cuauhtémoc y de su pueblo con imágenes que resumen volúmenes de información: se refiere al "azoro de sus crías", al "sollozar de sus mitologías". Pero enseguida, hablando al héroe, introduce unas líneas proféticas:

Anacrónicamente,
absurdamente,
a tu nopal inclínase el rosal;
al idioma del blanco, tú lo
imantas
y es surtidor de católica fuente
que de responsos llena
el victorial
zócalo de cenizas de tus plantas.

Las tres imágenes –la flor europea saludando a la planta americana, el canto náhuatl que enriquece a la lengua española, la tortura de aquel tlatoani como una prefiguración cristiana– anticipan la visión del precioso ensayo titulado "Novedad de la Patria" en el que López Velarde define a la patria mexicana en seis palabras que doblan la página de la Conquista y abren la página de nuestra historia compartida:

Castellana y morisca, rayada
de azteca
 

 

Publicado en Reforma el 11/VII/21.