Herencias de Borges | Letras Libres
artículo no publicado

Herencias de Borges

 

Jorge Luis Borges se apagaba veinticinco años atrás en la ciudad de Ginebra y la historia del castellano acaso cerraba un capítulo y abría otro, ese que tantos escritores están explorando en registros distintos, con estrategias diversas, deudores de un nombre ineludible.

Claudio Zeiger (1964, argentino, autor de El paraíso argentino, Nombre de guerra, Adiós a la calle):

“Es posible escribir después de Borges porque también lo fue antes (Eduardo Mallea es un ejemplo) y durante (Julio Cortázar y Manuel Puig son esos otros ejemplos). El mito de un Borges hegemónico y monopólico es eso, un mito. Sabato, sin ir más lejos, llegó a ser más importante a comienzos de los sesenta. Borges tuvo, en un momento que puede situarse en los cuarenta, cincuenta, una posición dominante que nunca perdería, pero siempre existieron otras variables literarias.

Estas observaciones tienen que ver con el sistema literario y no es juicio ni de gusto ni de calidad de mi parte. Supongo que en el siglo xxi Borges tiene más relevancia universal/internacional que nacional.

Mi Borges favorito es el de Discusión, sin lugar a dudas. En parte porque el género del cuento me cansa un poco, y además porque ese libro condensa lo mejor de él como crítico de la propia tradición. Es un libro de ensayos imprescindible, y además, muy ameno.”

Héctor Abad Faciolince (1958, colombiano, autor de Angosta, El olvido que seremos):

“Lo fundamental en Borges, para mí, no era la lengua, sino el pensamiento complejo, brillante y muy original, anterior a esa lengua. Borges es muy traducible porque sus virtudes no son las de un estilista del idioma (eso es Azorín) sino la maravilla de una mente muy sofisticada. Hay una manera muy suya de adjetivar, es cierto, como decir “en la unánime noche”; pero esa es una peculiaridad que se puede traducir muy bien, y que no se debe imitar porque todo lector culto sabría que eso no es del imitador, sino del original. Lo más original en Borges, insisto, no es el lenguaje sino la inteligencia: su extraordinaria inteligencia.
Adoro “Funes el memorioso”, quizá porque es la hipérbole de la mente privilegiada de Borges, y el espejo donde todos podemos mirarnos para ver el tamaño de nuestra pequeñez; es más, de nuestra idiotez.”


Carlos Busqued
(1970, argentino, autor de Bajo este sol tremendo, finalista del premio Herralde):

Uno escribe en la medida de sus posibilidades, y Borges es justamente algo mucho más allá de las posibilidades de uno. Es como preguntar cómo ser físico después de Newton o Einstein. Fue una discontinuidad, un genio de esos aparece cada doscientos años. Después de un genio, uno debe hacer lo suyo con humildad, sabiendo que no va a descubrir la teoría de la relatividad, pero a lo mejor inventa el sacacorchos, más modesto pero útil a su manera y en su medida.

No puedo decir preferido porque no lo leí todo y fundamentalmente todo lo que leí está a kilómetros de distancia de lo que yo pueda llegar a hacer (en consecuencia, no soy nadie para decir ‘esto está mejor y esto otro no tanto’), pero me sé de memoria ‘El Golem’ y un par más de poemas, que me sirven para molestar a mis amigos en los asados. ‘El Golem’ es magnífico, resume casi todo lo que yo puedo imaginar de la verdad de la existencia: ‘¿Cómo (se dijo) / pude engendrar este penoso hijo / y la inacción dejé, que es la cordura?’


Diamela Eltit (1949, chilena, autora de Lumpérica, El cuarto mundo, Los vigilantes):

“Sí, se ha escrito después de todas y cada una de las revueltas literarias, ¿cómo es esta práctica posborgiana? Pues reescribiendo a Borges, por ejemplo, de otra manera. Desoyéndolo, reparándolo, discutiéndolo.
No hay texto narrativo de Borges que no sea borgiano, quiero decir: en cada uno está inscrito su singular poética del relato; entonces, leer un texto de Borges implica ingresar en su máquina narrativa, quiero decir, a su totalidad.”


Dante Augusto Palma (argentino, autor de Borges.com):

“Espero que sí, que sea posible escribir después de Borges, aunque quizás la pregunta me lleva a pensar en el final de ese texto maravilloso que es ‘Pierre Menard, autor del Quijote’. Allí aparece la idea de que la intención de este francés, intentar reescribir el clásico de Cervantes acababa siendo una suerte de palimpsesto, esto es, un texto en el cual se puede escribir encima pero en el que perdura la huella de lo anterior. Quizás con la literatura en castellano pase algo similar y así, por más letras, escritos y novedades que aparezcan, la literatura de Borges siempre tendrá esa capacidad de emerger, de dejarse ver casi como mostrando que ni siquiera las hojas que creemos vacías están en blanco.

Es difícil pero a mí no deja de perturbarme en las sucesivas lecturas, ‘Utopía de un hombre que está cansado’. Hay allí una atmósfera de profunda ambigüedad, una utopía que es distopía. El cuento se mueve todo el tiempo dando falsos guiños y abriendo el interrogante hacia cuál es el mundo en que deseamos vivir. El final del cuento, además, contiene esa ironía que en este caso alcanza ribetes dramáticos pues, dado que la individualidad de los hombres se encuentra completamente subsumida al poder totalitario de la completa igualdad (presumiblemente en manos del Estado), la única decisión estrictamente personal es la de suicidarse en una máquina que, en el contexto del cuento, fue creada por un ‘filántropo llamado Adolf Hitler’.”


Horacio Castellanos Moya (1957, salvadoreño, autor de La diáspora, Tirana memoria, La sirvienta y el luchador):

“¿Cómo escribir después de Borges? ¿Cómo escribir luego de Homero? ¿Cómo escribir luego de Virgilio? ¿Cómo escribir luego de Dante? ¿Cómo escribir luego de Cervantes? ¿Cómo escribir luego de Flaubert? ¿Cómo escribir luego de Joyce? Pues de la misma forma que se ha venido escribiendo a lo largo de los siglos. Borges es un venturoso episodio argentino en lengua castellana en la literatura universal.
Releo con frecuencia e inagotable admiración los cuentos, en especial ‘El tema del traidor y del héroe’, ‘La muerte y la brújula’ y ‘El sur’. ¿Las razones? El gusto, el puro gusto.”


Álvaro Enrigue (1969, mexicano, autor de La muerte de un instalador, Hipotermia, Decencia):


“Me imagino que pasamos por Latinoamérica de escribir directamente como Borges a escribir en contra de su adjetivación, de su lucidez sucinta, de la palabra ‘acaso’ antes de cualquier hipótesis. Pero la verdad es que el agua va pasando y se va transformando en el más universal de los difuntos de la lengua, pero nada más –y nada menos– que eso. Lo leemos de otra manera, tal vez menos reverente gracias a que hemos sabido descubrir que estaba lleno de humor y de debilidades más bien vergonzantes. Es una lectura que no se podía hacer antes del ‘Borges’ de Bioy.
Es una obviedad, pero así es con los autores que nos formaron: ‘Borges, el otro’ sigue siendo mi estándar –inalcanzable, por supuesto– en términos del equilibrio perfecto entre forma, dicción e inteligencia. Es muy divertido, además de que en ese ensayo minúsculo de poética señale la ilusión de haber escrito una página que justificara toda su experiencia: ¡es una página que justifica la experiencia de toda la lengua!”

Hernán Vanoli (1980, argentino, autor de Pinamar, Varadero y Habana maravillosa):

“Después de Borges, la manera de seguir escribiendo sería no fetichizarlo. Borges fue un enorme escritor, pero también funciona como moneda de cambio para distinguir entre aquellos que profesan la religión literaria y los que no. Me interesan muchos de los procedimientos de Borges, y me aburren muchos de sus textos. La cultura ya no funciona ni siquiera como Borges lo prefiguró en sus textos más celebrados, y hay que hacerse cargo de eso.
Mi texto favorito es ‘El Aleph’, primero porque es uno de los más divulgados, y segundo porque creo que en ese texto, al final, de lo que habla Borges es de una fenomenología del ser zombi. Ver el Aleph es no estar ni vivo ni muerto sino in between, que es lo que podría decirse que pasa con la cultura literaria en la contemporaneidad.


Luis Chitarroni (1958, argentino, autor de Peripecias del no, Siluetas, Mil tazas de té):

“La inevitabilidad de seguir haciéndolo (escribir después de Borges) implica una determinación. Y aun si la determinación fuera escribir ajenos a Borges, escribir como si Borges no gravitara en la literatura (no digo ya en la Argentina), habría que leerlo, habría que saber qué hizo. Pound sobre Whitman: ‘no me molestaba que Whitman hubiera transgredido algunas de las reglas métricas y prosódicas del verso inglés, me molestaba que no las hubiera transgredido todas por no conocerlas’. Las revueltas contra Borges –la más historiada fue la llamada “el juicio de los parricidas” – insinúan cierta gravedad, cierto candor, cierto patetismo. Reñían con un Borges mandarín cuyas opiniones políticas no dejaban de ser, paralelamente, lastimosas. La ventaja de ellos –los parricidas–, y la de él –Borges–, es que estaban vivos. Es una ventaja que cuando somos jóvenes no consideramos. Es a todo este tipo de torpezas que Borges se adelanta con un solo instrumento único, con un arma mortal: el estilo. Y ese estilo, no solo por su inteligencia y elegancia, es el que define y redefine, como solía decirse, y aunque a algunos les parezca una patraña, una posición tomada, una estrategia nacional, una política de la lengua.

A esta altura, elijo dos ensayos: ‘La supersticiosa ética del lector’, ‘El escritor argentino y la tradición’, y dos cuentos, ‘Tlön, Uqbar, Orbis tertius’, ‘Pierre Menard, autor del Quijote’.”


Mariana Dimópulos (1973, argentina, traductora, autora de Cada despedida, Anís):

“¿En qué castellano escribir? ya es una pregunta lo suficientemente compleja como para agregarle el ‘después de Borges’, aunque las limitaciones a veces ayudan, y quizá en este caso así sea.
Por supuesto que la pregunta cambia de acuerdo a qué quiera decir Borges para ese alguien que escribe en castellano. A diferencia de otros lectores (no sé si cabe aclarar que me pasa sobre todo con los lectores masculinos), Borges nunca tuvo para mí, como lectora y más tarde como alguien que usa la lengua castellana para escribir, esa impronta de sombra, de maestro insuperable, y esto no porque no fuera un maestro ni porque su figura, su estatura literaria si se quiere, no sea realmente insuperable. Quizá la cuestión radique en su relación con la filosofía. La idea de la metafísica como una rama de la literatura fantástica (con todo el amor por la metafísica que esta idea pueda contener) me resulta demasiado ajena. Cuando uno –aunque suene entre pavoroso y banal decirlo– confía en la metafísica, y no precisamente en su carácter ficticio, se encuentra ahí con un límite. Lo mismo ocurre con el gusto de Borges por la ironía y por la paradoja: toda la invitación magnífica de su escritura y de sus textos pierde cierto brillo para quien no lo comparta. En este juicio puede haber oculta una moral, mal que me pese. La antigualla de la verdad, o las verdades, hará reír a más de uno. La queja de Valéry, ‘Todo ironista apunta a un lector pretencioso en donde se contempla’, quizá esconda algo de este espíritu de moralina con que puede confundirse el rechazo a la ironía como figura literaria y de pensamiento.

Es a partir de esta limitación al leer los cuentos de Borges que siempre preferí y admiré su poesía, donde el amparo en la ironía es menor. Que la ironía sea un amparo me parece indiscutible para alguien que, como en el cuento ‘El fin’, se atreve a hablar de esa hora en que la llanura está por decir algo y no lo dice, y toda esa frase que está en el cierre del cuento. Ahí aparece el Borges que a fuerza de ironía y de paradojas había que acallar, y en ciertos casos acaso con justicia; el mismo de sus primeros libros de poesía, y el mismo que sobrevive en muchos poemas posteriores. Pienso, por ejemplo, en ‘A cierta sombra, 1940’. Ahí no hay lugar donde resguardarse, ahí todo puede ser una patética invocación, y esto es, precisamente, uno de los riesgos en que se funda el poema.”

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