Gorki en Nueva York | Letras Libres
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Gorki en Nueva York

El novelista ruso fue acogido en Estados Unidos por celebridades que se disputaban su presencia, hasta que un escándalo, manipulado por los medios, hizo fracasar su intento de recaudar fondos para la revolución. 

Recepción bajo la lluvia

A las seis de la tarde del martes 10 de abril de 1906, el vapor Káiser Guillermo el Grande arriba al puerto de Hoboken, Nueva Jersey, proveniente de Cherburgo. A bordo se encuentra Alekséi Maksímovich Péshkov, más conocido como Máximo Gorki, de 38 años, quien llega al continente americano tras los acontecimientos que un año antes desembocaron en la creación del primer parlamento ruso, una revolución que el propio Gorki describe como “de clase media” y que en efecto involucra a la intelligentsia antizarista. En esos días de revolución, Gorki es más que un espectador pasivo; la Ojrana lo sabe y el exilio es su castigo.

Días antes, al recibir confirmación cablegráfica de que el conocido escritor y revolucionario se dirige a Nueva York, la prensa especula con la posibilidad de que se le prohíba la entrada al país “por pertenencia a una asociación que autoriza y enseña el uso de la fuerza con el fin de derrocar a la autoridad constituida”. A principios del siglo XX americano las leyes contra los anarquistas, cuyos militantes han sido particularmente activos en las décadas anteriores, son duras y expeditas. Los socialistas, en cambio, no tienen problema alguno; de hecho, está “de moda” serlo en los Estados Unidos de principios de siglo, mucho antes del macarthismo y la Guerra Fría. Al ser entrevistado en la aduana, según consigna el New-York Tribune, Gorki niega ser anarquista y asegura, en cambio, ser socialista.1

Miles de personas reciben a Gorki y a sus acompañantes –“madame Gorki” y su “secretario personal”, Nikolái Burenin– en el muelle de la compañía naviera Norddeutscher Lloyd. Las calles están llenas de admiradores que aplauden al revolucionario, quien no solo es popular como escritor, “sino también como figura romántica”.2 Son tantos sus seguidores que las autoridades portuarias solicitan refuerzos policiales para controlar a la multitud. Gorki se ha hecho famoso en Estados Unidos gracias a sus colaboraciones en el New York American, propiedad de William Randolph Hearst, y en particular por el trepidante relato del Domingo Sangriento, titulado “La masacre como yo la vi”. Periodistas, fotógrafos, políticos, literatos, artistas y toda suerte de hombres y mujeres llenan la zona portuaria, y los emigrados rusos de las ciudades de Nueva York y Nueva Jersey están de fiesta con la visita de un hombre como ellos, sencillo, autodidacta, que ha llevado la voz de los pobres de Rusia a todos los confines del mundo. Es tal la congregación, que el New York Times no duda en afirmar que la bienvenida rivaliza “con la ofrecida a Kossuth, el libertador de Hungría, y a Garibaldi, el padre de la Italia unificada, cuando vinieron a este país”.

En tierra lo aguarda Zinovi Péshkov, un joven ruso de origen judío a quien Gorki había adoptado una década atrás, dándole su apellido para que el muchacho, a la sazón adolescente, pudiera evadir las estrictas leyes zaristas que limitan la libertad de movimiento y de trabajo a los judíos. Tras atravesar el continente europeo, el chico llega a Canadá en 1904, y poco después a Estados Unidos: joven de gran inteligencia, ha sido discípulo y asistente personal del escritor en Rusia y se ha hecho cargo de sus asuntos durante sus estancias en prisión. Él y Gorki serán grandes amigos el resto de la vida, incluso cuando sus caminos se separen sin remedio tras la revolución de 1917.

Pero esta noche lluviosa, en Nueva Jersey, están juntos, y el comité de recepción está integrado por toda suerte de liberales, radicales y socialistas. Al frente se encuentra el representante del Partido Social-Revolucionario ruso, Nikolái Chaikovski –recién llegado de Londres–, acompañado por un grupo de militantes cercanos. Se encuentran también los delegados del Partido Socialista de América Alexander Jonas y Algernon H. Lee, y los del Partido Socialista del Trabajo (slp) encabezados por Julius Hammer.3 Y están, desde luego, el multimillonario empresario editorial Gaylord Wilshire, en representación del Buró Socialista Internacional (de la Segunda Internacional); Leroy Scott, escritor, miembro de la Sociedad Socialista Intercolegial –“fundada por fabianos, para fabianos”–; el escritor y líder de la izquierda radical judía Abraham Cahan, a la sazón editor de The Forward, e Iván Norodny, líder del Partido Militar Revolucionario. Dos días antes, Norodny había dado a entender a la prensa que “Gorki viene a Nueva York como representante oficial del Partido Socialdemócrata ruso. Con Chaikovski, representante del Social-Revolucionario [y el propio Norodny, del Militar Revolucionario], los tres principales partidos revolucionarios representados en este país actuarán al unísono con el fin de influir en la simpatía americana a favor del movimiento revolucionario ruso”.

“Tengo la esperanza y la certeza de que Rusia será pronto una república”, declara Gorki a la prensa. “Los recientes acontecimientos en Rusia fueron fruto de los revolucionarios de clase media [pero] las elecciones no tienen relación alguna con la situación revolucionaria. No creo en la Duma ni en el actual sistema electoral. Las elecciones no tienen nada que ver con la liberación del pueblo. Los socialdemócratas no participan en las elecciones en tanto partido, aunque muchos de ellos han sido elegidos a título individual [...] Que la Duma traerá calma y prosperidad a Rusia es algo que no creo.”4 Y cuando le preguntan qué será del zar en caso de que la revolución triunfe, Máximo Gorki se limita a encoger los hombros.

Tarde en la noche, tras estrechar muchas manos y recibir numerosas tarjetas de presentación, Gorki, en compañía de “su esposa”, del joven Péshkov y de su “secretario personal”, se dirige al Hotel Belleclaire, donde la peculiar familia ocupa un apartamento de tres habitaciones, en el noveno piso, con vistas al Parque Central por el este y al Hudson por el norte.

Nueva York lo recibe a lo grande.

Twain y el A Club

La noche del 11 de abril de 1906, Máximo Gorki es invitado a una cena privada en el A Club,5 donde ultiman los detalles para un gran banquete público de recaudación. “A lo largo de la cena –cuenta una crónica del New-York Tribune– el señor Clemens y Gorki entablaron una animada conversación, con el joven Péshkov actuando como intérprete.” El “señor Clemens” al que se refiere la nota es Samuel Langhorne Clemens, alias Mark Twain. Él y Gorki se admiran mutuamente y no dejan pasar un instante sin demostrarlo: “Es un día feliz este en que se me ha permitido conocer a Mark Twain”, dice el ruso. “Él es famoso en el mundo entero, y en Rusia es el más conocido de los autores americanos [...] Ningún hombre de cultura siente que su educación es completa hasta que ha leído a Mark Twain.”

“La idea es ayudar a los rusos a obtener la libertad por la que nuestros padres lucharon y que hemos disfrutado por más de cien años –la libertad de expresión, de prensa, de asamblea, de voto y de religión o conciencia– y a la que debemos la paz y la prosperidad que gozamos hoy”, afirma el escritor Robert Hunter. Twain no se queda atrás: “Si podemos hacer algo para ayudar a crear una república rusa, hagámoslo.” Hacia el final de la cena el comité queda formalmente constituido. El objetivo: conseguir fondos para la revolución. Gorki no titubea: “Vine a América para entablar contacto con el pueblo americano y pedirle su ayuda para mis sufridos compatriotas que luchan por la libertad. El despotismo debe ser derrotado y para ello lo que necesitamos es ¡dinero, dinero, dinero!”

Tras la cena, Gorki y el joven Péshkov se dirigen a casa del empresario, editor y político socialista Gaylord Wilshire, donde una recepción en honor al escritor inglés de ciencia ficción y socialista fabiano H. G. Wells tiene lugar. Wells recuerda el encuentro en The future in America: “Es una gran y calma figura, hay un curioso poder de convencimiento en su rostro, una honda simplicidad en su voz y en sus gestos. Cuando lo conocí, estaba vestido con ropas campesinas, con una camisa azul con correa, pantalones de algún material negro brillante, y botas, y aparte de unas pocas frases comunes, su único idioma era el ruso [...]; presenta además ese desamparo práctico que es propio de genios como él.” Wells, feliz, lo llama “la gran figura de la libertad”.

Gorki está en la cumbre americana.

Dinero, dinero, dinero

Mucho se especula sobre la verdadera razón de la visita de Gorki. La versión de que la tuberculosis lo consume se expande, pues los rigores de la prisiones rusas, en concreto de la Fortaleza de Pedro y Pablo, son bien conocidos. El propio Gorki no deja lugar a dudas: “Soy un enemigo del gobierno ruso, he sido un revolucionario desde los diecinueve años y no tengo por qué disculparme por mi actitud. Vine a este país a conseguir dinero para ayudar al movimiento revolucionario ruso.” Y si ha venido a este país, continúa, “es porque es el más democrático del mundo y creo que Rusia está destinada a posicionarse junto a América en tanto tierra de ideas democráticas”.

Pero Estados Unidos se encuentra ahora en un impasse; pasadas las guerras del XIX que configuraron la nación, y cuando todavía falta una década para su incursión en la primera contienda mundial, el pueblo estadounidense parece poco favorable a las aventuras extraterritoriales. Además, las recientes intervenciones en Cuba, Puerto Rico y Filipinas tampoco ayudan a aclarar las cosas: “Fuimos ahí a conquistar, no a redimir”, había dicho Twain unos años antes. El pacifismo es la nueva consigna americana, y los ciudadanos no ven con buenos ojos la idea de financiar una guerra en Rusia.

Los estadounidenses, orgullosos de la seguridad y la tranquilidad que la democracia provee, se niegan a aceptar que en otras sociedades el único recurso para transformar el estado de las cosas sea la lucha armada, idea que les desagrada por encima de cualquier otra. Aun así, puesto que su propia revolución fue contra “el rey”, y eso se halla profundamente instalado en la conciencia social, la figura del zar los repele, y la repulsa hacia la autocracia es genuina en la opinión pública. Las aventuras y desventuras de la revolución rusa no les resultan ajenas, y la abominación del Domingo Sangriento está fresca en la memoria colectiva. Gorki, con sus relatos, novelas y reportajes, ha hecho un gran trabajo al mostrar el sufrimiento “del pueblo”. Todos quieren apoyar al sufrido pueblo ruso pero nadie quiere embarrarse con una sangría que saben va a estallar en cuanto suene el primer disparo.

Pero Gorki no ceja en el intento de conseguir dinero, labor a la que se ha entregado en más de una ocasión. La fascinación que ha despertado en la alta sociedad neoyorquina, culta, ilustrada y liberal, es sin duda favorable para la causa, piensa, y aun se cree capaz de conquistar al “progresista” pueblo estadounidense y conseguir el apoyo económico que toda revolución requiere. La innegable fuerza que las organizaciones socialistas tienen en este preciso momento en Estados Unidos hacen de Nueva York el mejor sitio para obtener fondos. De ahí que su humor sea sólido y confiado.

Sabe que podrá convencerlos.

La debacle moral

La mañana del sábado 14 de abril de 1906, el periódico sensacionalista The World, propiedad de Joseph Pulitzer, amanece con un titular imperdonable: “Gorki trae a una actriz como si fuera madame Gorki”, noticia que cae como una bomba en las buenas y decentes conciencias americanas. En realidad, como detalla Holtzman, no es un verdadero secreto que María Fiodorovna Andreieva y Máximo Gorki no están legalmente casados; Gorki y Yekaterina Pávlovna Péshkova llevan años separados, incluso en los mejores términos, aunque el divorcio les ha sido negado en virtud de las ideas políticas de ambos, lo que se ha convertido en un modo de presión más de las autoridades zaristas. Gorki y María Andreieva, por su lado, se conocen en 1900, y desde 1903 viven juntos como una pareja de facto ante la imposibilidad de anular el matrimonio previo.

No solo no es un secreto, sino que la propia policía zarista se ha encargado de enviar a los distintos periódicos neoyorquinos, con la intención de minar la credibilidad de Gorki, los datos de dicha relación, donde se incluye una foto de la “verdadera” esposa del escritor en compañía de sus hijos; información que los reporteros estadounidenses, en una suerte de pacto no escrito –según cuenta Filia Holtzman–, deciden ocultar, a sabiendas de que, en efecto, la labor prorrevolucionaria del novelista se vería dañada.

La reacción no se hace esperar. En cuanto los primeros ejemplares de The World llegan a las calles, todos comienzan a hablar de “la mujer”, de “su acompañante”, de “la actriz”, con todo lo que el término puede significar en un medio pequeñoburgués y provinciano, como pronto muestra ser el neoyorquino. Cuenta The Sun: “Tras conocer el reporte noticioso de que la mujer que se registró en el hotel como ‘madame’ Gorki es en realidad ‘mademoiselle’ Andreieva, una actriz, y no la esposa de Gorki, Milton Roblee, propietario del hotel, le pidió a Gorki que abandonara las instalaciones.” El pobre millonario socialista Gaylord Wilshire, que ha reservado el apartamento que los Gorki ocupan, recibe las reprimendas del hotelero, quien las narra airado al Evening Star: “Le dije al señor Wilshire que este es un hotel familiar perfectamente respetable, y que no puedo permitir la presencia del señor Gorki y su acompañante. Deben dejar la casa de una vez.”

De manera inevitable, la relación entre Gorki y Wilshire se enfría. El millonario socialista supone haber sido un pésimo anfitrión, y algo de vergüenza ajena debe sentir por la actitud de sus conciudadanos. No es difícil imaginarlo al momento de presumir la ciudad de Nueva York, capital cosmopolita de América, y luego, ante el descalabro, sufrir la desilusión de su amigo y la propia. Además, fue él, Wilshire, quien anunció a todos que María Andreieva era la esposa del autor. Por estos motivos, invita a Gorki y compañía a quedarse en su apartamento, pero el ruso declina con la excusa de que no quiere avergonzar más a su amigo. Lo avergüenza, sin embargo, al pagar de su propio bolsillo los 179 dólares que se adeudan al hotel, pese a que la reservación –y la invitación misma– había sido expedida por el caballero Gaylord Wilshire. A modo de explicación, el joven Péshkov, quizá con cierta sequedad, se limita a acotar que “no es costumbre en Rusia permitir que otros paguen las cuentas de uno”.

La noticia del falso matrimonio se propaga rápidamente por Nueva York y, según reporta el Evening Star, los seguidores de Gorki en la ciudad se dividen ahora en dos bandos irreconciliables; por un lado, “los socialistas más extremos, que toman la situación con cierta calma”, y, por el otro, los “socialistas conservadores”, quienes “están desconcertados por el descubrimiento de que ‘madame Gorki’ no es madame Gorki en lo absoluto”. El agudo reportero del Evening World ve el dilema con claridad: “Políticamente, estas personas podrán ser muy avanzadas, pero en lo que concierne a las relaciones maritales son aptos para calificar como anticuados –y como americanos.”

Tal es también la percepción –y quizás la actitud– de Mark Twain: “No sé qué efecto tenga esta noticia en el seno del comité al que accedí a unirme. En Rusia, tengo entendido, las condiciones políticas y sociales están más o menos entrelazadas, pero aquí, en este país, la actitud con que se sostienen las relaciones domésticas es por entero diferente. No pretendo, de cualquier manera, tomar parte activa en el comité.” Los “A Clubbers”, por su lado, insisten en un silencio que poco los honra: “Leroy Scott, quien ha sido por demás activo en su apoyo a Gorki, dijo sentirse muy mal para hablar. Robert Hunter fue igualmente evasivo. William Dean Howells rogó ser excusado de cualquier comentario”, reporta el New York Times. En la mañana el famoso líder sindicalista minero John Mitchell le hace llegar a Gorki una nota donde “expresa su pesar por no poder acudir a la cita acordada para esta tarde”.

Gorki empieza a quedarse solo, y se indigna, no por lo que digan de él sino por lo que insinúan de su amada. La prensa lo presenta como un vicioso polígamo que ha “dejado a su esposa e hijos en Rusia” mientras viene a Nueva York con su amante “la actriz”; y a ella, como a una cualquiera que se ha entrometido en el sagrado matrimonio del gran escritor para arruinarlo por entero. No todos, sin embargo, comparten esta visión que los medios de información desperdigan sin honor. Para sorpresa de propios y extraños, es la esposa de otro famoso millonario socialista, el señor James Graham Phelps Stokes, quien sale en defensa, no solo de la pareja, sino de los asuntos privados en sí. Rose Harriet Pastor Stokes –escritora, activista, feminista, miembro del Partido Socialista y, más tarde, ya divorciada, una de las fundadoras del Partido Comunista de América–, al ser cuestionada por el Evening World, responde: “Máximo Gorki es uno de los grandes hombres del mundo. No podemos comprender qué circunstancias y motivos en su vida lo guiaron hasta la presente situación, y debemos aceptarlo como el gran hombre que es. ¿Cambiará mi actitud hacia él por saber que la mujer que lo acompaña no es su esposa? ¡Ciertamente no!”

El periodista insiste: “Pero, ¿lo recibiría usted esta noche con la misma cordialidad con que lo hizo al conocerlo?”

–¡Sin duda! [...] Máximo Gorki ha hecho demasiado bien público en este mundo como para ser considerado sin necesidad de juzgar su vida privada.

–¿Y usted piensa, señora Stokes, que este descubrimiento afectará sus relaciones en este país? Como usted sabe, ha sido recibido por algunas de las mejores personas.

–No sé a qué se refiere usted con “las mejores personas”. Supongo que habrá algunas “personas respetables”, entre comillas, que están demasiado asustadas por lo que sus vecinos puedan decir, y están respetablemente escandalizadas y respetablemente desaprueban a la pareja. Pero cuando los individuos representan los más altos tipos de vida, como Máximo Gorki y la dama que usted dice que no es su esposa, tienen fuerza suficiente y superioridad suficiente para trazar sus propias vidas. Yo no tengo derecho, ni lo tiene nadie más, para cuestionar o juzgar sus acciones [...] ¿Qué sabemos nosotros de los ideales y propósitos que mantienen a estas dos personas unidas? ¿Qué sabemos de las causas privadas que condujeron a la separación de Máximo Gorki y su esposa, y a la presente relación con esta encantadora mujer? Lamento sinceramente que los periódicos hayan hecho público un asunto tan personal y privado, y me rehúso a expresar una opinión en torno a un asunto que no me concierne en lo absoluto.

H. G. Wells, por su lado, describe sin ambages el linchamiento a que someten a la pareja, sobre todo a ella, a quien se refieren como “la mujer Andreieva”: “Los Gorki fueron perseguidos con insultos de hotel en hotel. Hotel tras hotel los dejaron fuera. Al final, después de la media noche, acabaron en las calles de Nueva York con todas las puertas cerradas a sus espaldas [...] Y este cambio –continúa– ocurrió en el transcurso de veinticuatro horas. Un día Gorki estaba en el cenit; al siguiente, barrido del mundo.” Lo peor, insiste, es que en medio de ese linchamiento imbécil y moralista, la tragedia rusa cae en el olvido: “Las masacres, el caos de crueldad y torpeza, la tiranía, las mujeres ultrajadas, los niños torturados y asesinados, todo eso se olvidó.” Y todo en nombre de la “pureza moral”, recuerda Wells.

Lo más triste, empero, es que este linchamiento no tiene relación con moral alguna, sino con la más simple y ramplona avaricia, y el asunto debe ser entendido en medio de la larga y no siempre limpia competencia entre los periódicos The World, propiedad del honorable Joseph Pulitzer, y el New York American, cuyo propietario es el aún más honorable William Randolph Hearst.

Según Filia Holtzman, “fue solo cuando los editores del World se enteraron de que Gorki había firmado un contrato exclusivo con el New York American [...] que decidieron lanzar esta información al público americano”. La bajeza de este proceder tiene consecuencias incalculables, no solo para Gorki y “su acompañante”, pues la persecución no queda limitada a la “prensa amarilla” ni a la buena y decente burguesía neoyorquina –en la Asociación Republicana de Mujeres del Estado se preguntan: “¿No deberíamos nosotras, como mujeres, hacer algo contra este hombre?”–, sino que se extiende, con la fuerza que solo la mojigatería posee, a los círculos políticos, académicos y literarios del país, e incluso a una “izquierda radical” incapaz de superar sus propios prejuicios pequeñoburgueses. Además, tal bajeza anima a las más retrógradas fuerzas de la Rusia imperial, al zar mismo, quien hace llegar la noticia justo con la esperanza de destrozar la credibilidad revolucionaria de Gorki.

La estrategia, desde luego, surte el efecto deseado.

La otra verdad

Han transcurrido cuatro días desde su desembarco en el puerto de Hoboken, Nueva Jersey, donde lo recibe una multitud delirante. Cuatro días en los que pasa de héroe a paria sin apenas transición, traicionado por esta “tierra de la libertad” de la que sin duda espera algo más. “Entreví algo de la verdadera magnitud de la decepción de este hombre, la inmensa expectación de su arribo, el imposible sueño de su misión”, cuenta un melancólico H. G. Wells a punto de retornar a Londres, durante su última tarde en suelo americano, en que acompaña a Gorki y los suyos en casa de los únicos wealthy socialists que aún se atreven a recibirlos.

Se trata del matrimonio compuesto por John y Prestonia Martin, fabianos ambos, en cuya casa, en el número 37 de Howard Avenue, en Grymes Hill, Staten Island, los Gorki permanecen cinco semanas, al cabo de las cuales se trasladan a la cabaña de la pareja en Adirondack. En los seis meses que pasan en las montañas –hasta su partida hacia Nápoles el 13 de octubre de 1906, a bordo del Prinzess Irene–, Gorki emprende la escritura de su novela La madre, que publica en Londres al siguiente año. Esta familia singular, a la que el New York Times describe como “menos escrupulosa que sus vecinos”, es la única que no abandona a la pareja, y en años posteriores volverá a recibir al ya no tan joven Péshkov en dos ocasiones más.

Lo que nadie sabe en Nueva York, quizá ni siquiera los Martin, es que la acompañante, “María Fiodorovna Andreieva, la eminente actriz del Teatro Artístico de Moscú, se mantuvo incluso más cerca de la revolución [que Gorki]. Miembro del Partido Bolchevique, fue editora del efímero periódico petersburgués Nueva Vida (Novaia Žizn’), primer diario bolchevique en circular legalmente en Rusia”, aunque por poco tiempo. Tras el sexto número, el editor es el propio Lenin, a cuyo círculo de confianza pertenece Andreieva.

Tampoco saben que es Lenin quien organiza y patrocina el viaje de Gorki a Nueva York, y da instrucciones al tesorero de los bolcheviques, Leonid Krasin, para que libere los fondos necesarios para el viaje. Es también Lenin quien incluye en la comitiva al “secretario personal” de Gorki, Nikolái Burenin, veterano militante bolchevique, hombre de altísima cultura, pianista, asaltabancos, traficante de armas y, en general, relacionado con toda actividad destinada a recaudar fondos para la acción revolucionaria, con el fin de ayudar a Gorki y compañía “a manejar los detalles técnicos” de la operación. Y Péshkov, el hijo adoptivo, quien se unirá después a la Legión Extranjera y más tarde al Ejército Blanco en Rusia.

A la distancia, Gorki parece el menos interesante del grupo.

Epílogo

Al año siguiente de la debacle neoyorquina, el filósofo francés Georges Palante publica su ensayo “Anarquismo e individualismo”, donde apunta que “entre la coacción del Estado y la del sentimiento y la costumbre no hay sino una diferencia de grado. En el fondo son lo mismo: el mantenimiento de un cierto conformismo moral útil al grupo y con los mismos procedimientos: vejación y eliminación de los independientes y los refractarios [...] Proudhon tiene razón al decir que el Estado no es sino el espejo de la sociedad. Es tiránico porque la sociedad es tiránica [...] El espíritu gregario o espíritu de sociedad no es menos opresivo para el individuo que el espíritu estatista o el espíritu sacerdotal [...] ¿En qué sentido soy libre si la sociedad me boicotea? [Así] se legitiman todos los atentados de una opinión pública infectada de beatería moral. [Así] se edifica la leyenda de la libertad individual en los países anglosajones”, y a continuación, en una nota al pie de página, nos recuerda que es justo esto lo que le acaba de ocurrir a Gorki en Nueva York. ~

 

 

 

 

1 New-York Tribune, 11 de abril de 1906, p. 1.

2 Filia Holtzman, “A mission that failed: Gorki in America”, The Slavic and East European Journal, vol. 6, núm. 3 (otoño de 1962), p. 227.

3 Padre del magnate industrial y petrolero Armand Hammer, a quien bautizó así en honor al famoso símbolo del Socialist Labor Party, “arm and hammer”.

4New-York Tribune, 11 de abril de 1906, p. 8.

5 El activismo de los llamados “A Clubbers” es notorio en los primeros años del siglo XX, cuando desempeñaron un papel de relativa importancia en el movimiento a favor del trabajo femenino, en diversas organizaciones socialistas y en uno de los primeros “centros culturales” del que más tarde será un importante circuito artístico: Greenwich Village. Mark Twain, entonces de 71 años, simpatizó con este grupo.


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